Putin. El retorno de la geopolítica clásica
Putin. The return of classical geopolitics
Emilio Sánchez de Rojas
Universidad Rey Juan Carlos, Madrid, España
Recibido: 03/12/2024 · Aceptado: 26/01/2025
«La geopolítica no es a la ciencia lo que arte de vender es a la economía. Un geopolítico es un geógrafo que abandona su objetivo con el fin de proponer un rumbo de la política nacional» (Clokie, 1944,)
Resumen
¡El oso ruso ha despertado de su letargo invernal! Esta es una frase que se repite continuamente en la actualidad, refiriéndose a la creciente intervención de Rusia en los asuntos de los países de su periferia próxima. Muchos se sorprenden por este hecho y aseguran que Vladimir Putin ha perdido el contacto con la realidad, está produciendo una escalada irracional frente a Europa, y se encuentra aislado del resto del mundo.
Palabras clave
Putin, Rusia, geopolítica, espacio postsoviético, relaciones internacionales.
Abstract
The Russian bear has awoken from its winter slumber! This is a phrase that is constantly repeated today, referring to Russia's increasing intervention in the affairs of countries on its near periphery. Many are surprised by this fact and claim that Vladimir Putin has lost touch with reality, is engaging in irrational escalation vis-à-vis Europe, and is isolated from the rest of the world.
Keywords
Putin, Russia, geopolitics, post-Soviet space, international relationships.
Cómo citar: Sánchez de Rojas, E. (2025). Putin. El retorno de la geopolítica clásica. Orden Internacional, Revista de Estudios Internacionales, 1, e71. https://doi.org/10.33732/roi.71
Introducción
La realidad es que Putin -que inicialmente trataría de integrase en las organizaciones europeas, incluida la OTAN- hoy en día es un líder peligroso, pero racional, que ha mutado su visión geopolítica, por algunas razones objetivas y otras que no lo son tanto, pero que es capaz de combinar todas ellas en una narrativa creíble (con independencia de su veracidad). Es una narrativa bien construida que le permite justificar las acciones violentas de Rusia ante sus propios ciudadanos, y ante un número importante países -la mayoría de ellos dictaduras- que apoyan a Putin en el denominado sur global.
Muchos en Occidente han desdeñado a Rusia, considerándola una potencia regional irrelevante. Pero sus intervenciones en Georgia, Siria y Ucrania nos llevan a pensar que algo está haciendo bien. Las cuestiones que nos plantean estos hechos son múltiples:
• ¿Cuál era la visión geopolítica inicial de Putin?
• ¿Por qué y cuando cambió Putin su visión geopolítica?
• ¿Qué factores favorecieron ese cambio?
• ¿Cómo influyó EE.UU. y Europa en el mismo?,
• ¿Qué repercusiones ha tenido este cambio?
• ¿Qué códigos geopolíticos tiene la Rusia actual?
Trataremos de dar respuesta a estas inquietudes a lo largo del artículo, para ello comenzaremos por definir qué entendemos por geopolítica clásica.
¿Qué es geopolítica clásica?
Para aproximarnos a una visión «clásica» del concepto de geopolítica, analizaremos cómo la tratan varios autores, como son Ives Lacoste, Zbigniew Brzezinski, Henrry Kissinger, o Saul Bernard Cohen. Cohen, organiza las estructuras geopolíticas en diferentes niveles espaciales, a los que asigna un orden jerárquico: el ámbito geoestratégico (nivel macro), la región geopolítica, (nivel meso) y los estados nacionales (nivel micro). Los dos principales ámbitos geoestratégicos tradicionales son el marítimo y el continental, a los que Cohen suma un tercero mixto, centrado en China. Estos ámbitos proporcionan el escenario para diferentes estructuras geopolíticas (Cohen S. B., 2003, págs. 33-34).
Los ámbitos geoestra-tégicos se asocian a las dos grandes teorías que han enmarcado las geopolíticas, tanto de Rusia con la teoría del heartland (la tierra corazón) propuesta por Mackinder, asociada a la superioridad del poder terrestre; como la de EE. UU, la teoría del Rimland (el anillo interior o marginal) propuesta por Spykman y la prevalencia del poder marítimo. Para Halford John Mackinder: «Quien domine la Europa Oriental dominará la heartland quien domine la heartland dominará la "isla mundial"; quien domine la "isla mundial" dominará el mundo». Esta teoría es la base del «poder continental», el preferido por Rusia, que Mackinder considera superior al «poder marítimo», en caso de controlar la «tierra corazón».
Por el contrario, para Spykman (ver Ilustración 1), las tierras costeras de Eurasia o Rimland serían esenciales para el control del mundo por sus poblaciones, recursos y líneas marítimas. Spykman destaca la mayor jerarquía del «poder marítimo», y afirma: «Quien controla los territorios marginales domina Eurasia; quien domina Eurasia controla los destinos del mundo.» Es la base teórica que sustenta el poder marítimo estadounidense.
Ilustración 1. Representación de Spykman de la Isla mundial de Mackinder (La geografía de la paz)

Actores geoestratégicos y pivotes geopolíticos
Los actores geoestratégicos activos son los «Estados que tienen la capacidad y la voluntad nacional de ejercer poder o influencia más allá de sus fronteras con el fin de alterar…el actual estado geopolítico». Tienen el potencial y/o la predisposición a ser geopolíticamente volátiles. Brzezinski identifica al menos seis actores geoestratégicos clave: EE.UU., Francia, Alemania, Rusia, China e India son actores importantes y activos, mientras que Gran Bretaña, Japón e Indonesia, si bien son países muy importantes, no los califican como tales. (Brzezinski, 1998, pág. 40).
Los pivotes geopolíticos son «Estados cuya importancia no deriva de su poder y motivación sino de su sensible localización geográfica y de las consecuencias de sus vulnerabilidades para el comportamiento de los pivotes geopolíticos». Brzezinski identifica al menos cinco pivotes geopolíticos: Ucrania, Azerbaiyán, Corea del Sur, Turquía e Irán desempeñan el papel de pivotes geopolíticos de importancia crítica, y son -con capacidades más limitadas- geoestratégicamente activos (Brzezinski, 1998, pág. 41). Para Brzezinski, Rusia en un actor geoestratégico y Ucrania un pivote geopolítico y considera:
…si Moscú recupera el control de Ucrania, con sus 52 millones de habitantes y sus importantes recursos, así como su acceso al Mar Negro, Rusia automáticamente recuperará los medios para convertirse en un poderoso estado imperial, que se extendería por Europa y Asia. La pérdida de la independencia de Ucrania tendría consecuencias inmediatas para Europa Central, transformando a Polonia en el pivote geopolítico en la frontera oriental de una Europa unida. (Brzezinski, 1998, pág. 46).
¿Qué es geopolítica?
Yves Lacoste, padre de la geopolítica moderna, considera a la geopolítica relacionada con el poder o la influencia sobre territorios y sus poblaciones, y nos ayuda a entender los conflictos. Para Lacoste:
El término “geopolítica”, utilizado en nuestros días de múltiples maneras, designa en la práctica todo lo relacionado con las rivalidades por el poder o la influencia sobre determinados territorios y sus poblaciones: rivalidades entre poderes políticos de todo tipo -no solamente entre estados, sino también entre movimientos políticos o grupos armados más o menos clandestinos-, y rivalidades por el control o la dominación de territorios de mayor o menor extensión (Lacoste, 2006, pág. 8).
En opinión de Lacoste, los razonamientos geopolíticos ayudan a comprender un conflicto interno o internacional, pero también permiten evaluar los potenciales conflictos y sus consecuencias en países más o menos distantes, o en otras regiones del mundo.
Desde el punto de vista de la geopolítica crítica, opinaba Mary Kaldor, al final de la Guerra Fría que, de hecho, ésta había sido un debate, entre «capitalismo» y «socialismo», la narrativa de una gran lucha entre un Occidente democrático contra un Oriente temible y expansionista. Esta había sido la representación geopolítica más frecuente y duradera durante este período (KALDOR, 1990).
Para otros representantes de la escuela crítica de geopolítica, O´TUATHAIL y AGNEW, «…el estudio de la geopolítica es el estudio de la “espacialización” de la política internacional por parte de las potencias centrales y los estados hegemónicos». (O´TUATHAIL & AGNEW, 1992, pág. 192). Jakub J. Grygiel, considera que la geopolítica, o la realidad geopolítica, …
se define por las líneas de comunicación y por la disposición de los centros de recursos económicos y naturales. Estas dos variables, a su vez determinadas por la interacción de las características geológicas y las acciones humanas, crean un conjunto de restricciones objetivas y geográficamente específicas a la política exterior de los Estados (Grygiel, 2006, pág. 24).
Una realidad objetiva, que es independiente de los deseos e intereses del Estado.
La geopolítica alternativa. ¿Pero no es el mundo plano…?
En 2005 El tres veces ganador del premio Pulitzer, Thomas L. Friedman, en su libro El mundo es plano (Friedman, 2005), afirmaba que la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 desató fuerzas que liberaron a «todos los pueblos cautivos del Imperio Soviético» y continuaba:
«Pero en realidad hizo mucho más. Inclinó la balanza del poder en todo el mundo hacia quienes abogaban por un gobierno democrático, consensual y orientado al libre mercado, y en contra de quienes abogaban por un gobierno autoritario con economías de planificación centralizada.» (Friedman, 2005, pág. 52).
Para Friedman, si no eras una democracia y tenías una economía de planificación centralizada, te encontrabas en el lado erróneo de la historia (Friedman, 2005, pág. 52). A pesar de tanto Pulitzer, Friedman no parece haber sido precisamente un profeta. En opinión de un clásico como Saul Bernard Cohen la globalización no supone el fin de la geografía y la geopolítica, sino que nos dirige a un sistema geopolítico mucho más complejo, que afecta de forma selectiva a estados nacionales y regiones, en lugar de tener impactos generalizados (Cohen, 2003).
La geopolítica rusa
Desde que en 1570 una gran horda de tártaros de Crimea devastó el área de Riazán, cercana a Moscú, casi sin encontrar resistencia, Rusia ha tenido un miedo casi irracional a ser invadida y sus ciudades destruidas. Ese temor impulsó a la Rusia imperial a expandir sus fronteras, buscando defensas naturales. Catalina la grande, tras su victoria sobre los turcos en 1783, incorporó el entonces Kanato de Crimea y el puerto de Sebastopol en el Imperio ruso. Sebastopol se convertiría en la base de la flota rusa del mar Negro.
La URSS mantuvo la integridad de los territorios imperiales rusos (ver Ilustración 2), pero en 1954 Nikita Kruschev, primer secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética, decidió regalar a los ucranianos la península de Crimea, para restañar viejas heridas, sobre todo la de la terrible hambruna (holodomor) que asoló Ucrania (Merino, 2014).
Ilustración 2. Sistema vertical de pan-regiones de Karl Haushofer

Para entender la visión geopolítica tradicional rusa, heredada por la URSS durante la guerra fría, debemos acudir a las teorías de la escuela de Múnich. Para Karl Haushofer, ideólogo clave del Lebensraum o «espacio vital», la geopolítica sería la «ciencia que estudia el condicionamiento de los procesos políticos por parte de la Tierra», e introduce lo que denomina pan-regiones, que proporcionan a la geopolítica un marco geográfico donde se desarrollan los procesos políticos para que produzcan los resultados deseados a largo plazo (Haushofer, Obst, Lautensach, & Maull, 1928, pág. 27).
La geopolítica de la URSS hasta la muerte de Chernenko
Los líderes soviéticos proyectaron su fuerza ideológica, económica y militar, para lograr unos objetivos geopolíticos expansionistas. Tras la Segunda Guerra Mundial, comenzó la Guerra Fría, que enfrentaría a Estados Unidos contra la Unión Soviética y sus aliados (Yurchenko, 2024). La visión geopolítica soviética se basaba en:
• Mantener su integridad territorial a toda costa.
• Mantener su zona de influencia, especialmente el Pacto de Varsovia.
• Una penetración ofensiva sobre el Rimland, en Oriente próximo (Egipto, Irak, Siria, Líbano, Argelia…), y en Asia oriental y el sudeste asiático (Corea del Norte, Vietnam del Norte…).
• Amenazar los intereses norteamericanos en el «hemisferio occidental», apoyando grupos guerrilleros en América Latina.
• Competir con EE.UU. por las zonas de influencia en África.
Aunque se vivió un periodo de distensión durante el mandato de Jrushchov, esta geopolítica expansiva llego a su punto álgido con la denominada Crisis de los Misiles de Cuba en 1962. La citada crisis, que se produjo como reacción al despliegue de misiles nucleares norteamericanos en Turquía, se resolvería de forma aparentemente favorable a los EE.UU.
Tras el errático mandato de Jrushchov, Leónidas Brézhnev apostó por retomar la geopolítica expansionista con el desarrollo de nuevo armamento, pero manteniendo el deshielo iniciado por su predecesor, obteniendo un gran éxito con su apoyo a Vietnam del Norte, y provocando el mayor fracaso de su enemigo. Por otra parte, inició la invasión de Afganistán, que el presidente Carter calificaría como «el mayor peligro para la paz desde 1945» (McCauley, 2008, pág. 77). El fracaso en esta última intervención, a la que se había opuesto la cúpula militar soviética, sería una de las causas del colapso de la URSS.
El impulso militar soviético de la era Brézhnev, se financió sacrificando el desarrollo económico y el crecimiento de la URSS alcanzó mínimos históricos (ver Tabla 1):
Tabla 1. Crecimiento PIB de la URSS (Bacon & Sandle, 2002, pág. 40)
Período |
PIB (según datos de la CIA) |
PMN (según Grigorii Khanin) |
PIB (según la Unión Soviética) |
1960–1965 |
4.8 |
4.4 |
6.5 |
1965–1970 |
4.9 |
4.1 |
7.7 |
1970–1975 |
3.0 |
3.2 |
5.7 |
1975–1980 |
1.9 |
1.0 |
4.2 |
1980–1985 |
1.8 |
0.6 |
3.5 |
El fracaso de las reformas, el estancamiento económico y la guerra de Afganistán provocaron una frustración creciente de la población, particularmente en las Repúblicas Bálticas y en los países del Pacto de Varsovia. Tras la muerte -en menos de tres años- de Yuri Andrópov y Konstantín Chernenko, sucesores de Brézhnev, se eligió un presidente más joven, Mijaíl Gorbachov, último líder de la URSS.
La geopolítica de la URSS tras el final de la Guerra fría
La visión geopolítica de Gorbachov y posteriormente la de Borís Yeltsin (como presidente de la Federación Rusa) era defensiva y estaba relacionada con una decadencia económica y social, que coincidiría con una actitud estadounidense más agresiva, adoptada por el presidente Ronald Reagan, aprovechando el enorme diferencial en desarrollo tecnológico entre ambos países (Guerra de las Galaxias). Esta situación provocaría un cambio sustancial en la tradicional geopolítica soviética, que duró hasta mediada la primera década del siglo XXI. Esta geopolítica defensiva rusa se caracterizaba por:
• Un Intento de mantener, sin el empleo de la fuerza, su zona de influencia en los países de Europa del este y las Repúblicas bálticas.
• La retirada de Afganistán y la pérdida de influencia en oriente próximo y el norte de África.
• La retirada de sus apoyos económicos a Cuba, y a los grupos guerrilleros en el hemisferio occidental.
• Un retroceso general en África subsahariana y el sudeste asiático.
Se trataba de una geopolítica de contención, que tuvo su demostración en la incapacidad rusa de influir durante las guerras de los Balcanes. Las reformas políticas, glásnost (liberalización, apertura, transparencia) y económicas, perestroika (reconstrucción), iniciadas por Gorbachov, provocarían una reacción contraria al régimen, por parte de la población civil. La caída de los precios del petróleo en 1985 y 1986 y la escasez de divisas para la compra de grano durante este periodo, redujo drásticamente la libertad de acción de Gorbachov y su consecuencia inmediata sería la caída del muro de Berlín.
La caída del muro de Berlín y la desaparición de la URSS
La caída del muro de Berlín y la aceptación de que la Alemania reunificada permaneciera dentro de la OTAN (como un caso único), la desaparición del pacto de Varsovia y la incorporación de sus antiguos miembros en la OTAN (en contra del compromiso verbal de EE.UU. con Rusia) y la disolución de la propia URSS., suponen eventos disruptivos que cambiarían la visión global de Vladimir Putin.
A partir de 1989, tras la caída del muro de Berlín, se instaló un clima triunfalista entre políticos y militares de EE.UU. En 1991 el presidente George Bush I, tras su victoria en la primera guerra del Golfo, defendía un «nuevo orden mundial»:
…donde diversas naciones se unan en una causa común para lograr las aspiraciones universales de la humanidad: paz y seguridad, libertad y el imperio de la ley. Ese es un mundo digno de nuestra lucha y digno del futuro de nuestros hijos…
Y recordaba sus palabras tras la caída del Muro en Berlín: «esta noche, Alemania está unida. Europa se ha vuelto unida y libre, y el liderazgo de los Estados Unidos fue decisivo para hacerlo posible» (Peters & John T. Woolley, 1991).
Las tendencias geopolíticas alternativas del momento, reflejaban este optimismo. Un ejemplo es la teoría defendida por Robert O'Brien:
La gloriosa perspectiva del final la geografía para el final de este siglo [XX] es la aparición de un mercado financiero global sin fisuras...Las barreras desaparecerán, los servicios serán globales, la economía mundial se beneficiará por lo que, presumiblemente, el cliente tendrá una «oferta global» (O'Brien, 1992).
La periferia euroasiática de Rusia experimentó un cambio geopolítico revolucionario. Sus antiguos satélites, se habían pasado en bloque a la OTAN, y ahora se volvían contra una Rusia, para la que sus antiguas repúblicas soviéticas, se habían convertido en su «extranjero próximo», con una importancia defensiva y económica crítica, y donde habita el 18% de la población rusa. Los líderes occidentales consideraron «paranoicas» las inquietudes de Rusia sobre la expansión de la OTAN, pero los rusos no habían olvidado la invasión alemana en la Segunda Guerra Mundial, y la muerte de veinte millones de ciudadanos y soldados. Los rusos necesitaban mantener la influencia en su periferia occidental, para proporcionar profundidad defensiva y tiempo de reacción (Cohen S. B., 2003, págs. 211-12).
En opinión de Robert Kagan, una «línea de falla» pasaba por la frontera occidental y suroccidental de Rusia, (Georgia, Ucrania y Moldavia, los Estados bálticos, Polonia, Hungría y la República Checa), el Cáucaso y Asia Central, e incluso por los Balcanes; línea de falla donde se estaría celebrando una batalla por la influencia entre una Rusia que renace, por un lado, y la Unión Europea y los Estados Unidos por el otro. En lugar de esa zona de paz que ofrecía Bush padre, nos encontraríamos de nuevo con una zona de choque por la influencia (Kagan, 2009, pág. 12). Para Kagan:
«Si hace dos décadas Rusia fue el lugar donde la historia terminó de manera más dramática, hoy es el lugar donde la historia ha regresado de manera más dramática. El giro de Rusia hacia el liberalismo en el país se estancó y luego se revirtió, y lo mismo ocurrió con su política exterior» (Kagan, 2009, pág. 12).
Muchos en Occidente habían subestimado a Rusia. Así, Barak Obama, hablando sobre la guerra de Siria, calificó a Rusia como una «potencia regional irrelevante». Pero sería el gobierno de Al Asad, apoyado por Rusia, el que derrotó a los rebeldes apoyados por los EE.UU., dañando de nuevo el prestigio norteamericano. Los rusos se consideran hoy una gran potencia, que influye en el escenario global, y para China, aunque Rusia ya no sea una superpotencia, su «poder nacional integral»1 la sitúa entre las más fuertes del mundo (Kagan, 2009, pág. 13).
Desde que Putin asumió el poder, el nacionalismo ruso ha desempeñado un papel esencial en los códigos geopolíticos rusos. El propio Putin, ha utilizado con frecuencia la narrativa nacionalista para definir sus objetivos, justificar sus decisiones y mantener el apoyo popular. Especialmente Putin ha empleado la narrativa nacionalista para exponer la existencia de una amenaza para Rusia proveniente de las potencias occidentales, y la importancia de disponer de un Estado poderoso y centralizado para proteger a sus ciudadanos. Así, Putin justificaría la ocupación rusa de Crimea en 2014, como necesaria para proteger a los rusos que vivían allí (Gerber, 2014, pág. 115).
La geopolítica EE.UU. tras la desaparición de la URSS
Zbigniew Brzezinski Consideraba que Estados Unidos era la única superpotencia mundial, y Eurasia un gran tablero de ajedrez, en donde se perpetuaba el conflicto para alcanzar y mantener la supremacía global:
«La combinación de los cuatro ámbitos (militar, económico, tecnológico y cultural) es lo que hace de Estados Unidos la única superpotencia global extensa» (Brzezinski, 1998, pág. 13).
El supercontinente Eurasia, opinaba Brzezinski, era el «eje del mundo», y Europa occidental una «cabeza de puente» de EE.UU. en el mismo, por lo cual, la expansión europea hacia el este beneficiaría los intereses norteamericanos.
La promoción de las revoluciones en el antiguo espacio soviético
En opinión de Henry Kissinger, EE.UU. habría considerado las revoluciones en el territorio de la extinta URSS, tanto las anticomunistas como las antiimperialistas, como un mismo fenómeno, pero, de hecho, actuaban en direcciones opuestas. Mientras que las revoluciones anticomunistas (ideológicas) fueron apoyadas en todo el territorio de la antigua URSS, las antiimperialistas (nacionalistas) recibirían un gran apoyo en las repúblicas no rusas, pero una oposición casi unánime en la Federación Rusa (Kissinger, 1994, pág. 815).
Tras la guerra fría, la política norteamericana sobre Rusia, trataría de aplicar una ingeniería social -de arriba abajo- sobre sus principales dirigentes. Así lo harían tanto Bush I con Mijaíl Gorbachov, como Bill Clinton con Boris Yeltsin (Kissinger, 1994, pág. 817). La falta de sensibilidad de este último, al ridiculizar de forma ofensiva a Yeltsin en su última visita a Washington, provoco el fracaso de esta ingeniería social, con la caída del apoyo popular a Yeltsin, y su renuncia al cargo de presidente en los albores del nuevo siglo. Para su sucesor, Vladimir Putin recuperar la antigua zona de influencia de la URSS, pasaría a ser una prioridad solo superada por la de la recuperación económica.
Tras los atentados del 11-S, la Estrategia de Seguridad Nacional de 2002 del presidente George W. Bush, trató de justificar el cambio de orientación en la política exterior estadounidense, y la eliminación del régimen de Saddam Hussein. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2006 reafirmó los aspectos más controvertidos de la anterior, en particular, el derecho norteamericano a realizar ataques preventivos (Yordim, 2006), algo no tan novedoso, pues ya en 1969 Paul Schroeder escribía:
«Todo Estado es absolutamente soberano en sus asuntos internos... Sin embargo, cualquier paso falso o pernicioso dado por un Estado en sus asuntos internos, puede perturbar la tranquilidad de otro Estado, y esta consiguiente perturbación de la tranquilidad de otro Estado constituye una interferencia en los asuntos internos de ese Estado» (Schroeder, 1969, pág. 126)..
Para Schroeder, cada «soberano» de una gran potencia, tiene la obligación de evaluar las actuaciones de los gobernantes de otros Estados menores, evitando que adopten decisiones que resulten dañinas para sus propios asuntos internos.
La breve «centuria» hegemónica norteamericana
La pretendida nueva «centuria hegemónica» norteamericana, que estaba caracterizada por la globalización y el dominio de la geoeconomía sobre la geopolítica, que anunciaba Bush I y defendía Bush II, como consecuencia de la disolución de la URSS y del final de la guerra fría, apenas duró una década. En 2009 el periodista Robert Kagan, opinaba que se estaba reconfigurando el orden global, con una superpotencia, pero con muchas grandes potencias, y con el regreso del nacionalismo y de un papel de los estados, que parecía reducido por la globalización. Pero lo más significativo para Kagan:
…es el regreso del nacionalismo de las grandes potencias. En lugar de un nuevo orden mundial, los intereses y ambiciones enfrentados de las grandes potencias están produciendo nuevamente alianzas y contra alianzas, y las elaboradas danzas y asociaciones cambiantes que un diplomático del siglo XIX reconocería al instante (Kagan, 2009, pág. 12).
Kagan -acertadamente- consideraba que estaban apareciendo fallas geopolíticas, los «shatterbelt», donde chocan los intereses de las grandes potencias, surgiendo el conflicto y donde se podrían producir las guerras del futuro. Sin duda Kagan tenía ya en 2009 una visión clara de lo que ocurriría posteriormente.
Barak Obama, ¿un nuevo comienzo?
Barak Obama, en un brillante discurso en el Cairo, el 4 de junio de 2009, titulado «un nuevo comienzo» aseguraba:
«He venido aquí, a El Cairo, para buscar un nuevo comienzo entre Estados Unidos y los musulmanes de todo el mundo, basado en el interés y el respeto mutuos, y en la verdad de que Estados Unidos y el Islam no son excluyentes y no tienen por qué competir, sino que se superponen y comparten principios comunes: los principios de justicia y progreso, la tolerancia y la dignidad de todos los seres humanos» (Obama, 2009)
Tras recibir el premio nobel de la paz, Barak Obama se convertiría en un presidente «guerrero». Tras las primaveras árabes, promovidas por su administración, se implicó, junto a Francia y el Reino Unido, en una guerra en Libia, invocando el principio de la responsabilidad de proteger a la población civil. La intervención, dejaría un país arrasado, y en una situación de seguridad peor que la que se vivía con el coronel Gadafi. Tras el fiasco libio, intentó repetir la misma actuación en Siria, pero Rusia y China ejercieron su derecho al veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y el principio de la responsabilidad de proteger pasó a mejor vida. Obama continuaría con su intervención en Siria.
El principal periódico egipcio, Al-Ahram, comentaba la actitud de EE.UU. sobre el conflicto sirio y sobre el doble estándar norteamericano:
«…diez años después de su invasión en Irak y sus desastrosas consecuencias para la otrora poderosa e importante nación [Irak.], apenas criticamos su participación en Siria. Mientras que la mayoría de los opositores a Basar al-Assad se han pronunciado con amargura contra la participación activa de Hezbolá… pocos condenan la cooperación de la oposición siria con Washington. Nadie se pregunta por qué nos horrorizan los takfiris [Dáesh] y Hezbolá, estamos resentidos con Irán y Rusia, pero nos mostramos indiferentes -si no neutrales- ante el factor estadounidense» (Howeidy, 2013).
La debilidad de Obama frente a Rusia, alcanzaron su punto culminante el 30 de agosto de 2013, cuando se habían traspasado todas las líneas rojas establecidas por Obama, que previamente había declarado:
«Hemos sido muy claros con el régimen de Al Asad, pero también con otros actores en la región, que para nosotros el que comencemos a ver un montón de armas químicas desplazándose o siendo utilizadas significaría cruzar una línea roja. Eso cambiaría mis cálculos. Eso cambiaría mi ecuación”» (García Encina, 2013).
No hubo cambio de cálculo ni de ecuación. De hecho, Obama consideraba que el establishment de la política exterior de Washington, había convertido la «credibilidad» en un ídolo, especialmente cuando esta se conseguía por la fuerza. Mantener la credibilidad, opinaba -no sin razón- Obama, nos llevó a Vietnam. Obama con su estrategia de pivote hacia Asia, abandonaría la tradicional zona de influencia norteamericana en Oriente próximo en manos de Rusia y China.
Pivote hacia Asia
Hillary Clinton, en un artículo en la revista Foreign Policy, afirmaba que cuatro aspectos importantes empujaron a Washington a replantearse sus ambiciones y prioridades en la región Asia-Pacífico:
• La creciente influencia económica y financiera de Asia para el futuro de Estados Unidos.
• La expansión militar de China, que amenazaba la libertad de navegación y el acceso de Estados Unidos a los global commons.
• El final de la guerra en Irak y el proceso de transición en Afganistán cuya seguridad se transfería gradualmente a ISAF y a los líderes afganos.
• La necesidad de contrarrestar la impresión de que los recortes en defensa, podrían reducir la participación estadounidense en Asia (Clinton, 2011).
Tras soportar unas revueltas apoyadas por EE.UU. con su diplomacia transformativa (un ejercicio de ingeniería social de abajo a arriba), y diez años de guerras hegemónicas, sus socios y aliados en Europa y Oriente próximo, se sintieron abandonados por los EE.UU., que desplazaría su centro de gravedad hacia Asia. Rusia se ve con las manos libres para intervenir en Georgia, Siria, o Ucrania.
El proceso de ampliación de la OTAN
La continua ampliación tanto de la U.E. como de la OTAN, serían los procesos más temidos por Putin y en general por todos los rusos. El calendario propuesto por Brzezinski en 1998, parecen indicar que estos procesos no fueron casuales como podríamos pensar. Proponía Brzezinski:
1. En 1999, los primeros nuevos miembros de Europa central habrán sido admitidos en la OTAN, aunque su ingreso en la UE probablemente no se producirá antes de 2002 ó 2003.
2. Mientras tanto, la UE iniciará conversaciones de adhesión con las repúblicas bálticas, y la OTAN también empezará a avanzar en la cuestión de su adhesión.
3. La adhesión de los estados bálticos podría impulsar también a Suecia y Finlandia a considerar la posibilidad de ingresar en la OTAN.
4. En algún momento entre 2005 y 2010, Ucrania, especialmente si mientras tanto el país ha hecho progresos significativos en sus reformas internas y ha logrado ser identificado más evidentemente como un país de Europa central, debería estar lista para negociaciones serias tanto con la UE como con la OTAN (Brzezinski, 1998, pág. 84).
¿Brzezinski tenía una bola de cristal? Lo cierto es que, si bien no acertó en las fechas, si lo hizo en las etapas y, tras el ingreso en la Alianza de Suecia y Finlandia, solo falta la integración de Ucrania, a la que incluye dentro de lo que denomina «el núcleo crítico de la seguridad europea» (ver Ilustración 3)
Figura 1. El núcleo crítico de la seguridad europea, (Brzezinski, 1998, pág. 85)

La cultura estratégica de Rusia
La cultura estratégica de la Rusia actual, que estaba anclada en la herencia imperial y soviética, sería el resultado de su cultura política, su política exterior, su poder militar y su política económica. Todo ello enmarcado por una geopolítica agresiva, una particular percepción histórica, y la influencia de la iglesia ortodoxa rusa (Antczak, 2018).
Según Denys Yurchenko, para comprender la cultura estratégica rusa, es necesario analizar tres aspectos básicos:
• Entender la identidad nacional rusa.
• Identificar el origen de las amenazas que reclama Rusia, y
• Percibir la tendencia rusa hacia el empleo de la fuerza (Yurchenko, 2024).
La geografía rusa afecta en gran medida a su cultura estratégica ya que, siendo el mayor país del mundo, su población se concentra en menos de una cuarta parte de su superficie -en Europa- donde habita el 75% de su población, por lo que los riesgos provenientes de Europa son considerados críticos por Rusia (Yurchenko, 2024). En el mismo sentido Elias Götz y Jorgen Staun, abordan la percepción de vulnerabilidad que tienen ciertas élites rusas a los ataques externos, que se traducen en ciertas narrativas:
• Las dimensiones de las fronteras exteriores de Rusia, hacen imposible defenderlas simultáneamente y en toda su extensión.
• Rusia necesita disponer de zonas colchón (esfera de influencia) que le proporcionen una mayor profundidad estratégica.
• EE.UU. y Occidente son considerados la mayor amenaza para Rusia, que considera a la OTAN su principal riesgo, y la ampliación de la OTAN una amenaza. Tras la anexión de Crimea, las narrativas oficiales se intensificaron, acusando a Occidente de acciones hostiles.
• Las élites rusas asocian las amenazas internas y externas. Consideran -no sin fundamento- que las «revoluciones de colores» han sido planificadas por EE.UU. con la colaboración de Occidente, contra gobiernos débiles próximos a Rusia, para sustituirlos por otros proccidentales. Para las citadas élites, el objetivo último sería provocar una revolución en Rusia (Götz & Staun, 2022).
Yeltsin: ¿una nueva cultura política y estratégica?
Clinton perdió para occidente su gran oportunidad de apoyar la implantación en Rusia de una democracia de corte occidental. El principal objetivo del gobierno de Yeltsin era situar a Rusia en una vía democrática de estilo occidental, pero el caos se apoderaría del país y reemergerían las viejas tendencias imperialistas. Las propuestas para cambiar la cultura estratégica rusa durante la era Yeltsin resultaron un fracaso, en gran medida, por la falta de apoyo occidental, que prefirió sacar ventaja de su debilidad y ridiculizarla, perdiéndose la mayor oportunidad de cambiar una dinámica tradicional.
El pueblo ruso considera la era Yeltsin, como una época de agotamiento del poder ruso. Se sentían despreciados en las relaciones internacionales y habían perdido su estatus como superpotencia y su influencia en los asuntos mundiales. La cultura estratégica de la Rusia de hoy en día es, de alguna forma, el resultado de este período de democracia y declive, y la necesaria restauración de la dignidad rusa, se proyectó hacia el gobierno de Vladimir Putin (Antczak, 2018).
El retorno a la cultura estratégica tradicional
La política exterior de EE.UU. tras el 11 de septiembre de 2001 había abandonado su moderación y autocontrol. Los EE.UU. del presidente George W. Bush, trataría de emplear su poder unilateral para transformar el mundo de acuerdo con sus intereses, no aplicando el derecho internacional, inhabilitando los mecanismos multilaterales, e ignorado a Naciones Unidas (Yordim, 2006)
Putin recordaba, durante la sesión de preguntas y respuestas de la «Línea Directa» transmitida en vivo en 2015:
«… nuestro emperador, Alejandro III, dijo una vez que Rusia tiene sólo dos aliados: el Ejército y la Armada. En un mensaje dirigido a su hijo [del emperador] advirtió que todo el mundo se asusta ante la inmensidad de Rusia. Por cierto, hay una razón detrás de eso». (TASS, 2015).
Y continua Putin:
«Tenemos muy buenas relaciones en el marco de varias asociaciones, por ejemplo, BRICS, o la Organización de Cooperación de Shanghái. No son organizaciones militares, pero son nuestros aliados, con los que cooperamos muy estrechamente y hacemos avanzar nuestras relaciones» (TASS, 2015).
Putin reafirmaba en sus discursos la narrativa de que Rusia era una gran potencia, y consideraba que EE.UU. no la había respetado como se merece. En su opinión, tras la Guerra Fría, Estados Unidos trató de imponer un mundo unipolar y utilizó la OTAN para conservar su hegemonía (Yurchenko, 2024). Según la Estrategia de Seguridad Nacional Rusa 2016 «el papel de la fuerza como uno de los factores de las relaciones internacionales no está en declive»
• Usar la fuerza militar en caso necesario es inevitable.
• Analizando la actuación rusa en Georgia, Ucrania y Siria, el uso de dicha fuerza se ve limitada por la doctrina y política rusa.
• En el nivel superior de la seguridad, se sitúa la protección del ciudadano y de la sociedad contra amenazas internas y externas.
La cultura estratégica rusa de hoy en día, se definió a partir un análisis de la situación tras el mandato de Yeltsin: rencores por la disolución de la URSS y el menoscabo del papel de Rusia como superpotencia; la percepción negativa de Occidente (ampliación la OTAN, y actitud hegemónica de los EE.UU.) al que consideran una amenaza, particularmente con su intento de controlar las zonas de influencia tradicionales de Rusia; y la intención de recuperar el poder, la dignidad de Rusia y sus capacidades (particularmente el poder militar) para así volver a influir en el orden internacional y participar en la gobernanza mundial (Antczak, 2018).
Putin y la geopolítica rusa
Putin, que accedió al poder el primer día del año 2000, tras la renuncia de Yeltsin, había intentado mejorar o al menos mantener las relaciones con Occidente. El abrupto final del periodo de más de dos décadas de cooperación y asociación entre Rusia y Occidente, que coincidiría con la subida de los precios de los hidrocarburos y la consiguiente mejora económica de Rusia, dio paso a una nueva era de confrontación. Según la narrativa rusa, una razón fundamental de este cambio, sería la no aceptación de Rusia, en organismos occidentales políticos, económicos y especialmente en los de seguridad como la OTAN, pese a haberlo solicitado de forma reiterada (Trenin, 2014, pág. 7).
La invasión estadounidense de Irak en 2003, señaló el comienzo del distanciamiento de Putin de occidente. Sus expectativas de una alianza con Washington se vieron frustradas por la retirada de EE.UU. del Tratado ABM (Misiles Antibalísticos), la expansión de la OTAN a los estados bálticos, la presencia militar estadounidense en Asia central y Georgia, y el fracaso de resolución del conflicto en Transnistria, por la interferencia diplomática de EE.UU. y los países de Europa occidental (Trenin, 2014, pág. 8). Estos hechos serian incorporados a la narrativa rusa para justificar el giro geopolítico, y las posteriores intervenciones en el exterior.
Las «revoluciones de colores», de la Rosa en Georgia en 2003, Naranja en Ucrania en 2004 y de los Tulipanes en Kirguistán en 2005, dentro de lo que Rusia consideraba su zona de influencia exclusiva, y todas ellas apoyadas por el departamento de Estado de los EE.UU., alimentarían la narrativa de Putin, que se concentraría en la hegemonía global de Estados Unidos, como se evidenció en su discurso de febrero de 2007 ante la Conferencia de Seguridad de Múnich, donde defendía que:
• El modelo unipolar que trataba de imponer EE.UU. era inaceptable.
• La expansión de la OTAN reducía el nivel de confianza mutua.
• Solo las Naciones Unidas podían autorizar el uso de la fuerza para resolver los conflictos.
• La militarización del espacio exterior era inadmisible.
• Rusia siempre había desarrollado una política exterior independiente y continuaría haciéndolo.
Se preguntaba Putin en la citada conferencia ¿qué es un mundo unipolar?
Es un mundo en el que hay un solo amo, un solo soberano. Y al fin y al cabo esto es pernicioso no sólo para todos los que están dentro de este sistema, sino también para el propio soberano, porque se destruye a sí mismo desde dentro.
Y esto, continuó Putin, no tiene nada que ver con la democracia, que es el poder de la mayoría, pero teniendo en cuenta los intereses y opiniones de las minorías. Esta misma narrativa le llevó a Putin a justificar la posibilidad de un conflicto de ciertas dimensiones, que se confirmó cuando en 2008 la OTAN, planteó la adhesión de Ucrania y Georgia. En abril de ese año, Putin participaría en la cumbre de la OTAN en Bucarest, donde expuso los potenciales peligros de división y conflictos en Ucrania si se le ofrecía unirse a la alianza (Trenin, 2014, pág. 8).
Según la narrativa de Putin, la invasión de Georgia en 2008, la participación rusa en la guerra de Siria, la intervención en Ucrania, con la anexión de Crimea en 2014, y la actual guerra de Ucrania, serían consecuencia de los intentos de Washington de cambiar regímenes hostiles a los EE.UU.
Georgia, el comienzo del cambio
El interés de Rusia por mantener Georgia en su esfera de influencia, era palpable. El norteamericano, Saul B. Cohen, ya recogía en 2003 que la penetración política y comercial occidental en Georgia y Azerbaiyán había despertado sospechas en Moscú (Cohen S. B., 2003, págs. 211-12). Todas estas sospechas influyeron en la proyección de poder de Rusia hacia lo que, según su propia narrativa, era una zona de influencia exclusiva.
La revolución de las Rosas en 2003, considerada una obra de ingeniería social norteamericana, la deposición del entonces presidente Eduard Shevardnadze, y la reintegración de la república separatista de Ayaria en 2004, marcarían el momento culminante del poder georgiano; pero su intento en 2008 de imponer el pleno control georgiano en Osetia del Sur, otra república separatista, provocaría la intervención rusa y, tras su victoria, la declaración de independencia de Abjasia y de Osetia del Sur. Rusia había despertado y la reacción occidental fue tibia, pero las pérdidas humanas del ejército ruso fueron desproporcionadas, provocando una revisión estratégica en profundidad que sería conocida como la «doctrina Gerasimov».
La doctrina Gerasimov ha llegado para quedarse
La evolución de la geopolítica rusa, durante los mandatos de Vladimir Putin y Dimitri Medvedev se produjo en paralelo con la reforma de su doctrina militar, un elemento esencial para la modernización de las Fuerzas Armadas rusas. Putin, había dado prioridad a una reforma a gran escala tras identificarse importantes deficiencias en la guerra ruso-georgiana de 2008.
Aunque Alemania y Francia habían logrado bloquear la petición de Kiev de un plan de acción para la adhesión a la OTAN, a Ucrania y Georgia se les había prometido que la citada adhesión, se realizaría en una fecha no especificada. Poco después, Georgia actuó contra Osetia del Sur para resolver los conflictos étnicos por la fuerza, y solicitar la adhesión a la OTAN. Según la narrativa rusa, el ataque georgiano había sido impulsado por elementos de la administración Bush (Trenin, 2014, págs. 8-9).
Como recoge Robles Campos (Robles, 2017), el conflicto de Georgia marca un punto de inflexión en las relaciones de Rusia con occidente. Las operaciones en Georgia, se planearon de acuerdo con la doctrina operacional tradicional rusa, pero, a pesar de su victoria, el conflicto puso en evidencia las deficiencias de su ejército. Las lecciones aprendidas en Georgia propiciaron unas reformas profundas para mejorar la estructura, organización y equipamiento de sus fuerzas armadas, para adaptarlas a los conflictos actuales. Es lo que se denomina Doctrina Gerasimov.
Tras el análisis de las lecciones aprendidas de la Guerra de Georgia, la nueva doctrina rusa introdujo nuevas acciones inspiradas en la guerra asimétrica, dio prioridad a mantener la iniciativa y la sorpresa, y asignaría estas misiones a las fuerzas de reacción rápida. En los últimos años, las fuerzas armadas rusas han realizado grandes ejercicios estratégicos, como el ejecutado entre el 26 de febrero y el 7 de marzo de 2014, en las proximidades de la frontera con Ucrania, que serviría para desviar la atención de la toma de Crimea, y disuadir a Occidente de cualquier reacción a la misma (Robles, 2017).
Rusia ha experimentado éxitos y fracasos en su intervención en Georgia, Siria y Ucrania. Las lecciones de su participación en Ucrania en 2014 incluyen la importancia de las campañas de información (narrativas) y las acciones de operaciones especiales, y han introducido nuevas formas de alcanzar objetivos políticos y estratégicos:
• Iniciar guerras y conflictos locales;
• Ejercer presión política, económica, e informativa; y
• Realizar acciones subversivas dentro del estado enemigo. (Clark, Harris, & Cafarella, 2018)
Siria, campo de experimentación
En la última década, la recuperación del papel la URSS. por parte de Rusia en Oriente Próximo se ha visto favorecida por ciertos eventos globales y regionales. El fallo de comunicación de Obama, al explicar su nueva estrategia de «pivote hacia Asia», que se interpretó como un abandono de Oriente Próximo por parte de EE.UU., supuso un reconocimiento de la incapacidad real de EE.UU. como única superpotencia, de mantener su presencia en todos los escenarios globales. El vacío geopolítico dejado por EE.UU., sería ocupado por China, Irán, Turquía y espacialmente por Rusia, que recuperó así su papel como gran potencia (Yahya & Hage Ali, 2024).
La intervención militar de Moscú en Siria, le garantizó su participación en el proceso de paz de Astaná, socavando el papel preponderante que pretendía mantener EE.UU. (Yahya & Hage Ali, 2024). Pero su alianza con Irán (enemigo de su enemigo), impediría la participación de los países árabes más ricos en la reconstrucción siria tras el conflicto. Rusia ha recuperado su influencia en la «Creciente Chií», Irán, Irak, Siria, y Líbano, a costa de EE.UU., pero no, al menos por el momento, ante las Monarquías del Golfo, tradicionalmente pro- occidentales.
Siria ha servido de campo de experimentación de la nueva doctrina Gerasimov, desarrollada tras la guerra de Georgia, y las lecciones aprendidas por Rusia, tras su participación en ambos conflictos, se aplicarían con éxito en Ucrania en 2014, tras el Euromaidan, protestas que habían comenzado en Kiev en noviembre de 2013, debido a la suspensión de la firma del Acuerdo de Asociación entre Ucrania y la Unión Europea. Las protestas, huida y posterior deposición del presidente electo Víktor Yanukóvich, estimuladas por EE.UU. y occidente, fueron descritas por la narrativa rusa como un golpe de estado.
Ucrania 2014 La nueva geopolítica rusa
Para 2012-2013, cualquier pretensión rusa de asociación con Occidente, se había desvanecido. La guerra de Siria había situado a Moscú y Washington apoyando a bandos opuestos en el país, y en desacuerdo sobre aspecto básicos para el orden mundial, como son soberanía, intervención o uso de la fuerza. Las ofertas hechas a Ucrania, una de Bruselas para firmar un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea (UE) y otra de Moscú para unirse a la Unión Económica Euroasiática (UEE), convirtieron a Ucrania en un escenario de regateos, que se transformaría en un conflicto violento con implicaciones globales (Trenin, 2014).
La agresión rusa en 2014 sorprendió a políticos y estrategas norteamericanos y occidentales, que se vieron obligados a tomar decisiones reactivas y a cuestionarse su posición previa sobre Rusia. Moscú, con sus nuevas estrategias, bordeo el umbral de conflicto, para aprovechar al máximo las limitaciones de los procesos de decisión política tanto en EE.UU. como en la OTAN. En un documento titulado «From Cooperation to Competition - The Future of U.S.-Russian Relations» se analizaron los resultados de un «juego de guerra» interdisciplinar que se realizó en la escuela de Guerra del ejército estadounidense en 2015. Del citado simulacro se extrajeron cuatro lecciones aprendidas que, posteriormente, serían aplicadas por Estados Unidos:
• Pasar de un enfoque cooperativo a uno más competitivo hacia Rusia.
• Articular claramente su posición hacia Rusia, Europa del Este y Ucrania.
• Desafiar a Rusia en la competición de ideas e influencia.
• Todo ello, teniendo en cuenta los dos ciclos electorales nacionales en EE.UU. (2016 y 2018) (Anderson, y otros, 2015).
El 24 de enero de 2022, Moscú inició un despliegue masivo de fuerzas a lo largo de la frontera con Ucrania relativamente lento, que en principio parecía disuasorio. Rusia, en lugar de atacar directamente, se centró en una confrontación diplomática con Estados Unidos, exigiendo que Ucrania nunca fuera admitida en la OTAN, y que la OTAN limitara su despliegue de armas en Europa del Este (Friedman G. , 2022). Los negociadores rusos suponían que Estados Unidos nunca aceptaría esos términos, porque la credibilidad de Washington en todo el mundo quedaría dañada. En opinión del experto en inteligencia George Friedman: «La única conclusión que se puede sacar es que Rusia no tiene intención de invadir Ucrania, como ha dicho repetidamente el viceministro de Asuntos Exteriores, Sergei Ryabkov» (Friedman G. , 2022).
Una conclusión errónea, ya que poco después, el 4 de febrero de 2022, Putin anunció una «operación militar especial» en Ucrania, y justificó la invasión del país como necesaria para la «defensa propia» ante «una amenaza para la soberanía del estado de Rusia y sus intereses». Recientemente, y antes de la toma de posesión del nuevo presidente Donald Trump, la guerra en Ucrania, alimentada por la OTAN, ha sufrido una importante escalada tras la decisión del presidente Joe Biden, de levantar la prohibición al uso de misiles estadounidenses de largo alcance por parte del ejército de Ucrania, para atacar posiciones estratégicas dentro de territorio ruso. La respuesta de Putin, que no descarta el uso de munición nuclear, no deja dudas sobre su ofensiva actitud geopolítica actual.
Conclusiones: los códigos geopolíticos rusos
Colin Flint, introdujo el concepto de códigos geopolíticos, «cómo cada país se orienta hacia el mundo», que basa en las respuestas a cinco preguntas básicas (Flint, 2006). Estas serían -en nuestra opinión- las contestaciones a las citadas cuestiones en el caso ruso:
a) ¿quiénes son nuestros aliados actuales y potenciales?
Los aliados actuales de Rusia se basan en el principio de que los enemigos de mi enemigo (EE.UU.) son mis amigos: China, Corea del Norte, Irán, Siria o Irak, cumplen esa condición. A ello hay que añadir los países con relaciones especiales con Rusia, como los BRICS, Brasil, India, China y Sudáfrica; o antiguas zonas de influencia de la URSS, como son los países del Sahel, o la República Centroafricana en África; y México, Venezuela Nicaragua o Cuba en América Latina.
Entre los potenciales se encuentran países como Hungría o Rumania.
b) ¿quiénes son nuestros enemigos actuales y potenciales?
Los enemigos declarados de Rusia serían EE.UU., la OTAN, la UE., y Ucrania.
A ellos habría que sumar los potenciales enemigos, como países en el ámbito de influencia occidental, Australia, Japón, Corea del Sur, y ciertas antiguas repúblicas soviéticas, como Georgia, Azerbaiyán o Armenia.
c) ¿Cómo podemos mantener a nuestros aliados y fomentar a los aliados potenciales?
La forma de mantener a sus aliados es compartir un enemigo común, facilitar el suministro de recursos energéticos a un coste reducido y apoyar militarmente a países como Siria, Mali, Níger, Burkina Faso o República Centroafricana. El apoyo militar y de seguridad a ciertas dictaduras, y proporcionar grano y combustibles a precio más reducido, son sus métodos más empleados.
d) ¿cómo podemos contrarrestar a nuestros enemigos actuales y las amenazas emergentes?
Fundamentalmente por medio de la amenaza del uso de la fuerza y por unas narrativas inspiradas en los mejores tiempos de la URSS.
e) cómo justificamos los cuatro cálculos anteriores ante nuestro público y ante la comunidad global».
Por medio de una narrativa muy elaborada, que descredite al enemigo, y convierta a la víctima en verdugo. No importa que la narrativa sea cierta, tan solo que lo que se afirma sea creíble, como ha sido el caso de la Guerra de Ucrania.
Podemos por tanto concluir, que Putin, tras un intento de aproximarse a occidente que fue rechazado, y tras la recuperación económica del país, opta por retornar a la geopolítica de proyección de fuerza, a veces violenta, en las antiguas repúblicas soviéticas, y de recuperación de la influencia en antiguos países del pacto de Varsovia, por otros medios no violentos. Es una geopolítica clásica, pero aplicándola con una estrategia hibrida.
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1 Fuerza económica, militar y diplomática combinadas