El Ártico como paradigma del presente geopolítico: evolución y dinámica de una región en ascenso

The Arctic as a paradigm of the current geopolitical landscape: the evolution and dynamics of a region on the rise

Alfredo Crespo Alcázar
Universidad Alfonso X El Sabio

Recibido: 26/05/2026 · Aceptado: 08/06/2026

Resumen

El presente artículo aborda la importancia que ha adquirido el Ártico desde el punto de vista medioambiental, comercial y de la seguridad, trasladando a su interior la competencia entre diferentes potencias. El Ártico refleja de manera nítida la evolución del orden internacional liberal, en el que hallamos actores estatales, en particular China y Rusia, que persiguen alterar los parámetros sobre los que aquel se cimentó desde 1945. El atractivo de la región, derivado de su fortaleza en recursos naturales, que ahora resulta mucho más fácil extraer debido al deshielo, se ve así sometido a la presión ejercida por intereses contrapuestos, primando en la actualidad más las relaciones de confrontación que las de cooperación, en claro contraste con lo que había sido recurrente en las décadas previas.

Palabras clave
Ártico, orden internacional, medio ambiente, cambio climático, militarización, competencia estratégica.

Abstract

This article examines the growing importance of the Arctic from an environmental, commercial and security perspective, as competition between different powers shifts to this region. The Arctic clearly reflects the evolution of the liberal international order, within which we find state actors—particularly China and Russia—seeking to alter the parameters upon which that order has been founded since 1945. The region’s appeal, stemming from its wealth of natural resources—which are now much easier to extract due to the melting ice—is thus subject to pressure from conflicting interests, with confrontational relations currently taking precedence over cooperative ones, in stark contrast to what had been the norm in previous decades.

Keywords
The Arctic, international order, the environment, climate change, militarisation, strategic competition.

Cómo citar: Crespo Alcázar, A. (2026). El Ártico como paradigma del presente geopolítico: evolución y dinámica de una región en ascenso. Orden Internacional, Revista de Estudios Internacionales, 2, e210. https://doi.org/10.33732/roi.210

Introducción

El Ártico se ha convertido en uno de los escenarios de mayor relevancia estratégica en el actual panorama internacional y en él se están posicionando diferentes actores estatales y no estatales (ONGs, empresas multinacionales…). La importancia de esta región no es un hecho puntual. Por el contrario, su trascendencia se va a mantener en las próximas décadas debido a una multiplicidad de factores, susceptibles de simplificarse en que la abundancia de recursos que contiene, resultan de más fácil acceso debido a los efectos del deshielo.

A la hora de trazar un perfil del Ártico, en primer lugar, destaca la diversidad política que hallamos (tanto democracias liberales, caso de Estados Unidos, Canadá y los países nórdicos, como autocracias, por ejemplo, Rusia) y cultural (con una presencia notable de comunidades indígenas, por ejemplo, la inuit). En segundo lugar, sobresale su riqueza en recursos (gas, minerales) que son fundamentales para el crecimiento económico de los países. Al respecto, en palabras de Ana Manero:

Como consecuencia del deshielo Ártico, se han facilitado las actividades económicas. No olvidemos que buena parte de las reservas de hidrocarburos del planeta se encuentran en el Ártico (…) Así pues, nos hallamos ante un contexto fuertemente extractivista, en el que el Ártico se configura como un espacio sometido a explotación económica intensiva (Manero, 2024: 77).

Este factor relacionado con la accesibilidad de los recursos ha sido determinante a la hora de atraer a estados como China e India. Todo ello:

Ha incentivado una suerte de «carrera por el Ártico» contraria a la realidad cooperativa vigente hasta la guerra de Ucrania (…) Esta ha socavado un instrumento de gobernanza y consenso como era el Consejo Ártico, creado en 1996, rompiendo, además, con los equilibrios geopolíticos en la región tras incorporarse a la OTAN Finlandia y Suecia (Romero et al., 2026: 7).

En efecto, la repercusión más tangible de esta suma de factores es que se ha producido un cambio que ha dejado atrás la denominada «excepcionalidad ártica», propia del siglo XX e inicios de la actual centuria (Vázquez Orbaiceta, 2022), en función de la cual, la cooperación y la ausencia de conflicto caracterizaban al Ártico y a quienes interactuaban en él: «las premisas eran que la pugna geopolítica no debía tener protagonismo en la región y que se debían abordar las cuestiones del cambio climático como principal amenaza al espacio Ártico» (Romero et al., 2026: 9). En íntima relación con este argumento, Cecilia Cinelli emplea la expresión «sonoro silencio» para explicar el lugar discreto ocupado por el Ártico en la Guerra Fría, señalando que en ello fue determinante su posición geoestratégica entre las dos superpotencias (Cinelli, 2009: 143).

Este escenario descrito contrasta con el actual en el que la cooperación no constituye la característica más sobresaliente. A ello debe sumarse la relevancia mediática que han suscitado los intentos de compra de Groenlandia por parte de la Administración Trump, el primero de ellos en 2019:

La propuesta inicial de 2019, que encontró una fuerte resistencia tanto dentro del gobierno danés como del pueblo groenlandés, quienes la consideraron una reliquia del expansionismo colonial, sirvió de preludio a las intensas tensiones que siguieron. El intento fallido tensó las relaciones entre Estados Unidos y Dinamarca, dos aliados de larga data, y destacó la creciente importancia geopolítica de la región ártica, donde las potencias mundiales compiten cada vez más por influencia y control (Smithson, 2025: 16).

En 2025 tuvo lugar un segundo intento de compra de Groenlandia por parte de la administración Trump que generó, de nuevo, rechazo tanto por parte de la población local afectada como por parte de la comunidad internacional, incluyendo dentro de la misma a aliados y socios de Estados Unidos en la OTAN (Manero, 2025). La doble negativa que ha recibido no implica que vaya a desistir de sus deseos de «adquirir» Groenlandia, por razones como a las que alude Dan Caldwell1:

Groenlandia es más importante para Estados Unidos que el Donbás. Hay un argumento muy sólido para aumentar los entrenamientos, los despliegues y la atención prestada a Groenlandia debido a su proximidad a Estados Unidos, su posición en ciertas rutas marítimas y sus recursos. Es una zona que no debe dejarse en manos de un adversario bajo ningún pretexto (Allard y Blum, 2025).

Para la realización de este artículo, hemos seguido una metodología cualitativa, recurriendo a la revisión bibliográfica y al manejo de fuentes primarias, realizando al respecto una entrevista personal semiestructurada.

La edad de oro de la cooperación en el Ártico: la creación del Consejo Artico en 1996

Como hemos indicado en los párrafos precedentes, la ausencia de conflicto caracterizó las relaciones entre los actores del Ártico incluso en una etapa tan compleja como fue la Guerra Fría. Al respecto, en la recta final de la misma, Mijaíl Gorbachov (secretario general del Partido Comunista de la URSS) habló en su discurso en la ciudad rusa de Múrmansk (1987) de convertir al Ártico en una «zona de paz». Esta aspiración se inscribía dentro de la importancia que el citado dirigente soviético concedía a las cuestiones relacionadas con el desarme y con la carrera de armamentos (Bonet, 1987).

Posteriormente, en 1991, tuvo lugar la Declaración de Rovaniemi (Finlandia), centrada esencialmente en cuestiones medioambientales y que se tradujo en la aprobación de la Arctic Environmental Protection Strategy, suscrita por los ocho estados del Ártico (incluyendo, por tanto, a la URSS y a Estados Unidos). En la elaboración de este documento también participaron realizando aportaciones países como la República Federal de Alemania o el Reino Unido, así como agencias vinculadas a la ONU (Organización de Naciones Unidas). Lo principal es que esta estrategia se centraba en la protección medioambiental, para lo cual insistía en la importancia de la cooperación científica. Asimismo, ponía en valor a los pueblos indígenas de la región y su contribución a la protección del medio ambiente Ártico. Como se observa, concedía prioridad a los problemas de contaminación medioambiental, indicando que los mismos no respetaban las fronteras nacionales, de tal manera que se entendía que la cooperación internacional resultaba fundamental para la protección del Ártico (Arctic Portal Library, 1991).

El siguiente paso fue la creación en 1996 del Consejo Ártico, cuyas bases fundacionales las podemos encontrar en la Declaración de Ottawa, la cual enfatizaba la cooperación y coordinación entre los Estados del Ártico y la importancia de las comunidades indígenas que habitan en él, de tal manera que cualquier acción orientada a mejorar el Ártico debería contar con dichas comunidades (Arctic Council, 1996). Durante los primeros años de la presente centuria, las cuestiones relativas a las repercusiones del cambio climático en la población y en el ecosistema local, insistiendo en la relevancia de la cooperación internacional para abordar esta cuestión y en la importancia de un desarrollo sostenible en la región, siguieron marcando la agenda del Consejo Ártico (Arctic Council, 2013), cuyo secretariado aprobó en 2013 el documento titulado Vision for the Arctic.

Este último documento reivindicaba una serie de atributos y de rasgos para esta región, sobresaliendo al respecto: su carácter pacífico basado en relaciones cooperativas sustentadas sobre el Derecho Internacional y el Derecho del Mar; presencia en foros regionales y globales para defender sus intereses, centrando estos esencialmente en preservar el bienestar de sus habitantes; prosperidad, insistiendo en la importancia de la cooperación económica entre sus integrantes; seguridad, si bien en este terreno se refería a cooperación medioambiental y civil. En lo que se refiere al Consejo Ártico, Vision for the Arctic subrayaba que formar parte de él constituía una prerrogativa exclusiva de los Estados Árticos (Arctic Council Secretariat, 2013). No obstante, el Consejo Ártico ha admitido la presencia de actores estatales y no estatales a los que ha otorgado el status de observadores, aunque sin tener por ello derecho a voz y derecho a voto, destacando en este apartado, entre otras naciones, a España, Japón, China e India. El Consejo Ártico, a pesar de su trascendencia en la gobernanza del Ártico, “excluye las cuestiones de seguridad en su ideario. Es un foro que no es vinculante. Solo hay una normativa que es vinculante que es la de intercambio científico pero que no ha llegado a tener lugar, aunque se ha firmado” (Entrevista personal del autor con Antonio Quesada).

La transición de la excepcionalidad a la confrontación

El Consejo Ártico inició su andadura en una década, la de los 90s, en la que se advirtieron una serie de hechos complementarios. Por un lado, asistimos a una etapa en la que Estados Unidos se convirtió en la superpotencia única, no existiendo ningún actor estatal y no estatal con capacidad para desafiar su liderazgo global. Para reflejar este hecho, Francis Fukuyama expuso su tesis de «el fin de la historia» en la que reflejaba un triunfo inapelable del liberalismo en el terreno de las ideas (Fukuyama, 2015), algo que los desarrollos posteriores han desmentido; por su parte, Charles Krauthammer hablaba de «momento unipolar» (Krauthammer, 1990).

En este sentido, las administraciones demócratas encabezadas por Bill Clinton (1993-1997 y 1997-2001), además de descartar el aislacionismo como eje vertebrador de la política exterior de Estados Unidos, subrayaron la importancia de la globalización económica como herramienta fundamental para generar prosperidad, estabilidad y seguridad. Esta premisa quedó certificada en las dos Estrategias de Seguridad Nacional aprobadas en 1994 y en 1999, en las que cabe añadir que no hubo referencia alguna al Ártico.

Por otro lado, los dos grandes adversarios actuales de Estados Unidos, Rusia y China, transitaron por momentos complejos. En efecto, Rusia afrontó las dificultades derivadas de su transición desde la planificación estatal propia de la URSS hacia una economía capitalista. En este desarrollo, la corrupción doméstica durante los sucesivos gobiernos encabezados por Boris Yeltsin y la pérdida de relevancia en el panorama internacional, como se pudo apreciar en las guerras acontecidas en Balcanes, generaron una sensación de humillación tanto en la sociedad como en amplios sectores de su clase política. Ambos elementos sirvieron como base para el revanchismo que, liderado por Vladimir Putin, venimos observando en los últimos años, apreciable particularmente en el espacio exsoviético.

En cuanto a China, adoptó un perfil bajo en lo que a sus relaciones exteriores se refiere, aunque con objetivos claros, entre los que sobresalió formar parte de la OMC (Organización Mundial del Comercio), meta conseguida en 2001, pero en ningún caso estaba dispuesta a seguir la «hoja de ruta» de los otrora satélites de la URSS en el este de Europa que se decantaron por iniciar transiciones hacia la democracia. En palabras de José María Beneyto:

Los dirigentes chinos – y el propio Xi Jinping, en primer lugar- han aprendido bien la lección de que la Unión Soviética llegó al colapso porque el PCUS diluyó sus ideales y cedió, frente al empuje de los valores liberales y lo que se interpreta como las devastadoras debilidades de Gorbachov y Yeltsin (Beneyto, 2024: 79).

En lo referente al interior de China, se mantenía firme la «reforma y apertura» trazada por Deng Xiaoping en 1978, cuya dimensión era estrictamente económica y orientada a sacar al país de la pobreza, rechazando una posible democratización (Esteban y Martín, 2024: 27).

Este «momento unipolar» comenzó a cambiar a comienzos del siglo XXI. Los atentados del 11-s de 2001, perpetrados por un actor no estatal como fue la organización terrorista Al Qaeda, aunque no significaron el final de la hegemonía de Estados Unidos, sí pusieron de manifiesto sus carencias y, por extensión, las del orden liberal internacional:

La globalización, que se había impuesto como el paradigma a seguir tras el final de la Guerra Fría, ahora planteaba retos imprevistos. Un actor no estatal marcaba la agenda global de una manera dramática, y los atentados pusieron de relieve el gran potencial disruptivo de estos actores, que fue in crescendo en años posteriores. El terrorismo se convirtió en una amenaza global (Solana, 2023: 71).

Como respuesta, Washington inició la denominada «guerra contra el terrorismo» que tuvo como epicentros las intervenciones militares en Afganistán e Irak, esta última no autorizada por Naciones Unidas y que además generó amplios niveles de desaprobación entre aliados históricos de Estados Unidos como Francia y Alemania. En consecuencia, la seguridad se convirtió en el eje fundamental de la política exterior norteamericana, guiada aquella inicialmente por las elevadas dosis de idealismo contenido en la tesis de la expansión de la democracia. Dicha tesis, como explica Juan Tovar (2014 y 2017) poco a poco se sustituyó por otra de corte más realista, centrada en priorizar los intereses estratégicos de Estados Unidos, como certificaron las presidencias de Barack Obama (2009-2013 y 2013-2017), Donald Trump (2017-2021) y Joe Biden (2021-2025).

Asimismo, en 2008 estalló una crisis económica global que afectó en mayor medida a Estados Unidos y al mundo occidental, y en menor grado a un grupo de países emergentes, los denominados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Estos últimos comenzaron a cuestionar, y lo siguen haciendo en la actualidad, ese orden liberal internacional, al concebirlo como una herramienta al servicio de los intereses occidentales. Esto no implica que una agenda única y consensuada guíe la actuación de los BRICS, ni en el momento de su aparición en 2009, ni tampoco en el presente. Al respecto, debe apuntarse que lo que sí se detecta, a modo de nexo entre todos ellos, es un elevado nacionalismo estatal y una coincidencia en demandar mayor peso en las denominadas organizaciones de gobernanza global (por ejemplo, en el caso de India, ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas). Como apunta Tovar:

Esta presencia de nuevas potencias, a las que podemos sumar actores relevantes en su ámbito regional como Turquía, Corea del Sur, Arabia Saudí, Irán o Nigeria nos muestra un sistema internacional mucho más diversificado y complejo tanto en actores como en ideas, que el que se había vivido desde el final de la posguerra fría, marcado por la hegemonía estadounidense, pero no necesariamente más pacífico ni exento de conflictos (Tovar, 2021: 39).

Esta concatenación de acontecimientos ha propiciado una transformación del orden internacional cuyas causas «devienen de un cambio severo en la redistribución del poder, así como en los equilibrios en las interdependencias entre los actores protagonistas del momento» (Hernández Martínez y Calatrava García, 2024:17). Continuando con Hernández Martínez y Calatrava García, ambos señalan que se ha intensificado la ruptura de consensos previos, al mismo tiempo que ha emergido una mayor rivalidad entre las potencias. Así, el conflicto aparece y la cooperación pierde relevancia, de tal manera que no desaparece del todo, pero sí se ha visto erosionada. Complementariamente, el liderazgo global de Occidente, en particular de Estados Unidos ya no es incuestionable, sino que viene siendo objeto de revisión.

Con todo ello, durante su trayectoria, hasta la agresión de Rusia a Ucrania en febrero de 2022 que ha supuesto la suspensión de sus reuniones (Manero, 2025: 402), el Consejo Ártico se caracterizó por una adecuada cooperación entre sus integrantes a la hora de resolver los problemas de naturaleza diversa (desarrollo local, medioambientales) y la explotación de recursos que les afectaban directamente (Fisas, 2019: 75). Sin embargo, frente a esta suerte de «panorama idílico», ha emergido la denominada «paradoja ártica», «en la que el calentamiento global inducido por los seres humanos impulsa el derretimiento precipitado de la capa de hielo del Ártico, facilitando a su vez el acceso a nuevos recursos de petróleo y gas» (Fisas, 2019: 9).

Por tanto, el Ártico ya no es una región marginal, ni tampoco exenta de conflicto, cuando menos potencial, en su interior. Por el contrario, acontecimientos recientes como la aludida guerra de Rusia contra Ucrania han incrementado la importancia de dicho espacio (Manero, 2025; Aznar, 2023), en el que se ha producido un aumento de la militarización (Conde, 2022:138-141). Este último rasgo no se había apreciado en el pasado más remoto, ni tampoco en el más cercano, ya que incluso tras la agresión de Rusia a Georgia en 2008 o tras su anexión ilegal de Crimea en 2014, se mantuvo la colaboración entre algunos países como Noruega y Dinamarca con Moscú (Gahr, 2016).

Con todo ello, la pregunta que debe hacerse es ¿en qué escenario más general acontece este cambio de percepción del Ártico? La respuesta general a este interrogante la hemos anticipado parcialmente en los párrafos anteriores y tiene que ver con la crisis del orden liberal internacional dominante desde 1945 (Peredo, 2024), el cual viene sufriendo las acometidas procedentes tanto de «potencias revisionistas» (China y Rusia, particularmente), como de la administración Trump, en tanto en cuanto esta última ha cuestionado algunos de los consensos sobre los que se cimentaba el aludido orden internacional liberal.

Este proceder del trumpismo, además de cuestionar las relaciones con sus aliados europeos, ha introducido dudas razonables sobre la escarapela de Estados Unidos como «arsenal de la democracia», una autodefinición que justificó algunas de sus intervenciones en diferentes conflictos durante la pasada centuria (Fusi, 1999). El actual presidente norteamericano parece decantarse por un orden internacional basado en zonas de influencia y no en principios y valores compartidos (Tovar, 2021). Como consecuencia de esta nueva orientación, ha realizado una enmienda a la totalidad de la política exterior desarrollada por su país tras el final del Guerra Fría, descartando la tarea de «construir naciones» (Trump, 2025) y embarcarse, en palabras de Pete Hegseth, en «guerras grandilocuentes y moralistas» (El Grand Continent, 2025), sin olvidar que se ciernen interrogantes sobre el compromiso norteamericano con la seguridad y defensa de los integrantes de la Alianza Atlántica.

Esto ha conllevado, como principal consecuencia, una renuncia deliberada a ser el «gendarme mundial», como refrendan las siguientes palabras de Donald Trump:

Llevamos muchas décadas enriqueciendo a la industria extranjera a expensas de nuestra industria americana. Financiando los ejércitos de otros países mientras permitíamos el triste desgaste de nuestro ejército. Hemos defendido las fronteras de otros países mientras nos negábamos a defender las nuestras. Y hemos gastado billones de dólares en el extranjero mientras las infraestructuras nacionales caían en el deterioro y abandono (Tovar, 2021:15).

No obstante, en medio de las dos administraciones Trump, Biden había expuesto en 2022 que:

La necesidad de liderazgo estadounidense es más grande que nunca. Estamos en medio de una competencia estratégica para dar forma al futuro orden internacional (…). Los EEUU liderará con nuestros valores y trabajaremos con nuestros aliados, socios y todos aquellos que comparten nuestros intereses (González del Miño, 2024: 99).

Factores que explican el cambio en la percepción y en las expectativas sobre Ártico

En la variación tanto de la percepción como de las expectativas del Ártico podemos identificar dos factores generales principales. Por un lado, la riqueza en materias primas; por otro lado, los efectos del deshielo, lo que permite un mayor acceso a aquellas mediante el desarrollo tecnológico (Cinelli, 2009: 139). En este sentido, Miguel Madueño subraya que:

La transformación del Ártico a medio plazo ha abierto una ventana de oportunidad para los países que bañan sus aguas, hasta hace poco convertidas en impenetrables placas de hielo, y su retirada permite la comunicación de rutas comerciales y de tránsito hasta ahora cerradas. Además, el descubrimiento de yacimientos de hidrocarburos bajo la banquisa también ha despertado la ambición de los países y sus grandes empresas lanzándolos hacia una delirante carrera por su control (Madueño, 2024: 279).

Josep Baqués (2018), por su parte, identifica una serie de beneficios del deshielo, tales como: explotar nuevas reservas de hidrocarburos, minerales y pesquerías; ventajas para el transporte en forma de ahorro en tiempo y en dinero; posibilidad de constituirse en zona de turismo, cuestión esta última en la que había insistido tiempo atrás la Unión Europea, potenciando de esta manera el sector servicios. Fisas enumera tres rutas comerciales, norte, noroeste y central, aunque en su análisis privilegia los efectos nocivos que desde el punto de vista medioambiental se vienen generando como consecuencia de la explotación del Ártico. Por ello, el mencionado autor, insiste en la importancia de campañas coma la denominada «salvar el Ártico» que puso en marcha Greenpeace, y en la adopción de un tratado para el Ártico, herramienta de la que carece en la actualidad, que tenga en cuenta aspectos como los contenidos en el Tratado de la Antártida, el cual prohíbe medidas de carácter militar, fomenta el intercambio científico y permite adherirse al mismo a cualquier miembro de Naciones Unidas (Fisas, 2019: 114-115).

Todo ello ha incrementado el interés y la presencia de actores que geográficamente no forman parte de la región, como hemos indicado en los párrafos precedentes. China constituye el paradigma de esta afirmación, declarándose como «Estado cercano al Ártico» ya que precisa de sus recursos para mantener inalterable el crecimiento (Baqués, 2018). En este sentido, Pekín ha puesto en marcha la Ruta de la Seda Polar, desplegando notables inversiones en la región, tal y como ha hecho en otros enclaves geográficos, por ejemplo, Sahel. De manera complementaria, ha establecido acuerdos bilaterales con los países del Ártico, una estrategia que también emplea cuando se relaciona con los estados miembros de la Unión Europea. A modo de ejemplo de esta afirmación:

En 2014, China realizó su sexta misión ártica, e incluso dispone de rompehielos. Tiene un gran interés en las nuevas rutas marítimas que ofrece el deshielo Ártico, que recortaría considerablemente la distancia que han de recorrer sus numerosos buques, así como poder explotar yacimientos de la zona para su creciente economía, que demanda todo tipo de minerales y suministros energéticos del exterior, pues es un país muy dependiente de las importaciones (Fisas, 2019: 85).

En íntima relación con este argumento, China insiste en que promueve una agenda basada en la «cooperación pacífica». Esta explicación tampoco supone una novedad, puesto que es el mantra al que Pekín recurre cuando expone su agenda exterior. En este sentido, en lo que atañe al Ártico, el pasado mes de enero Mao Ning, portavoz del gobierno chino, afirmó que «las actividades de China en el Ártico tienen como objetivo promover la paz, la estabilidad y el desarrollo sostenible de la región y se ajustan al derecho internacional» (Foncillas, 2026). Pero, sobre todo, en el Ártico también se observa la constante general que alude a un incremento de las relaciones a «nivel global» entre China y Rusia, incrementadas aquellas tras las sanciones a Rusia por su agresión a Ucrania (Pardo de Santayana, 2023; Abad, 2024). En lo que alude al Ártico, «el gigante asiático es el mayor apoyo que en estos momentos tiene Rusia en el desarrollo de los grandes proyectos extractivos en el Ártico, como el Yamal LNG y Arctic LNG2» (Manero, 2025: 404).

Por su parte, la UE, aunque con menor protagonismo que China, también ha subrayado la importancia de los recursos existentes en él Ártico derivados de los cambios medioambientales, aspirando a ganar cuotas de protagonismo en esta región. Sin embargo, está lejos aún de alcanzar esa meta, como demuestra el hecho de que no ha logrado el status de observador en el Consejo Ártico, para lo cual empleó como argumento sustantivo, como expone Elena Conde, los éxitos de su diplomacia exterior, lo que le capacitaba para favorecer una cooperación pacífica en el Ártico (Conde, 2022: 149). Sobre esta cuestión, Antonio Quesada, en la entrevista mantenida con él, expuso lo siguiente:

Ahora mismo la posición de la UE en el Ártico es muy secundaria: el Consejo Ártico invita a la UE a sus reuniones, pero no como observador. No es un papel relevante el que tiene por el bloqueo de algunos países (Entrevista personal del autor a Antonio Quesada).

Inicialmente, la postura de la UE se caracterizó por conceder importancia a las posibilidades económicas que ofrece el Ártico, pero sin separarlas de las implicaciones para el medio ambiente y apostando por la cooperación internacional (Comisión Europea, 2016). Asimismo, de una forma más concreta, en la Estrategia Global para la Política Exterior y de Seguridad de la Unión Europea (Estrategia Mogherini) aprobada en 2016 podía leerse lo siguiente:

Con tres Estados miembros y dos miembros del Espacio Económico Europeo que son Estados Árticos, la UE tiene interés estratégico en que el Ártico siga siendo un área de baja tensión, con una cooperación en curso a cargo del Consejo Ártico, un marco jurídico que funciona satisfactoriamente y una sólida cooperación política y de seguridad. La UE contribuirá a ello mediante un trabajo más intenso en materia de acción por el clima e investigación medioambiental, desarrollo sostenible, telecomunicaciones y búsqueda y salvamento, así como mediante la cooperación concreta con los Estados, las instituciones, los pueblos indígenas y las comunidades locales del Ártico (Unión Europea, 2016).

Sin embargo, en los últimos tiempos, en particular tras la agresión de Rusia a Ucrania y la creciente militarización del Ártico por Moscú, la narrativa securitaria ha cobrado presencia en el discurso que la Unión Europea promueve sobre el Ártico:

En este contexto, adquiere especial relevancia la consulta pública lanzada por la Comisión Europea a finales de 2025, que reconoce explícitamente que el marco de 2021 ha quedado parcialmente superado. Este proceso introduce de manera explícita cuestiones como la resiliencia estratégica, la protección de infraestructuras críticas y la gestión de amenazas híbridas, señalando un giro hacia una comprensión más amplia de la seguridad. Esta revisión se ve reforzada por iniciativas como la inauguración, en marzo de 2024, de la Oficina de la Unión Europea en Nuuk, Groenlandia, que simboliza un compromiso europeo más directo y permanente con la isla ártica (López Tárraga, 2026: 7-8)

El Ártico en la agenda de la OTAN y de Estados Unidos: la influencia (no solo) del factor China y Rusia

Este comportamiento de China ha generado notables suspicacias entre sus competidores y adversarios, en particular por parte de Estados Unidos y de la OTAN. En lo que alude a esta última organización, en su agenda cada vez ocupa un espacio más significativo el Ártico, como reflejó Anthony Blinken2 en su visita a la sede de la OTAN en Bruselas en diciembre de 2024 (U.S. Department of State, 2024). La razón principal de esta postura obedece a que Rusia ha recuperado posiciones en el Ártico, a lo que la Alianza Atlántica respondió con la realización de una serie de ejercicios militares (Morales, 2025). Aún con ello, cabe apuntar que en el último Concepto Estratégico de la OTAN aprobado en la Cumbre de Madrid celebrada en junio de 2022 no hubo alusiones directas al Ártico, aunque sí se abordó de forma exhaustiva el comportamiento de Rusia en el panorama regional e internacional tras su agresión a Ucrania, así como la actitud de China, recalcándose la «especial relación» entre los gobiernos de Moscú y de Pekín (Ministerio de Defensa, 2022).

No obstante, a pesar de esta «omisión» en el mencionado concepto estratégico de la OTAN, la Alianza Atlántica ha aumentado la atención prestada al Ártico. Esto no sólo se ha traducido en la celebración de ejercicios militares conjuntos con algunos de los países Árticos miembros de la OTAN, como por ejemplo Noruega, sino sobre todo en declaraciones como las efectuadas en 2022 por el entonces secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, quien catalogaba la presencia militar rusa en el Ártico como «un desafío estratégico» (RTVE, 2022). Poco después, el almirante Bauer, insistía en el continuo desarrollo militar de Rusia en el Ártico, terreno y escenario en el que también se venía produciendo un incremento de la cooperación de Moscú con China. Desde la perspectiva de Bauer, la tarea de la OTAN era doble: desde un prisma más particular se hallaba el compromiso de defender a sus estados miembros en el Ártico y, desde una panorámica más general, defender un orden internacional basado en normas (Bauer, 2024).

Con todo ello, puede verse con claridad la diferencia de enfoque con relación a las décadas precedentes. En efecto, en 2009, Joop De Hoop Scheffer, secretario general de la OTAN, con motivo de un seminario celebrado en Reikiavik (Islandia), no percibía el Ártico como una amenaza para la OTAN sino como un reto, afirmando al respecto que:

Los cambios producidos por el progresivo deshielo de la capa de hielo preocupan a muchos países, más allá de que formen parte del Consejo Ártico o de la OTAN. De hecho, toda la comunidad internacional se verá afectada por muchos de los cambios que ya se están produciendo. En esta situación, la OTAN debe determinar en qué ámbitos la Alianza, gracias a sus competencias únicas, puede aportar un valor añadido (NATO, 2009).

En lo que alude a Estados Unidos, el interés en el Ártico ha ido en aumento en los últimos años, aunque con una presencia menor que la de Rusia (Baqués, 2018; Aznar, 2023). En palabras de Antonio Quesada: “Estados Unidos ha tenido hasta esta legislatura un papel muy secundario. Ni siquiera ha construido un puerto naval en el norte de Alaska, lo que indica su poco interés. Tampoco tiene muchas estructuras militares. Rusia tiene muchas más” (Entrevista personal del autor). Para comprobar esta afirmación podemos adoptar como indicador las sucesivas estrategias de seguridad nacional aprobadas durante el siglo XXI.

En efecto, en las dos correspondientes a la administración Bush, 2002 y 2006, no hay referencias al Ártico. En este sentido, el tema principal en ambas fue la guerra contra el terrorismo. No obstante, casi al término de su segundo y último mandato, enero de 2009, el gobierno encabezado por George W. Bush aprobó The National Security Presidential Directive and Homeland Security Presidential Directive. El mencionado documento establecía los siguientes objetivos en la política hacia el Ártico: responder a las necesidades de seguridad de Estados Unidos; proteger tanto el medio ambiente como los recursos; fomentar un desarrollo económico sostenible; fortalecer las instituciones de gobernanza, destacando en este terreno el Consejo Ártico; involucrar a las comunidades indígenas en las cuestiones que les afectan; ampliar la cooperación científica. Asimismo, definía a Estados Unidos como una «nación del Ártico» y ponía en valor el trabajo hecho por el Consejo Ártico en lo relativo a temas medioambientales y desarrollo sostenible, sin olvidar la interacción que permitía con las comunidades indígenas (White House, 2009: 1-4).

Por su parte, durante los gobiernos presididos por Barack Obama (2009-2013 y 2009-2017), se apreció un interés en el Ártico centrado esencialmente en las cuestiones medioambientales y, de manera más concreta, en el cambio climático, materia a la que de una manera global sí concedió notable importancia el aludido mandatario norteamericano, enumerando en reiteradas ocasiones las repercusiones negativas derivadas de sus efectos. Con el objetivo de combatirlo de una manera eficaz, propuso un enfoque cooperativo, esto es, basado en la construcción de partenariados en los que incluía como socios a países como China y Rusia (Gobierno de Estados Unidos, 2010). Con todo ello, la Estrategia de Seguridad Nacional de 2010, situaba al Ártico en el párrafo previo a las conclusiones, definiendo a Estados Unidos como una «nación del Ártico». Más adelante, en 2013 aprobó la National Strategy for the Arctic en la que reiteraba cuestiones como fortalecer los intereses de seguridad internos de Estados Unidos, promover una administración responsable y fortalecer la cooperación internacional (White House, 2013).

En consecuencia, podemos afirmar que la postura de Obama estuvo más centrada en el cambio climático que en el Ártico en sí mismo, aunque se convirtió en el primer presidente de Estados Unidos que lo visitó (2015), conectando ambos ejes (cambio climático y Ártico) en la conferencia pronunciada en Anchorage (Alaska) el de 31 de agosto de 2015:

El Ártico es el indicador principal del cambio climático. Las temperaturas del Ártico están aumentando dos veces más rápido que el promedio global. El cambio climático no es un problema lejano: está sucediendo ahora y está sucediendo aquí mismo. El cambio climático está interrumpiendo nuestros ecosistemas, la agricultura, nuestro abastecimiento de agua, de alimentos, de energía, la infraestructura, la salud, la seguridad humana (U.S. Department of State, 2015).

Con motivo de este acontecimiento, expresó su preocupación por el cambio climático y abogó tanto por un liderazgo de su país a la hora de confrontar la cuestión climática como por una cooperación internacional en esta materia. Esto último lo refrendó con la firma del Acuerdo de París en 2015. Asimismo, en lo relativo a las cuestiones árticas, quien adquirió un notable protagonismo fue John Kerry (secretario de estado). Al respecto, en 2013 tomó parte en la reunión del Consejo Ártico celebrada en Kiruna (Suecia) y trasladó el mensaje de su gobierno, centrado el mismo en el cambio climático, considerado como «un reto compartido a nivel global» del que se derivaban consecuencias tanto para la seguridad nacional como para la estabilidad internacional: «sabemos que las temperaturas en el Ártico están aumentando más del doble de rápido que la media mundial, y están poniendo en peligro los hábitos y los modos de vida» (Kerry, 2013).

Complementariamente, en su participación en este mismo organismo en 2015, fecha en la que Estados Unidos asumía su presidencia, subrayó que las posibilidades económicas derivadas del deshielo tenían que ser respetuosas con el estilo de vida de sus habitantes puesto que no se trataba de «utilizar el Ártico y dejarlo como un desierto» (Kerry, 2015). En este sentido, sí que cabe apuntar un mayor interés en el Ártico con relación a la primera administración encabezada por Obama (2009-2013), pero se asociaba siempre a la cuestión del cambio climático. Lo fundamental es que a este último se le califica como una amenaza para la seguridad nacional por su capacidad para aumentar los desastres naturales, por el incremento de flujos migratorios que genera y porque puede aumentar los conflictos relacionados con el acceso a recursos básicos como el agua y los alimentos (Gobierno de Estados Unidos, 2015). Finalmente, en el informe Report on Arctic Policy aprobado en 2016, es decir, justo antes de abandonar Barack Obama la Casa Blanca, se hacía referencia a la importancia del Ártico en los siguientes términos:

La importancia de la región varía considerablemente entre los Estados no Árticos. Por ejemplo, las rutas comerciales más cortas que permiten el acceso a través del Ártico beneficiarán a los países orientados a la exportación, mientras que la diversificación de los recursos energéticos ayudará a los países a satisfacer su demanda interna. Algunos países consideran que su papel en el Ártico es un medio para reforzar su posición en la comunidad internacional —lo que implica erigirse en potencias regionales o asegurarse un lugar en las negociaciones que podrían reportarles beneficios económicos— o para desarrollar relaciones bilaterales (ISAB3, 2016: 5).

Igualmente, en este documento, Rusia ocupaba un lugar de referencia, indicándose la importancia que esta región tenía para Moscú, en tanto en cuanto le facilitaba recursos para dar respuestas a demandas sociales y económicas. Sin embargo, quizá resulta más relevante la referencia a su presencia militar numerosa y más activa que en el pasado (ISAB, 2016: 8). También Report on Arctic Policy constataba el protagonismo chino en el Ártico, insistiendo en su particular autodenominación de «país cercano al Ártico» para el que tenía una gran importancia las rutas comerciales con destino a Europa y América del Norte, así como la posibilidad de incrementar su influencia como potencia en ascenso mediante pactos con los países del Ártico.

En este sentido, la valoración de India y de sus expectativas resultaba mucho más benigna, ya que Report on Arctic Policy simplemente reflejaba que la región tenía «un interés científico» que completaba la importancia concedida a los hidrocarburos. Como en el caso de China, Estados Unidos consideraba que en el Ártico el gobierno indio buscaba reforzar su posición internacional. Con todo ello, como explica María José Hidalgo (2016:3), el legado de Obama en materia de cambio climático se caracterizó por su compromiso con la reducción de gases, aspecto recogido en el Acuerdo de París, la apuesta por las energías renovables y la descarbonización de la economía.

Estos aspectos no hallaron continuidad en la administración Trump que priorizó los recursos que ofrecía el Ártico, y como se ha comentado anteriormente, llevó a cabo la primera tentativa de «adquirir» Groenlandia. Dentro de la lógica de poder escasamente transaccional con la que el citado presidente norteamericano concibe las relaciones internacionales, interpretó que el Ártico era más un escenario de competencia que de cooperación. De una manera más particular, partiendo de la consideración de China como «potencia revisionista», tal y como se reflejó en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, se mostró escéptico en lo relativo a las intenciones de Pekín en el Ártico. A modo de ejemplo de esta afirmación, Mike Pompeo se refirió en los siguientes términos a China cuando participó en la reunión del Consejo Ártico de 2019:

Simplemente preguntémonos: ¿Queremos que las naciones árticas en general, o las comunidades indígenas en específico, sigan el camino del anterior gobierno de Sri Lanka o Malasia, atrapados por la deuda y la corrupción? ¿Queremos que la infraestructura crucial del Ártico termine como las carreteras construidas por China en Etiopía, desmoronándose y peligrosas después de solo unos pocos años? ¿Queremos que el Océano Ártico se transforme en un nuevo Mar de China Meridional, plagado de militarización y disputas territoriales? ¿Queremos que el frágil medio ambiente Ártico quede expuesto a la misma devastación ecológica causada por la flota pesquera de China en los mares frente a sus costas, o por la actividad industrial no regulada en su propio país? Creo que las respuestas son bastante claras (Pompeo, 2019).

Durante la presidencia de Joe Biden (2021-2025) se intensificó la importancia del Ártico, ejemplo de ello fue la aprobación de una nueva estrategia para esta región en 2022 que sustituía a la de 2013. Asimismo, de manera más general, la Estrategia de Seguridad Nacional de 2022, señalaba que los tres objetivos para su país en el Ártico es que fuera “pacífico, próspero y cooperativo”, manteniendo también evidentes elementos de continuidad con relación a los gobiernos de Barack Obama, apreciables en enfatizar las repercusiones derivadas del cambio climático, en forma de una mayor accesibilidad a recursos pero también en forma de retos para las comunidades indígenas (Gobierno de Estados Unidos, 2022). Además, se anunció la creación del cargo de embajador para el Ártico, insistiendo Anthony Blinken que esta región tenía para Estados Unidos una importancia estratégica crítica (Sánchez, 2023).

Conclusiones

El Ártico constituye un espacio en el que compiten dos de las teorías principales de las relaciones internacionales, el realismo y el liberalismo, si bien en la actualidad parece que la primera domina a la segunda. La competencia entre potencias se ha trasladado a este enclave geográfico y geopolítico, primando más las lógicas de poder que aquellas otras basadas en la cooperación. Esto último perjudica a actores como la Unión Europea cuyo rasgo más sobresaliente radica en su carácter de potencia normativa.

En el proceso de deterioro del consenso en el Ártico ha actuado como catalizador la guerra de Ucrania. El hecho de que desde 2022 el Consejo Ártico haya dejado de reunirse así lo certifica, lo que también responde a un fenómeno más general que tiene que ver con la crisis por la que transitan en la actualidad aquellas organizaciones que buscan alguna forma de cooperación, contraria a la sacralización de la soberanía estatal. Por tanto, como sostiene López Tárraga, el Ártico, lejos de ser un escenario residual, “actúa con un espacio revelador de la transición desde un sistema internacional relativamente cooperativo hacia uno marcado por la rivalidad sistémica y la primacía creciente de consideraciones de seguridad” (López Tárraga, 2026: 13).

El Ártico reproduce de manera clara la acentuación de la relación entre China y Rusia, pero también los virajes de la política exterior norteamericana de los últimos años, en los que el Trumpismo apela más a políticas de fuerza que a aquellas otras centradas en valores y principios de carácter universal que hace no tanto Estados Unidos enarbolaba y trataba de extender. La actitud del actual presidente norteamericano hacia Groenlandia corrobora esta aseveración.

La razón principal del atractivo en aumento del Ártico tiene que ver con su abundancia de recursos, cuya accesibilidad ha incrementado como consecuencia del deshielo. Este aspecto contiene elementos positivos (incremento del progreso económico y una modernización derivada de la aplicación de avances tecnológicos), pero también negativos, los cuales van desde los meramente ambientales hasta aquellos otros que tienen que ver con un cambio drástico en los modos de vida de las comunidades locales. Estas dos últimas preocupaciones no constituyen una novedad y, de hecho, darles respuesta había sido uno de los ejes sobre los que hace unas décadas se vertebró la cooperación entre los actores estatales y no estatales que interactuaban en el Ártico.

Financiación

Este artículo es uno de los resultados del proyecto de investigación que está desarrollando la Universidad Alfonso X El Sabio (Madrid) bajo la dirección del Dr. Francesco Autolino (IP-Investigador Principal) titulado Oportunidades y desafíos globales derivados de la cuestión del Ártico. Un análisis interdisciplinar sobre sostenibilidad, geopolítica y gobernanza en la región. Este proyecto, asimismo, ha sido financiado a través de XX CONVOCATORIA DE AYUDAS PARA EL DESARROLLO DE PROYECTOS DE INVESTIGACIÓN UAX-FUAX (2025). Alfredo Crespo Alcázar es uno de los investigadores de este proyecto.

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Entrevistas personales

Entrevista a Antonio Quesada, representante español en el Comité de Protección Ambiental (Tratado AntÁrtico), jefe de delegación alternativo en la Reunión Consultiva del Tratado AntÁrtico y el Senior Arctic Officer alternativo en el Consejo Ártico desde 2017. Ha sido durante 4 años miembro del Comité Ejecutivo de European Polar Board y es presidente del Consejo de Administradores de Programas Antárticos Nacionales (COMNAP). Celebrada de manera online el 24 de julio de 2025.

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1 Antiguo asesor de Pete Hegseth, secretario de defensa de Estados Unidos desde 2025

2 Anthony Blinken fue secretario de estado de Estados Unidos entre 2021 y 2025.

3 Siglas correspondientes a International Security Advisory Board.