NEILA HERNÁNDEZ, José Luis, MORENO JUSTE, Antonio, ALIJA GARABITO, Adela María, SÁENZ ROTKO, José Manuel, y SANZ DÍAZ, Carlos. (2018, [segunda reimpresión 2023]). Historia de las relaciones internacionales. Madrid: Alianza Editorial, 334 páginas. ISBN: 978-84-9181-233-3
Luis Miguel Lalinde González
Universitat Oberta de Catalunya
Historia de las relaciones internacionales representa, cuando menos, el esperado manual para la asignatura de homónima nomenclatura en el grado de Relaciones Internacionales o titulaciones semejas. Esto es así, dado que la obra expone de manera fehaciente los acontecimientos y las vicisitudes que han conformado la sociedad internacional desde el Congreso de Viena en 1815 hasta la actualidad. Y, lo más importante (más allá de su amena lectura), lo hace desde una perspectiva universal acorde al mundo global que nos ocupa.
En esta línea, la obra es justa heredera de los dos manuales de referencia en la disciplina en la que se circunscribe: por un lado, el manuscrito clásico Historia de las relaciones internacionales. Siglos XIX y XX (1954), del historiador francés Pierre Renouvin; y, por otro lado, la obra de referencia de la historiografía internacionalista española, Historia de las relaciones internacionales contemporáneas (2001) coordinada por Juan Carlos Pereira. Siguiendo esta línea, la obra objeto de la reseña coge el testigo de sus predecesoras para dar luz a los nuevos acontecimientos y complementar los nuevos saberes y corrientes de pensamiento sobre lo acontecido a lo largo de la historia de las relaciones internacionales en la época contemporánea.
Dicho esto, la obra comienza con el impacto de las revoluciones (1776-1815) en las relaciones internacionales, fruto de los profundos cambios que experimentó la sociedad occidental en todos los ámbitos, desde lo socio-político a lo industrial. En este sentido, la obra pone el foco en la “gran divergencia”, en palabras de Samuel Huntington y Kenneth Pomeranz, que experimentó y aupó a los Estados europeos frente a los “otros” y que, en última instancia, conllevó a la confección de sus respectivos imperios coloniales a expensas del resto de continentes. Eso sí, dicha empresa no fue fruto de la colaboración entre países europeos, sino de la competencia entre los mismos como consecuencia de la rivalidad comercial inherente al capitalismo más salvaje.
Seguidamente, tenemos un segundo capítulo destinado a explicar la significación del Congreso de Viena de 1815, especialmente por la instauración del principio del Concierto Europeo o equilibrio entre las grandes potencias (conocido como Sistema Metternich, en deferencia al líder y príncipe austríaco que lideró dicho congreso, Klemens Von Metternich); hasta el advenimiento de las revoluciones de 1820, 1830 y 1848. Las primeras en esencia sofocadas por la Santa Alianza (formada por Prusia, Rusia y Austria), y las últimas serían las que pondrán el fin al sistema ideado en 1815. Además, los autores establecen claras diferencias entre las revoluciones de 1848 y sus predecesoras, puesto que las de 1848 aparecen divididas entre liberalismo doctrinario y el demócrata (en vez de liberalismo contra absolutismo), además de que se sumará un fuerte e incipiente socialismo que incluso tendrá lugar en Austria, corazón del sistema europeo acaecido en el citado Congreso de Viena, hasta ahora indemne y azote de estos movimientos liberales.
Tras las revoluciones de la primera mitad del siglo XIX, si bien no alcanzaron totalmente el éxito deseado, especialmente por sus reclamaciones nacionalistas, sí que pondrán las bases para que en la segunda mitad de la centuria se conformen nuevas naciones en el continente que, en última instancia, desquebrajarán por completo el llamado Concierto Europeo. En este sentido, los autores nos brindan un tercer capítulo en torno a todo ello, explicando los pormenores de los acontecimientos históricos y su significación en la conformación del orden internacional europeo. En especial, surgirán grandes naciones como Alemania e Italia, tras sus respectivos procesos de unificación en detrimento de los intereses de otras potencias como la austriaca. En esta línea, en este período el liberalismo y el nacionalismo comenzarán a tener un tapiz conservador que se traducirá en que serán los sostenes e impulsores del imperialismo occidental. Al mismo tiempo, la culminación de la unificación alemana supondrá el fin del equilibrio de poder y el orden internacional en Europa, apareciendo uno nuevo, tras estos cambios geopolíticos, denominado como sistema bismarckiano, en honor a su “arquitecto” el canciller alemán Otto Von Bismarck. Este último establecerá una serie de alianzas entre las distintas potencias europeas para establecer un nuevo equilibrio de poder. Ciertamente, dichas alianzas supusieron una estabilidad y una paz entre las grandes potencias durante las décadas finales del siglo XIX. No obstante, con llegada al trono del Kaiser Guillermo II, Bismarck abandonará la cancillería en 1890 como consecuencia de que el primero quería convertir al país en todo un imperio y el segundo continuaba con la mentalidad de consolidar la existencia y el poder de Alemania unificada tan sólo 20 años antes. Esto se traducía en que Bismarck hacia grandes esfuerzos por mantener una alianza con Rusia, mientras el Kaiser tenía incluso hasta fuertes sentimientos antirusos.
El cuarto capítulo, va desde el fin de Bismarck hasta el inicio de la Gran Guerra, donde destaca la consolidación en 1907 de dos alianzas contrarias, la Triple Alianza y la Triple Entente, que iniciarán una carrera armamentística para asegurar el equilibrio entre las mismas y cuyo período se conoce como la “Paz armada”. Al mismo tiempo, en este contexto destacará el advenimiento de dos grandes potencias extraeuropeas como Estados Unidos y Japón, al igual que el enfrentamiento de las potencias europeas por territorios en Asia y África que hasta hacía unas tres décadas habían sido incluso inexplorados por los europeos. En pocas palabras, resultaba más fácil el conflicto entre las grandes potencias europeas puesto que el tablero geopolítico era muchísimo más grande. Igualmente, el casus belli que originó la Primera Guerra Mundial se dio en los Balcanes. Si bien, ya había habido conatos de violencia con anterioridad como consecuencia de la llamada “Cuestión de Oriente” o la debilidad del Imperio otomano, en 1914 no se pudo o no se quiso reconducir la situación que, en última instancia, llevaría a la Gran Guerra. El capítulo termina explicando las causas del conflicto y cita las distintas teorías que explican la responsabilidad del origen del mismo, primando últimamente la de la responsabilidad compartida dado que todas las grandes potencias tenían intereses en que se efectuara una guerra general o global, y no local como podría entenderse al principio con el asesinato del príncipe heredero austríaco.
En cuanto al quinto capítulo, expone de manera holística el desarrollo de la Primera Guerra Mundial, destacando que con ella se pondría fin al eurocentrismo que hasta ahora había dominado las relaciones internacionales. No en vano, otros continentes y otros actores extraeuropeos tuvieron mucho que decir, destacando, entre otros, Estados Unidos y Japón. Sin contar, que grandes imperios como el alemán, austrohúngaro, ruso y otomano, se habían visto seriamente mermados o incluso colapsados tras la conflagración mundial. Asimismo, dio lugar a la Sociedad de Naciones que, en suma, cambiará por completo la concepción que se tenía hasta entonces del sistema internacional. No en vano, ahora el orden internacional se vertebraba a través de una organización internacional. En este capítulo, cabe decir, que la Paz de Versalles supuso más bien un “alto el fuego” que una paz duradera debido al cariz revanchista de los intereses franceses, ya que a diferencia de los británicos que pretendían ser benévolos con los alemanes, los franceses pretendían ser la potencia hegemónica continental y para ello no dudaban en tener postrado a los germanos. En resumen, se establecerá el caldo de cultivo para el ascenso de los fascismos y una siguiente conflagración mundial para resarcir dichos agravios acaecidos en la conferencia de 1919, puesto que el sistema internacional nacido en Versalles nacía en detrimento de Alemania. Si bien, en la década de los años veinte se intentó paliar la situación alemana, introduciendo a Berlín como miembro permanente del Consejo de la Sociedad de Naciones, tras el Pacto de Locarno en 1925, y en aras de mejorar el sistema de seguridad colectiva o apuntalar la paz en el orden internacional. No obstante, todo ello quedará truncado con el inicio de la década de los años treinta y las consecuencias del crack del 29.
Con el fracaso de la seguridad colectiva auspiciada y defendida por la Sociedad de Naciones y el “espíritu de Locarno”, en el capítulo sexto se explica y analiza la llegada al poder de los fascismos y el establecimiento de autocracias totalitarias que desembocarán en la Segunda Guerra Mundial. Durante esta contienda, se establecerán los distintos bloques, donde el bando aliado (compuesto principalmente por los Tres Grandes: Reino Unido, Estados Unidos y la Unión Soviética; a veces con la incorporación de China) realizará una serie de conferencias para establecer el sistema internacional tras el conflicto armado. En este sentido, en los acuerdos de Teherán, Yalta, Bretton Woods y Dumbarton Oaks se pondrán las bases del orden internacional de posguerra. Sin contar que el 1 de enero de 1942 se firmará la Declaración de las Naciones Unidas, con el fin de combatir al hitlerismo en base a las naciones aliadas, que será el embrión de la nueva institución internacional en 1945, la ONU, tras la victoria del bando aliado en la Segunda Guerra Mundial.
No obstante, no todos los acuerdos se llevaron a la práctica, como permitir que las naciones liberadas eligieran a sus propios gobernantes, sobre todo por parte soviética dado que el término de democracia era dispar al occidental. De esta forma, se establecía la Guerra Fría entre EE.UU. y la URSS, con la Doctrina de la Contención ideada por George F. Kennan y que cristalizaría en su contraparte soviética en la teoría de los “dos mundos”, que dividía el mundo en imperialistas y antiimperialistas, con la Doctrina Zhdánov e ideada por Andréi Zhdánov, de ahí su nombre. Esta fragmentación se vería reflejada en Europa con el Plan Marshall, una fuerte ayuda económica estadounidense para Europa occidental; así como por el CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica, y COMECON en inglés), auspiciado por la Unión Soviética, e introducido no sólo en Europa oriental (abarcaba el orbe en su totalidad) y con tintes estalinistas. Por otro lado, más allá de los dos bloques antagónicos, aparecerá lo que se conoce como Tercer Mundo y sus países se organizarán en 1955 en la Conferencia de Bandung. Asimismo, la mayoría de dichos países, en la I Cumbre de Belgrado de 1961, establecerán oficialmente el Movimiento de los Países No Alineados. En pocas palabras, el capítulo séptimo explica los inicios y la conformación de la Guerra Fría hasta los años sesenta, incluyendo los episodios de tensión, especialmente bélicos, entre unos y otros, pero siempre conflictos de baja intensidad y de manera indirecta entre EE.UU. y la URSS, con el fin de evitar la destrucción mutua asegurada propia de potencias nucleares.
En el octavo capítulo, centrado en el periodo de la Guerra Fría entre 1962-1979, se expone como aparece una época de deshielo o distensión entre los dos bloques, también fruto de la división del lado socialista como consecuencia de las grandes tensiones entre la República Popular de China y la URSS, lo que permitirá a Washington, de la mano de Kissinger, estrechar lazos con unos y otros e incluso, en última instancia, crear una semi-alianza con Pekín a partir de 1971. Este hecho, implicó el reconocimiento de la República Popular de China como país que representa únicamente a China en el Consejo de Naciones Unidas en detrimento de la República de China afincada en Taiwán tras el fin de la guerra civil china en 1949. Al mismo tiempo, también habrá distensiones entre la República Federal de Alemania (RFA) y los países de Europa oriental, incluyendo la Unión Soviética. Todo ello se traducirá en el reconocimiento de las dos Alemanias como Estados soberanos dentro de las Naciones Unidas en 1973. En este sentido, a lo largo de la década de los sesenta y setenta se rubricarán una serie de acuerdos para profundizar en la distensión de ambos bloques, especialmente con el reconocimiento de las fronteras establecidas tras la Segunda Guerra Mundial tras los Acuerdos de Helsinki, en 1975, que conllevaba la creación de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE), además de por la limitación del arsenal nuclear con los acuerdos SALT I y SALT II entre las administraciones estadounidense y rusa. Con todo, el SALT II no fue ratificado por el senado norteamericano fruto de que lo veían demasiado favorable para los intereses rusos y por la invasión soviética de Afganistán. Esto último, ponía de manifiesto el fin de la distensión entre unos y otros.
En esta línea, se abría una nueva etapa denominada “segunda Guerra Fría” (1979-1991) y analizada en el noveno capítulo de la obra. En esta línea, y como se decía anteriormente, se produce un rearme de las superpotencias que comenzará con el presidente Carter al sentirse engañado por el ataque ruso a Afganistán pocos meses después de la firma del SALT II. De esta manera, se establecerán mísiles en buena parte de los países de Europa occidental y se realizará un boicot a los JJ.OO. de Moscú 1980, teniendo su máximo apogeo de tensión con la salida de Washington de los acuerdos SALT y la política de la “Guerra de las galaxias” de la administración Reagan en la década de los ochenta. Este rearme estadounidense, que suponía el 5% de su PIB en gasto en Defensa, fue contestado por los soviéticos, alcanzando entre un 15 y un 20% del PIB de la URSS para poder igualar el ritmo norteamericano. Finalmente, con la llegada de Mijaíl Gorbachov al poder, la URSS inició dos grandes reformas internas a partir de 1985: glasnost y perestroika. Además, de establecer una política externa sustentada en el nuevo pensamiento en política exterior. Todo ello iba encaminado a una mayor libertad y democratización del país y sus relaciones con el exterior que, en última instancia, conllevarían a la descomposición de la URSS al agravar los numerosos problemas que arrastraba el régimen soviético, entre ellos su maltrecha economía. Con la democratización del bloque comunista comenzaron a emerger países cuyas poblaciones votaban la ruptura con la URSS (destacando la caída del muro de Berlín y la reunificación alemana), incluyendo a las repúblicas que componían la propia URSS. En este sentido, en agosto de 1991 el ala dura del PCUS dio un golpe de Estado para acabar con la perestroika, este fracasó y supuso la ilegalización del PCUS. Es más, el 8 de diciembre de 1991 los líderes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia declararon disuelta la URSS y el 25 de diciembre Gorbachov asumió y aceptó la situación dimitiendo como presidente de la URSS y dando fin al país y a la Guerra Fría. Rusia será la heredera de la URSS, asumiendo sus compromisos y su silla en el Consejo de Seguridad de la ONU.
En el décimo capítulo, que va desde la caída de la URSS hasta la Gran Recesión, se trata el cómo EE.UU. perdió la posibilidad de dar al orden internacional un cariz más multilateral e institucional, aplicando unilateralmente medidas que a medio y largo plazo se han visto contraproducentes y han llevado a EE.UU. hacia el declive como denota la crisis de 2008 y el ascenso de China. Sea como fuere, los autores subdividen este período en dos décadas: entre 1991 y 2001, conocido como Pax Americana al “instalarse” la estabilización del orden internacional; y de 2001 a 2008, léase entre el atentado terrorista de las Torres Gemelas hasta el inicio de la Gran Recesión y cuya década se caracteriza por el desorden y la confusión. Dentro de esos marcos temporales, la obra expone una serie de guerras protagonizadas por EE.UU. y Rusia que han distanciado a ambos países desde la posguerra fría, iniciando nuevas rivalidades desde la llegada de Putin a la presidencia rusa al ver que Occidente no integraba a Moscú como un actor más entre los aliados occidentales como esperaba Yeltsin al anunciar el fin de la URSS y abandonar la idea de “misión imperial” en aras de verse como un socio fiable. En efecto, con Putin se volverá restaurar la idea de recuperar lo perdido tras la caída de la URSS que, en palabras suyas, “fue el mayor desastre geopolítico del siglo”. En este sentido, ha afianzado sus relaciones con los rivales de Washington, en especial, con Pekín. No en vano, claramente se observa un desplazamiento de poder desde un Occidente decadente a un Oriente pujante. Algo que también vemos con el traslado del G-8 al G-20 como grupo de países que representan mejor la nueva realidad distante de la preponderancia estadounidense. No obstante, la obra finaliza con la cita de varios autores como Víctor Pou, Fermín Bouza, entre otros, donde se pone de manifiesto la incertidumbre que hay sobre el devenir de las relaciones internacionales y el mundo en su conjunto. No en vano, no existen certezas dado el vacío de poder que está suponiendo el retroceso de Occidente en el orden internacional y las replicas de China y Rusia, como de otros actores como India y Brasil, para que el sistema reconozca a los “otros” y se ajuste a la nueva realidad que es muy dispar a la de la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. En efecto, cada vez tiene mucho menos sentido que Francia y Gran Bretaña tengan un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y no así India y Brasil. Es más, el primar lo individual a lo colectivo también está en entredicho, pues no debemos olvidar que el orden internacional se ha cimentado bajo los valores exclusivamente occidentales. Ahora, se abre el momento de los “otros”.
Para finalizar la reseña, más allá de lo expuesto en la obra, cabe detenernos nuevamente en la significación de la misma dentro de la disciplina y la asignatura académica de la Historia de las Relaciones Internacionales. Ciertamente, es una obra de referencia para adentrarnos en dichos estudios, ya que como hemos visto contiene todo cuanto se debe saber al respecto. Cierto es que se podría remontar hasta la Paz de Westfalia de 1648, pero se trata de una obra circunscrita a las relaciones internacionales contemporáneas y, asimismo, también hace referencia a dicha paz para ponerla como antecedente a lo que está por venir y tratar en la presente monografía. Dicho esto, la obra no tiene ningún “pero”, es realmente completa y clarificadora ante todo lo acontecido en su objeto de estudio, además viene acompañada de recuadros que explican a personajes o hechos más concretos para acompañar a la lectura y al hilo histórico a tratar. En esta línea, también destaca su amena lectura y exquisita escritura que atrae al lector a adentrarse en la obra, máxime por la cantidad de mapas y gráficos que explican a todo color el desarrollo de la historia de las relaciones internacionales.
En definitiva, la obra cumple con todos lo deseos de un interesado en las relaciones internacionales, muy bien referenciada tanto dentro como fuera del cuerpo del trabajo, donde destacan autores de vital relevancia en la materia y que incitan a indagar y saber más sobre la materia que ocupa. En este sentido, destaca el último capítulo de la obra que abre un abanico de teorías sobre el mundo que está por llegar y cuáles son las opciones más probables del mismo. Siempre desde la prudencia al pisar un suelo movedizo fruto de la incertidumbre que presenta la nueva centuria, donde como señalan los autores, primará lo geoeconómico a lo geopolítico para comprender las relaciones internacionales que, eso sí, todo indica tendrá un peso netamente oriental en detrimento de lo occidental. Léase, los dos últimos siglos de las relaciones internacionales que emergieron del Congreso de Viena y que se verán reseteados en buena medida por la voluntad de nuevos acuerdos que surgirán de Asia-Pacífico. Sea como fuere, y en base a lo comentado, nos encontramos con una obra destinada a ser una de las referencias clave, y no solo del mundo hispanohablante, para adentrarnos en la historia de las relaciones internacionales.