Larra como medievalista a partir de El doncel de don Enrique el Doliente

Larra as a Medievalist through El doncel de don Enrique el Doliente

Israel SANMARTÍN
Universidad de Santiago de Compostela
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-9933-016X
israel.sanmartin@usc.es

Resumen: La novela histórica del siglo XIX representaba la posibilidad de construir una historia del presente medieval, al reflejar lo que estaba pasando a través de lo que sucedió en la Edad Media. Era una historia que se escribía en el escenario del pasado, pero con la conexión con el presente, tanto en lo real como en lo ficcional. Con base en estas consideraciones, el objetivo principal de este artículo es identificar y estudiar los elementos medievales en la novela de Mariano José de Larra, El doncel de don Enrique el Doliente, para analizar el autor resultante, que sería el Larra medievalista. Para realizar esta tarea, tomaremos como cobertura teórica la Edad Media Contemporánea.

Palabras clave: Edad Media Contemporánea, Larra, novela histórica, historiografía, siglo XIX.

Abstract: The 19th-century historical novel represented the possibility of constructing a medieval history of the present by reflecting what was happening through events in the Middle Ages. It was a history written in the setting of the past but with a connection to the present, both real and fictional. Based on this, the main objective of this article is to identify and study the medieval elements in Mariano José de Larra's novel, El doncel de don Enrique el Doliente, in order to analyze the resulting author, who would be the medievalist Larra. To accomplish this task, we will use the Contemporary Middle Ages as our theoretical framework.

Keywords: Contemporary Middle Ages, Larra, historical novel, historiography, 19th century.

Recibido: 08/08/2024

Aceptado: 11/10/2024

Cómo citar: Sanmartín, I. (2024). Larra como medievalista a partir de El doncel de don Enrique el Doliente. Neomedieval, 2, 21-39. https://doi.org/10.33732/nmv.2.109

Copyright: El/La Autor/a.

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La Edad Media peninsular ha sido un escenario ideal para pensar la actualidad, tanto hoy en día como en el siglo XIX, porque “toda novela, ya sea mediante una ambientación actual o pretérita, no deja de ser un producto de su época dirigido a sus contemporáneos” (Huertas 28). Con esta cita comenzamos esta investigación, que tiene por objetivo identificar y estudiar los elementos medievales en la novela de Mariano José de Larra, El doncel de don Enrique el Doliente, para analizar al autor resultante, que sería el Larra medievalista. Para realizar esta tarea, tomaremos como cobertura teórica la Edad Media Contemporánea. La historia que nos cuenta Larra está vinculada con lo que sucedía y se construyó gracias a la relación existente entre el mundo de la prensa, la política y la cultura. La novela histórica del siglo XIX representaba la posibilidad de construir una historia del presente medieval, al reflejar lo que estaba pasando a través de lo que sucedió en la Edad Media. Era una historia que se escribía en el escenario del pasado, pero con la conexión con el presente, tanto en lo real como en lo ficcional.

Tomando como base esta enunciación, comenzaremos por reflexionar sobre la utilidad de la novela histórica, para pasar a estudiar los diferentes contextos de la obra y el autor que analizamos, es decir, El doncel de don Enrique el Doliente y Mariano José de Larra. Una vez realizada esta tarea, nos centraremos en la labor como historiador de Larra y en cotejar si podemos considerarlo mínimamente como tal, al ser un periodista que narra novela histórica y que la utiliza para criticar su sociedad contemporánea. La sociedad medieval y contemporánea del siglo XIX y siglo XIV y XV serán los dos ámbitos temporales en los que nos centraremos y a partir de los cuales presentaremos todos los análisis.

1. La novela histórica y Larra

La novela histórica ha tenido una gran explosión en España después de la Transición a la democracia. La capacidad para novelar pasajes históricos ha sido fundamental para la reconstrucción de la propia nación española. La novela histórica es atractiva por su contenido y por la información que aporta. Esto se vio reforzado por el éxito de novelas como El nombre de la Rosa de Umberto Eco, en 1980, o la de Dan Brown, El Código Da Vinci, publicada en el año 2003 (Huertas 34-37). Paralelamente al éxito popular, la novela histórica ha ido ganando un gran desprestigio en el mundo académico y literario (Huertas 76). En buena medida, la novela histórica actual es heredera de la novela del siglo XIX, que es en lo que nos centraremos nosotros en este trabajo (Huertas 95).

Algunos historiadores en el siglo XIX se vieron fascinados por los novelistas, como fue el caso de Leopold Von Ranke con relación a Walter Scott (Huertas 31). En ese siglo, los escritores románticos tuvieron un papel importante, puesto que rescataron y reescribieron la historia con un fin patriótico. En el caso español “la sublevación de 1808 suponía la recuperación de la libertad llevada a cabo no por un héroe individual, sino por un pueblo, una nación. España había luchado por su “independencia”, asociada además a su religión” (Huertas 46). El Romanticismo se asociaba al nacionalismo y al liberalismo para construir los Estados Nación. Esta tarea era el resultado de mezclar historia y literatura o ficción y realidad, es decir, novela histórica. Era una actividad contracorriente, puesto que la literatura y la historia se habían “divorciado” en términos académicos (Donkervoort 201-204).

La novela histórica se refiere a un pasado donde se desarrollan hechos pensados desde el presente y mezclando ficción con realidad. En la novela romántica “la trama ficticia, aunque convive con la trama documental e histórica, asume el protagonismo” (Huertas 95). En ese ejercicio, el protagonista ficticio es el que tiene el foco de la narración y se conduce a un final feliz, aunque en nuestro caso el desencadenamiento de la historia es trágico. La novela romántica está caracterizada, además, por la amante romántica, que se “se caracterizaba por ser una amalgama de rasgos pasivos, como la belleza y la bondad, y por ser el sujeto de acciones encarnadas por los hombres” (Huertas 96).

En otro sentido, la Edad Media de los novelistas del XIX es oscura, violenta y supersticiosa: “un tiempo también heroico en el que ubicar amores desmesurados y en el que enfrentar las enérgicas pasiones de personajes inigualables. Los escritores decimonónicos van a erigir su escenografía sobre el medievo de las leyendas, pobladas de castillos presuntamente encantados, de traiciones que claman venganza, de estancias secretas, de escenas desarrolladas en la oscuridad iluminada por sobrecogedoras tormentas, donde el aullido del viento y los tañidos de las campanas hacen pensar en las voces de los difuntos” (Huertas 101). Los protagonistas están inmersos en tramas conducidas por la ambición o los intereses de reyes, nobles o magnates en escenarios castillos tenebrosos, damas y caballeros, guerras de honor y fortuna (Corral 147).

2. La historia medieval contemporánea

Este texto reflexiona sobre la escritura de la historia medieval en el siglo XIX dentro de lo que se ha denominado “Edad Media Contemporánea” e “historia del presente”. Estas dos herramientas facilitan entender dos temporalidades diferentes. Una medieval, que está vinculada al momento en el que sucedieron en realidad los hechos; y otra contemporánea, del siglo XIX, en donde se reelabora. La novela histórica del siglo XIX ejercía de historia del presente medieval, al reflejar lo que estaba pasando a través de lo que sucedió en los siglos medios. Es una historia que se escribía a la vez que acontecía y se construyó gracias a la relación existente entre el mundo de la prensa, la política y la cultura (Pasamar La Transición 11).

Esta idea del tiempo presente la podemos complementar con la idea de “memoria viva” entre los españoles de un pasado traumático en la Transición hacia un mundo liberal. Las memorias operan desde el presente y se van resignificando según las generaciones, tanto individual como colectivamente. Las memorias son generadores de recuerdos y olvidos individuales y colectivos. Así, nos encontramos con amnesias colectivas, silencios estimulados desde la oficialidad y una manipulación de las memorias que depende de la distancia temporal para reorganizar, manipular o inventar los recuerdos (Pasamar Ha estallado 25). En definitiva, las memorias son un poliedro que se van modelando al calor del presente, que desde su propio contexto y sus intencionalidades nos muestra la cara que más le conviene al o a los que intentan mostrar en cada momento (Pinilla 13-56).

Para identificar y trabajar con la díada presente/medievo, recurriremos a la historia del presente (Soulet 15-91). Nos vamos a referir a la historia del presente del siglo XIX, pero con la presencia y recurso a acontecimientos medievales. Como consecuencia, analizaremos la idea de lo “inmediato” en base al tiempo vivido por el propio Larra. Ese “presente” lo observaremos desde lo contemporáneo, que es donde aparecen las informaciones y el tiempo desde el que se escribe, pero también tendremos en cuenta el “presente” medieval, que es de lo que se escribe y la naturaleza última de las informaciones. Todo esto nos lleva a identificar este trabajo dentro de lo que podríamos denominar como Edad Media contemporánea (Huertas 10-95), que se ha empleado asociada a la propia disciplina de la historia medieval, vinculada a una concepción postmoderna de la historia basada en lo fantástico, en la economía o en las relaciones internacionales. En el siglo XIX el discurso público tanto en la política como en la literatura o en los medios utilizó lo medieval para explicar el presente, justificar el pasado y proyectarlo a un futuro.

3. El contexto medieval y contemporáneo

El doncel de don Enrique el doliente se publica en 1834, en el contexto histórico del primer liberalismo español, concretamente en la regencia de María Cristina de Borbón (1833-1840). En aquel momento, el país salía de una década ominosa con Fernando VII. Es entonces cuando tiene lugar lo que se ha denominado renacimiento cultural (Ferreras 18-20). Por tanto, se trata de una novela escrita desde una perspectiva liberal que incrusta un “yo que atraviesa como una exhalación el universo de la novela” (Ferreras 33) y se aleja de la tipología de novela que busca una evasión nostálgica hacia el pasado.

Atendiendo a lo anterior, tenemos el contexto del siglo XIX y el medieval. El contexto de referencia está vinculado con el Medievo, concretamente con el reinado de Enrique III, entre los siglos XIV y XV. Se trata de un momento histórico de crisis, agravado por enfrentamientos entre bandos nobiliarios y la salud del rey. Es el momento histórico en el que muchos discuten si estamos ante la conformación del Estado, el inicio de la “centralización” política o la puesta de largo de la monarquía como una institución perenne. La trama de la novela gira alrededor del adulterio de un trovador de nombre Macías y una dama de la alta alcurnia castellana, Elvira, que estaba casada con Fernán Pérez de Vadillo, hidalgo y miembro de la corte de Enrique III. El trasfondo histórico de la novela es el reinado de Enrique III el Doliente, rey de Castilla entre los años 1390 y 1406. Obtuvo este sobrenombre debido a su frágil salud. Tuvo que enfrentarse a la nobleza que trataba de aprovecharse de la inestabilidad política provocada por la masacre de judíos de 1391, así como a los Trastámara, a quienes finalmente derrotó.

Por otro lado, el contexto de reelaboración corresponde al reinado de Isabel II, cuando se está conformando el estado liberal, con la lucha sucesoria con los carlistas y el fin del feudalismo. Nos situamos en la regencia de María Cristiana, con un sinfín de intrigas y rupturas políticas y militares. El estado liberal isabelino disfrutó de 50 gobiernos entre 1836 y 1868, con un sistema judicial fragmentado, un nuevo poder local a partir de las provincias y una lucha política entre los moderados de Martínez de la Rosa, que son monárquicos constitucionales, los liberales doctrinales que apoyan el estatuto real y una división entre las Cortes y el Rey y los exaltados progresistas capitaneados por Mendizábal.

4. El Campo cultural de El doncel de don Enrique el doliente

El campo cultural al que pertenece la obra y el propio Larra está vinculado con el romanticismo, el liberalismo y el nacionalismo. La novela histórica y la prensa funcionan en esa tríada como elementos fundamentales para la creación de la opinión pública en el espacio público. El doncel es su única novela. Escribe esta novela de cuatro tomos en un plazo de ocho a diez semanas. Mientras trabajaba en ella había firmado un contrato para una segunda novela que nunca vio la luz. Por tanto, es un periodista que publica una novela en un ambiente donde lo financiero empieza a tener importancia en el campo cultural (Scheerer 95).

Larra utiliza el pasado para afianzar el proyecto colectivo nacional (Guerrero, 104). En ese sentido, su sentido liberal radical está presente en su perspectiva ideológica. Son muy ilustrativas las sátiras del carlismo y su lealtad al Estado y a la nación española (Guerrero 102). Tenemos que recordar que Larra es un activo importante dentro del romanticismo español: “la coincidencia de su corta vida con el momento nada fácil de asentamiento del orden político liberal, son circunstancias que invitan a una lectura de su obra a la luz del interés por el nacionalismo” (Guerrero 102). La historiografía romántica dota al pasado de una “conciencia de actualidad” (Moreno 60). Esto quiere decir que el significado de la “conciencia histórica” decimonónica equivale al significado de una “conciencia de la actualidad” (Moreno 60 y 73-74). De alguna forma, es uno de los pioneros del artículo periodístico, algo que se ve en la vibración narrativa de la obra (Senabre 373). De una forma o de otra, la importancia de Larra llega hasta nuestros días, y su figura ha sido mitificada (García de Pruneda 343).

En este sentido, debemos tener en cuenta la distorsión existente sobre el posicionamiento político de Larra. Algunos autores piensan que en un principio no era liberal, sino un realista con proximidad a Fernando VII (Escobar 235), algo que, como sabemos, no es incompatible con el liberalismo. Pese a esto, es constante la consideración de Larra dentro de “un grupo de tímidos reformistas colaboradores con el rey […] dispuestos a mantener un absolutismo templado” (Escobar 236) o en el seno de la “fracción moderada del absolutismo” (Escobar 236). Con ese punto de partida, los especialistas piensan que después de 1827, con la publicación de “Oda a la exposición primera de las artes españolas”, lo podemos encuadrar “dentro de la expansión burguesa que se asienta ideológicamente en el liberalismo” (Escobar 242). Ahí ya nos encontramos con un Larra progresista: “Mientras elogiaba el avance industrial, algo muy de acuerdo con sus ideas progresistas, se atraía el favor de ciertos círculos tímidamente renovadores en torno al ministro de Hacienda, López Ballesteros, que le podían ayudar a sacar su proyectado periódico” (Escobar 243). En definitiva, Larra viene de la tradición ideológica conectada con la ilustración española, con una caracterización heterodoxa que evoluciona en un liberalismo progresista y un discurso moderno (Manzanera 110). Sus devaneos realistas no lo vinculan necesariamente con un conservadurismo asociado al despotismo ilustrado (Escobar 244). Sea como fuera, no hay duda de que es un autor enfrentado al Antiguo Régimen (Rubio Cremades 30-50).

En todo caso, tras su muerte, Larra se convirtió en un símbolo del liberalismo español y de otros lugares como Argentina (Moreno), pese a que “ha sido con frecuencia tergiversado y manipulado” (García de Pruneda 346). Además de esa asignación, Larra también es un autor vivo, en el sentido que se ha seguido leyendo siempre y que forma parte de nuestro imaginario cultural (Rubio Cremades 65). De tal forma, muchos autores han confundido su sentido patriótico propio del discurso decimonónico con un nacionalismo contemporáneo (Guerrero 101-107).

5. Larra como novelista histórico

El Doncel de don Enrique el Doliente “es una de las primeras y mejores novelas históricas escritas en español” (Souto IX). Se publicó en Madrid en junio de 1834 y, en el mismo año, se estrenaba como drama titulado Macías, drama histórico en cuatro actos y en verso, en el teatro del príncipe. Tuvo un gran éxito en las dos versiones, pero más en la segunda, porque fue el primer drama romántico español en verso: “ambas obras están indisolublemente unidas, no sólo por su mismo asunto, sino por ser la expresión desesperada de uno mismo y torturado estado anímico de su autor” (Souto IX). Se refiere Souto a su romance apasionado con su amante Dolores y sentimientos de culpa respecto de su propia esposa y del marido de su amante, amigo suyo.

En su trabajo de creación, algunos autores lo comparan con Walter Scott por su labor de documentación:

Larra se documenta muy superficialmente. Su conocimiento de la Edad Media española no es mayor que el de cualquier persona medianamente culta. En El Doncel, como fuente de carácter histórico, se pueden rastrear, aparte de la leyenda de Macías, el Libro de buen amor, las crónicas de los reyes de Castilla de López de Ayala, el Cancionero de Baena, los romances, los Anales eclesiásticos de Jimena, y no muchas más. Para el Macías se dice que Larra se inspiró sobre todo en un drama de Dumas padre: Enrique III y su corte (1829), pero basta comparar las obras para ver que no tienen nada que ver (Souto XIV).

Como consecuencia de lo anterior, podemos afirmar que Larra se preocupa de la historia (García de Pruneda 343), pero es una historia mezclada con novela: “la ambientación remota de la novela genera un abismo cronológico, un vacío de memoria que habilitaría la inserción del ingrediente ficticio. Comoquiera que el tratamiento de la historia es siempre parcial, surge el cultivo de la especulación” (González Álvarez 104). En ese ejercicio, hay una conexión con su actualidad y con su labor de periodista (Senabre 380), más allá del Larra literato, ideólogo o autor de teatro (Benítez 50-67). Al mismo tiempo, hay una conexión con la nación y con la propia España. A pesar de esto, algunos autores señalan que

Ninguna o poquísimas referencias directas hay en El Doncel sobre el tiempo que vive su autor. Larra, bien se sabe, es en esencia un escritor político; su sátira, por uno u otro camino, lleva casi siempre el aquí y ahora de la política, y concretamente del liberalismo, pero en esta novela es difícil hallar datos sobre el inmediato entorno español. El Doncel, libro muy romántico es, en efecto, obra de evasión, o mejor dicho: de introversión. En ella se hunde Larra en sí mismo, en su íntima, individual pasión, y se olvida de las circunstancias que lo rodean y fatalmente lo condicionan (Souto XIX).

Larra es el creador de una nueva Edad Media. Se trata de unos tiempos medievales vinculados a resonancias literarias de Cervantes y El Quijote. Tanto en la narración como en la pieza de teatro las influencias librescas son múltiples y no muy bien asimiladas: “La forma en la que hablan sus criaturas de ficción, por más que de cuando en cuando recurran a giros y vocablos arcaizantes, no corresponde al medioevo sino a la época romántica que él, quizá mejor que nadie, ejemplifica” (Souto XXI). Por otro lado tenemos que pensar que “El doncel no es una restauración documentada de los últimos años del reinado de Enrique III de Castilla, no pasa de ser un apunte, un pretexto. Aquí, el color local, tan importante y brillante en Scott, empalidece; la documentación es pobre. A Larra no le preocupa una reconstrucción histórica del pasado (aun en el caso de que el intento fuera posible). Su obsesión es el amor fatal de Macías, espejo, símbolo y premonición del propio" (Souto XI-XII).

En cuanto al estilo, se trata de “una prosa limpia, correcta, elegante; una prosa clara. Y fue precisamente su claridad lo que llamó la atención de los primeros críticos, según Allison Peers. Es indudable que Larra, escribiendo lo que fuera, tenía que escribir bien literalmente hablando. Pero no es un estilo objetivo más o menos gramatical lo que caracteriza a un gran escritor, sino un estilo propio, único, original. Y este estilo lo tiene Larra en sus artículos, pero no en El Doncel” (Souto XIX-XX).

6. Las características del Larra medievalista

Hemos visto como Larra utiliza la historia y la ficción, pero también tenemos que considerar su tarea como periodista. Y en esas claves nos corresponde aproximarnos al Doncel. Además, Larra vivía en un momento histórico donde la censura era parte del régimen político del momento: “Larra podía esconder mensajes en publicaciones aparentemente inocentes encuadradas dentro de la crítica literaria, artística, costumbrista... Por tanto, sería algo dentro de sus herramientas o armas intelectuales y no tendría problema en emplearlo asimismo en su labor literaria” (Souto XXIII). Larra atacaba la sociedad y el gobienro de España en sus obras periodísticas, pero también en esta novela histórica pese a que el estilo “de El Doncel viene a ser, en los pasajes objetivos, desvaído, anodino, y en los diálogos- en los amorosos específicamente-, por completo artificioso, melodramático y a veces casi absurdo. Un ritmo lento, pesado, de largas curvas que rematan formas e ideas demasiado obvias y esperadas; multitud de frases trilladas; descricpiones prolijas e inútiles; en fin, una prosa tan distinta a la de los artículos que se diría escrita por otra mano” (Souto XX).

En definitiva podemos afirmar que Larra puede ser considerado medievalista en el sentido de que ataca mucho de lo sucedido en esa época a través de su novela. Y lo critica para suplantar la crítica contemporánea. Por tanto, se trata de una novela histórica de compromiso con unos ideales liberales a partir de “de su aquí y su ahora; una labor literaria que abandona el sentimiento del que escribe para, al fin, abordar cuestiones de interés general, tal como había sucedido con Fígaro, según hemos visto previamente,, y sus textos periodísticos en España” (Moreno 238). Por otro lado, al ser un híbrido entre literato y lo periodístico, su relación con la verdad será diferente a otros novelistas. En este sentido, su cultivo de la novela histórica, que explora al final una verdad pasada, se desarrollará de un modo distinto al estar vinculada con su presente periodístico. Por último, la tarea de historiador de Larra deja fuera todos los elementos maravillosos o sobrenaturales. Hay un empeño en la racionalización de todos esos elementos. La historia se plantea como una disciplina científica que no puede dar lugar a la fantasía, y cualquier maravilla en la intriga debe ser filtrada por el positivismo (Huertas 101).

Veamos, ahora, las características del Larra historiador:

- Larra introduce el concepto de veracidad en su texto

Larra narra el medievo con una cierta conciencia histórica, sabiendo que el pasado no tiene mucho que ver con su presente decimonónico, aunque se cerciora de argumentar que su narración es veraz: “antes de enseñar el primer cabo de nuestra narración fidedigna, no nos parece inútil advertir a aquellas personas en demasía bondadosas que nos quieran prestar su atención, que si han de seguirnos en el laberinto de sucesos que vamos a enlazar unos con otros en obsequio de su solaz, han menester trasladarse con nosotros a épocas distantes y a siglos remotos, para vivir, digámoslo así, en otro orden de sociedad en nada semejante a éste que en el siglo XIX marca la adelantada civilización de la culta Europa” (Larra 3).

- Larra reconoce la nación y su momento de transición

Larra es consciente del momento de crisis en el que se encuentra España y busca un situación similar en el medievo: “Nuestra nación, como las demás de Europa, no presentaba a la perspicacia del observador sino un caos confuso, un choque no interrumpido de elementos heterogéneos que tendían a equilibrarse, pero que por la ausencia prolongada de un poder superior que los amalgamase y ordenase, completando el gran milagro de la civilización, se encontraban con extraña violencia en un vasto campo de disensiones civiles, de guerras exteriores, de rencillas, de desafíos, y a veces de crímenes, que con nuestras extremadas instituciones mal en la actualidad se conformarían (Larra 3).

- La Edad Media de Larra es profundamente emocional

Larra es consciente de la importancia de lo que él llama religión, que no deja de ser proyección contemporánea de la religión decimonónica: “una incomprensible mezcla de religión y de pasiones, de vicios y virtudes, de saber y de ignorancia, era el carácter distintivo de nuestros siglos medios. Aquel mismo príncipe que perdía demasiado tiempo en devociones minuciosas, y que expedía sus tesoros en piadosas fundaciones, se mostraba con frecuencia inconsciente en su devoción, o descubría de una manera bien perentoria lo frívolo de su piedad” (Larra 3).

- El relato de Larra es antislámico

El autor ofrece una explicación dual en la relación entre cristianismo e islam:

en vano la religión se esforzaba en dulcificar las costumbres de los hijos de los godos, exaltados por la prolongada guerra con los sarracenos. Es verdad que ganaba terreno, pero era con lentitud; entretanto se criaba el caballero para hacer la guerra y matar. Verdad es que los primeros enemigos contra quien debía dirigirse eran los moros; pero muchas veces lo eran también los cristianos, y había quien matando dos de aquéllos por cada uno de estos últimos, creía lavado el pecado de su espantoso error. Matar infieles era la grande obra meritoria del siglo, a la cual, como el agua bendecida por el sacerdote, daban engañados algunos la rara virtud de lavar toda clase de pecados (Larra 4).

- Concepción contemporánea de los imaginarios de hombres y mujeres

Larra proyecta en el medievo la idea del guerrero como foco de atracción de mujeres dóciles y serviles: “Para los hombres el ejercicio de las fuerzas corporales, el fácil manejo de la pesada lanza, el arte de domeñar el espumoso bridón, la resistencia en el encuentro y el pundonor falsamente entendido y llevado a un extremo peligroso; y para las mujeres el arte de conquistar con las gracias naturales y de artificio al campeón más esforzado, y ceñirle al brazo la venda del color favorito, recompensa del brutal denuedo del vencedor del torneo, y el recato sólo para con el caballero no amado, eran la educación del siglo. Dios y mi dama, decía el caballero; Dios y mi caballero, decía la dama” (Larra 4).

- Ensalzamiento de la Iglesia

El autor explica la importancia de los monasterios para conservar y difundir la cultura, así como para la salvación de Europa: “El estudio todo que se hacía en los claustros estaba reducido, y debía estarlo, a la ciencia eclesiástica, la única que podía y debía salvar, como efectivamente salvó, a la Europa de su total ruina. Las bellezas gentílicas de los Homeros y Virgilios debían reservarse para otros tiempos; y los monasterios, conservando estos monumentos clásicos de la antigüedad, hacían a la literatura todo el servicio que podían hacerla” (Larra 4).

- Crítica a los eclesiásticos

A pesar del reconocimiento de la importancia de la Iglesia, era consciente del enriquecimiento del orden eclesiástico y del disfrute de una vida mundana: “Otros espíritus, no obstante, se dedicaban fuera de aquellas escuelas al estudio, y la ciencia que adquirían era sólo el medio criminal de granjearse una consideración y una fortuna aun más criminales todavía. Afectando la ciencia de los astros, O una misteriosa comunicación con el mundo de los espíritus, sabían abusar de la insensata credulidad de los reyes y de los pueblos, convertir en propio y particular provecho suyo las luces que no trataban de difundir, sino antes de conservar entre sí clandestina y masónicamente” (Larra 4-5).

- Idealización de los valores medievales

Larra identifica la Edad Media como una época llena de virtudes que ya están fuera de la sociedad en la que vive. Es curioso como idealiza esos valores cuando está denostando la sociedad medieval en otros pasajes: “También se ofrecen en ella virtudes colosales que no son por cierto de nuestros días. El amor, el rendimiento a las damas, el pundonor caballeresco, la irritabilidad contra las injurias, el valor contra el enemigo, el celo ardiente de la religión y de la patria, llevado el primero alguna vez hasta la superstición, y el segundo hasta la odiosidad contra el que nació en suelo apartado, si no son prendas todas las más adecuadas al cristianismo, no dejan por eso de tener su lado hermoso por donde contemplarlas; y aun su utilidad manifiesta, dado, sobre todo, el dato del orden de cosas entonces establecido, las hacía tan necesarias como deslumbradoras” (Larra 5).

- El conflicto como base de la sociedad medieval

Las diferencias entre el rey los nobles son esenciales para entender la sociedad de la Edad Media, algo que también se correspondía con lo que pasaba en el propio siglo XIX: “el carácter, empero, más verdaderamente distintivo de la época, era la lucha establecida y siempre pendiente entre el príncipe y sus primeros súbditos; una escala ascendiente y descendiente que constituía a los pecheros vasallos de vasallos, y a los reyes señores de señores, era el principal obstáculo que impedía al poder ejercer a la vez su influencia igual y equitativa por toda la extensión de sus dominios” (Larra 5).

- La reconquista

Un elemento constitutivo de lo medieval en el siglo XIX es la expansión territorial del Reino Astur hacia el sur: “sus bien defendidos castillos feudales, de donde mal pudiera desalojarlos la sencilla arcabucería y manera de guerrear de la época; su orgullo, nacido de los grandes favores que en la continua reconquista contra moros les debía el rey y la patria; y la remisión, sobre todo, de los agravios al duelo particular, al paso que utilizaban toda la energía de un rey y sus buenas intenciones, eran las causas, por entonces irremediables, de la impunidad de los delitos” (Larra 5).

- Lo acontecimental medieval para explicar lo contemporáneo

Larra busca lo medieval como espejo de lo que está pasando en el propio siglo XIX: “En el año en que pasaba lo que vamos a contar, hacía ya trece que don Enrique III, dicho el Doliente, y nieto del famoso don Enrique el Bastardo, había subido a ocupar el trono, vacante por la desastrosa muerte de su padre don Juan I, ocurrida en Alcalá de Henares de caída de caballo. Y apenas habían bastado estos trece años para reparar los daños que su menor edad había acarreado a Castilla desvalida” (Larra 6).

- Argumenta que lo que explica es verdad

El autor defiende que su relato tiene visos de verosimilitud: “con respecto a la veracidad de nuestro relato, debemos confesar que no hay crónica ni leyenda antigua de donde le hayamos trabajosamente desenterrado; así que el lector perdiera su tiempo si tratase de irle a buscar comprobantes en ningún libro antiguo ni moderno: respondemos, sin embargo, de que si no hubiese sucedido, pudo suceder cuanto vamos a contar, y esta reflexión debe bastar tanto más para el simple novelista, cuanto que historias verdaderas de varones doctos andan por esos mundos impresas y acreditadas, de cuyo contenido no nos atreveríamos a sacar tantas líneas de verdad, o por lo menos de verosimilitud, como las que encontrará quien nos lea en nuestras páginas, tan fidedignas como útiles y agradables (Larra 6).

- Escritura brillante y sagaz

Las descripciones de Larra y su pluma son sobresalientes: “don Enrique de Villena era de corta estatura; sus ojos, hundidos y pequeños, tenían una expresión particular de superioridad y predominio que avasallaba desde la primera vez a los más de los que con él hablaban; su voz era hueca y sonora, Calidades que no contribuían poco a aumentar en el vulgo la impresión mágica que en los ánimos débiles ejercía. Su nariz afilada y su boca muy pequeña le daban todo el aire de un hombre sagaz, penetrante, vivo, falso y aun temible” (Larra 35).

- Reconstrucción de un feudalismo guerrero

El autor entiende el feudalismo como un sistema donde anidan estereotipos de guerreros, batallas y castillos: “En tiempos de guerra, y en los principios de la orden de caballería, se confería ésta con menos pompa y formalidad; el rey o el general creaba caballeros antes y más comúnmente después del combate; en esos casos reducíanse todas las ceremonias a dar la pescozada o espaldarazo dos o tres veces en el hombro del candidato con el plano de la espada, diciéndole en alta voz: Os hago caballero en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Solía ser otras veces el teatro honroso donde se confería la orden de los valientes, leales y esforzados, un torneo, un campo de batalla, el foso de un castillo sitiado o asaltado, la brecha abierta ya de una torre o una fortaleza feudal” (Larra 122).

- Introducción de personajes célebres medievales

En ocasiones, hay pasajes en los que se reconstruyen acontecimientos donde hay actores relevantes de la vida medieval: “que paseaba el salón de la corte en la mañana de este mismo día hablando con el famoso cronista Pero López de Ayala. Si no ha olvidado a aquel caballero, y si recuerda el diálogo en que se le presentamos por primera vez, tendrá presente, también que el cronista le había designado como” (Larra 91).

- Larra se muestra emocional

El amor y los cuatro elementos medievales de perfección están presentes en la novela: “de un ardiente amor vencido, dice: —De cuatro elementos, el fuego tengo en mi pecho, el aire está en mis suspiros, toda el agua está en mis ojos, autores de mi castigo. Romance del rey Rodrigo” (Larra 29).

- Descripciones precisas sobre escenas medievales

El detallismo descriptivo es una de las características de Larra: “la cámara de don Enrique de Villena, adonde vamos a trasladar a nuestro lector, era una rareza en el siglo XV. Una ancha y pesada mesa, que en balde intentaríamos comparar con ninguna de las que entre nosotros se usan, era el mueble que más llamaba la atención al entrar por primera vez en el estudio del sabio. Varios voluminosos libros, de los cuales algunos abiertos presentaban a la vista del curioso gruesos caracteres góticos estampados, O mejor diremos, dibujados” (Larra 22).

- Hace referencia lecturas específicas medievales

Identifica lecturas de mujeres en la propia Edad Media: “sentóse cerca de la lumbre, después de haber dado las oportunas disposiciones para que durante la noche no faltasen sus dueñas del lado de la condesa, y púsose a leer un manuscrito voluminoso, que entre otros muchos y muy raros tenía don Enrique de Villena, por ser libro que a la sazón corría con mucha fama y ser lectura propia de mujeres. Era éste el Amadis de Gaula. Hacía pocos años que su autor, Vasco Lobeira, había dado al mundo este distinguido parto de su ingenio fecundo, y don Enrique de Villena, por el rango que ocupaba en Castilla, y por su decidida afición a las letras y relaciones que con los demás sabios de su tiempo tenía, había podido fácilmente hacer sacar de él una de las primeras copias que en estos reinos corrieron” (Larra 42).

Con todo esto vemos que estas dieciocho características marcan lo que hemos señalado al principio de este apartado. El compromiso con su tiempo, el intento de rigor histórico y la emocionalidad son las tres características fundamentales de ese Larra historiador que se mezcla con el periodista y el novelista (Ferrás y Fernández, 215-220).

7. Conclusiones: “Larreando…”

La principal conclusión del texto es que Larra puede ser considerado un medievalista, pero con algunos matices. El primero es que él es periodista y no historiador. Eso hace que su narrativa tenga muchos volcados de lo que está pasando en su tiempo a la época medieval. Lo segundo es que Larra utiliza lo medieval como un medio de ocultación para criticar lo que está pasando y así introducir su crítica periodística. Lo tercero es que en su obra muestra un compromiso inalterable con las ideas liberales. Lo cuarto es que también hay una proyección emocional en todo lo que escribe, puesto que la situación de amoríos que reproduce en la novela es similar a la que él está viviendo. Por lo tanto, se trata de un medievalista que narra con un gran sentido emocional una historia política que está vinculada a la crisis, tanto en su estrato medieval como contemporáneo. Con esto podemos decir que:

-Larra tiene un concepto de verdad racional que aplica a su texto y defiende que lo histórico de la novela es veraz.

-Larra está preocupado por la nación española y es consciente de su estado de construcción y crisis.

-La Edad Media de Larra es emocional en siguiente: a) es antiislámica; b) reproduce roles masculinos y femeninos, c) ensalza los valores medievales de fidelidad o valentía.

-Ensalza a la Iglesia, pero critica a los eclesiásticos medievales, ¿cómo un sustitutivo de lo que pasa en su tiempo?

-Identifica el conflicto como esencia fundamental del mundo medieval. Ahí sitúa a la reconquista y el propio mundo feudal.

-Utiliza los acontecimientos medievales para explicar lo contemporáneo.

-Introduce a lecturas y personajes célebres medievales

Para finalizar, podemos decir que lo que hemos identificado es la acción que realiza Larra sobre materiales contemporáneos. Lo podemos considerar un medievalista decimonónico que ejerce la acción de “larrear”, que sería el ejercicio práctico de todo lo hemos señalado hasta aquí. ¿Podríamos estar “larreando” todos nosotros en relación con el presente a través de lo medieval?

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