
Los imaginarios medievales de El señor de Bembibre
The Medieval Imaginaries of El Señor de Bembibre
Pablo FERNÁNDEZ-PÉREZ
Universidad de Santiago de Compostela
ORCID: https://orcid.org/0000-0003-4269-6301
pablofernandez.perez@usc.es
Resumen: El objetivo de este artículo es mostrar que la Edad Media funcionó para los intelectuales románticos del siglo XIX como un “imaginario” llamado a completar la realidad de un mundo en crisis. Para ello, se recurre a un análisis de la novela histórica El señor de Bembibre, publicada en 1844 por Enrique Gil y Carrasco. Se argumenta que el autor construye una idealización de las instituciones, los espacios y la cultura medievales, y se defiende que todo ello da lugar a una “Edad Media contemporánea” capaz de absorber los deseos y las aspiraciones del presente decimonónico.
Palabras clave: El señor de Bembibre, Enrique Gil y Carrasco, Edad Media contemporánea, novela histórica, imaginario.
Abstract: The aim of this article is to show that the Middle Ages functioned for 19th-century Romantic intellectuals as an “imaginary” capable of completing the reality of a world in crisis. To this end, we analyze the historical novel El señor de Bembibre, published in 1844 by Enrique Gil y Carrasco. We argue that the author constructs an idealization of medieval institutions, spaces, and culture, and defend that all this gives rise to a “contemporary Middle Ages” capable of absorbing the desires and aspirations of the 19th-century present.
Keywords: El señor de Bembibre, Enrique Gil y Carrasco, contemporary Middle Ages, historical novel, imaginary.
Recibido: 30/07/2024
Aceptado: 14/11/2024
Cómo citar: Fernández-Pérez, P. (2024). Los imaginarios medievales de El señor de Bembibre. Neomedieval, 2, 83-99. https://doi.org/10.33732/nmv.2.107
Copyright: El/La Autor/a.
Esta obra está bajo una licencia internacional Creative Commons Atribución 4.0.

1. Introducción
El objetivo de este artículo es mostrar que la Edad Media funcionó para los intelectuales románticos del siglo XIX como un “imaginario” capaz de completar la realidad de un mundo en crisis. A menudo la escritura de la historia medieval les ofreció herramientas con las que defender o “legitimar” sus ideologías y proyectos políticos, pero este tipo de intereses explican únicamente una parte del fenómeno. El Romanticismo, como movimiento cultural, fue más allá de la política para plantear una ruptura con el presente a nivel temporal, epistémico y moral. La creencia ilustrada en el “progreso” se sustituyó bajo su amparo por una idealización del pasado, que pasó a ser una fuente inagotable de “mitos” modernos. El resultado de todo ello fue lo que aquí llamaremos “Edad Media contemporánea”, en la línea de otros especialistas anteriores.
Para poner en práctica estas reflexiones, recurriremos a un análisis de la novela histórica El señor de Bembibre. Publicada por Enrique Gil y Carrasco en 1844, se trata de una de las obras más representativas del Romanticismo español, y también una de las que mayor interés ha suscitado por parte de la historiografía especializada. Conocemos actualmente buena parte de los modelos en los que se basa, así como sus engranajes narrativos y sus referentes estéticos. Sin embargo, el problema de la función desempeñada por la Edad Media en el pensamiento del autor no ha recibido la misma atención. Será precisamente en ese espacio de trabajo donde trataremos de situarnos en este artículo.
A nivel organizativo, nuestra argumentación estará dividida en cuatro pasos. En primer lugar presentaremos el concepto de imaginario como una herramienta útil para el tipo de reflexión que buscamos, y delimitaremos su encaje historiográfico dentro de la llamada historia de las mentalidades. En segundo lugar, introduciremos algunas claves sobre el Romanticismo del siglo XIX de la mano de las investigaciones de Isaiah Berlin, lo que nos permitirá conocer mejor el contexto intelectual en el que nos moveremos. En tercer lugar definiremos la “Edad Media contemporánea” como un imaginario de matriz romántica. Y finalmente, en cuarto lugar, volcaremos todo lo anterior sobre el contenido de El señor de Bembibre.
2. El concepto de “imaginario” como herramienta de trabajo
La principal herramienta teórica de la que nos serviremos para realizar este trabajo es el concepto de “imaginario”. Según la entenderemos aquí, la Edad Media que encontramos en las novelas y otros productos culturales del siglo XIX es ante todo un imaginario nacido y crecido al calor de las preocupaciones colectivas e individuales de la época. Eso no quiere decir que las características que se le atribuyeron fueran una mera invención alejada de todo rigor documental. Como sabemos gracias a los trabajos de Wolfgang Iser (1-4) y otros especialistas, un imaginario se compone tanto de elementos reales como ficticios, y nuestra tarea en este trabajo no será distinguirlos. Más bien, lo que nos interesa del concepto de imaginario es su capacidad para describir la función de la Edad Media en relación con la sociedad del siglo XIX. Veamos por qué.
Hasta la segunda mitad del siglo pasado, la realidad y la imaginación designaban parcelas opuestas del conocimiento histórico. La primera tarea de los historiadores era “filtrar” los documentos con los que trabajaban a fin de separar las informaciones reales de las trazas de imaginario. Sin embargo, la identificación de la historia con esa realidad situada “fuera y delante” del documento histórico fue ampliamente cuestionada a partir de la década de 1970 (Chartier 76). La irrupción de la historia de las mentalidades de la mano de la llamada “tercera generación” de Annales puso a operar dentro del campo historiográfico una serie de reflexiones y conceptos que ya venían desarrollándose en los ámbitos de la antropología y la psicología desde el siglo XIX. Recogiendo propuestas de Durkheim, Halbwachs, Lévy-Bruhl y otros autores en una metodología propia, la historia de las mentalidades añadió a la realidad material un nuevo espacio de trabajo vinculado a lo imaginario, es decir, al “universo de las imágenes mentales”:
Nous savons de mieux en mieux avec la psychanalyse, avec la sociologie, avec l’anthropologie, avec la réflexion sur les media, que la vie et de l’homme et des sociétés est autant liée à des images qu’à des réalités plus palpables. Ces images ne se limitent pas à celles qui s’incarnent dans la production iconographique et artistique, elles s’étendent à l’univers des images mentales. Il ne faudrait pas non plus se noyer dans l’océan d’un psychisme sans limites s’il est vrai qu’il n’y a pas de pensée sans image. Les images qui intéressent l’historien sont des images collectives brassées par les vicissitudes de l’histoire, elles se forment, changent, se transforment. Elles s’expriment par des mots, des thèmes. Elles sont léguées par les traditions, s’empruntent d’une civilisation à une autre, et circulent dans le monde diachronique des classes et des sociétés humaines (Le Goff 5).
Dentro del espacio de trabajo perimetrado por la historia de las mentalidades, la labor del historiador sería, como decíamos antes, la de sustituir la búsqueda de una “determinación” por la de una “función” (Chartier 30). El objeto de estudio no se correspondería con los propios imaginarios, sino con la “encamación” de los imaginarios, sus significados o los usos que se hacen de ellos. En este sentido, el eje fundamental del análisis es el que conecta lo mental con lo social (Vovelle 19). La historia de las mentalidades nos anima a pensar la relación entre ambas dimensiones sin recurrir a la lógica del espejo, que convierte a una en el reflejo de la otra, ni a la del engranaje, que pretende entenderlas como parte de un sistema perfectamente coherente y hasta “natural” (Chartier 44).
Frente a todas estas nociones, Jacques Le Goff ha defendido que los imaginarios tienen ante todo la función de “completar” el mundo (Le Goff y Schmitt 478). En la medida en que sus manifestaciones introducen en la realidad algo que solo existe en el pensamiento, podemos decir que los imaginarios trascienden el ámbito de la representación. Su operatividad, de hecho, se basa precisamente en “hacer presente” lo ausente (Le Goff y Schmitt 367). En algunos casos, esta función completiva puede convertirse incluso en una función “compensatoria”, especialmente en contextos de crisis. Cuando la realidad choca con las expectativas o los intereses de una parte de la sociedad, ya sea en un sentido material o ideológico, el imaginario es capaz de abrir el camino para la construcción de un mundo más deseable (Le Goff y Schmitt 477). En el próximo apartado trataremos de describir el desarrollo del Romanticismo del siglo XIX como uno de esos escenarios históricos.
3. El Romanticismo del siglo XIX como generador de imaginarios
El Romanticismo es un movimiento complejo que ha sido objeto de definiciones variadas y, a menudo, contradictorias. La idea de crisis, no obstante, ha sido un elemento común a la mayoría de ellas. Por un lado, algunos especialistas han defendido que el desenlace truncado del ciclo revolucionario comenzado en Francia en 1789 provocó un estado de desorientación ideológica entre los intelectuales europeos. La situación afectaría tanto a aquellos favorables a la revolución como a sus detractores, dando lugar a un fenómeno difícil de encasillar políticamente. Por otro lado, la industrialización y la hegemonía burguesa estaban dislocando poco a poco los esquemas sociales del mundo premoderno. El propio Enrique Gil y Carrasco, en cuya obra nos detendremos más adelante, expresó en alguna ocasión su preocupación por este proceso:
Porque en verdad no estaría de más recordar a los que duramente califican los yerros, ora reales, ora supuestos de la nueva generación, que esta generación ha nacido en una época de transición y de trastorno en que los cimientos mismos de la sociedad están removidos y en que las ideas y los intereses vagan errantes y dispersos sin bandera que los reúna, sin centro de acción que los vivifique y robustezca. No es culpa en verdad de la juventud si camina a veces desatentada y ciega cuando halla cerrada la antigua senda y por toda herencia le han cabido los escombros de un mundo derrumbado con que tiene que construir el suyo (Gil y Carrasco Obras 454).
En su libro Las raíces del Romanticismo, que recoge un ciclo de conferencias impartido en la National Gallery of Art de Washington en el año 1965, Isaiah Berlin se propuso construir una interpretación del movimiento romántico como reacción a los trastornos ideológicos y sociales de inicios del siglo XIX. De acuerdo con Berlin, el Romanticismo habría encontrado una salida a la crisis a través de la quiebra de una de las premisas básicas del pensamiento ilustrado y de parte de la tradición intelectual de Occidente. Nos referimos a la concepción del conocimiento como un camino hacia la comprensión y la adecuación a una realidad dada. Lo que caracterizaría, para Berlin, a la mentalidad romántica es la convicción, más o menos explícita, de que no hay una “estructura de las cosas”, ni un conjunto de hechos, al que las sociedades humanas deban someterse (182-183). El establecimiento de valores, fines y objetivos supone un proceso creativo que trasciende épocas. En este sentido, Berlin afirma que para los románticos “el objeto no existe, solamente el sujeto abriéndose paso hacia adelante” (184).
De los diagnósticos de Berlin pueden extraerse como mínimo tres ideas relevantes para nuestros intereses. La primeras de ellas nos remite al impacto del Romanticismo sobre la neutralización de la idea de “progreso”. Dado que no hay ningún modelo preestablecido al que la humanidad deba aproximarse, los referentes ideales pueden buscarse en otros tiempos pasados, pero no por su posición en un orden histórico universal abocado a la decadencia o la corrupción. Lo “otro”, lo lejano, fue sencillamente considerado a menudo por los románticos más “propio” que lo inmediato. De este modo, nos encontraremos con una constante irrupción del pasado en el presente, ya sea a través del arte, la literatura o el urbanismo. Berlin nos lo explica a través del ejemplo de Walter Scott:
Podríamos preguntarnos, ¿por qué Scott es un escritor romántico? Es simplemente un escritor extremadamente imaginativo y escrupuloso que logró describir con considerable fidelidad —de un modo que afectó a muchos historiadores— la vida de las edades precedentes a la nuestra; a saber, la de Escocia del siglo XVII, la de Inglaterra del siglo XIII o la de Francia del siglo XV. ¿Pero por qué es esto romántico? No lo es en sí mismo. Si nos comportamos simplemente como un fidedigno y escrupuloso historiador medieval y describimos de modo exacto las costumbres de nuestros antepasados estamos siendo historiadores de la más clásica tradición. Estamos meramente diciendo la verdad del mejor modo en que podemos hacerlo, y esto no es, en modo alguno, tener una actitud romántica. Por el contrario, nos estamos embarcando en una actividad académica altamente reputada. Pero Scott fue, sin embargo, un escritor romántico. ¿Por qué lo fue? ¿Lo fue, simplemente, porque le agradaban estas formas de vida? Esta respuesta no parece ser suficiente. Al pintar estos cuadros atractivos, agradables e hipnóticos de las diferentes épocas, enfrentó nuestros valores —es decir, los valores de 1810 y de 1820, los de su Escocia contemporánea, de su Inglaterra o Francia contemporánea— […] a otro conjunto de valores igualmente bueno o tal vez superior. Esto destruyó el monopolio y la noción de que toda época estaba en continuo avance hacia una mejor (208-209).
La segunda idea que nos interesa rescatar del argumentario de Berlin es la tendencia del Romanticismo a generar lo que ha definido como “mitos modernos”. Según Berlin, el rechazo a la construcción de modelos “racionales”, o incluso “científicos”, desde los que explicar la realidad favoreció el desarrollo de un nuevo pensamiento mítico basado en “imágenes que nos llevan a otras y que apuntan hacia una dirección infinita” (186). Esas imágenes no remitirían a ninguna entidad superior, sino a la propia actividad creativa de un sujeto que puede ser individual o colectivo (la nación, la Iglesia, la clase, etc.). Los mitos románticos, por lo tanto, nos hablarían ante todo de algo “que pasa de generación en generación, que se transforma con la transformación de los hombres, y que constituye un inagotable suministro de imágenes relevantes que son, a la vez, estáticas y eternas” (Berlin 186).
Esta ruptura epistémica con la Ilustración iría finalmente acompañada por una ruptura de carácter moral. La tercera y última idea que destacaremos aquí es que, para Berlin, “con el movimiento romántico aparece un nuevo grupo de virtudes” (212). Del “culto a la razón” se pasó en su opinión a una mistificación de la “autenticidad”, es decir, de la voluntad de los individuos a comprometerse con algo “con lo que se identifican verdaderamente, sin importar lo que sea” (Berlin 213). De hecho, Berlin subraya que esta deriva idealista terminaría provocando entre los románticos una admiración “por la minoría como tal, por el desafío como tal, por el fracaso entendiéndolo, en cierto sentido, como algo más digno que el éxito” (214).
4. La “Edad Media contemporánea” como imaginario romántico
¿De qué modo podemos relacionar los tres los factores que acabamos de destacar con la función desempeñada por la Edad Media en la mentalidad romántica del siglo XIX? En primer lugar, parece claro que la quiebra de la confianza en el “progreso” llevó a los intelectuales a buscar alternativas al presente en tiempos pasados. La Edad Media, sin ser el único, fue uno de los más populares. Sin embargo, la propensión al pensamiento mítico convirtió esa Edad Media en un objeto altamente idealizado, que se alejaría poco a poco de los documentos medievales hasta llegar a ser únicamente un conjunto de símbolos e imágenes reproducibles en novelas, prensa y otros artefactos culturales. Finalmente, el nuevo “régimen” moral preconizado por el Romanticismo hizo proyectar sobre las representaciones de la Edad Media valores como la autenticidad o el compromiso, convirtiendo el mundo medieval en un depósito de todo aquello que el mundo moderno parecería rechazar. Lo que surgió tras esta serie de operaciones es lo que aquí llamaremos “Edad Media contemporánea” (Huertas Morales La Edad Media).
Entendida como un imaginario fabricado por el movimiento romántico, la “Edad Media contemporánea” puede ayudarnos a entender cómo se comporta y se articula el interés por lo medieval en la sociedad decimonónica. Su crecimiento fue posible a través de la absorción de deseos y emociones emanados de un presente en crisis, especialmente en el ámbito intelectual. En este sentido, podemos decir que la “Edad Media contemporánea” tuvo una función completiva y compensatoria con respecto a la realidad social del siglo XIX (Le Goff y Schmitt 477-478). Como advirtió Maurice Godelier, toda “realidad social históricamente datada contiene a otras sociedades, a otras relaciones sociales, en estado de posibles, imaginadas y aceptadas o rechazadas” (201). Algunas de ellas, que Godelier llama “ideales”, existen en forma de aspiraciones, o de referencias a partir de las cuales pensar la realidad. Las representaciones medievales que encontraremos en el siglo XIX operan en muchos casos de esta manera, al margen de que su composición pueda ser más o menos rigurosa con respecto a la Edad Media “real”.
5. El señor de Bembibre como producto de la “Edad Media contemporánea”
Para aterrizar todas las reflexiones que hemos hecho hasta ahora, en este último apartado nos detendremos en el análisis de la novela El señor de Bembibre, publicada por entregas en el periódico El sol a comienzos de 1843 y en edición ilustrada solo un año más tarde. Su autor, Enrique Gil y Carrasco, es uno de los principales representantes del movimiento romántico en España. Nacido en Villafranca del Bierzo en 1815, su trayectoria intelectual y literaria se inicia en 1836, cuando se traslada a Madrid para cursar estudios de Derecho. En la capital entraría en contacto con José de Espronceda y los círculos liberales de “El Parnasillo”, lo que lo llevaría a comenzar a escribir pequeñas piezas poéticas en revistas y periódicos como El correo nacional, El español y el Semanario pintoresco español. Su producción abarca también artículos de opinión, críticas o relatos costumbristas. Sin embargo, entre la obra de Gil y Carrasco destacan sobre todo las novelas históricas. Tras realizar un primer ensayo con El lago de Carucedo (1840), su trabajo con mayor fuste dentro de este campo sería precisamente El señor de Bembibre, en cuyo contenido nos centraremos a partir de ahora.
La narración de El señor de Bembibre se sitúa en los primeros años del siglo XIV. Con el trasfondo de las luchas políticas que envolvieron la desaparición de la orden del Temple, la novela sigue la pista de un intrincado romance entre dos jóvenes nobles de la comarca del Bierzo, Álvaro Yáñez y Beatriz de Ossorio. La relación amorosa se entrelaza con enfrentamientos dinásticos, falsas muertes y todo tipo de fatalidades. Las ambiciones de poder del conde de Lemos en el marco de las tensiones entre el infante Juan de Castilla, la reina María de Molina y su hijo Fernando IV se interpondrán en el camino de los protagonistas hasta terminar frustrando su matrimonio. Al final de la novela, Beatriz de Ossorio fallece tras una larga enfermedad, mientras que Álvaro Yáñez se convierte en caballero templario, entrega todos sus bienes y parte hacia Palestina.
Las aproximaciones historiográficas a El señor de Bembibre son abundantes y nos han permitido conocer con detalle los engranajes narrativos puestos en marcha por Gil y Carrasco (Ríos-Font 469-482; López Criado 43-68). Actualmente sabemos que la obra es hasta cierto punto deudora de los modelos proporcionados por Walter Scott o Manzoni, aunque también del pensamiento de Chateaubriand (García Diaz; Ferri Coll 51-56). Además, contamos con análisis detallados de sus personajes, sus paisajes o sus estéticas (Ribao Pereira 151-170; Rubio Cremades “El estudio” 89-100). Sin embargo, no se ha llevado a cabo una reflexión más amplia sobre el funcionamiento del imaginario medieval en el conjunto del texto. El señor de Bembibre, como ya hemos apuntado, es en nuestra opinión uno de los muchos productos que materializan lo que aquí denominamos “Edad Media contemporánea”, y su escritura pierde una parte importante de su sentido fuera de esta relación. Por ello, en las próximas páginas nos dedicaremos a mostrar cómo la idealización de lo medieval se concreta en tres elementos clave dentro del mundo de la novela, a saber: (1) las instituciones, (2) los espacios y (3) la cultura.
5.1. El imaginario de las instituciones
En la Edad Media construida por El señor de Bembibre, las instituciones ocupan un lugar central. Se trata de las piezas que organizan el mundo social y orientan a los individuos hacia un fin colectivo, o que trasciende los intereses individuales. El ejemplo más claro es el de la orden del Temple. Las representaciones de los templarios han sido uno de los elementos constitutivos de la “Edad Media contemporánea” desde el siglo XIX hasta la actualidad, y su relevancia ha estado asociada generalmente a preocupaciones esotéricas o conspiranoicas (Huertas Morales “Sed nomini” 1027-1045). Sin embargo, la mirada de Gil y Carrasco escapa de este tipo de intereses para dibujar un retrato positivo y marcadamente idealista de la orden. La persecución de los templarios se nos presenta como una tragedia motivada por intereses espurios e intrigas políticas, que logran verter sobre ellos todo tipo de acusaciones contrarias a la verdad:
La caballería del templo de Salomón había nacido en el mayor fervor de las cruzadas, y los sacrificios y austeridades que les imponía su regla, dictada por el entusiasmo y celo ardiente de San Bernardo, les habían granjeado el respeto y aplauso universal. Los templarios, en efecto, eran el símbolo vivo y eterno de aquella generosa idea que convertía hacia el sepulcro de Cristo los ojos y el corazón de toda la cristiandad. En su guerra contra los infieles nunca daban ni admitían tregua, ni les era lícito volver las espadas aun delante de un número de enemigos conocidamente superiores (Gil y Carrasco El señor 99).
Varios especialistas han relacionado el interés de Gil y Carrasco en la disolución de la orden del Temple con la reciente promulgación de la Ley de Desamortización Eclesiástica de 1836. En opinión de Enrique Rubio, “si leemos entre líneas El señor de Bembibre vemos que el conflicto, la guerra y el enfrentamiento entre una orden religiosa y el Estado nos remiten, precisamente, a la desamortización” (“La paz” 42-43). Ciertos detalles relativos a la biografía del autor ayudarían a fundamentar esta interpretación. Entre las propiedades afectadas por la exclaustración se encontrarían, al parecer, muchos de los lugares en los que se desarrolló la juventud de Gil y Carrasco, como el Colegio de San Agustín de Ponferrada y los monasterios de San Andrés de Espinareda y San Pedro de Montes (Rubio Cremades “La paz” 43). Además, sabemos que su tío, monje benedictino, fue víctima directa del proceso. Todo ello ha llevado a Montserrat Ribao a afirmar que en El señor de Bembibre la representación de la orden del Temple funcionaría “por su rentabilidad a la hora de conectar el pasado de la historia narrada con el presente extraliterario” (152).
Sin cuestionar que la desamortización hubiera podido ejercer como activador o acicate para la escritura de la novela, creemos que el análisis de la atención dedicada por Gil y Carrasco a los templarios no puede limitarse a este contexto específico. El Romanticismo, como hemos defendido a través de las tesis de Berlin, nos ofrece algunas claves de lectura que podemos aplicar aquí, como la mistificación de la “autenticidad” o el culto al fracaso. Y eso no implica alejarnos de la historia. Si entendemos la “Edad Media contemporánea” no como una “alegoría” del siglo XIX, sino como un imaginario capaz de absorber los deseos y las aspiraciones de los intelectuales románticos, también estamos conectando el contenido de la novela con la realidad social de su época, solo que de una forma distinta. Concebida como un símbolo de resistencia y compromiso atemporal frente a las opiniones de la mayoría, la orden del Temple se convertiría para Gil y Carrasco en el referente ideal para la crisis moral e ideológica que atravesaba su presente:
Rodrigo Yáñez, menos preocupado que sus hermanos, y convencido íntimamente de que aquella venerable institución había caducado a las destructoras manos del tiempo, no parecía dispuesto a resistir las órdenes del Sumo Pontífice. (...) [Pero] tanto por no abandonar su familia de adopción y de gloria, como por no producir con su oposición un cisma y desunión lastimosa que diese en tierra con el poco prestigio que la milicia conservaba a los ojos del vulgo, se conformó con la opinión general. Así pues, nada podía impedir al parecer un rompimiento terrible y desastroso en que a nadie se podía dar la ventaja, porque si de un lado estaban el número, la opinión y la fuerza de las cosas, militaban en el otro el valor, el pundonor caballeresco, el agravio y la fuerza de voluntad sobre todo que triunfa de los obstáculos y señala su curso a los sucesos (Gil y Carrasco El señor 232-233).
5.2. El imaginario del espacio
Otro de los elementos con mayor importancia dentro de la Edad Media que hallamos en la novela son los espacios. Las edificaciones y los vestigios medievales de la región del Bierzo en la que se desarrolla la narración son un tema recurrente en la obra de Gil y Carrasco, desde sus poemas hasta sus artículos periodísticos. En Bosquejo de un viaje a una provincia de interior, una colección de artículos publicados en El sol en 1843, Gil y Carrasco traza un recorrido en primera persona por la geografía leonesa y sus principales monumentos históricos y naturales. La mirada del autor se detiene especialmente en los castillos templarios y otros restos de la época, que se envuelven en un discurso centrado en el olvido y el paso del tiempo (Díaz Navarro). En su poema “Un recuerdo de los templarios” (1838) volvemos a encontrarnos con reflexiones similares:
Yo vi en mi infancia descollar al viento
de un castillo feudal la altiva torre,
y medité sentado a su cimiento
sobre la edad que tan liviana corre.
Joven ya, y pensativo, y solitario,
la misma idea esclavizó mi mente,
y del desierto alcázar del templario
en los escombros recliné la frente (Gil y Carrasco Obras 259)
Los espacios medievales de El señor de Bembibre están construidos de la misma manera. Más allá de su papel como escenarios de la acción narrada, Gil y Carrasco vuelca sobre ellos un conjunto de identidades y emociones que los transforman en algo más que recipientes “vacíos”. Las fortalezas, las iglesias y las torres encapsulan para el autor la esencia de un pasado mejor, en el que la sociedad y el paisaje estaban organizados de manera armónica alrededor de poderes sólidos, locales y trascendentes. Nos encontraríamos, por lo tanto, en las coordenadas de lo que Edward Soja ha denominado “tercer espacio”. El espacio de la novela es un espacio real y a la vez imaginario, pero sobre todo es un espacio simbólico (Soja 67-68). Su función no es representar con rigor el mundo medieval, sino precisamente crear un mundo en el que los valores románticos puedan verse representados (Lefebvre 98):
Todavía se conserva esta hermosa fortaleza, aunque en el día sólo sea ya el cadáver de su grandeza antigua. Su estructura tiene poco de regular porque a un fuerte antiguo de formas macizas y pesadas se añadió por los templarios un cuerpo de fortificaciones más moderno, en que la solidez y la gallardía corrían parejas, con lo cual quedó privada de armonía, pero su conjunto todavía ofrece una masa atrevida y pintoresca. Está situado sobre un hermoso altozano desde el cual se registra todo el Bierzo bajo, con la infinita variedad de sus accidentes, y el Sil que corre a sus pies para juntarse con el Boeza un poco más abajo, parece rendirle homenaje. Ahora ya no queda más del poderío de los templarios, que algunos versículos sagrados inscritos en lápidas, tal cual símbolo de sus ritos y ceremonias y la cruz famosa, terror de los infieles; sembrado todo aquí y acullá en aquellas fortísimas murallas; pero en la época de que hablamos era este castillo una buena muestra del poder de sus poseedores (Gil y Carrasco El señor 92).
5.3. El imaginario de la cultura
Junto con las instituciones y los espacios, la cultura es la tercera gran pata sobre la que se sustenta la Edad Media de El señor de Bembibre. Gil y Carrasco fue a lo largo de su trayectoria intelectual un escritor prolífico de artículos costumbristas marcados por un desapego sistemático con respecto a la sociedad de su época. Desde sus primeros trabajos en el Semanario pintoresco español hasta sus contribuciones a Los españoles pintados por sí mismos, la obra del autor está salpicada de críticas más o menos directas al mundo moderno. La actualidad se describe como un torbellino constante de intereses particulares llamado a destruir por completo la “cohesión” de los pueblos y la vida tradicional, dos elementos esenciales dentro de su idea de “patria” (Espejo-Saavedra 300).
Buscando una salida a todas estas problemáticas, Gil y Carrasco encontraría en la cultura medieval un modelo de conducta basado en fuertes referentes morales capaces de guiar el comportamiento de los individuos ante cualquier circunstancia. Los protagonistas de la novela actúan conforme a sus emociones, pero también a un respeto por las leyes no escritas de la caballería y la fe cristiana. Incluso en los casos más extremos, lo ideal prevalece sobre el interés material. En este sentido, Ramón Espejo-Saavedra ha afirmado que “los mundos históricos a los que vuelve el autor en El señor de Bembibre, en su poesía y en narraciones cortas como El lago de Carucedo, constituyen fantasías idealizadas de claro contenido social. Frente al mundo caótico del presente, Gil y Carrasco retrata un mundo más sencillo regido por el sentimiento, una visión social tradicionalista que sirve como consuelo y ejemplo para sus contemporáneos” (295):
Quienquiera que vea su propensión a la rebelión y desasosiego, su amistad con el infante don Juan, y su desagradecimiento a los favores y mercedes del rey, fácilmente se inclinará a creer que semejantes cualidades serían bastantes para sofocar cuantos buenos gérmenes pudiesen abrigarse en su alma, sin embargo, no era así don Juan Núñez: revoltoso, tenaz y desasosegado, no había faltado, a pesar de todo, a las leyes sagradas del honor y de la caballería. Así fue que cuando don Álvaro cayó en sus manos, ya vimos la cortesía con que comenzó a tratarle y el agasajo con que fue recibido en su castillo de Tordehúmos. (…) Bien hubiese querido el infante que el tósigo o el puñal le desembarazasen de tan terrible enemigo; pero su ligera indicación encontró tal acogida que ya vimos a don Juan Núñez sacar la espada para dar la respuesta (Gil y Carrasco El señor 216-217).
6. Conclusiones
Una vez terminado el análisis que nos habíamos propuesto, es el momento de extraer unas breves conclusiones. La noción de imaginario nos ha permitido construir un argumento sobre el funcionamiento de las representaciones medievales en el campo cultural del siglo XIX, y particularmente en la novela histórica El señor de Bembibre. En este sentido, cabe sintetizar nuestras explicaciones en tres puntos principales:
1.Desde un punto de vista histórico, el Romanticismo del siglo XIX puede comprenderse como un generador constante de imaginarios. En un presente sumido en una crisis moral e ideológica, estos imaginarios tuvieron la función de completar y compensar la realidad de sus usuarios, especialmente dentro del mundo intelectual. La ruptura con la idea de “progreso”, el pensamiento mítico y la creación de un nuevo “régimen” de valores fueron instrumentos importantes en todo ello.
2.Lo que aquí hemos llamado “Edad Media contemporánea” fue uno de los resultados clave del proceso anterior. Las ideas y las representaciones medievales decimonónicas conforman un imaginario que toma cuerpo a través de novelas, artículos de prensa y otros muchos artefactos culturales. Como todo imaginario, la “Edad Media contemporánea” está compuesta por elementos reales y ficticios, pero en este artículo no nos ha interesado separarlos. Más bien, nos hemos centrado en definir su operatividad en relación con las preocupaciones sociales y políticas del movimiento romántico.
3.El señor de Bembibre nos ha servido como laboratorio para poner en práctica nuestros argumentos. Hemos visto cómo en la narración de Gil y Carrasco nos encontramos con una idealización de las instituciones, los espacios y la cultura medievales, sobre los que se vuelcan los deseos y las aspiraciones del autor. Esta característica nos ha llevado a definir la obra como un producto característico de la “Edad Media contemporánea”, al menos tal y como la hemos definido antes.
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