La Doctrina Primakov y el realineamiento eurasiático de Rusia: multipolaridad y las paradojas estructurales del poder postoccidental

The Primakov Doctrine and Russia’s Eurasian realignment: multipolarity and the structural paradoxes of post-western power

Alejandro Sánchez Barrera
Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED)

Recibido: 29/09/2025 · Aceptado: 11/12/2025

Resumen

El artículo examina cómo la Doctrina Primakov estructura la política exterior rusa desde la posguerra fría hasta la fase abierta por la invasión de Ucrania y el giro hacia Eurasia. Teóricamente, combina el realismo neoclásico con el realismo crítico de Bhaskar para articular una lectura estratificada de los niveles empírico, actual y real. Reconstruye el tránsito desde el occidentalismo de Yeltsin y la “terapia de choque” neoliberal hacia el ascenso de los estatistas-nacionalistas y la centralidad de la Derzhava. Sostiene que la orientación Primakov constituye el fundamento ideológico-estratégico de la Rusia contemporánea en un interregno gramsciano hacia un orden postoccidental multipolar.

Palabras clave
Doctrina Primakov, BRICS, Rusia, unipolaridad, multipolaridad.

Abstract

The article examines how the Primakov Doctrine structures Russian foreign policy from the post–Cold War period to the phase opened by the invasion of Ukraine and the Eurasian turn. Theoretically, it combines neoclassical realism with Bhaskar’s critical realism to develop a stratified reading of the empirical, actual, and real levels. It reconstructs the shift from Yeltsin’s Westernism and neoliberal “shock therapy” to the rise of statist-nationalist elites and the centrality of Derzhava. It argues that the Primakov orientation constitutes the ideological-strategic foundation of contemporary Russia in a Gramscian interregnum towards a post-Western multipolar order.

Keywords
Primakov Doctrine, BRICS, Russia, unipolarity, multipolarity.

Cómo citar: Sánchez Barrera, A. (2026). La Doctrina Primakov y el realineamiento eurasiático de Rusia: multipolaridad y las paradojas estructurales del poder postoccidental. Orden Internacional, Revista de Estudios Internacionales, 2, e119. https://doi.org/10.33732/roi.119

Introducción

El final de la Guerra Fría fue un proceso relativamente breve, abarcando apenas tres años (1989-1991) (Pereira, 2001), pero transformador significando colapso del “orden internacional consagrado en Yalta” (Martín, 2012: 5) y, con ello, el fin de la bipolaridad. Este período ejemplifica la célebre frase atribuida a Lenin: “Hay décadas en las que no pasa nada, y hay semanas en las que pasan décadas”, reflejo de cómo las grandes transformaciones históricas se precipitan y se concentran en un corto periodo de tiempo. No obstante, las condiciones para estas transformaciones se habían ido fraguando en años anteriores.

Francis Fukuyama escribió un artículo en el verano anterior a la caída del Muro de Berlín —9 de noviembre de 1989— en el que aseveraba que el consenso en torno a la democracia liberal era lo suficiente sólido y estaba desprovisto de contradicciones reales (1989). La hipótesis de Fukuyama era que se había alcanzado “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano” (Fukuyama, 1992: 6). Su influencia hegeliana que pronosticaba que las sociedades no eran infinitas, sino que estas concluyen cuando alcanzan el grado evolutivo suficiente que permita la cobertura de las necesidades fundamentales (Fukuyama, 1992) era lo suficiente conveniente y, sobre todo, convincente para el zeitgeist. Era el estadio último de la historia de la humanidad la cual se había definido continuamente por la contradicción de “rupturas, revoluciones, guerras y conflagraciones” (Losurdo, 2016: 15). El año 1989 se presentaba como el comienzo de una era de paz en el que la humanidad pudiese vivir de manera serena y feliz ya que se había librado de los miedos y las angustias fruto de las contradicciones pasadas, entre ellas, la destrucción mutua asegurada.

El orden mundial resultante tras el final de la Guerra Fría se definió por la unipolaridad liberal estadounidense, es decir, el dominio hegemónico de los EEUU que seguían —como modelo ideológico para estructurar sus relaciones exteriores— los presupuestos del liberalismo a nivel global. Asumió una visión monista de la realidad entendiendo el liberalismo como una ideología con pretensión universalizante y universalizadora (Sakwa, 2016). Esta misión se llevó a cabo por medio de acciones directas, intervenciones militares como a través de un complejo entramado de poder fácticos occidentales encabezados por los EEUU principalmente. La guerra del Golfo, la intervención en Somalia, la guerra de Kosovo, Afganistán, Irak y Libia son pruebas de que no se materializó esa paz perpetua —en el sentido kantiano— que se vaticinaba (Acharya, 2018). A no ser, que era necesario la exportación del modelo liberal a todas las partes del mundo incluso por medio de la fuerza.

Este periodo se extendió por veinticinco años —1989-2014—. La victoria estadounidense en la Guerra Fría pareció clausurar cualquier posibilidad de construcción de una alternativa a un orden internacional “basado en reglas” instaurado por la potencia hegemónica, donde las propias reglas operan como dispositivo de desigualdad soberana y se aplican de forma selectiva, también en el ámbito del derecho internacional humanitario (Diesen, 2024). A lo largo de las últimas tres décadas, EEUU ha implementado de manera sistemática los tres imperativos geoestratégicos formulados por Brzezinski —“impedir choques entre los vasallos…, mantener a los tributarios obedientes… e impedir la unión de los bárbaros” (Brzezinski, 1998: 48)—, que pueden leerse como la formulación estratégica de esa asimetría estructural. Es precisamente frente a este entramado donde la Doctrina Primakov se configura como proyecto de contestación y reequilibrio.

No obstante, Rusia comenzaba a recuperar su condición de potencia que disputa la arquitectura unipolar, y Ucrania se configuraba como shatter belt (Cohen, 2015), esto es, espacio de fractura particularmente expuesto a la colisión entre esferas de influencia rivales, en este caso EEUU y la Federación de Rusia. En paralelo, fueron consolidándose otros polos de poder —en particular China y el entramado agrupado en torno a los BRICS y al llamado Sur Global— que articularon proyectos geopolíticos y normativos que cuestionan la pretensión de universalidad de los denominados “valores occidentales”.

El artículo analiza la doctrina estratégica que ha seguido la Federación de Rusia con el objetivo de recuperar su influencia como gran potencia tras el colapso de la URSS y la pérdida de capacidad geopolítica que siguió a la Guerra Fría.

El artículo analiza qué doctrina estratégica ha seguido la Federación de Rusia para intentar recuperar su estatus de gran potencia tras la derrota geopolítica sufrida al final de la Guerra Fría. Señala que esta estrategia va más allá del ámbito interno y se refleja en la construcción de alianzas internacionales, especialmente a través de los BRICS y la cooperación bilateral con China, enmarcada en el concepto de Gran Eurasia. Esta política se desarrolla en un contexto histórico marcado por la tensión entre poderes en retrotraimiento, como EEUU y la UE, y formaciones emergentes, un periodo que puede conceptualizarse como un interregno gramsciano, donde se abre una ventana de posibilidad para la disputa de las normas y la jerarquía en el orden internacional.

Contextualización del objeto de estudio

El 24 de febrero de 2022, la historia volvió a instalarse en el continente europeo. En la madrugada, el presidente ruso, Vladimir Putin, pronuncia un discurso retransmitido por la televisión estatal en el que anuncia que las Fuerzas Armadas rusas llevarán a cabo lo que denomina una “operación militar especial” en territorio ucraniano. Este hecho marcó un punto de inflexión en la dinámica geopolítica europea y actúo como catalizador de las transformaciones en el orden mundial, al reforzar tendencias hacia un sistema multipolar (Diesen, 2024). La invasión rusa de Ucrania constituyó un cambio de la realidad europea que venía fraguándose desde el fin de la Guerra Fría, en contraposición de la propuesta de Fukuyama, y más en consonancia con la concepción de Heráclito de que los procesos de cambios son continuos.

Mientras tanto, la UE venía atravesando un proceso división interna y fragmentación institucional, producto tanto de divergencias estratégicas entre sus Estados miembros –especialmente en torno a imaginarios de seguridad contrapuestos– (Baqués, 2023) como de las persistentes asimetrías económicas que perpetúan la dinámica de una Europa a dos velocidades. Habiéndose delimitado sus periferias tras la crisis de la eurozona (Lapavitsas, 2016). Este es el modelo de la Europa ampliada, aquella que está conformada por anillos concéntricos siendo Bruselas el centro, seguidamente el núcleo duro, anillos intermedios y, por último, las periferias (Sakwa, 2016).

La erosión de la cohesión interna de la UE coexiste, de manera paradójica, con una dependencia estructural de los EEUU en materia de seguridad transatlántica. Washington ha consolidado esta posición aprovechando estratégicamente las tensiones ubicadas en el flanco oriental europeo (Pereira, 2025). La elección de Donald Trump para un segundo mandato presidencial parece anunciar un distanciamiento creciente respecto a los compromisos con Europa (Bello, 2024), lo cual ha generado una profunda inquietud tanto en las cancillerías europeas como en las instituciones comunitarias.

Esta preocupación se ve agravada por el hecho de que la UE ha subordinado históricamente su arquitectura de defensa al hegemón estadounidense y, al mismo tiempo, ha encontrado en la amenaza rusa una de las principales justificaciones para su propia cohesión y razón de ser. La combinación de ambos factores —dependencia externa y búsqueda de legitimidad— deja a Europa en una posición particularmente vulnerable ante las incertidumbres estratégicas que abre el nuevo ciclo político en Washington.

Algunos autores han apartado vías relevantes para redefinir la autonomía geopolítica europea incorporando también actores clave como es el caso de Rusia bajo el concepto de seguridad indivisible. Ejemplo de ello, el equilibrio de poder westfaliano-euroasiático (Diesen, 2024) o la Gran Europa de inspiración gorvachoviana basada en su idea de “hogar común europeo” (Sakwa, 2020; Morales, 2020a).

Como se adelantaba previamente, la coyuntura geopolítica actual está relacionada con el interregno gramsciano. Este período liminal se caracteriza por la superposición conflictiva entre paradigmas en descomposición y configuraciones por definirse, generando una zona gris de transición marcada por tensiones sistémicas. Gramsci definió interregno como una fase de cambio o transición en el que los poderes ya no son dirigentes sino dominantes. Los fundamentos del orden internacional previo se ven erosionados por sus propias contradicciones internas dando lugar a una crisis de autoridad y legitimidad (2013). De esta manera, por un lado, surgen nuevos centros de poder contrahegemónicos y, por otro, el hegemón tiene que recurrir al uso de la fuerza para hacer prevalecer su autoridad.

El interregno no constituye un vacío de poder, sino un espacio de disputa ontológica en el que se producen esta reconfiguración de alianzas, se renegocian jerarquías interestatales y se ensayan modelos de gobernanza. Los fenómenos que germinan en este interregno anticipan las contradicciones de un orden poshegemónico aún en gestación.

La tendencia actual apunta hacia la consolidación de un orden multipolar, cuyos núcleos principales incluirán a China y a EEUU, así como a Rusia cuyo papel se definirá en función del desenlace de la guerra en Ucrania manteniendo o no un anclaje estratégico dual euroasiático (Brzezinski, 1998: 54). La UE también está aún por definirse su rol y dependerá fundamentalmente de si hay o no un liderazgo alemán y/o francés; mientras que otras potencias como el Reino Unido y actores regionales con influencia limitada —Brasil, India, Indonesia, Arabia Saudí y Sudáfrica— también participan en la configuración de este sistema (Vinjamuri et al., 2025). Este orden emergente se diferencia de los anteriores equilibrios europeos, como los surgidos tras la Paz de Westfalia (1648) o el Congreso de Viena (1815), al involucrar actores y estructuras en latitudes ajenas al continente europeo (Ruiz-Ramas et al., 2016: 19-20). Algunas de estas potencias han buscado consolidar su influencia mediante organizaciones multilaterales como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), lo que refuerza la tendencia hacia un sistema global más multipolar.

Encuadre teórico-metodológico de la política exterior rusa: la Doctrina Primakov

Para analizar la política exterior rusa desde una perspectiva teórico-metodológica, resulta pertinente recurrir al marco del realismo neoclásico, influenciado por el modelo waltziano de las tres imágenes: individuo, Estado y sociedad internacional (2001). El autor pretende encajar su propia estructuración teórica que surge “desarrollo interno de las ideas” (Salomón, 2002: 3) lo cual le permite comprender cómo los complejos procesos políticos domésticos funcionan como una correa de transmisión que canaliza, media y redirige los resultados de las políticas en respuesta a fuerzas externas (Schweller, 2004: 164). Aunque el realismo neoclásico no abandona los presupuestos mínimos realistas, asume que los Estados dejan de ser una black box (Rose, 1998; Lobell, Taliaferro y Ripsman, 2009; 2016; Baqués, 2023), cuyos aspectos domésticos carecen de importancia y no se traducen en el plano internacional. Se trata, por tanto, de una posición más matizada, dada la complejidad intrínseca del Estado.

A diferencia del neorrealismo, que centra su análisis en las interacciones entre Estados como variable dependiente, el realismo neoclásico se enfoca en explicar cómo las dinámicas internas de cada Estado condicionan su política exterior. Su objetivo no es identificar patrones generales de comportamiento en la esfera internacional, sino comprender los factores internos que moldean las decisiones externas, un nivel de análisis que ha recibido relativamente poca atención en la disciplina de las Relaciones Internacionales. Mientras Gideon Rose sentó las bases de un enfoque realista que incorporara variables domésticas, Lobell, Taliaferro y Ripsman (2016) sistematizaron este enfoque, desarrollando un marco teórico que integra de manera explícita los factores internos en la explicación del comportamiento estatal.

Una vez aclarado esto, se adoptará una ontología estratificada que busca superar los enfoques reduccionistas del positivismo —centrado únicamente en eventos empíricos— y del constructivismo —que tiende a negar estructuras generativas independientes. Al integrar los niveles empírico, actual y real, este enfoque proporciona una visión holística de la transición hacia un orden multipolar. Según Roy Bhaskar (2008), este marco permite identificar no solo lo que ocurre, sino también por qué ocurre y qué condiciones deben existir para que los fenómenos observables puedan emerger. Bhaskar denomina a esta perspectiva realismo crítico dialéctico, cuya principal diferencia con otros enfoques realistas es que no reduce la realidad a los hechos observables, evitando así ontologías aplanadas (Sayer, 2000).

Por tanto, los tres niveles poseen características y propiedades distintas, pero son parte de un todo que interactúa. La dimensión empírica comprende los hechos observables, señales visibles y percepciones humanas, incluyendo sesgos, errores de interpretación o limitaciones de los instrumentos de observación. Por ello, el realismo crítico no equipara lo empírico con toda la realidad, reconociendo que esta es solo una parte de un sistema más amplio. La dimensión de lo actual se refiere a los eventos que surgen de las interacciones entre los distintos mecanismos sociales: relaciones entre Estados, organizaciones internacionales e individuos con capacidad decisoria. Ejemplos de este dominio1 incluyen alianzas, dominación, cooperación, enfrentamiento y dinámicas sistémicas como la polaridad internacional. Finalmente, la dimensión real abarca las estructuras subyacentes y procesos causales que generan efectos en los niveles superiores. Estas estructuras existen independientemente de nuestra percepción y permiten explicar fenómenos que no son inmediatamente observables. Como señala Parra (2016), lo real explica la aparición de los efectos empíricos, evidenciando la brecha entre lo observable y las causas subyacentes. Joseph (2014) enfatiza que estas causas estructurales no siempre se manifiestan como hechos constables, operando en el dominio de lo real sin hacerse evidentes en el nivel empírico.

Ahora bien, respecto al nivel empírico, en este caso, se asocia con los eventos constables como el colapso de la URSS en 1991, la continuidad institucional de la OTAN —a pesar de la desaparición del bloque soviético y su “otro”, el Pacto de Varsovia— y las sucesivas rondas de ampliación de la organización hacia el este europeo, son hechos observados, datados y documentados. Las sucesivas políticas internas y sus efectos visibles podrían entrar en esta categoría. Estos hechos fácticos forman la capa superficial de lo observable donde se realizan las diferentes interpretaciones. Por ejemplo, Rusia —sucesora nominal de la URSS— concebía que el final de la Guerra Fría había sido una victoria colectiva, se había acabado con la amenaza de la destrucción mutua y con la división de Europa. Sin embargo, los Estados occidentales no consideraban lo mismo, sino que había sido una victoria de su modelo ideológico sobre el comunismo. Por lo tanto, Rusia no sería tratada en pie de igualdad y, es más, se le aplicaría la justicia de los vencedores como con los programas neoliberales de ajuste estructural del FMI (Sakwa, 2016; Morales, 2020a: 37). Es a este nivel donde se registran las señales, las diferentes cifras, las declaraciones y las decisiones que requieren de explicaciones más profundas.

Respecto al dominio de lo actual: la política concreta de la ampliación de la OTAN, las reacciones diplomáticas y de seguridad de Moscú, las agendas de los gobiernos y la aparición de figuras y proyectos políticos que reaccionan ante las coyunturas internacionales, forman parte de este nivel. Es aquí donde las interacciones estratégicas tales como la formación de alianzas con otros contrapesos como India y China, y la reivindicación de una estructura multipolar se traducen en decisiones, discursos y alineamientos geopolíticos. Estas acciones pueden ser observables en la praxis rusa y la respuesta que puede dar Occidente a ello. La doctrina Primakov constituye una formulación práctica que tiene como objetivo corregir la pérdida de estatus de gran potencia de Rusia (Rumer, 2019).

En el dominio de lo real se instala las estructuras y los mecanismos generativos que potencian o subordinan en los niveles superiores: la configuración estructural del poder global —orden internacional que potencia o subordina las respuestas políticas—, lógicas de seguridad que asigna un determinado valor al estatus, y las lógicas económicas y sociales que revelaron la vulnerabilidad de la Rusia postsoviética. Todos estos mecanismos —pérdida de capacidades materiales, sensación de inseguridad ontológica (Tsygankov & Tsygankov, 2021: 1) y el escenario de competencia entre potencias— operan independientemente de si esto tiene o no traducción observable. Así, se puede interpretar la doctrina de Primakov, no solo como una orientación política, sino como una respuesta a la configuración estructural: intenta reinstaurar las condiciones que permitan recuperar su capacidad de agencia y reproduzca un orden internacional en el que pueda hacer valer su interés.

El autor en el presente artículo construye una estructura explicativa que integre estos tres planos: la brecha entre lo empírico y lo real permite ser consciente de que se pueden producir disonancias como que, a pesar de la desaparición del bloque soviético como “otro” del liberalismo, no se tradujo en una arquitectura segura e indivisible que incluyera a Rusia —como hubiera deseado Gorbachov con su idea de “hogar común europeo” (Sakwa, 2016, Morales, 2020a)— porque las estructuras causales subyacentes ya estaban encaminadas hacia la consolidación de un orden internacional liderado por Occidente. La doctrina Primakov es una respuesta política que pretende tener una traducción en la esfera internacional y una transformación de este. Sin embargo, estas transformaciones no se producen de manera tan sencilla. A continuación, se buscará desmostar cuáles son esos elementos que forman parte de la doctrina estratégica rusa que pretenden transformar (agencia) el orden internacional unipolar basado en los principios liberales (estructura).

La doctrina Primakov

Tras la desintegración de la URSS, el presidente Boris Yeltsin asumió la labor de la democratización del país y la integración de la Federación de Rusia en el bloque occidental llamando a esta estrategia: el retorno a Europa. La cuestión es que esta “vuelta a Europa” no significaba la integración de Rusia en un modelo de Gran Europa (Sakwa, 2016; 2020). Esta concepción paneuropeísta concebía una Europa de Lisboa a Vladivostok con el objetivo de crear una asociación estratégica y una zona de libre tránsito comercial desde el Atlántico hasta el Pacífico, un modelo para acabar con las divisiones continentales (Sakwa, 2020: 111). Esta Europa se basaba en un modelo de “una visión multipolar del continente, con más de un centro, y sin ninguna orientación ideológica” (Sakwa, 2020: 110). Una concepción que uniría el continente en la diversidad, al contrario, a la visión monista de una Europa ampliada (Sakwa, 2020: 110). Este punto es importante pues, la propuesta de Gorbachov asumía “la existencia de ciertos intereses compartidos con los miembros europeos de la OTAN, sin considerar estos como simples apéndices o instrumentos del imperialismo estadounidense” (Morales, 2020b: 463). Sin embargo, aunque la idea gorbachoviana no excluía necesariamente a los EEUU (Morales, 2020b: 461), la puesta en práctica de este modelo de desarrollo regional compartido deja entrever tensiones geoestratégicas: ¿a qué papel quedaría relegado EEUU? ¿Hasta qué punto podía la OTAN integrar las preocupaciones rusas sin renunciar a sus principios básicos?

De esta manera, se presentan dos concepciones del continente alternativas, aunque no necesariamente incompatibles (Sakwa, 2020: 108): por un lado, la nombrada Gran Europa y, por otro, la Europa ampliada, un modelo monista surgido tras la Segunda Guerra Mundial de una Europa exclusiva que se relacionó con la concepción de Occidente. Esta Europa posee un único centro, Bruselas, —capital de facto tanto de la UE como de la OTAN— y describe círculos concéntricos en una división centro-periferia. La influencia de Bruselas va perdiendo fuerza a medida que se pasa de un estrato a otro. Tras el colapso del bloque soviético, a los Estados de la Comunidad Económica Europea se le habrían sumado otros veintidós. Algunos de estos Estados poscomunistas no habrían entrado en esa concepción de Europa previa a los sucesos de la disolución del bloque comunista (Sakwa, 2016; 2020).

Este era el modelo de desarrollo europeo al que Boris Yeltsin aspiraba adherirse: un continente unificado bajo una concepción estrecha de Europa, sustentado en la democracia liberal y la economía de mercado. Rusia debía redefinir su rol geopolítico e integrarse plenamente entre el resto de las democracias liberales. Esta propuesta política fue promovida por los miembros de la élite rusa más cercanos al occidentalismo, cuya expresión exterior más evidente se materializó durante el mandato de Andréi Kozyrev como ministro de Asuntos Exteriores (Morales, 2020b: 37). Los occidentalistas conciben a Rusia como una gran potencia cuyo vasto potencial solo puede realizarse mediante la democracia, las reformas de mercado y una integración plena en la comunidad internacional. Consideran a Occidente tanto un socio estratégico como un modelo político y económico al que aproximarse. En coherencia con esta visión, rechazan el legado soviético, al que atribuyen buena parte de los problemas estructurales que afrontaba Rusia en ese momento (Tumínez, 2019).

No obstante, se trató de integrar a Rusia en Europa a través de la implantación de una serie de reformas que pretendían introducir el modelo político y económico de aquellos que se consideraban los vencedores de la Guerra Fría. A Rusia se le aplicó una “terapia del shock”, una reforma rápida y abrupta que tenía el objetivo de acabar con aquellas economías basadas en la planificación, la propiedad estatal y el control burocrático. Para ello, se llevó a cabo una rápida liberalización de los precios, eliminación de subsidios, recorte en el gasto y reducciones en la oferta monetaria. Las consecuencias fueron: el aumento de los precios, el aumento del desempleo y la caída de la producción (Sakwa, 2008: 291). En Rusia la transformación económica encontraba resistencias ya que esta no acababa de dar los resultados esperados, el aumento de los niveles de empobrecimiento estaba disparados y la inflación crecía por momentos. A principios de la década de 1990, un tercio de la población rusa (33,5%) vivía por debajo del umbral de pobreza. A finales de la década, esta cifra aumento hasta alcanzar el 40% (Mareeva, 2020: 3).

La situación era deplorable y fue percibido por la intelectualidad y la élite como una humillación. La desmoralización se convirtió en endémica dentro de la élite rusa por la pérdida del estatus de gran potencia y, los grandes problemas sociales y demográficos (Tumínez, 2019). De esta manera, la “doctrina Kozyrev” fue abandonada y se le destituyó de su cargo de ministro, siendo sustituido por Yevguieni Primakov (Morales, 2020b: 37).

El nuevo ministro de Asuntos Exteriores formaba parte de la burocracia soviética habiendo sido el exjefe de los Servicio de Inteligencia Exterior (SVR, por sus siglas en ruso). Especialista en Medio Oriente, había escalado dentro de la estructura del régimen soviético, ostentando puestos superiores en la academia e incluso siendo candidato para ser miembro del Politburó. Durante el gobierno de Gorbachov fue su enviado al Golfo con el objetivo de evitar la guerra tras la ocupación iraquí de Kuwait en verano de 1990. Resulta importante hacer aquí una apreciación. Aunque la política exterior en Rusia es una prerrogativa del presidente, los cambios de ministros provocan cambios —en ocasiones significativos— de orientación (Sakwa, 2008: 371). Primakov formaba parte de un grupo dentro de la élite política a los que se ha definido como nacionalistas estatistas.

Estos estatistas conciben su nación como una gran potencia que reclama una esfera de influencia que parece estar sustentada sobre una forma de derecho natural sobre la cual tiene la legitimidad de ejercer, de facto, su potestad (Ruiz-Ramas, 2016: 19). Esta esfera de influencia abarca los Estados de la ex URSS, incluidos los países bálticos, y supone la intención —en sus posicionamientos más radicales— de mantener presencia militar en territorios que actualmente son independientes. Desde esta perspectiva, se plantea que, de no hacerlo, la OTAN u otras organizaciones, como la OSCE, podrían interferir en la región y en los asuntos internos de Rusia. Dentro del propio espectro estatista existen posturas más conciliadoras y otras más estrictas respecto a Occidente; sin embargo, todas comparten la premisa de que Rusia debe preservar su autonomía en aquellos ámbitos que considere estratégicamente vinculados a su interés nacional (Tumínez, 2019).

Primakov había sido crítico con Occidente lo que fue muy bien recibido dentro de otras facciones dentro de la intelligentsia rusa como los comunistas y los nacionalistas de la Duma. Por tanto, mientras buscaba mantener una relación cordial con Occidente, trataba de reafirmar la posición rusa en China, el Lejano Oriente y sus aliados tradicionales en Oriente Medio. La cuestión es que la visión geopolítica no se limitaba a restituir la condición de gran potencia de Rusia, sino que esta era la piedra angular de un futuro sistema multipolar. Para ello, estableció una serie de tareas prioritarias en su política exterior: creación de las condiciones exteriores para reforzar la integridad territorial rusa; apoyar iniciativas de integración con la Comunidad de Estados Independientes, la estabilización de conflictos regionales —especialmente en la ex URSS y Yugoslavia— y evitar la propagación de armas de destrucción masiva. El concepto fundamental de la política exterior de Primakov es el pragmatismo, en contraposición con la competitividad (Sakwa, 2008: 371).

Primakov se convirtió en el primer ministro entre septiembre de 1998 y mayo de 1999, después de que la Duma rechazase la investidura de Víktor Chernomyrdin dos veces (Sakwa, 2008: 121), en un contexto en el que Rusia fue contagiada por la crisis financiera de los tigres asiáticos. Esto provocó la devaluación de su moneda y que fueran incapaces de pagar tanto su deuda interna como externa, provocando un pánico a nivel mundial (Rodríguez, 2025). Primakov siguió manteniendo una cierta influencia en la política exterior rusa a pesar de que el nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Igor Ivanov, tenía una orientación propia (Sakwa, 2008).

La guerra de Kosovo significará otro punto de inflexión para la política exterior rusa tras la disolución de la URSS. La llegada de Primakov al liderazgo del gobierno puso fin a cualquier posibilidad de una tendencia liberal-occidentalista y consolidó la orientación de los derzhavniki, aquellos defensores de la derzhavnost —estatus de gran potencia—, entendiendo esta como Derzhava (Fernández, 2021). A modo aclaratorio, el concepto de Derzhava no es una mera traducción rusa del concepto de gran potencia, aunque sí se haya traducido como tal como forma de simplificación (Sánchez, 2025). Se trata de un término muy integrado en la corriente realista de las Relaciones Internacionales rusas que integra aspectos históricos, culturales y políticos. Derzhava como aquel Estado fuerte capaz de reivindicar su estatus y con capacidad de protegerse de las amenazas externas (Tsygankov, 2022).

Durante los bombardeos de la OTAN, las reacciones dentro de la élite política rusa fueron diferentes. Por un lado, la oposición comunista y los ultranacionalistas de la Duma recurren a un discurso anti occidentalista como denuncia. Por otro, el gobierno modera su retórica sin renunciar a la firmeza de sus posiciones. La retórica anti occidentalista de Ivanov fue muy cuidadosa de que eso no provocara el arrinconamiento de Rusia (Sakwa, 2008). El gobierno denunció a EEUU como el principal responsable de la intervención en Yugoslavia y que los gobiernos europeos solo cedieron a las presiones de Clinton (Morales, 2020b). Con esta apreciación parece que el gobierno ruso subestima el compromiso real de gran parte de la élite europea con el atlantismo, un compromiso que persiste hasta hoy. Prueba de ello es que pocos Estados europeos estarían dispuestos a desmantelar la OTAN en favor de una Política Común de Seguridad y Defensa (Baqués, 2023). Si bien es cierto que durante las últimas tres décadas la UE cedió su responsabilidad defensiva y de seguridad a EEUU.

De esta manera, Rusia intenta posicionarse estratégicamente dentro de Europa, atribuyendo la mayor parte de la responsabilidad a EEUU, mientras, de algún modo, parece exonerar a las cancillerías europeas que han sido incapaces de hacer frente a la influencia estadounidense. La reacción ante los bombardeos en Kosovo no busca generar un sentimiento antieuropeo, sino favorecer un acercamiento a Europa, intentando debilitar la influencia de Washington en el continente (Morales, 2020b).

Habiendo expuesto algunas de las líneas principales resulta pertinente la sistematización de la doctrina Primakov con el objetivo de determinar su relevancia dentro de la política exterior rusa actual. La concepción geopolítica de Yevguieni Primakov adquirió una relevancia destacada cuando el actual ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, vaticinó en el año 2014 que los futuros historiadores acuñarían el término “doctrina Primakov”. Su orientación exterior se consolidó como la expresión más clara del giro copernicano en la política exterior postsoviética (Tass, 2014).

La base de su concepto estratégico reside en la premisa de que un mundo unipolar liderado por EEUU resulta incompatible con sus intereses nacionales. En respuesta, Primakov articula una política exterior multivectorial (Ruiz-Ramas, 2020b: 34), orientada a configurar un orden mundial multipolar en el que un concierto de grandes potencias actúe como contrapeso al unilateralismo estadounidense (Rumer, 2019). Similar a los conciertos de grandes potencias europeas surgidos tras la tras la Paz de Westfalia (1648) y el Congreso de Viena (1815). Su propuesta se configura en torno a un equilibrio de poder “en clave (geo)politológica” (Ríos, 2024: 298), entendido como un sistema de relaciones en el que los distintos participantes limitan las ambiciones y oportunidades de sus rivales con el fin de preservar una armonía relativa. El propósito último es evitar la hegemonía de una sola potencia. Para ello, los actores recurren a mecanismos, instrumentos, reglas y compromisos destinados a sostener la estabilidad del sistema (Barbé, 1987: 12). De esta manera, busca reinstaurar una concepción westfaliana del derecho internacional (Ruiz-Ramas, 2020b) como sustitutivo del orden internacional basado en reglas jerarquizado. Este último se basa en una jerarquización normativa que institucionaliza la desigualdad soberana estructural reproducida por el control monopólico de Occidente de las industrias estratégicas, las organizaciones internacionales, los corredores de conectividad física y los mecanismos financieros globales como el SWIFT y las monedas-reserva. El primero consagra los principios de no injerencia en los asuntos internos, respecto a la soberanía, principio de no agresión (Diesen, 2024).

La propuesta de Primakov asume una morfología concreta de orden internacional, concebida como un concierto de grandes potencias en el que EEUU, China, Rusia y la India actúan como polos principales. No obstante, consciente de la asimetría estructural a favor de Washington, Primakov plantea la necesidad de articular un contrapeso capaz de equilibrar la influencia estadounidense. Para ello, formula la idea de una troika de economías emergentes que, además encaja de manera favorable con un giro más eurasiático, no tan volcado hacia Europa.

En 1998, durante su visita oficial a la India, Primakov propuso por primera vez la creación de un triángulo estratégico entre Rusia, India y China (RIC). Esta iniciativa terminó por institucionalizarse en 2002 con la primera reunión forma de los ministros de Asuntos Exteriores de los tres países y, desde 2007, se integró de manera estable y anual en sus agendas diplomáticas.

La propuesta asume una morfología de orden internacional específica siendo esta un concierto de grandes potencias que incluiría a China, Rusia, India y los EEUU. No obstante, para contrarrestar la influencia estadounidense, Primakov propone una troika de economías emergentes. En 1998 vista la India y plantea la primera propuesta de creación de un triángulo estratégico entre China, India y Rusia (RIC). La primera reunión de ministros de Asuntos Exteriores se institucionalizó en 2002 y, a partir del 2007 se convirtió en un evento anual y formar en las agendas de los tres países (Dongxiao & Shuai, 2016). El RIC se convertirá en el génesis de lo que después serán los BRICS.

En 2001, el economista británico Jim O’Neill, entonces directivo del banco de inversión Goldman Sachs, se refirió por primera vez a Brasil, Rusia, India y China como los BRIC. O’Neill observó que, entre 2001 y 2002, el crecimiento real del PIB de estos cuatro países había incluso superado al del G7. Dos años más tarde, en un informe publicado por Dominic Wilson y Roopa Purushothaman, también miembros de Goldman Sachs, se pronosticó que, en un periodo de aproximadamente cincuenta años, las economías del grupo BRIC se consolidarían como las fuerzas más importantes de la economía mundial, superando incluso al G6 en términos de PIB nominal en dólares (2003). Su primera reunión informal fue en el año 2006, conociendo con la 61ª Asamblea General de las NNUU, donde los ministros de Asuntos Exteriores de los cuatro determinaron su objetivo de alcanzar una gobernabilidad alternativa basada en el imperio de la ley y las normas, es decir, un orden más justo y democrático que favorezca el desarrollo y crecimiento de todos. No sería hasta 2009 cuando se abrió el ciclo formal de cumbres del grupo BRIC. En la primera de estas reuniones, celebrada en la ciudad rusa de Ekaterimburgo, se abordaron temas como la reforma de las instituciones internacionales, el desarrollo sostenible, la cooperación en materia energética y la promoción de un orden internacional multipolar. Posteriormente, en la tercera cumbre, celebrada en 2011 en Sanya (China), se incorporó a Sudáfrica al grupo, marcando un hito histórico al ampliar la membresía y transformando a los BRIC en los BRICS (Morales & Rocha, 2025: 109-111).

Los Estados del BRICS han consolidado su posición como principales contrapesos a la hegemonía asimétrica de Occidente. Su relevancia en los últimos años ha ido creciendo exponencialmente, no solo por sus economías, sino también su capacidad de proyectar poder en los escenarios globales. Este fortalecimiento del BRICS solo puede comprenderse considerando, en primer lugar, la acción individual de cada uno de estos Estados en sus respectivas regiones y, en segundo lugar, su acción colectiva como grupo interestatal y foro político-diplomático (Morales & Rocha, 2025: 108). A lo largo de los años, los BRICS han logrado avances significativos en diversos ámbitos de cooperación, incluyendo los sectores como medioambiente, energético, telecomunicaciones, empresarial, académico, estudiantil y cultural. No se puede desdeñar que más de cincuenta países hayan expresado su deseo de unirse a la organización, veintitrés de ellos con solicitudes formales, mientras que veintiocho lo han hecho de manera informal (BRICS, 2025).

Oficialmente, a los cinco miembros originarios se les unieron otros cinco Estados: Egipto, Etiopía, Irán, Emiratos Árabes Unidos e Indonesia. Según fuentes de la organización, Arabia Saudí ha sido mencionada como miembro (BRICS, 2025); sin embargo, esto no es así. Riad se encuentra en un proceso de diversificación de sus relaciones internacionales y, aunque consideró la adhesión debido a los beneficios económicos potenciales, aún no es miembro de facto, probablemente para mantener un equilibrio en sus relaciones con EEUU y debido a las complejidades que implica la inclusión de Irán (Wisdorff, 2025).

Dicho esto, los BRICS no son una organización totalmente cohesionada, ya que existen acciones que generan desavenencias entre los propios socios. Por ejemplo, la ampliación de la organización ha generado tensiones: mientras que China y Rusia han favorecido la expansión, Brasil e India se han mostrado más reticentes, preocupados por la posibilidad de que la adhesión de nuevos miembros diluyera su influencia, comparativamente menor frente a la de Pekín y Moscú. Por otra parte, India también observa con recelo que China refuerce su poder ampliando el grupo para incluir Estados dentro de su órbita (Ferragamo, 2025).

En una entrevista concedida a finales de 2024 al medio BRICS TV, el Ministro de Asuntos Exteriores de la Federación de Rusia, Sergei Lavrov, destacó el papel central de los BRICS no solo para Rusia, sino también para otros Estados del Sur Global y del Oriente Global. En su balance sobre la presidencia rusa de los BRICS y la cumbre celebrada en Kazán, subrayó la necesidad de reformar las instituciones internacionales, como el Consejo de Seguridad de la ONU, el FMI, el Banco Mundial y la OMC., con el objetivo de promover un mayor pluralismo y contrarrestar el uso del dólar como instrumento coercitivo en la economía mundial (Lavrov, 2024).

Respecto al resto de los ejes del corpus que forma la doctrina Primakov es el liderazgo ruso de una forma de integración del espacio postsoviético. Ante la pérdida considerable de territorio de la URSS, algunas potencias consolidadas como EEUU y otras emergentes como China, India, Pakistán, Turquía e Irán buscan disputar la hegemonía regional a Rusia (Zamora, 2022). Los Estados resultantes de la desintegración soviética no tenían precedentes históricos inmediatos por lo que tuvieron que promover políticas identitarias nacionalistas lo que los llevó a adoptar una posición ambigua y distante respecto a Moscú. Hoy en día estos países siguen dependiendo tanto económica como energéticamente de Rusia (Martín, 2012).

Para Brzezinski la posición de Rusia era fruto de un cálculo geopolítico realista. A principios del siglo XXI, Rusia enfrentaba una profunda crisis multidimensional que abarcaba los ámbitos económico, demográfico y geopolítico. Los atentados del 11 de septiembre intensificaron la percepción de amenaza proveniente de las regiones musulmanas en su frontera meridional, mientras que China, una potencia demográfica en ascenso, comenzaba a consolidarse como un actor económico global. En este contexto, un enfrentamiento directo con EEUU habría supuesto un acto de autodestrucción estratégica para Rusia, mientras que una alianza con China implicaba aceptar una posición de subordinación frente al modelo de desarrollo nacional chino (Brzezinski, 2004). Esta situación dejó a Rusia en una situación extremadamente comprometida, atrapada entre dos opciones estratégicas desfavorables que de alguna forma trató de paliar con Consejo Conjunto OTAN-Rusia pero sin ser tampoco una opción satisfactoria.

Estos posicionamientos se enmarcan en la estrategia rusa de virar hacia Asia (Povorot k Azii). Tras la disolución de la URSS, Rusia ya aspiraba a reconstruir su esfera de influencia en el Cáucaso y Asia Central; sin embargo, se enfrentaba a una serie de condicionantes sistémicos poco favorables para ese propósito. La anexión de Crimea en 2014 y después la guerra del Donbás supusieron el abandono definitivo de cualquier posibilidad de proyectarse hacia su fachada europea y establecer vínculos estables con Occidente. En este sentido, el proyecto de la Gran Europa tiene hoy escasas probabilidades de materializarse.

Pese a que China podía representar inicialmente una amenaza para los intereses rusos en Asia, Moscú ha acabado encontrando en Pekín un socio ineludible. Sobre esta base, Rusia busca reforzar su proyección en el vasto espacio euroasiático mediante la articulación entre la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR) y la Unión Económica Euroasiática (UEE), liderada de forma prácticamente exclusiva por Moscú (Ruiz-Ramas, 2020a: 165). De hecho, lo esperable habría sido que ambos Estados, al consolidar sus respectivas estructuras, se preparasen para una competición directa en la región. Una competición, además, que difícilmente habría favorecido a Rusia, situada entre dos dinámicas que limitaban su margen de maniobra: por un lado, al oeste, los Acuerdos de Asociación de la Asociación Oriental de la UE; por otro, al este, la creciente penetración económica de China en Asia Central. No obstante, la crisis en el este de Ucrania actuó como catalizador para que el Kremlin cambiase de parecer y el 8 de mayo de 2015, Vladimir Putin y Xi Jinping firmaron el acuerdo para conjugar la IFR y la UEE y un mecanismo formal para su coordinación (Ruiz-Ramas, 2020a: 178-179; 2020b: 40).

El acercamiento ruso-chino generó fuertes reacciones en Occidente. La posible consolidación de un bloque entre ambas potencias planteaba un dilema legítimo. Más allá de si esta aproximación obedeció a la conveniencia o a que Occidente dejó a Moscú sin otra alternativa que vincularse más estrechamente con Pekín, lo cierto es que se reabrió un debate de importante: ¿era más conveniente apoyarse en China para contrarrestar a Rusia, o, por el contrario, resultaba preferible acercarse a Rusia para contener a China, que es la única potencia realmente capaz de disputar a EEUU la hegemonía mundial? (Lukin, 2015). Sea como fuere, el acuerdo para conjugar ambas organizaciones supone un salto cualitativo más fundamentado en lo simbólico que realmente en contenido dejando abiertas las formas y los ritmos en los que se llevaría a cabo (Ruiz-Ramas, 2020a). Aun así, se trata de un gran avance que se sustenta en los principios básicos de interés y mutuo beneficio que, con Occidente, era imposible obtener. La posibilidad de la Gran Europa de Lisboa a Vladivostok parece que será sustituida por la Gran Eurasia de Minsk a Shanghái que pivotará en torno a la asociación chino-rusa y a otra serie de organizaciones y grupos internacionales como al Organización de Cooperación de Shanghái (Lukin, 2015).

Por tanto, parece inevitable que la cooperación ruso-china siga progresando en las próximas décadas. La expansión de la OTAN hacia el este, las sucesivos paquetes de sanciones occidentales y el deseo manifiesto de obligar a cambiar sus posturas internacionales obligaron a Rusia recurrir a Asia y, en primer lugar, a China. Respecto a las sanciones económicas, diseñadas para aislar y debilitar a Rusia, han tenido efectos paradójicos. Lejos de colapsar, la economía rusa ha demostrado una resiliencia inesperada (Galbraith, 2023; Todd, 2024), diversificando sus mercados energéticos, fortaleciendo su autonomía agroalimentaria (Zamora, 2022) y buscando también los BRICS socios estratégicos.

Respecto la expansión de la OTAN hacia el este el proceso se ha llevado a cabo desde que la Rusia surgida tras la Guerra Fría aún seguía convaleciente. Su particular drang nach Osten2 ha sido frecuentemente señalado como uno de los posibles motivos de la reacción rusa (Mearsheimer, 2014; Sakwa, 2016; Sarotte, 2021; Karaganov, 2018; Patomäki, 2018; Forsberg & Patomäki, 2022; Diesen, 2024). Aunque a pesar de ello, no puede operar como explicación única, sino como un factor inserto en una red de causalidades múltiples que han empujado a Rusia a una dirección concreta y con el fin de hacer valer sus intereses internacionales.

La invasión rusa de Ucrania ha generado diversas reacciones, pero para el objeto de este análisis resulta pertinente destacar una por su carácter paradójico. Tras el inicio de la agresión, el presidente estadounidense Joe Biden declaró que las verdaderas intenciones del Kremlin habían quedado al descubierto. Según Biden, Rusia nunca estuvo realmente preocupada por su seguridad, sino que buscaba eliminar a un país del mapa mediante una acción militar abierta, impulsada por ambiciones de corte imperialista. En consecuencia, su gobierno actuaría siguiendo lo que se puede entender como una estrategia de Contención 2.0 (Sanger, 2022).

La paradoja reside en que la política de contención estadounidense tiene sus raíces en un artículo histórico, The Sources of Soviet Conduct (1947), conocido popularmente como el “Telegrama Largo”. En dicho texto, George F. Kennan realizaba un análisis psicológico del gobierno de Stalin, describiéndolo como paranoico por percibir al mundo exterior como hostil y agresivo, y afirmando que su deber era contrarrestar las fuerzas políticas externas (Kennan, 1947). Curiosamente, el propio Kennan advirtió en un artículo para The New York Times que la expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas podría conducir a la restauración de una nueva Guerra Fría (1997).

Conclusiones

A través de una revisión bibliográfica rigurosa y con un gran peso teórico, el presente artículo hace una lectura de la estrategia geopolítica rusa posterior a la Guerra Fría mostrando la compleja coyuntura internacional que tuvo que afrontar. El artículo evita caer en el nacionalismo metodológico sin por ello subestimar el papel de los Estados como actores centrales de las Relaciones Internacionales, aunque no monolíticos. Concibiendo estos como entidades social e históricamente construidas cuyas decisiones dependen de las élites en interacción combinadas con las presiones estructurales e internas a las que se ven sometidas. De esta manera, se ha pretendido ofrecer una visión integral, aunque por motivos de formato condensada, de las transformaciones internas que experimentó la Rusia postsoviética. El autor ha decidido poner el foco en los efectos que tuvo la terapia de choque neoliberal y sus consecuencias en la población —pasando por encima la crisis político-institucional (Sakwa, 2008)— cuyos efectos se tradujeron en un cambio en la dirección del país que sustituyó a la élite liberal-occidentalista por otra estatista-nacionalista. El paso de Yevguieni Primakov por el poder —primero como ministro de Asuntos Exteriores y luego como primer ministro— dejó una impronta duradera en la orientación de la política exterior de Rusia, presentes en todo el ciclo político que se ha relacionado con el interregno gramsciano. Los ejes vertebradores de su política exterior se sustentan en el pragmatismo y en una concepción realista del interés nacional.

Asimismo, considerando la investigación realizada y los principios fundamentales de su doctrina —pragmatismo metodológico y nacionalismo—, pueden identificarse a continuación las líneas que ha llevado a cabo el modelo estratégico ruso para satisfacer sus intereses (Rumer, 2019):

- La Federación de Rusia es un actor indispensable, Derzhava, con una política exterior independiente;

- Tiene una visión del mundo multipolar la cual será gestionada por un concierto de grandes potencias, en contraposición a un sistema unipolar exclusivamente liderado por los EEUU;

- Rusia debe de liderar el espacio postsoviético y perseguir la integración euroasiática Povorot k Azii;

- Sus objetivos de seguridad pasan por la oposición a la expansión de la OTAN, concibiéndola como amenazante;

- Debe buscar la asociación estratégica con China.

La doctrina Primakov puede considerarse el fundamento estratégico central de la política exterior rusa contemporánea, al articular la búsqueda de reconocimiento como gran potencia con la necesidad de operar dentro de un sistema multipolar en pie de igualdad con otras potencias emergentes y no emergentes. Esta continuidad se refleja en la política de alianzas internacionales, desde el fortalecimiento de los BRICS o la OCS hasta la cooperación estratégica con China, así como en el manejo ambivalente de las relaciones con el resto de Europa. El discurso de Vladimir Putin en el Bundestag alemán en 2001 ejemplifica esta posición ambivalente: por un lado, expresa un interés de acercamiento a Europa, entendiendo Rusia como parte de sistema de Estados europeos. Por otro, reivindica la independencia rusa y su estatus de gran potencia lo cual muestra esa dialéctica entre integración y autonomía. Reconocer estas dinámicas permite entender que la política rusa, lejos de carecer de coherencia, sigue patrones estratégicos definidos que se originan en el cambio de orientación de Primakov. Las limitaciones de esta investigación incluyen la necesidad de examinar más afondo la evolución de la política exterior rusa hacia Europa durante el primer mandato de Putin.

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1 En el sentido inglés de domain.

2Drang nach Osten significa en castellano “empuje hacia el este”. Hace referencia a una expresión utilizada por nacionalistas alemanes durante los siglos XIX y XX para referirse a la supuesta necesidad de Alemania de expandirse y hacerse con nuevos territorios en Europa Oriental.