Berend, Nora. El Cid: vida y leyenda de un mercenario medieval, traducción de Beatriz Ruiz Jara. Barcelona, Crítica, 2025, 309 pp.
Este nuevo libro sobre el Cid, a cargo de la catedrática de la universidad de Cambridge Nora Berend, no es el habitual trabajo monográfico que se centra en una faceta de Rodrigo Díaz, bien sea la histórica o la legendaria. Al contrario, la primera impresión es muy positiva, ya que se ocupa de estos dos tipos de Campeador y, además, de otros aspectos muy variados, como las diversas representaciones del burgalés en épocas más recientes (desde la película El Cid a la serie de Amazon Prime, o su presencia en el heavy metal, por ejemplo), el papel de don Ramón Menéndez Pidal en la consolidación del Cid como referente cultural o su manipulación como símbolo político del franquismo. Sin embargo, las expectativas se diluyen al echar un vistazo a la bibliografía, sumamente escasa en comparación con la variedad de temas que debería abarcar. Esa pobreza documental, que no se corresponde con el inmenso caudal bibliográfico dedicado al Cid, ya hace dudar sobre la necesidad de escribir este libro, pues poco o nada aportará a lo que ya se ha escrito sobre el Campeador. Sin embargo, la realidad acabará superando nuestras expectativas, aunque para mal.
Valle-Inclán decía que hay tres maneras de mirar a un personaje (histórico o ficticio): de rodillas, contemplándolo con admiración; de pie, para mirarlo a la cara, de igual a igual; o por encima, dejándolo en una posición de inferioridad que le confiere un aspecto grotesco al que llamó “esperpento”. Desde ahora, podemos decir que el Cid ya se ha contemplado desde las tres perspectivas: el Cantar de mio Cid nos ofreció al héroe; los historiadores y biógrafos serios se han esforzado en mostrarnos al hombre que había tras el mito; y, por fin, Nora Berend ofrece en este libro una imagen completamente distorsionada del Campeador. Cómo, si no, puede definirse esta descripción del Cid que Charlton Heston interpretó en la película de Anthony Mann:
Él [el Cid cinematográfico] desea la paz en el mundo, como las concursantes de Miss América, una posición estrambótica en más de un aspecto. No es solo una curiosa tergiversación del Rodrigo Díaz original, sino también una ironía, a la luz del papel que posteriormente interpretaría Charlton Heston como el armado presidente de la Asociación Nacional del Rifle (aunque, para ser justos, en aquel entonces aún estaba a favor del control de armas). Por último, aunque no menos importante, se trata de una grotesca distorsión del sangriento ascenso de Franco al poder (249).
La propia autora ve en la película El Cid una “grotesca distorsión”, definición perfecta del “esperpento” como lo entendía Valle-Inclán y que también sirve para definir su comparación del Cid con las concursantes de Miss América. Nadie que exija un mínimo de rigurosidad se puede tomar en serio un libro que se permite tales licencias o interpretaciones tan singulares como la que sigue ahora sobre la famosa superproducción:
Los invasores almorávides eran comunistas, aliados con los “malos” musulmanes de la península ibérica, los republicanos. España es el bastión del mundo libre, con el Cid / Franco trayendo la paz al país, y solo podía estar unida gracias a un único líder visionario. Al mismo tiempo, también está defendiendo Europa contra los almorávides (comunistas), que quieren dominar el mundo (254).
No creo que, quien disfrute de esta película inolvidable, vea comunistas y franquistas por todas partes. Quizá porque, entre otras cosas, el espectador sabe que el filme es de factura americana, aunque se rodase en España. Dirigida por Anthony Mann con la producción de Samuel Bronston, forma parte de aquellos años 60 del siglo pasado en que España flirteó con Hollywood. De esa edad dorada surgieron otros filmes que hoy son historia del séptimo arte: Rey de reyes (1961), Lawrence de Arabia (1962) o La caída del Imperio Romano (1964) son unos pocos títulos entre las diversas películas de aquella época.
Nora Berend, por supuesto, no enmarca El Cid en este contexto; de hacerlo, su peculiar interpretación de la película como metáfora de la Guerra Civil no se sostendría. Tampoco creeríamos que “el Cid de la película encarnado por Charlton Heston apenas guarda relación con la figura histórica y, además, blanquea la brutalidad de Franco” (250-251) si hubiese tenido en cuenta que Doctor Zhivago se estrenó solo cuatro años después bajo la dictadura franquista. Me gustaría saber qué ideales franquistas refleja una película ambientada en la naciente Rusia soviética, nominada a ochos premios Óscar y ganadora de cinco.
El trato que recibe el personaje cinematográfico del Campeador se puede extrapolar al resto de este libro. Berend sostiene su trabajo en interpretaciones subjetivas y un relato claramente sesgado que sirven para ofrecer una imagen muy negativa de todo lo relacionado con el Cid y los reinos cristianos de la época. Quiero mostrar un nuevo ejemplo, pero, para que nadie me tache de cidófilo impenitente, analizaré un episodio que no protagonizó el Campeador, ya que ni siquiera había nacido cuando sucedió: la batalla de Tamarón, acaecida el 4 de septiembre de 1037. Esta contienda fue el resultado de un cúmulo de circunstancias que, casi por azar, llevaron al conde Fernando Sánchez de Castilla hasta el trono de León. No está claro el motivo por el que el rey Bermudo III de León convocó la batalla, aunque podría deberse al deseo de ampliar su reino engullendo al pequeño condado: en efecto, Castilla no podía enfrentarse sola a la amenaza leonesa, pues sus fuerzas estaban en clara desventaja. Por eso, el conde Fernando pidió ayuda a su hermano García Sánchez III, rey de Pamplona, quien respondió poniéndose al frente de un poderoso ejército. Gracias a su participación en la contienda, los dos hermanos se alzaron con la victoria allí donde el rey Bermudo perdió la vida. Y ahora, en un giro de la trama digno de “Juego de tronos”, llega la hora de revelar que Bermudo III y Fernando Sánchez eran cuñados. Por eso, tras la muerte de su hermano, la reina Sancha de León ocupó el trono junto a su marido, Fernando, que se convirtió así en rey regente de León.
¿Cómo explica todo esto Nora Berend? Simplemente, nos dice que el conde castellano “derrotó en batalla al rey de León (1037) y se apropió de su reino proclamándose rey como Fernando I” (31). En una frase, logra sintetizar lo que nos ha ocupado un párrafo entero. Lo más preocupante, sin embargo, es el tono acusatorio hacia el rey Fernando, ya que lo responsabiliza de haber provocado la batalla, según se confirma a continuación: “[el rey Bermudo] murió en la batalla en 1037 defendiéndose de su cuñado, Fernando de Castilla” (32). Es obvio que Berend tergiversa los hechos para ofrecer una versión muy discutible, si no falsa, de las circunstancias que rodearon esta contienda que sirve, además, para mostrar un rey Fernando ambicioso y violento.
A simple vista, podría parecer que estoy escogiendo ejemplos diferentes, pero variados e inconexos, que reflejen el tono general de este libro. Esto es cierto, aunque solo en parte. En efecto, el espacio que puedo dedicar a una reseña me impide exponer las múltiples carencias que exhibe Berend, ni todos los casos donde se puede rebatir lo que afirma; por eso, he tenido que hacer una selección entre las decenas de ejemplos que podría aportar. Pero no son inconexos, pues también me permitirán mostrar la cohesión de este libro, estructurado para ofrecer un relato negativo del Cid acorde a una ideología política, lo que es totalmente reprobable por su falta de imparcialidad. Antes de llegar a ver ese esquema narrativo, es necesario ocuparnos del plato fuerte: el Cid Campeador.
A nadie pasa desapercibido que, en los últimos años, se ha hecho popular la revisión iconoclasta del Cid como “mercenario”, término que sirve casi como sinónimo de “traidor”: frente a la imagen tradicional del Cid como un defensor de la fe cristiana, el verdadero Rodrigo Díaz estuvo también al servicio de los reyes musulmanes de la taifa de Zaragoza, que eran moros y, claro, ¿cómo iba el Cid a servir a los moros, si los cristianos estaban en guerra contra ellos? Lo cierto es que esta imagen maniqueísta del siglo XI como una lucha constante al estilo de las guerras entre “indios y vaqueros” de los westerns, un mundo de buenos o malos, sin punto medio, es una visión demasiado simplista, incluso infantil, de la realidad.
Cuando Rodrigo nació, el poderoso Califato de Córdoba llevaba extinto más de una década. Tras su desplome en 1031, se fragmentó en múltiples reinos de taifas, que, en comparación con el esplendoroso Califato, sí eran pequeños y mucho más débiles. Esa fragilidad se acrecentaba por las guerras que sostenían entre sí, lo que los llevó a pagar fuertes tributos llamados “parias” con los que establecían alianzas con sus vecinos cristianos. Estos, a cambio, se comprometían a prestar ayuda militar a su tributario sin que importase el credo del enemigo. En efecto, esto significa que un monarca cristiano podía sufrir el ataque del rey de una taifa y su aliado cristiano. Sin embargo, nadie se atrevería a decir que este último era un mercenario. Por supuesto, esto choca con la idea tradicional de que la Edad Media española fue una constante guerra entre “moros y cristianos”.
Nora Berend también considera al Cid un mercenario que sirvió a los musulmanes por dinero. Concretamente, era un “comandante mercenario” (50), rango militar desconocido hasta el día de hoy, pero que la autora se inventa para dar a entender que el Cid comandaba tropas en Zaragoza. La situación era la siguiente: tras ser desterrado, el Campeador partió con un contingente de vasallos y amigos para ganarse la vida haciendo lo que mejor sabía, esto es, guerrear. Después de que el conde de Barcelona rechazase sus servicios, Rodrigo y sus hombres fueron a Zaragoza, donde el rey al-Muqtadir lo recibió con los brazos abiertos. Es importante señalar que el poderoso monarca que levantó la Aljafería pagaba parias a Alfonso VI, el rey que había desterrado al Cid. En otras palabras: Alfonso VI y al-Muqtadir eran aliados.
Voy a explicar un caso que Berend no menciona en su trabajo, aunque, en este caso, no creo que se deba a una intención premeditada de silenciar todo lo que vaya en contra del retrato que quiere ofrecer del Cid. Simplemente, me parece que ni siquiera lo conoce, como demuestra su descripción de lo sucedido:
En el año 1079, el rey envió a Rodrigo como emisario a la taifa de Sevilla para recaudar las parias. Estando allí, se produjo el ataque de las tropas de la taifa de Granada junto con sus aliados cristianos; Rodrigo se vio involucrado en el bando favorable a Sevilla y tuvo que proteger al tributario musulmán de su rey frente a algunos nobles fieles al propio Alfonso y a sus aliados granadinos. Por tanto, el enfrentamiento no fue entre cristianos y musulmanes, sino entre dos grupos de musulmanes con aliados cristianos en ambos bandos. Los atacantes fueron derrotados, es más, Rodrigo capturó a García Ordóñez y a otros nobles cristianos; tras arrebatarles sus pertenencias, los dejó en libertad (49).
Una vez más, como también es habitual en este libro, Nora Berend olvida o evita apuntar el nombre preciso de la contienda: se trata de la batalla de Cabra, que tuvo lugar en las inmediaciones de esta localidad cordobesa en 1079. El relato evidencia esa visión maniqueísta y trasnochada de “moros contra cristianos” a la que antes he hecho ya referencia y que es completamente errónea. De hecho, su sorpresa está fuera de lugar cuando señala que “el enfrentamiento no fue entre cristianos y musulmanes, sino entre dos grupos de musulmanes con aliados cristianos en ambos bandos”. Si conociese bien la época que trata, sabría que este tipo de choques era bastante habitual en aquel siglo o, al menos, hasta la llegada de los almorávides. Pero lo más grave del pasaje se encuentra en esa mención de García Ordóñez, que aparece de la nada, como si la autora asumiese que el lector sabe que este noble estaba en el bando granadino. Como ya he advertido antes, la información de este libro es sesgada a menudo, y aquí se hace evidente: la autora ha olvidado mencionar antes que García Ordóñez estaba con los granadinos.
Tradicionalmente, se ha considerado que García Ordóñez se encontraba en Granada cobrando las parias, igual que el Cid en Sevilla. La realidad, sin embargo, es bastante distinta. Según parece, cuando la batalla de Cabra tuvo lugar, Ordóñez llevaba varios años desterrado al servicio del rey granadino, quien, además, era tributario del rey Alfonso. Se trata, con una exactitud milimétrica, del mismo caso por el que el Cid ha sido tildado de mercenario, etiqueta que ahora deberíamos hacer extensiva a García Ordóñez. Por cierto: ambos caballeros acabaron reintegrándose al servicio de Alfonso VI, lo cual demuestra que este tipo de actividades eran algo habitual en el siglo XI y, por supuesto, no se veían como un acto de traición. Es más: puesto que García Ordóñez y el Cid servían a reyes taifa que pagaban parias a Alfonso VI, eso significa que actuaban como si su rey los hubiese enviado para ayudar a sus tributarios.
La batalla de Tamarón, que propició el ascenso al trono de Fernando I, y el mercenario / traidor Cid Ruy Díaz resumen la tónica general de la primera sección de este volumen. Porque, ahora sí, ha llegado el momento de comprender el engranaje de la argumentación de Berend. Los capítulos 1-7 corresponden a una primera sección que se ocupa del Cid histórico y legendario, así como su evolución en la literatura hasta el siglo XIX. En esta primera parte, el objetivo radica en demostrar que el Cid histórico no fue ningún héroe, y que el monasterio de Cardeña inició su mitificación. Por eso, a mi juicio, enfoca toda esta primera sección del libro a mostrar una imagen abominable del Cid y de todo lo que tenga que ver con él: cuanto peor sea, mayor será el mérito de Berend, que habrá desenmascarado esta mentira de siglos.
El problema es que no hay tal secreto, ni su hallazgo aporta nada que no sepamos ya: el Poema de Fernán González salió del monasterio de Arlanza, y la teoría individualista de Joseph Bédier apunta directamente al papel fundamental de los monasterios en la génesis de los cantares de gesta. Se trata, en realidad, de lo mismo que sucede con los relatos de santos: los monasterios que conservaban reliquias inventaban historias sobre milagros que atraían a peregrinos y, con ellos, venía el dinero de sus limosnas. En el monasterio de Arlanza estaba enterrado el conde Fernán González y, en San Pedro de Cardeña, el Cid Campeador: sus cadáveres equivalían a las reliquias de los santos, como el cuerpo del apóstol Santiago en Compostela. El problema es que Berend ignora todo esto, tan sencillo y lógico para nosotros, y ni siquiera relaciona esa transformación del Cid en leyenda con la génesis de los cantares de gesta y la épica medieval, de ahí que su argumentación no tenga una base firme.
La segunda parte del libro (capítulos 8-11 y el epílogo) tienen una fortísima carga política. Básicamente, se esfuerza en destacar la vinculación del Cid con la dictadura de Franco, algo que es bien sabido pero que ella enfatiza para demonizar al Cid. Así, en el capítulo octavo, expone cómo la obra de Menéndez Pidal encajaba perfectamente con la ideología franquista, que asumió sus tesis. Por supuesto, no habla de la inmensa producción del maestro, ni de cuánto le debe la filología y la crítica literaria, o de cómo protegió a algunos miembros de la Real Academia de la Lengua perseguidos por la dictadura; solo le importa señalar que Menéndez Pidal creía que Castilla albergaba las esencias del más puro espíritu español, lo cual se amoldaba muy bien al ideario franquista. De nuevo, Berend demuestra sus limitados conocimientos, ya que esa exaltación de Castilla no es exclusiva de don Ramón, sino de toda la generación del 98. El error que supone juzgar la obra de Menéndez Pidal descontextualizándola de su época es, básicamente, el mismo que la interpretación de la película El Cid como metáfora de la Guerra Civil, sin tener en cuenta el resto de filmes que se producían en España.
El último capítulo y el epílogo apenas merecen comentario, porque, sobre todo, presentan opiniones totalmente subjetivas y carentes de cualquier interés científico, pues parecen más encaminados al adoctrinamiento ideológico. El tono político sube hasta ser atronador para martillearnos sin cesar, repitiendo constantemente que la derecha ha adoptado al Cid legendario y, a su juicio —como hemos visto ya, totalmente desacreditado—, la izquierda ha fracasado en su intento de restaurarlo. El único Cid que le gusta, el único que trata de manera positiva, es, curiosamente, el que aparece en un episodio legendario: la jura de Santa Gadea. Para Berend, “el Cid puede representar la conciencia social, se le puede considerar un guardián del bien común. Tensando un poco más la cuerda, podemos verlo como un antimonárquico, un republicano” (267). Estas líneas revelan una lectura totalmente anacrónica de la jura de Santa Gadea, frente a la que podríamos proponer otra más plausible, más cercana al medievo, por la que el Cid habría exigido el juramento al rey para disipar cualquier duda en torno a su persona y, así, reforzar su autoridad.
Por si no nos había quedado claro, Berend se quita por fin la máscara al afirmar que “dudo que haya muchos en la izquierda que puedan simpatizar con el Rodrigo histórico; el marco moral de referencia que utilizamos es muy distinto al del siglo XI. Podemos comprender la época y a las gentes que esa época alumbró, pero ¿sentiríamos el tirón de un hombre de esos tiempos?” (273). Esta pregunta retórica, a mi parecer, es crucial para entender todo el libro. Se trata de un enorme ejercicio de manipulación enfocado en conseguir que, cuando aparezca esta pregunta, el lector responda “No”. El problema es que, tras haberlo leído, el retrato que hace del Cid es el de un monstruo que rechazarían no solo los simpatizantes o militantes de izquierdas, sino cualquier persona con un mínimo de sensibilidad. La autora destaca la apropiación que del Cid hizo y todavía hace la extrema derecha, pero evita mencionar que Rafael Alberti basó parte de su poemario Entre el clavel y la espada en el destierro del Cid, por ejemplo. No le interesa mostrar la adopción del Cid por parte de la izquierda, pues quiere presentar un Ruy Díaz brutal en exceso a partir de un relato sesgado que evalúa desde unos criterios anacrónicos que persiguen unos propósitos establecidos de antemano y acordes a una ideología política. Esto la hace incapaz de adoptar una postura imparcial que permita ofrecer una pintura fidedigna del Cid y su época, lo que sería deseable en un buen estudio de una historiadora cuya posición académica nos hizo creer que leeríamos un trabajo serio. Al final, sin embargo, tal presunción está más lejos de la realidad que el propio mito del Cid.
Alfonso Boix Jovaní
Investigador independiente
ORCID: https://orcid.org/0000-0003-1587-4416
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