AZCONA PASTOR, José Manuel y MADUEÑO ÁLVAREZ, Miguel (2024). El exterminio de las tribus indias de Norteamérica. Córdoba: Almuzara
José Luis Neila Hernández
Universidad Autónoma de Madrid
Alimentar el paladar del buen lector con un texto inteligente, metodológicamente riguroso, sensible al buen estilo literario y comprometido con una divulgación de calidad del contenido historiográfico es fuera de toda duda un motivo de complacencia. El tiempo devorado y abducido por las páginas que nos brindan José Manuel Azcona Pastor y Miguel Madueño Álvarez, desde sus magisterios en la Universidad Rey Juan Carlos y desde la sabiduría y el espíritu crítico que destilan sus palabras en la tribuna pública a través de sus textos académicos y periodísticos -especialmente en el dilatado currículum del profesor José Manuel Azcona-, invitan al análisis y la pausada reflexión para evadir las trampas narrativas de la propaganda, de los mitos y de la post-verdad.
Un tiempo de lectura encaramados al vuelo de altura que los autores nos brindan para revisar la literatura y los imaginarios construidos y deconstruidos del extermino de las comunidades nativas en América del Norte a tenor de la construcción nacional e imperial de Estados Unidos. Inevitablemente sus páginas despertaban en mi recuerdos e imaginarios en torno a la frontera y la conquista del salvaje Oeste en la literatura popular que en mi abuelo materno le llevaría a una casi obsesión quijotesca por los pioneros de las praderas, y que en mi infancia y en mi adolescencia me alcanzarían por la vía de la literatura gráfica, en especial de la mano de Moebius y su inmortal Teniente Blueberry, y del caudal inagotable de Hollywood, en cintas apologéticas del género como Quién mató a Liberty Balance o La Diligencia de John Ford o entregas críticas del relato mitificado como Sólo ante el peligro de Fred Zinnemann, Soldado Azul de Ralph Nelson y ya de adulto la inolvidable Sin perdón de Clint Eastwood. Sin duda, me atrevería a decir, que mi convergencia generacional con el profesor José Manuel Azcona y en general todos o casi todos los llegados con el baby boom bebíamos de aquellas fuentes comunes, de igual modo que otras como el Hard Boyle y el cine negro. Eran algunos de las ventanas por las que nos asomábamos al siglo americano.
Los autores, ya desde sus primeras páginas, revelan el impacto cultural del Western como género literario y cinematográfico, cuyo impulso sería exponencial con la incidencia de la televisión. Uno de los grandes activos de la obra es la conexión permanente en su discurso analítico entre el cultivo y la consolidación del relato mítico sobre la frontera y la conquista del Oeste, cuyo paroxismo narrativo alcanzaría su sublimación con la empresa performativa del Wild West de Buffalo Bill cuya acta de nacimiento tendría lugar en Ohama -Nebraska- el 19 de mayo de 1883. El genocidio indio devenido en triste parodia circense culminada con la participación del gran jefe Sioux, Toro Sentado. Desde este plano discursivo la obra establece pasarelas con la literatura y las prácticas académicas de la historiografía y la antropología, entre otras disciplinas. Y lo suscita precisando los polos desde la literatura que ha acrisolado el relato mítico de la frontera y el Oeste en la construcción y la épica nacional en estudios como los de Susan-Mary Grant, Aurora Bosch y René Remond, y aproximaciones críticas sobre la cara oculta de la conquista del Salvaje Oeste desde sensibilidades poscoloniales y decoloniales como las de Howard Zinn, Oliver Stone y Peter Kuznick, así como las conversaciones mantenidas por el afamado director estadounidense con Tariq Ali, o las investigaciones de Linda Tuhiwai Smith o Alfred Taiaiake y entre las aportaciones más notables de la historiografía española, la obra de Gregorio Doval.
La actitud crítica y el rigor revisionista y documental que se destila en las páginas de esta obra es indisociable de otros trabajos de Miguel Madueño y de José Manuel Azcona, desde los que desmitifican muchos de los supuestos consolidados en textos académicos y ensayísticos cuya interpretación de la historia imperial de España al otro lado del Atlántico se desliza desde los postulados de la herencia de la leyenda negra y la hispanofobia presente en no pocos textos de hispanistas anglosajones y franceses.
Tras la edulcoración narrativa del genocidio sistemático de las tribus indias de América del Norte, así como de las prácticas coloniales e imperialistas de Estados Unidos, silenciadas al amparo del relato mítico de la conquista del Oeste y las llamadas “guerras indias”, los autores articulan un discurso narrativo, a modo de ensayo como ellos mismos catalogan pero que encierra una mayor ambición académica y erudita, proporcionado claves interpretativas que entiendo muy acertadas.
En primer término, la tensión y el debate entre narrativas apologéticas de la frontera y la construcción nacional y críticas sobre este perfil discursivo de la frontera, visibilizando la guerra y la política colonial e imperialista como fundamentos del exterminio étnico, se enhebran con la construcción identitaria. Un análisis que brinda una mirada compleja al abordar los diferentes filamentos semánticos de conceptos como la guerra, desde las coordenadas culturales nativas a caballo entre el cazador y el guerrero y las referencias del colono y del ocupante a través del prisma del soldado estadounidense.
La obra exhibe un texto sutilmente entretejido entre la antropología cultural y la historiografía de la construcción y reconstrucción de identidades, tanto desde el plano de la construcción nacional republicana e imperial de Estados Unidos como de las propias comunidades nativas y el alumbramiento de une ethos común que emulsionaría en tiempos tan agitados como la marea contracultural de la década de 1960 al amparo de la lucha por los derechos civiles, en el caso del Movimiento Indio Americano.
En segundo término, el carácter nodal qué la dialéctica de la frontera en la construcción nacional y la articulación del imperio continental, utilizando la terminología de Thomas R. Hietala, ocuparía la formulación del Destino Manifiesto en el curso de la década de 1830 y 1840. El componente fundacional de la frontera en el propio proceso de la guerra de independencia y la conformación de la Unión Perpetua, primero como confederación y luego como federación, así como en episodios de alto valor simbólico y geopolítico como la enunciación de la Doctrina Monroe en 1823, como advertencia sobre el principio de no colonización de los viejos imperios en el hemisferio occidental, son hitos cuya sublimación textual se acrisolaría con el Destino Manifiesto. El papel que en este sentido va a desempeñar el publicista John Louis O’Sullivan, editor de United States Magazine y Democratic Review, fundada ésta última en 1837, será fundamental en la divulgación del expansionismo jacksoniano en la frontera y en cuyas páginas publicarían autores como Edgar Alan Poe y Henry David Thoreau. La expresión del Destino Manifiesto, en cuya argumentación abundaría el mencionado editor en el número de julio-agosto de 1845, aglutinaría dispositivos discursivos en los que subyacía un determinismo geográfico en busca de los “límites naturales”, un convencimiento teológico-providencialista, un componente racionalista y cientificista como pilares sustentadores del progreso y, por descontado, un racismo explícito. La americanización del continente como plasmación del proyecto providencial de la democracia y el capitalismo. Sobre esta versión de la misión civilizadora, que a comienzos de siglo XX evocaría Rudyard Kipling, se cimentaría el expansionismo estadounidense frente a los imperios europeos, las jóvenes naciones americanas como México y por supuesto, contra las tribus indias -víctimas de la colonización del hombre blanco a través de las leyes de remoción india- y otras comunidades invisibilizadas como los afroamericanos. Al hilo de la expansión continental la frontera imperial externa devendría en una frontera imperial interna expresada en términos de marginación respecto a los derechos y las virtudes del “imperio de libertad” de evocación jeffersoniana. El propio Herman Melville la expresaría con su sentido literario tras la guerra con México en 1848, “the past is a text-book of tyrants, the future is the Bible of the Free”.
La violencia como práctica política de las administraciones estadounidenses en la “resolución” del expediente de los nativos americanos de la frontera desde la opresiva violencia jurídica y normativa de la remoción y posteriormente los guetos de las reservas y, por supuesto, de la violencia en su extrema expresión con la guerra colonialista e imperialista recorre la obra de principio a fin. La violencia, a la que dedicaría un extraordinario estudio Richard J. Payne, se habría concebido como un activo fundamental en la construcción de Estados Unidos. No olvidemos que el mismo lance fundacional del país dio comienzo con una guerra de liberación contra la metrópoli. Una violencia constructora. El estudio que nos brindan los autores galopa al ritmo de la violencia de la conquista y la colonización del continente, pero con la virtud de incorporar una cronología, una agenda, unos hechos y unos personajes que brotan de las voces durante tanto tiempo silenciadas de los nativos, de las víctimas de la construcción del imperio continental.
Por último, la arquitectura narrativa de la obra acomoda al lector ante una secuencia temporal que recorre los lugares de la memoria y una mitología de la frontera nutrida en su panteón de ilustres héroes nacionales -caso de los generales Philip Sheridan, William Tecumseh Sherman, Ulysses Grant, George Crook o el más famoso aún George Armstrong Custer, elevado al generalato a título póstumo tras la derrota en Little Bighorn- consagrados desde el silenciamiento y la manipulación textual del exterminio de los nativos. Su epílogo acompaña a la clausura del censo de la frontera con la clausura del siglo XIX. Para entonces la conquista del Oeste era parte de la mitología del nuevo Estado y de un tiempo de olvido y de marginación de las viejas tribus desde esa frontera imperial interna, o en el mejor de los casos del taxidermismo antropológico de los museos y las revistas científicas, a la espera de nuevos vientos culturales y políticos que alentaran la apertura de nuevas ventanas a su pulsión identitaria y el derecho a reivindicar su pasado y los derechos de su presente.