Los zarpazos del oso en el desierto: Rusia y la nueva geopolítica del Sahel

The bear's paws in the desert: Russia and the new geopolitics of the Sahel

Antonio García Llata
Universidad Nebrija

Recibido: 05/12/2024 · Aceptado: 26/01/2025

Resumen

Este trabajo explora la irrupción de Rusia en el Sahel como una parte fundamental de su estrategia geopolítica de confrontación con Occidente. A través del análisis de la intervención rusa en la región, se examina cómo el Kremlin ha utilizado herramientas híbridas, para expandir su influencia y desafiar la presencia occidental, particularmente la de Francia. La investigación también analiza la ineficacia de la estrategia europea en el Sahel y las significativas implicaciones de la intervención rusa para la seguridad regional y global. Los resultados indican que la intervención rusa no solo busca el control de recursos y la expansión de su influencia, sino que también forma parte de una estrategia más amplia de revisionismo fronterizo y desestabilización del orden internacional establecido. La presencia rusa en el Sahel ha exacerbado la militarización de los conflictos y ha complicado los esfuerzos internacionales para estabilizar la región.

Palabras clave
Rusia, Sahel, geopolítica, Grupo Wagner, guerra híbrida.

Abstract

This paper explores Russia's irruption into the Sahel as a fundamental part of its geopolitical strategy of confrontation with the West. Through the analysis of Russian intervention in the region, it examines how the Kremlin has used hybrid tools, to expand its influence and challenge the Western presence, particularly that of France. The research also analyzes the ineffectiveness of the European strategy in the Sahel and the significant implications of Russian intervention for regional and global security. The results indicate that the Russian intervention is not only aimed at resource control and expansion of its influence but is also part of a broader strategy of border revisionism and destabilization of the established international order. The Russian presence in the Sahel has exacerbated the militarization of conflicts and complicated international efforts to stabilize the region.

Keywords
Russia, Sahel, geopolitics, Wagner Group, hybrid warfare.

Cómo citar: García Llata, A. (2025). Los zarpazos del oso en el desierto: Rusia y la nueva geopolítica del Sahel. Orden Internacional, Revista de Estudios Internacionales, 1, e72. https://doi.org/10.33732/roi.72

Introducción

La irrupción de Rusia en el Sahel se ha convertido en un fenómeno de creciente relevancia geopolítica, especialmente en el contexto de enfrentamiento geoestratégico entre Moscú y Occidente. Esta región, caracterizada por su endémica inestabilidad política y conflictos civiles, ha emergido como un objetivo clave para el Kremlin en su esfuerzo por expandir su influencia tras las sanciones internacionales impuestas desde Occidente. El estudio de esta intervención es crucial para comprender no solo las dinámicas regionales, sino también cómo las acciones rusas en el Sahel reflejan una estrategia más amplia de confrontación con Europa y la OTAN.

Históricamente, el Sahel ha sido una preocupación constante para las potencias occidentales debido a la proliferación de grupos terroristas yihadistas, el tráfico ilícito de armas y personas, y la debilidad estructural de los Estados de la región. Desde la toma del norte de Malí por al-Qaeda en 2013, Europa ha desplegado múltiples esfuerzos para estabilizar la zona. Operaciones como Serval y Barkhane, lideradas por Francia, junto con diversas misiones de la Unión Europea, han buscado frenar el avance del extremismo y promover la estabilidad a través de la democratización, el fortalecimiento de capacidades militares y la cooperación al desarrollo. Sin embargo, estos esfuerzos no han logrado abordar las causas profundas de la falta de gobernanza e inestabilidad.

En este escenario de fracaso europeo, Rusia ha aprovechado la oportunidad para consolidarse como un nuevo actor influyente en el Sahel. Mediante una combinación de diplomacia, patrocinio de golpes de Estado, desinformación y despliegue militar, Moscú se ha convertido en un socio estratégico para varias juntas militares locales, desplazando así la influencia tradicional de Francia y otras potencias occidentales. Este estudio analiza la irrupción de Rusia en el Sahel como una parte fundamental de su estrategia geopolítica de confrontación con Occidente, destacando el ascenso del Grupo Wagner como representante de los intereses rusos.

Las intervenciones lideradas por Francia, como las Operaciones Serval y Barkhane, han sido ampliamente reconocidas por su eficacia inicial al contener avances yihadistas. Sin embargo, según Stéphane Spet, estas operaciones fracasaron en abordar las causas estructurales de la inseguridad, como la debilidad estatal y la exclusión social, lo que dejó la región vulnerable a la inestabilidad a largo plazo. En contraste, el modelo de intervención de Rusia, centrado en el Grupo Wagner, ha ganado terreno al combinar apoyo militar con acuerdos económicos basados en la explotación de recursos. Clarke, Parens, Faulkner y Wolf (2023) señalan que esta estrategia ha permitido a Moscú llenar el vacío dejado por las potencias occidentales, al tiempo que refuerza narrativas antioccidentales que explotan el resentimiento hacia los antiguos actores coloniales. Sin embargo, este enfoque también ha exacerbado conflictos locales, aumentando la polarización social y perpetuando la inestabilidad.

Las estrategias occidentales en el Sahel se han caracterizado por un enfoque militarizado que, según Berger, se desconectó de las necesidades socioeconómicas locales. Iniciativas como el G5 Sahel y la Task Force Takuba no lograron construir capacidades locales sostenibles, dejando a Francia y sus aliados vulnerables a críticas y rechazos por parte de las comunidades locales. En paralelo, el modelo ruso ha utilizado herramientas híbridas para consolidar su influencia, aprovechando las narrativas de estabilidad autoritaria y el suministro de seguridad inmediata, aunque con consecuencias negativas a largo plazo.

En Malí, por ejemplo, el Grupo Wagner ha desempeñado un papel clave en la protección de regímenes a cambio de recursos estratégicos, pero su implicación en masacres, como la ocurrida en marzo de 2022, ha fomentado el reclutamiento por parte de grupos yihadistas. Asimismo, el vacío dejado por las potencias europeas ha sido llenado rápidamente por Rusia, que ha fortalecido su presencia mediante acuerdos lucrativos y el respaldo a gobiernos autoritarios en países como Sudán y la República Centroafricana.

En conjunto, estos análisis destacan la necesidad de un enfoque más inclusivo y sostenible que no solo priorice la seguridad, sino también el desarrollo socioeconómico y la gobernanza. Las estrategias actuales deben ser reformuladas para integrar la participación comunitaria, reducir la dependencia de actores externos y contrarrestar la narrativa autoritaria promovida por Rusia y el Grupo Wagner. Este trabajo busca contribuir a una comprensión más profunda de las dinámicas en el Sahel y proponer estrategias que fomenten una estabilidad duradera en la región.

Estado de la cuestión

El Sahel ha emergido como un punto estratégico clave en la competencia geopolítica contemporánea, especialmente en la rivalidad entre Occidente y Rusia. Su ubicación geográfica, vastos recursos naturales y la fragilidad institucional de la región lo convierten en un escenario de vital interés para diversas potencias globales. En este contexto, las relaciones históricas y actuales entre Rusia y África, especialmente en el Sahel, se entrelazan con las dinámicas de poder global.

Durante la Guerra Fría, la Unión Soviética jugó un papel fundamental en África, apoyando movimientos de liberación nacional y gobiernos socialistas. Países como Angola, Etiopía y Mozambique se beneficiaron significativamente de la asistencia soviética, incluyendo ayuda militar, económica y técnica. Este legado dejó una huella duradera en la región, con una percepción favorable hacia Rusia, la cual perdura hasta el presente (Droin y Dolbaia, 2023).

Este apoyo no solo tuvo un impacto en el ámbito militar, sino que también consolidó la presencia soviética en el continente, lo que generó un sentimiento de simpatía hacia la URSS que sigue presente en la actualidad. Como destacó Vladimir Putin en la Cumbre Rusia-África de 2019, la URSS apoyó de manera consistente los movimientos de liberación nacional en África, fortaleciendo las economías y fuerzas armadas de los nuevos Estados independientes (Adochoo Mensah y Aning, 2022).

La disolución de la Unión Soviética, en 1991, llevó a la casi total desaparición de la presencia rusa en África. Durante las décadas de 1990 y principios de 2000, Rusia redujo su peso en el continente, permitiendo que otras potencias, como China y Estados Unidos, consolidaran su influencia (Adochoo Mensah y Aning, 2022). No obstante, con el advenimiento de la década del 2010 y, especialmente tras la anexión de Crimea en 2014, Rusia ha reorientado parte de su política hacia África, buscando diversificar sus apoyos frente a Occidente.

La estrategia occidental en el Sahel ha sido predominantemente militar, centrada en combatir el terrorismo y estabilizar políticamente la región. Iniciativas como las operaciones Serval y Barkhane, lideradas por Francia, han obtenido algunos éxitos tácticos, pero no han logrado abordar las causas profundas de la inestabilidad en la región, como la pobreza, la exclusión social y la debilidad de las instituciones estatales (Ramani, 2022). Este enfoque ha generado una creciente resistencia local, alimentando percepciones de neocolonialismo y erosionando la legitimidad de las potencias occidentales en el Sahel.

En contraste, Rusia ha identificado en el Sahel una oportunidad para desafiar la hegemonía occidental. Según Vuksanović (2023), la estrategia rusa se basa en capitalizar el sentimiento antioccidental en la región, ofreciendo acuerdos de seguridad y cooperación económica que no imponen condiciones políticas ni de derechos humanos. Este enfoque multipolar ha permitido a Moscú establecer nuevas alianzas estratégicas en la región, fortaleciendo su imagen como defensor de los intereses africanos frente a un Occidente percibido como más intervencionista, neocolonialista y expoliador de las riquezas locales.

Para expandir su influencia y control sobre los regímenes africanos, Rusia ha implementado una estrategia híbrida en el Sahel, utilizando herramientas como el despliegue del Grupo Wagner, que opera como una extensión informal del Kremlin. Wagner ha proporcionado seguridad a gobiernos autoritarios a cambio de concesiones en sectores clave como la minería de oro y diamantes, particularmente en países como Malí, Sudán y la República Centroafricana. Además, Rusia utiliza campañas de desinformación para fortalecer su narrativa antioccidental, presentándose como un socio más alineado con los intereses locales.

Por otro lado, la creciente influencia rusa representa un desafío directo para las potencias occidentales, que ven cómo su capacidad para proyectar poder en la región se ve socavada. Esto coloca al Sahel en el centro de la competencia global por la influencia y el control de recursos estratégicos.

El Sahel ha pasado a ser un campo de confrontación entre Occidente y Rusia, con implicaciones profundas para la estabilidad regional y la gobernanza global. Mientras Occidente sigue un enfoque militarizado y a menudo impopular, Rusia ha capitalizado el descontento local mediante una estrategia híbrida que combina seguridad, recursos naturales y apoyo político. La competencia en la región refleja la creciente relevancia geopolítica del Sahel en un mundo multipolar, donde el modelo ruso podría tener efectos duraderos en las dinámicas de poder globales. Este análisis contribuye a una comprensión más completa de las relaciones ruso-africanas y su impacto en el futuro de la región.

Objetivos

Desde la aparición de los mercenarios de la PMC Wagner en Malí hace ya casi cuatro años, hay una pregunta a la que no se le ha prestado la atención necesaria, ¿cuál es la importancia de la intervención rusa en el Sahel dentro de la estrategia de revisionismo fronterizo del Kremlin?

Es esta pregunta la que se plantea responder durante la realización de este trabajo y el objetivo principal de la investigación. A partir de aquí, surgen también otra serie de interrogantes de necesaria respuesta, tales como ¿a qué se refiere el término «revisionismo fronterizo» de la política exterior rusa? ¿Cuál ha sido la estrategia europea en la región? ¿Cuáles son los objetivos y métodos empleados por Rusia en su intervención en el Sahel? ¿Qué implicaciones tiene la intervención rusa para la seguridad regional y europea?

Como ya se ha dicho con anterioridad, es en base a estas preguntas sobre las que se establecen los objetivos de la investigación: como objetivo principal, se analizará la importancia del Sahel en el enfrentamiento entre Rusia y Occidente. Como objetivos secundarios, se plantean tres. En primer lugar, analizar el papel de la estrategia europea en la región. En segundo lugar, analizar los objetivos y métodos empleados por Rusia en su intervención en el Sahel, poniendo especial interés a la actuación de la PMC Wagner.

La hipótesis que se plantea es que el Sahel es parte fundamental de la estrategia rusa de enfrentamiento con Occidente.

OP: Analizar la importancia del Sahel en el nuevo enfrentamiento entre Occidente y Rusia.

OS1: Analizar los objetivos perseguidos y métodos empleados por Rusia en su intervención en el Sahel, poniendo especial interés a la actuación de la PMC Wagner.

OS2: Explorar las implicaciones de la intervención rusa para la seguridad regional.

Metodología

Para la realización de la investigación se hace uso de una metodología cualitativa en una revisión bibliográfica exhaustiva de fuentes oficiales, institutos de investigación y think-tanks, con el objetivo de comprender los objetivos geopolíticos de la intervención rusa en el Sahel, sus motivos y métodos, y las implicaciones de la intervención rusa para la seguridad regional y global.

Se seleccionan textos relevantes, actuales y de fuentes creíbles que aborden directamente la intervención rusa en el Sahel y las relaciones internacionales implicadas. La recopilación de datos se realizará mediante una búsqueda sistemática en bases de datos académicas, sitios web de organizaciones internacionales y bibliotecas o repositorios universitarios. Se incluyen documentos oficiales de organismos internacionales como la ONU, la Unión Europea y la Unión Africana, que aportan información normativa y estructural clave. Asimismo, se utilizan estudios de instituciones reconocidas, como el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), el Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE) y el Carnegie Endowment for International Peace, cuyos análisis profundizan en la dinámica geopolítica y de seguridad de la región. También se consultaron publicaciones del Council on Foreign Relations y del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, que contextualizan la intervención rusa dentro de la competencia geopolítica global.

La combinación de estas fuentes asegura un análisis fundamentado y equilibrado, incorporando perspectivas locales, regionales y globales que enriquecen el trabajo. El acceso a la bibliografía enfrentó diversas dificultades. En primer lugar, la barrera lingüística con fuentes en ruso limitó la profundidad del análisis sobre la política y estrategia rusa. Aunque se ha recurrido a traducciones y fuentes secundarias, la falta de acceso directo a textos en el idioma original restringió la comprensión más detallada. Otro obstáculo importante fue el acceso limitado a fuentes primarias, como documentos oficiales o testimonios directos, ya que muchas de las actividades vinculadas a Rusia, especialmente las relacionadas con grupos como Wagner, son de carácter confidencial o encubierto, lo que dificulta verificar la información disponible. Por último, la complejidad geopolítica del Sahel representó un reto significativo. Es una región con múltiples actores, conflictos interrelacionados y dinámicas cambiantes, lo que ha complicado abordar un análisis directo. Esto requirió un enfoque multidimensional que no solo abordara la intervención rusa, sino también los antecedentes de la presencia europea y las interacciones con los actores locales y regionales.

El análisis de contenido incluirá la lectura detallada y extracción de información relevante, organizada en categorías temáticas tales como la estrategia geopolítica de Rusia, la metodología de la intervención y el impacto económico y militar. El análisis comprenderá las estrategias rusas en Malí, Níger y Burkina Faso, evaluará la efectividad y consecuencias de la intervención desde múltiples perspectivas, y ubicará la intervención en el contexto más amplio de la política exterior rusa y su confrontación con occidente.

Finalmente, la integración de resultados formará una visión comprensiva de la intervención rusa en el Sahel, discutiendo sus implicaciones geopolíticas. Esta metodología cualitativa permitirá una comprensión profunda y detallada de los factores y consecuencias implicados en este fenómeno geopolítico.

El marco temporal del trabajo abarca desde 2010 hasta 2023. El marco físico del trabajo es el Sahel, que para la presente investigación comprende los cinco países que conformaban el G5 del Sahel, alianza de carácter regional integrada por Estados con una herencia histórica, colonial, religiosa y económica compartida. Formado por Burkina Faso, Chad, Mali, Mauritania y Níger, el G5S nació como un marco institucional de cooperación intergubernamental para dar respuesta conjunta a los problemas comunes de seguridad y desarrollo que asolan a los países miembros. Esta definición institucional es la preferida por diversas organizaciones internacionales, como el Fondo Monetario Internacional, la OTAN o la Unión Europea.

Resultados

El fracaso de la estrategia europea en la región

En octubre de 2011 y tras la intervención de la OTAN, milicias opositoras capturan y ejecutan a Gadafi, poniendo fin a sus más de cuatro décadas de poder incontestado en Libia. Con la abolición de la Jamahiriya, los mercenarios tuareg al servicio del Gadafi regresaron a sus países de origen, llevándose consigo armas y experiencia militar.

La situación política de Malí en 2011 era terriblemente desfavorable, más si cabe en las zonas tuareg del norte del país, completamente desconectadas y olvidadas por las élites políticas de Bamako. El fracaso del Gobierno maliense para frenar las redes de comercio ilegal y el tráfico de armas, y su incapacidad para desarmar e integrar a esos soldados provenientes desde Libia explotaron la situación en el empobrecido norte de Malí, encendiendo la revolución en el Azawad.

En 2012, las milicias tuareg se organizan en el Mouvement national de libération de l'Azawad (MNLA), bajo mando de dos excoroneles del ejército libio (Albuquerque, 2014), Mohamed Ag Najem y Bilal Ag Acherif (Spet, 2015). El MNLA se alió con los yihadistas del Ansar al-Din contra el Gobierno, lanzando a principios de 2012 una rápida serie de ofensivas contra un ejército maliense que no puede plantar cara a los rebeldes.

En pocos meses, las milicias del MPLA tomar las ciudades de Kidal, Gao y Timbuktu, haciéndose con el control incontestado de todo el norte de Malí y, en abril, declaran la independencia del Estado Islámico del Azawad. Sin embargo, pese al éxito, sin un enemigo en común, la alianza entre el MPLA y Ansar al-Din colapsa. Aparecen en escena otros grupos yihadistas que se desplazan desde todos los confines del Sahel y en las principales ciudades, donde la etnia bereber no era mayoría, los islamistas derrotan a las tropas del MNLA y se hacen con el poder incontestado.

El 10 de enero de 2013, ante las noticias de dos columnas de 120 vehículos de yihadistas que avanzaban sin oposición en dirección a Bamako (Spet, 2015), encontrándose a tan solo un día de la capital, el Gobierno maliense solicita la intervención francesa para combatir la amenaza terrorista (Al Jazeera, 2022). Un día después, el 11, París anuncia el comienzo de la Operación Serval (Consulate General of France in Johannesburg, 2022), con el despliegue de varios helicópteros y aviones Raffale que frenaron el avance de la ofensiva yihadista contra la capital

La ofensiva francesa contra las ciudades controladas por los salafistas fue un éxito. Para febrero de 2013 ya se habían recapturado las principales ciudades del norte de Malí y en marzo, las tropas francesas y chadianas ocupan la región de Kidal, la única donde el MPLA aún tenía el control, sin oposición. Los yihadistas, incapaces de hacer frente al ejército francés en operaciones convencionales, se refugian en el Adrar de los Iforas, siendo los últimos reductos conquistados en abril.

Para las operaciones de contrainsurgencia, tan importante es el esfuerzo militar como el ánimo político que lo acompaña y, en este sentido, desde el Eliseo se decidió la no interferencia en los asuntos locales malienses. París quería que la situación volviese al status quo anterior al golpe de estado de 2012, es decir, la democracia constitucional multipartidista más o menos funcional que existía en Malí desde 1992.

Francia consideraba que el gobierno civil democrático del estado, unido a un crecimiento económico fomentado por un correcto uso de la ayuda internacional crearía el escenario adecuado de desarrollo para acabar con la base social de la que gozaba el yihadismo (Spet, 2015). Sin embargo, este desarrollo social había de darse en un marco de seguridad estable y, persiguiendo este fin, se concibe, en octubre de 2014, la Operación Barkhane.

En 2015, los rebeldes tuaregs del Azawad y el gobierno de Bamako firman un acuerdo de paz mediado por las Naciones Unidas, los Acuerdos de Argel, que establecía, entre otras cosas, la autonomía para la región de Azawad2 y la integración de las milicias tuareg en las fuerzas armadas regulares malienses. Los acuerdos de paz con los rebeldes tuareg escondían otra verdad, el fracaso de la operación Serval para terminar de derrotar a los rebeldes del norte del país. Según las tropas francesas se retiraron, los rebeldes del MNLA recuperaron el control sobre Kidal. Lo mismo ocurrió con los yihadistas. No habían sido expulsados de Malí, simplemente habían abandonado las ciudades y «se reorganizaron en las zonas rurales y empezaron a reconstruir su capacidad militar mediante ataques a campamentos militares». (Noé, 2022) A lo largo de 2015 y hasta el comienzo de 2016, las milicias islamistas desplazan su zona de actuación desde el Azawad hasta el centro de Malí, el norte de Burkina Faso y el oeste de Níger (Berger, 2019).

Para 2017, los yihadistas habían recuperado el poder y la capacidad que habían perdido tras el éxito inicial de la operación Serval. Es en este contexto en el que llega al poder Emmanuel Macron, decidido a revitalizar las iniciativas en el Sahel, reafirmar su política exterior en África y coordinar operaciones con la Unión Europea. Desde el Eliseo y Bruselas, se reordena el despliegue europeo en el Sahel (véase la Figura 1).

Figura 1. Organigrama institucional del despliegue internacional en el Sahel a enero de 2020

Fuente: elaboración propia.

En primer lugar, para africanizar el conflicto, se decide establecer una Joint Task Force por parte de los estados del G5 Sahel (Interpol, s.f.). En segundo lugar, se intenta racionalizar las iniciativas europeas, confinando a las misiones de la Unión Europea en misiones menos intensas de policía y formación. Para coordinar los envíos de ayuda internacional y su correcto gasto, Francia y Alemania crean la iniciativa del Sahel Alliance. Para apoyar los esfuerzos de redistribución de los servicios y las administraciones públicas, en particular las fuerzas de seguridad interior y reforzar el sistema judicial en los países del Sahel Consulate General of France in Johannesburg, 2022) también se establece la Asociación para la Seguridad y la Estabilidad en el Sahel (P3S). Por último, toda esta miríada de órganos e instituciones se organizaban en torno a la Coalición para el Sahel. (Petidis, 2024).

Pese al renovado esfuerzo franco-europeo, no se tradujo en una reducción de los ataques jihadistas.

Según datos del Global Terrorism Index (Vision of Humanity, s.f.), en 2016, Malí sufrió 93 ataques, que se tradujeron en 144 muertes y 196 heridos. En 2020, Malí sufre 222 ataques, 404 muertes y 398 heridos (véase el Gráfico 1).

Gráfico 1. Evolución de los ataques en Malí

Fuente: elaboración propia.

Níger en 2017, sufrió 14 ataques, 74 muertes y 63 heridos. Para 2020, estos números habían escalado a 69 ataques, 262 muertos y 203 heridos (véase el Gráfico 2).

Gráfico 2. Evolución de los ataques en Níger

Fuente: elaboración propia.

Burkina Faso, por su parte, pasó de 70 ataques, 72 muertos y 65 heridos en 2017, a 193ataques, 666 muertos y 187 heridos en 2020 (véase el Gráfico 3).

Gráfico 3. Evolución de los ataques en Burkina Faso

Fuente: elaboración propia.

La ineficacia de Francia y Europa para estabilizar el Sahel se evidenció en el creciente sentimiento antifrancés en Malí, que culminó en el golpe de Estado de agosto de 2020 contra el presidente Ibrahim Boubacar Keita (Fornof & Cole, 2020). El golpe, liderado por militares malienses, formados en Rusia, debilitó aún más la influencia francesa. Rusia aprovechó el descontento popular para reemplazar la presencia occidental con mercenarios del Grupo Wagner, buscando afianzar su control en la región.

A pesar de los esfuerzos de la comunidad internacional para una transición pacífica, en 2021 otro golpe de Estado en Malí consolidó el poder militar. El deterioro de las relaciones con Francia llevó a la expulsión de tropas francesas y su reemplazo por Wagner (BBC News, 2022). Francia y sus misiones internacionales se retiraron finalmente en 2022 tras una serie de tensiones diplomáticas. La inestabilidad no fue exclusiva de Malí: Burkina Faso y Níger también experimentaron golpes militares en respuesta a la violencia terrorista y la percepción de ineptitud de sus gobiernos para manejar la crisis de seguridad. En Burkina Faso, la junta militar reemplazó a las tropas francesas con mercenarios rusos a principios de 2024, mientras que, en Níger, el golpe de 2023 resultó en la retirada de tropas francesas y occidentales.

Estas transiciones reflejan el colapso de la alianza del G5 Sahel, con Malí, Burkina Faso y Níger abandonando la coalición. Rusia ha capitalizado este vacío de poder, desplazando la influencia occidental en la región, impulsando la creación de la Confederación de Estados del Sahel.

Métodos usados por Rusia durante su intervención en el Sahel

Destacan dos métodos de intervención rusa en el Sahel: la desinformación y la intervención militar indirecta.

Tras la anexión de Crimea en 2014 y el conflicto en el Donbás marcan un punto de inflexión en las relaciones entre Rusia y la Unión Europea, destruyendo la cooperación estratégica que habían cultivado durante años. Como respuesta a las sanciones impuestas por Estados Unidos y la UE, Rusia adoptó una política exterior más beligerante y orientada hacia nuevos socios económicos y diplomáticos fuera de Occidente (Kapoor, 2022).

A partir de 2015, la estrategia geopolítica rusa se centró en dos enfoques principales: la Pivot to the East policy y el intervencionismo militar.

La «Pivot to the East policy» buscaba reorientar sus relaciones hacia Asia, particularmente con las economías emergentes de rápido crecimiento en la región Asia-Pacífico. Igualmente, Rusia impulsó la integración dentro de la Unión Económica Euroasiática (UEEA) (Voltaire Network, 2016), creada para mantener la influencia sobre las repúblicas exsoviéticas mediante una mayor cooperación económica y política.

El segundo componente de la política exterior rusa fue el intervencionismo militar en apoyo de regímenes afines. Este enfoque se manifestó por primera vez en Siria en 2015, cuando Rusia intervino militarmente en la guerra civil para salvar al régimen de Bashar al-Assad del colapso frente a fuerzas rebeldes y yihadistas. El Kremlin justificó su intervención como una defensa contra el yihadismo y, al mismo tiempo, como un medio para preservar su influencia en la región MENA.

Durante la intervención en Siria, la PMC Wagner emergió como un actor clave. Estos mercenarios no solo apoyaron al régimen de al-Assad, sino que también se beneficiaron económicamente mediante concesiones en yacimientos de petróleo y gas. Concretamente, Wagner fue recompensado con un porcentaje de las ganancias de los campos petrolíferos que liberaron del control del Estado Islámico (Faguy, 2023).

Tras el éxito en Siria, Wagner expandió sus operaciones a África, comenzando en 2017 con su despliegue en la República Centroafricana (RCA). Allí, los mercenarios apoyaron al gobierno de Faustin-Archange Touadéra. A cambio, Wagner obtuvo concesiones mineras, especialmente en oro y diamantes, consolidando su influencia económica en la región. Wagner también operó en Sudán, apoyando al presidente Omar al-Bashir. Tras su derrocamiento, los mercenarios rusos continuaron asegurando intereses económicos mediante acuerdos con el nuevo gobierno. En países como Libia, Mozambique o Madagascar, Wagner replicó esta estrategia: apoyar a regímenes locales a cambio de concesiones de recursos naturales.

La desinformación rusa en el Sahel

Desde 2018, Rusia ha intensificado sus esfuerzos de desinformación en el Sahel, utilizando think tanks y medios afines para promover un relato que acusa a Francia de neocolonialismo. Instituciones como el Российский совет по международным делам, Consejo Ruso de Relaciones Internacionales (Фокина, 2018) han sostenido que la operación Barkhane es solo un pretexto para asegurar el control del uranio en Malí y Níger, y que los acuerdos de Argel son una alianza encubierta entre Francia y los tuaregs para establecer un estado títere en Azawad. Esta campaña de desinformación es una de las principales estrategias del Kremlin en la región.

Esta labor de desinformación es la primera de las estrategias que ha conducido Rusia en el Sahel, una enorme operación en la zona gris dirigida a encender las tensiones étnicas y sociales contra el despliegue francés en la región. Al igual que en la República Centroafricana, se acusó a las tropas francesas de no preocuparse por la seguridad de Malí; de solo cumplir órdenes de proteger los recursos y empresas mineras del país; de llegar a acuerdos con los enemigos del Estado, como yihadistas y milicias tuaregs; o incluso de perpetrar asesinatos sumarios de poblados enteros, magnificando los escasos casos de fuego amigo sobre el terreno.

Según el Centro Africano de Estudios Estratégicos (ACSS, 2024), Rusia es el principal agente de desinformación en el todo África. Para esta labor propagandística, los rusos han ingeniado una verdadera operación Matrioshka, con diferentes actores a diferentes niveles que se complementan y ocultan entre sí. Ejemplo de esto es el uso que los servicios de inteligencia rusos hacen de masivas campañas de desinformación que atacan a todo el continente, acompañadas de otras que solo se dirigen hacía países o regiones concretas.

En este sentido, encontramos que, de las 23 campañas de desinformación generales a toda África, 16 tenían su origen en cuentas o medios rusos (ACSS, 2024). En el tema que nos atañe, de las 34 campañas de desinformación dirigidas, total o parcialmente a los estados del G5Sahel, 24 eran de autoría rusa (véase el Gráfico 4).

Gráfico 4. Relación porcentual entre el total de las operaciones de desinformación rusas y las de otro origen en los países de estudio

Fuente: elaboración propia.

Si el alcance geográfico es el primer nivel de desinformación, el tipo de actores es el segundo. El Kremlin ocupa una compleja red de influencers africanos a sueldo (Africa Confidential, 2023), a los que paga entre 300 y 500 dólares al mes; bots digitales creado en Telegram, Facebook y X con inteligencia artificial (Wendling, 2024); o las agencias de noticias del Estado ruso (RT News o Sputnik News) y las propias embajadas, que se encargan de dar bombo a las noticias falsas, amplificando su alcance e imposibilitando su verificación o censura. La inteligencia rusa es así capaz de crear cámaras de eco a distintos niveles nacionales, regionales y continentales que se retroalimentan entre sí, haciendo las redes de mentiras tan densas que son inabarcables (véase la Figura 2).

Figura 2. Esquema de actores y esferas de las operaciones de desinformación rusa en el Sahel

Fuente: elaboración propia.

El intervencionismo militar ruso: los «menús de salvación» para los regímenes dictatoriales locales

El segundo de los instrumentos que ha utilizado Rusia para ampliar y apuntalar su presencia en los países del Sahel ha sido la oferta de lo que podría denominarse como «menús de salvación» para los regímenes dictatoriales locales: frente a un gobierno sancionado y embargado por occidente o las Naciones Unidas, Rusia manda armas y mercenarios, de Wagner antes y del Africa Corps ahora.

Al contrario que las tropas de interposición occidentales o los Cascos Azules de la ONU, que se limitan a separar combatientes, realizar patrullas o combatir yihadistas; los mercenarios enviados desde Moscú tienen obediencia ciega al régimen que paga sus emolumentos, encargándose de la seguridad personal de los oficiales gubernamentales, silenciando a molestos opositores o entrenando a las propias fuerzas leales a los dictadores en cuestión.

En el caso concreto del Sahel, ni la capacidad combativa, ni la cantidad o la calidad de medios que los paramilitares rusos trasladan a estos países se compara con el despliegue que Francia, la Unión Europea y las Naciones Unidas tenían sobre el terreno. Por poner en contexto, cuando Francia se retira de Malí abandonan el país 2500 militares galos, sustituidos por 1000 mercenarios de Wagner, menos de la mitad. En el caso de Níger, los 1500 militares franceses y 600 estadounidenses, junto con sus decenas de drones y aviones, fueron sustituidos por un millar de contratistas de Africa Corps. En Burkina Faso, el trueque aún fue paupérrimo: tan solo 300 paramilitares del Africa Corps están en el país. Sin embargo, ante los ojos de las juntas militares malienses, nigerinas o burkinesas, los rusos tienen una enorme ventaja comparativa: les permiten seguir en el poder, mientras que los molestos franceses demandaban transiciones democráticas y elecciones libres. Así, los mercenarios rusos se convierten en la única red de seguridad de las dictaduras, atando su supervivencia a la presencia de los paramilitares dentro de sus fronteras y convirtiendo estos Estados en satélites de la influencia del Kremlin.

Estas dos estrategias, la desinformación y la intervención militar, han sido de manera complementaria por el Kremlin en su intervención en el Sahel. En un primer momento, las campañas de desinformación expandieron falsos rumores y mentiras sobre la presencia occidental en esos Estados, dando la justificación necesaria a los militares para dar sendos golpes de estado y sustituir la presencia francesa por la rusa. Pero, además, una vez consumada la retirada francesa de la región, los mismos canales propagandísticos y de desinformación son usados para aumentar la popularidad de estas Juntas Militares, controlando la opinión pública.

Puede aseverarse que, lejos de utilizar canales oficiales para abrirse paso en el Sahel, como pueden ser acuerdos comerciales o intercambios culturales; la nueva posición de potencia dominante en la región que ha sabido labrarse Rusia ha sido gracias al uso de canales no oficiales, en esa zona gris entre la intervención militar directa y la negación plausible, como son las actividades de Wagner y la injerencia política mediante campañas de manipulación de la información. Este intervencionismo «gris» está marcado por el oportunismo. Rusia carece del musculo económico de los Estados Unidos o China, o del sustrato histórico de los países europeos en el continente. Sin embargo, Rusia ha sido capaz de capitalizar la oportunidad que le brinda el descontento africano con sus metrópolis y, al mismo tiempo, la pérdida de interés estadounidense en el continente, centrado Washington en el Pacífico y Ucrania.

Los objetivos de Rusia en el Sahel

Los objetivos que persigue Rusia en el Sahel se pueden clasificar en económicos, diplomáticos y estratégicos.

Objetivos económicos

En un primer nivel, la intromisión rusa en el Sahel tiene un interés puramente económico. Tras la invasión de Ucrania, Rusia se ha convertido en el país más sancionado del mundo, acumulando cerca de 22.000 sanciones, 19.000 de las cuales se han impuesto después de febrero de 2022 (Castellum.ai, 2024).

En este contexto de aislamiento económico internacional, Rusia busca nuevas formas de financiación y, es aquí, donde vuelve a demostrarse la utilidad del entramado empresarial de Prigozhin, que le permita al Kremlin de buscar nuevas rutas para circunnavegar las sanciones internacionales y hacer fracasar los intentos por aislar a Rusia. El despliegue de los mercenarios en aquellos países en los que opera está supeditado a la concesión por parte de esos Estados de los derechos de explotación minera de sus recursos minerales.

Cuando desembarcaron en Malí, también tomó posesión de las minas de Balandougou, Koyoko y Yanfolila. En Burkina Faso, según alegaciones del gobierno de Costa de Marfil, la junta burkinesa habría cedido a los mercenarios una mina de oro en su frontera.

Para Rusia, el balón de aire económico que supone el expolio mineral africano le ha permitido, en primer lugar, acumular enormes reservas de oro y, en segundo, financiar el desmesurado gasto militar que requiere la guerra en Ucrania.

Si se atiende a la evolución de las reservas de oro rusas, estas se han multiplicado antes y durante la invasión de Ucrania. Mientras que, en 2015, Rusia mantenía mil doscientas toneladas de oro, estás se habían duplicado para 2019 y, desde 2021, siguen creciendo alrededor de unas diez toneladas al año (Trading Economics, 2024). Actualmente, Rusia cuenta con dos mil trescientas treinta y cinco toneladas de oro en sus reservas. Este desmesurado acopio de oro habría sido prohibitivo para Rusia sin la llegada de masivas remesas de oro recién extraído de las minas africanas que Wagner operaba.

El mantener estas grandes reservas de oro ha demostrado su utilidad una vez empezaron a amontonarse las sanciones internacionales. Lejos de lo que esperaban los políticos occidentales, que era un rápido colapso del rublo, a principios de 2022 el Banco Central de Rusia fijó el valor del rublo en relación con el oro (Huish, 2024), aislando al rublo de los mercados de transacciones internacionales y manteniendo el valor de la divisa completamente estable.

En segundo lugar, el oro africano está financiando el esfuerzo bélico ruso en Ucrania. Según datos de The Blood Gold Report (Jessica Berlin, 2023), desde el comienzo de la invasión, Rusia ha extraído dos mil quinientos millones de dólares de oro africano.

Aunque resulta imposible dar un número concreto de la cantidad de oro que Rusia ha extraído de Malí o Burkina Faso, según el CSIS «Wagner podría obtener hasta mil millones de dólares de beneficios anuales sólo con sus operaciones en la República Centroafricana» (Catrina Doxsee, 2023) y, suponiendo que otro tanto salga de Sudan, ni sería tan descabellado de unos 500 millones de dólares hayan sido extraídos de Malí, el cuarto mayor productor de oro de África.

Pero ¿cómo hace Rusia para extraer el oro de esos países e introducirlo en el curso legal? Aquí juegan un papel fundamental las refinerías de oro chinas y emiratíes. El oro «de sangre» maliense es extraído de las minas y, oculto en el entramado de empresas de Wagner primero y ahora del Africa Corps, para evitar las sanciones internacionales (véase la Figura 3). El oro es entonces exportado «de manera ilegal a Hong Kong, China y especialmente Dubai, el mayor mercado a nivel mundial de oro ilegal africano» (Llata, 2024). Allí, el oro es refinado, fundido con otro de origen lícito y, así, blanqueado para el curso legal. Este oro después llega a su destino en Rusia, desde donde es reexportado a Emiratos Árabes Unidos, Hong Kong, Singapur y Suiza (OEC, 2024) (véase el Gráfico 5). Estos cuatro países, en 2022 (últimos datos disponibles) supusieron el 70% de las exportaciones de oro rusas, es decir, más de diez mil millones de dólares de los 14.000 millones que exportó en total Moscú. De ese 70%, ms de la mitad fue comprado por los Emiratos Árabes Unidos.

Figura 3. El ciclo del oro maliense. El oro es extraído de las minas del sur de Malí y exportado hasta Dubái, Hong Kong y Shanghái, donde es refinado y blanqueado (en azul). Este oro es después enviado a Rusia (en amarillo) y, o bien almacenado para hacer frente a las sanciones y cumplir la paridad con el rublo impuesta por Putin, o vendida a Emiratos Árabes Unidos, Hong Kong, Suiza o Singapur (en rojo). Este flujo de dinero permite paliar las sanciones a Moscú y, además, financiar la invasión de Ucrania

Fuente: elaboración propia-

Gráfico 5. Reparto porcentual de las ventas de oro rusas

Fuente: elaboración propia.

Objetivos diplomáticos

El segundo de los motivos es diplomático. Desde su invasión de Ucrania, el Kremlin se ha convertido en un paria internacional. Incluso tradicionales aliados, como Armenia o Kazajistán se han mostrado opuestos a apoyar las operaciones rusas en Ucrania.

Sin embargo, en África en general y el Sahel en particular, el Kremlin ha encontrado Estado y regímenes dispuestos a apoyar la invasión y oponerse a todas las iniciativas diplomáticas impulsadas en el seno de las Naciones Unidas o la Unión Africana para aislar a Rusia y apoyar a Ucrania.

El uno de marzo de 2022, tan solo una semana después del comienzo de la invasión de Ucrania, las Naciones Unidas aprobaron la Resolución A/ES-11/L.1 de la Asamblea General de las Naciones Unidas (Asamblea General, 2022), en condena de la invasión rusa de Ucrania y reclamando la retirada de las tropas rusas: 141 países votaron a favor, cinco en contra, treinta y cinco se abstuvieron y 13 se ausentaron de la sesión. Burkina Faso fue uno de los países que se abstuvieron a condenar la invasión y Malí directamente se ausentó (véase la Figura 4).

Figura 4. Relación temporal entre los golpes de estado en el Sahel y las votaciones condenando la invasión de Ucrania

Fuente: elaboración propia.

Merece la pena recalcar que, para marzo de 2022, Malí ya estaba en poder de la Junta Militar de Assimi Goita y Burkina Faso ya había sufrido un primer golpe de estado en enero, aunque el segundo golpe de septiembre ya no se había producido. Unos meses después, en octubre, las Naciones Unidas aprueban la Resolución ES-11/4 (Asamblea General, 2022), condenando la anexión de los Oblast de Donetsk, Jherson, Luhansk and Zaporizhzhia y pidiendo a la comunidad internacional que no reconozca la validez de los referéndums de anexión. Otra vez, Malí y Burkina Faso abstuvieron de votar la condena a las acciones rusas.

En noviembre de 2022, las Naciones Unidas adoptan la Resolución ES-11/5 (Asamblea General, 2022), demandando que Rusia pague reparaciones de guerra a Ucrania. Esta vez, Burkina Faso se ausentó de la votación y Malí votó, directamente, en contra. Lo mismo ocurrió en febrero de 2023, cuando las Naciones Unidas adoptan la «Resolución ES-11/6», demandando el fin de la invasión.

En todas ellas, Níger votó a favor del consenso internacional y en contra de Rusia, pero es importante señalar que no sería hasta unos meses después, en junio de 2023, cuando la Junta tomaría el poder en el país y se posicionaría a favor de Rusia.

Otra de las mayores iniciativas diplomáticas desde el comienzo de la invasión en 2022 fue la malograda Iniciativa de cereales del Mar Negro, impulsada por las Naciones Unidas, que permitía la exportación de grano ucraniano a través del mar negro sin miedo a ser atacado por los misiles, aviones, buques y drones rusos. Esto permitiría que Ucrania, el mayor exportador de cereal del mundo, siguiese vendiendo el alimento y no se repitiese una escasez como la de 2010, explicada al comienzo del trabajo. El acuerdo expiró en junio de 2023, tras la retirada de Rusia de la iniciativa. Sin embargo, desde mucho antes, Putin había venido cortejando a sus aliados africanos para que no comprasen grano ucraniano, ofreciendo envíos gratuitos desde Rusia en su lugar. Coincidencia o no, el primero de estos envíos fue dirigido a Burkina Faso (News Agencies, 2023).

La última de las grandes iniciativas de paz hasta la fecha es la celebrada en junio de 2024 en Suiza. «A pesar de que el orden del día de la Cumbre sobre la Paz se centraba en cuestiones humanitarias, como el intercambio de prisioneros, el retorno de los niños ucranianos y la seguridad alimentaria, sólo participaron 13 países africanos. Sólo 10 firmaron la declaración final.» (Reva, 2024) De los países del Sahel, solo Mauritania participó en la cumbre y, al final, se negó a firmar la resolución.

Objetivos estratégicos

Rusia considera al Sahel un escenario estratégico en su enfrentamiento con Occidente, viendo la región no solo como un campo de influencia geopolítica y económica, sino también como un punto vulnerable del Flanco Sur europeo. Hasta hace poco, el Sahel era una zona de incontestada influencia francesa, pero Moscú ha logrado arrebatarle ese control a París, aprovechando la inestabilidad y el resentimiento local hacia la presencia occidental.

Más allá de la competencia por la influencia política y económica, Rusia busca utilizar el Sahel como una herramienta en su estrategia de guerra híbrida contra Europa, tal como lo hizo en Siria. En este sentido, el Kremlin está aplicando lecciones aprendidas durante la guerra civil siria, donde, según denunció el general Philip Breedlove, excomandante Supremo Aliado de la OTAN, Rusia y el régimen de Assad utilizaron deliberadamente la migración para desbordar las estructuras europeas y fracturar su cohesión (Schoemaker, 2019). La crisis migratoria de 2015, que llevó a más de un millón de refugiados sirios a Europa, no solo reveló la falta de preparación de la UE, sino que también alimentó el auge de partidos populistas y euroescépticos en países clave como Francia, Alemania y Reino Unido.

En Europa, la llegada masiva de refugiados fue rápidamente capitalizada por partidos políticos nacionalistas que aprovecharon el miedo y la inseguridad para ganar votos. Esto tuvo un impacto significativo en eventos políticos como el referéndum del Brexit, donde la campaña de Leave.EU se centró en la amenaza percibida de la inmigración. De forma similar, en países como Hungría, el presidente Viktor Orbán utilizó la crisis migratoria para consolidar su poder, mientras que, en Francia y Alemania, partidos de extrema derecha como el Frente Nacional de Marine Le Pen y Alternativa para Alemania (AfD) vieron un aumento notable en su apoyo electoral.

Rusia, consciente de las divisiones que la crisis migratoria causó en la Unión Europea, ha replicado esta táctica en otras fronteras. Desde 2021, Moscú, en coordinación con Bielorrusia, ha transportado refugiados sirios y de otros países hacia las fronteras de Polonia, Lituania y Finlandia, en un intento de desestabilizar a la UE (véase la Figura 5). En noviembre de 2023, Finlandia denunció la entrada repentina de 600 refugiados desde Rusia, comparado con solo 10 el mes anterior, lo que evidenció un uso estratégico de la migración como herramienta de presión (SADC, 2023).

Figura 5. Las rutas de inmigración usadas por Rusia para presionar a la Unión Europea. Las rutas pueden nacer desde el Sahel (1), el nuevo frente de presión logrado por Rusia tras convertirse en la nueva potencia dominante en la región. También pueden empezar en la costa siria y acabar en Chipre (2). También desde Siria, los migrantes pueden ser transportados a Rusia o Bielorrusia (3) y después hasta el este de la Unión Europea (4)

Fuente: elaboración propia.

Con su creciente influencia en Malí, Níger y Burkina Faso, Moscú podría repetir estas tácticas en el sur de Europa. Ahora, Rusia tiene el control en varios países clave del Sahel, lo que le permite utilizar rutas migratorias hacia Europa, particularmente hacia Italia, a través de Libia, y hacia España, a través de Marruecos y Mauritania. Al fomentar la migración masiva desde el Sahel, Rusia busca no solo generar inestabilidad política dentro de la UE, sino también socavar la unidad europea frente a Moscú, presionando para obtener concesiones políticas, como la eliminación de sanciones económicas impuestas tras la invasión de Ucrania.

Putin ha aprendido que la instrumentalización de la crisis migratoria puede ser una herramienta eficaz para debilitar a Europa. La UE ya experimentó esta presión durante la crisis de refugiados de 2015, que fragmentó su cohesión interna y fortaleció a partidos euroescépticos. Al replicar esta estrategia desde el Sahel, Moscú puede intentar forzar a Europa a negociar términos más favorables, aprovechando la crisis para erosionar su respuesta coordinada contra Rusia.

Conclusiones

Esta investigación se centra en analizar la importancia del Sahel en la nueva confrontación geopolítica entre Rusia y Occidente, considerando cómo esta región se ha convertido en un escenario clave para la proyección de poder del Kremlin y su estrategia de revisionismo fronterizo. Se identifican tres objetivos específicos: evaluar la estrategia europea en el Sahel, explorar los objetivos y métodos de intervención rusa, y examinar las implicaciones de esta intervención para la seguridad regional.

Los hallazgos demuestran que los esfuerzos europeos, liderados principalmente por Francia, han fracasado en estabilizar el Sahel. La aproximación militarizada de las operaciones, sin abordar las causas profundas de la inestabilidad y la falta de gobernanza, permitió a Rusia capitalizar el descontento local y posicionarse como un actor influyente. Moscú ha asegurado concesiones significativas en derechos minerales en la región, lo que es vital para financiar su guerra en Ucrania y mitigar el impacto de las sanciones occidentales.

En términos diplomáticos, la presencia rusa en el Sahel ha debilitado varias iniciativas internacionales dirigidas contra Moscú, aislando a países que antes estaban alineados con Occidente. Además, controlar rutas migratorias en el Sahel permite a Rusia utilizar la inmigración como una herramienta de presión, replicando la táctica usada en Siria para desbordar las estructuras europeas y generar inestabilidad.

El Grupo Wagner ha jugado un papel central en la estrategia rusa, operando desde campañas de desinformación hasta la formación de grupos insurgentes. Estas tácticas no solo buscan el control de recursos, sino también debilitar la presencia occidental. Esto se alinea con la política exterior rusa de revisionismo fronterizo y la promoción de un orden multipolar, desafiando el dominio occidental establecido desde la Guerra Fría.

Las consecuencias de la intervención rusa en el Sahel para la seguridad regional son significativas. Rusia ha contribuido a la militarización del conflicto, complicando los esfuerzos internacionales para lograr la paz. Su creciente influencia en el Sahel representa un riesgo desestabilizador no solo para África Occidental, sino también para la seguridad europea. Moscú ha demostrado su capacidad de instrumentalizar la migración como una herramienta de presión política, algo que ya había utilizado en la crisis siria, afectando a la cohesión de la Unión Europea.

Los resultados confirman que el Sahel es un elemento central en la estrategia rusa de confrontación con Occidente. Primero, como fuente económica mediante la explotación de recursos minerales; segundo, como apoyo diplomático en foros internacionales con gobiernos afines; y tercero, como un medio para instrumentalizar la migración hacia Europa, poniendo en riesgo su estabilidad y cohesión.

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