El orden intelectual anglosaxonico y la genealogía de los estudios internacionales en el entorno de la Conferencia de Paz de París de 1919

The Anglo-Saxon intellectual order and the genealogy of international studies in the context of the 1919 Paris Peace Conference

José Luis Neila Hernández
Universidad Autónoma de Madrid

Recibido: 17/12/2024 · Aceptado: 21/01/2025

Resumen

La Gran Guerra y la construcción de la paz en París en 1919 concitaría la atención y el esfuerzo de las delegaciones participantes, especialmente de las grandes potencias por su ascendiente en el curso y el resultado de las negociaciones. El mundo académico se movilizaría, a través de los expertos -especialmente en el mundo anglosajón-, ante el ciclópeo esfuerzo de la paz. El objetivo no era otro que el de sortear a través de la razón científica las prácticas internacionales asociadas con la realpolitik que habían conducido a la guerra. En este horizonte las sinergias académicas y políticas en el mundo atlántico anglosajón se iría gestando una renovación profunda en los estudios internacionales en la posguerra mundial.

Palabras clave
Estudios internacionales, orden internacional, paz, guerra, cooperación intelectual.

Abstract

The Great War and the construction of peace in Paris in 1919 would attract the attention and effort of the participating delegations, especially the great powers due to their influence on the course and outcome of the negotiations. The academic world would mobilize, through experts -especially in the Anglo-Saxon world-, in the face of the colossal effort for peace. The objective was nothing less than to navigate through scientific reason the international practices associated with realpolitik that had led to the war. On this horizon, academic and political synergies in the Anglo-Saxon Atlantic world would be fostering a profound renewal in international studies in the post-World War era.

Keywords
International studies, international order, peace, war, intellectual cooperation.

Cómo citar: Neila Hernández, J. L. (2025). El orden intelectual anglosaxonico y la genealogía de los estudios internacionales en el entorno de la Conferencia de Paz de París de 1919. Orden Internacional, Revista de Estudios Internacionales, 1, e77. https://doi.org/10.33732/roi.77

El nuevo orden internacional tejido desde los aciertos y las contradicciones de las potencias vencedoras reunidas en París desde el 18 de enero de 1919 en la Conferencia de Paz, proyectaba los valores democráticos y liberales de éstas últimas. El triunfo de la coalición aliada liderada por las potencias demoliberales en la Gran Guerra tendría un efecto multiplicador en la expansión de los principios y procedimientos democráticos en la esfera estatal y en la arena internacional de posguerra. De las discusiones de paz emanaría un sistema interestatal, reflejo del predominio de las potencias anglosajonas, especialmente los Estados Unidos y del precario equilibrio alcanzado entre las grandes potencias vencedoras. En términos hegemónicos proyectaba, de algún modo, las expectativas anglosajonas del nuevo orden, una vez asumida que el tiempo de la pax britannica había pasado, para promover una red de cooperación entre Gran Bretaña, los Dominios y los Estados Unidos, una suerte de pax Anglo-Saxonnica, en palabras de Edward Hallet Carr (de Luna García, 1943: 485). El propio John Mayard Keynes, miembro de la delegación británica en la conferencia de París, escribiría en su recopilación de ensayos biográficos en 1933, que:

La colaboración que así se hizo posible tuvo una amplia aplicación en la práctica. Cada uno de los componentes de las delegaciones británica y americana estaban unidos por vínculos de sentimientos fraternos y de respeto mutuo, de forma que trabajaban constantemente hombro a hombro en pro de una política de negociaciones leales y de altas miras humanas. El propio Lloyd George no tardó en adoptar posiciones en calidad de amigo personal e incuestionable aliado del presidente contra la reprobable rapacidad o ausencia de idealismo internacional de los latinos (Keynes, 199: 32).

La sintonía atlántica no estaba, por supuesto, exenta de suspicacias y recelos entre Washington y Londres, como una arista más de las desavenencias y de los divergentes puntos de vista e intereses entre los Estados vencedores participantes en el foro de París. En el decurso de las negociaciones se irían limando ciertas asperezas en la agenda como las relativas a la libertad de los mares y el futuro de los territorios de ultramar, así como la canalización de las prioridades sobre la nueva organización internacional tal como se contemplaba en los Catorce Puntos del mensaje presidencial. La propia rigidez de las posiciones de Wilson, que desde sus posiciones internacionalistas liberales y cristianas en clave universalista, se erigirían en un obstáculo en la búsqueda de posiciones comunes tanto en París como posteriormente a su vuelta a Estados Unidos cuando el Senado rechazó la ratificación del Tratado de Versalles. El propio Lloyd George, relata Margareth MacMillan, aludía a la presencia de Wilson en la Conferencia como un “misionero dispuesto a rescatar a los paganos europeos” (MacMillan, 2005: 43). La actitud de Estados Unidos hacia Gran Bretaña era ambigua, “consciente de la deuda de Estados Unidos con sus grandes tradiciones liberales a la vez que recelosa y envidiosa de su poder”. Las prevenciones del presidente estadounidense aflorarían en una conversación confidencial con un alto cargo británico en una recepción de gala en el Palacio de Buckingham:

“No deben hablar de los que venimos aquí como si fuéramos primos suyos, y todavía menos como hermanos; no somos ni una cosa ni otra”. Agregó que era engañoso hablar de un mundo anglosajón cuando tantos estadounidenses procedían de otras culturas y que, además, era una tontería conceder demasiada importancia al hecho de que ambas naciones hablaran inglés. “No, hay sólo dos cosas que pueden establecer y mantener más estrechas relaciones entre su país y el mío: son la comunidad de ideales y de intereses” (MacMillan, 2005: 49).

Precisamente sobre esta comunidad de ideales e intereses se fraguarían las sinergias entre los círculos políticos y las comunidades académicas a un lado y otro del Atlántico anglosajón para codificar en el marco de la Conferencia de Paz un nuevo orden intelectual en el plano de las ciencias sociales y de los estudios internacionales. Aquellas inercias, ya visibles desde comienzos de siglo, acabarían por cristalizar en los foros de la cooperación intelectual y, especialmente, en la genealogía de los modernos estudios internacionales en la inmediata posguerra.

La cooperación intelectual como ecosistema de la diplomacia filantrópica y la americanización de los estudios internacionales

“Estados Unidos –en palabras de José Antonio Sánchez Román- nunca fue miembro de la Sociedad de Naciones. Sin embargo, esto no significó un aislamiento con respecto a la organización internacional. A través de ciertos individuos, o de organizaciones filantrópicas, la potencia americana participó de manera regular en los comités ‘no políticos’ de la Liga” (2023: 1)1. Pese a que el Tratado de Versalles no fue ratificado por el Senado existiría -en palabras de Ludovic Tournés- durante todo este tiempo una “courant internationaliste dans le monde politique et intellectuel américain qui milite activement pour la participation des États-Unis aux affaires mondiales”. Esta implicación es especialmente intensa en la esfera de las cuestiones económicas y financieras, pero en absoluto ajena a la dimensión política de las conexiones con el sistema internacional y, en particular, con Europa. En definitiva, en el curso de la década de los veinte Estados Unidos está en el “cour du jeu européen” y ningún acuerdo relevante puede ser tomado en consideración sin su aval, tal como lo evidencia su presencia en todas las grandes conferencias organizadas por la Sociedad de Naciones (Tournès, 2016: 7-8).

En el análisis de la política exterior y las relaciones internacionales de Estados Unidos resulta fundamental no limitarse al análisis de los actores gubernamentales y extender el perímetro analítico al papel desempeñado por los actores no gubernamentales, los actores privados, cuya actividad cuenta con una larga tradición, pero cuyo interés entre los científicos sociales y los historiadores ha ido emergiendo con la historia transnacional y el cuestionamiento del paradigma estatocéntrico. Y en este sentido resulta, en opinión del autor, fundamental que:

(…) le rôle des acteurs non gouvernamantaux no doit pas être lu en simples termes d’”influence” sur les déciseurs, ce qui conduit à une perspective finalement aussi simpliste, en sens inverse, que la perspective réaliste classique. Il est bien puls intéresants de considérer la politique étrangère comme une coproduction résultant de l’articulation entre de multiples acteurs, publics et privés, dont il es souvent imposible de déterminer qui a eu l’influence la plus determinant (Tournès, 2016: 11-12).

Y entre estos actores privados desempeñan un papel crucial las grandes fundaciones filantrópicas –estadounidenses-, especialmente la Carnegie Endowment for International Peace –Dotación Carnegie- y la Fundación Rockefeller. Su actividad ilustra la dinámica expansiva de las élites estadounidenses que en defensa de sus propios objetivos políticos tratan de concertarse con la Administración Federal en una “synergie sans précedent dans l’histoire des relations internationales”. Estas fundaciones “construisent en effet dès les années 1910 une diplomatie philantropique” (Tournès, 2016: 11-12). Estas fundaciones son en esencia -a juicio de Inderjeet Parmar- pragmáticas, utilitaristas, elitistas y tecnocráticas y tienen por finalidad “to invest in ideas and ‘put knoweledge to work’ to reform society, economy and politics at home and abroad”. A tal fin destinan ingentes recursos con el propósito de “generating positivistic ‘scientist’ knowledge that would be of practical use to policymakers, urban planners, and state-builders” (Parmar, 2012: 3; y Rietzler, 2011: 50).

A diferencia de las aproximaciones teóricas gramscianas que enfatizan la dependencia estructural de las fundaciones respecto a la Administración federal, pero abogando por su desempeño estratégico en la “reproduction and production of cultural hegemony” (Fisher, 1983: 206), y de las liberales que abogan por su autonomía, lo cierto es, tal como argumenta Ludovic Tournés y en un sentido muy similar se pronuncia Inderjeet Parmar pero dentro de un marco teórico neogramsciano (Parmar, 2012a: 1-2; y Rietzler, 2011: 19-21)2, que no existe una frontera definida entre la esfera de lo público y lo privado.

En las décadas de 1920 y 1930 las fundaciones filantrópicas estadounidenses –la Dotación Carnegie y la Fundación Rockefeller- solían mantener estrechos contactos con el Departamento de Estado y las embajadas estadounidenses. Sus miembros solían formar parte de las delegaciones norteamericanas en conferencias intergubernamentales o ser destinatarios de consultas informales desde el Departamento de Estado. Los líderes de ambas fundaciones frecuentemente pertenecían a la “social elite which has been indentified as American foreign policy establishment”. Los programas de acción de estas fundaciones, tal como argumenta Katharina E. Rietzler, “helped construct a narrative which emphasized American’s positive role in international nongovernamental cooperation and portrayed the American nation as a desinteresed, modern and rational force in the world”. Las fundaciones contribuirían a promover “a distinctively American style of conducting foreign relations which held that American cultural policies were qualitatively different from European cultural policies” (2009: 156-161).

Esta interdependencia es sumamente ilustrativa en la naturaleza de las interacciones entre Estados Unidos y la Sociedad de Naciones, especialmente en el ámbito de la cooperación intelectual. El wilsonismo fracasó en el Senado, pero perviviría políticamente a través del movimiento internacionalista especialmente activo a través de las fundaciones filantrópicas. Esta dimensión de las relaciones internacionales estadounidenses permite una mejor comprensión del proceso de emergencia de Estados Unidos como gran potencia desde finales del siglo XIX. La “superpuissance amércaine naissante apparaît ainsi non pas comme la seule résultant de la puissance militaire, mais aussi de la profusión d’acteurs intéressés à faire acquérir aux États-Unis une position centrale dans l’organisation du monde, et ce, dans tous les domaines” (Tournés, 2016: 13-15).

En este proceso de despertar del poder mundial de Estados Unidos desempeñarían un papel relevante las fundaciones, a través de las cuales se construiría y se sostendría una compleja textura de cooperación social, intelectual y política entre actores clave e instituciones que apoyarían modelos específicos de pensamiento orientados a promover la hegemonía de Estados Unidos (Parmar, 2012a: 1). La emergencia de esta nueva diplomacia en la que concurren múltiples actores privados con los actores públicos o gubernamentales modela una política exterior de nuevo cuño. Su impacto no pudo ser mayor, dado que:

Dans l’arène internationale dominée jusqu’à la fin du XIXè siècle para les diplomates profesionneles, cette distribution des rôles est une nouveauté qui déstabilise les Européens, non seulemente parce qu’ils doivent trater avec une multitude d’acteurs qui ont des status, des pratiques et des objectifs différents, mais aussi parce que la politique étrangère est, aux États-Unis plus qu’ailleurs, soumise aux enjeux intérieurs que s’expriment en particulier à travers les votes du Congrès, ce dernier ayant dans le domaine extérieur des prérrogatives sans équivalent dans les autres parlements des grandes puissances (Tournés, 2016: 13-15).

En el ámbito de la Sociedad de Naciones y en el de la cooperación intelectual, en concreto, la participación estadounidense en las secciones técnicas de todo tipo, no sólo en las financieras y económicas, favorecería el protagonismo de los expertos. La emergencia de los expertos en el ámbito político e intelectual en Estados Unidos con el cambio de siglo fue la consecuencia de la transformación en el ámbito de la producción de conocimiento y de las necesidades de cambio y de control social. Frente a las reticencias generadas en el establishment por los reformadores progresistas, la nueva figura del experto consagraba un role cultural y social ad hoc al nuevo entorno caracterizado por la especialización, la profesionalización y el racionalismo productivo (véase Fisher, 1983: 208-210). A nivel global esta política que tendería a sistematizar la “circulation d’hommes et des savoirs, typique des fondations américaines, se manifeste para la création de résaux transatlantiques dont les sections techniques de la SdN sont des points nodaux”. La capacidad de los estadounidenses para insertarse en las redes internacionales, crear otras nuevas y ganarse una posición central con el fin de influir en la “production et l’utilisations du savoir, est l’une des facteurs qui contribuient à construiré la superpuissance intellectuelle américaine dès l’entre-deux-guerres” (Tournés, 2016: 7-18)3.

La diplomacia filantrópica, una esfera fundamental de la política exterior y las relaciones internacionales de Estados Unidos en su conexión con el sistema de Versalles, proyectaría una dinámica tendente a una suerte de gobernanza de expertos. Parece del todo punto pertinente insistir en la gestión de la política exterior de la Administración Wilson y el protagonismo que recaería en él mismo –recordemos que era jurista de formación, doctor en ciencias políticas y fue rector de la universidad de Princeton entre 1902 y 1910- y su más próximo consejero el coronel Edward M. House, en detrimento del secretario de Estado Robert Lansing. House fue su hombre de confianza en Europa durante la contienda para tentar la vía de la mediación para detener la guerra y su portavoz para negociar las condiciones del armisticio con Alemania (MacMillan, 2005: 46). La delegación estadounidense en la Conferencia de Paz de París estuvo compuesta más por expertos que por políticos, quedando al margen senadores y republicanos internacionalistas como Henri Cabot Lodge, Elihu Root o Charles Evan Huges, lo que generaría críticas y no pocas reservas hacia la labor del presidente en París. Su consejero especial fue el jurista David Hunter Miller a quien se considera uno de los artífices del Covenant de la Sociedad de Naciones. En otoño de 1917 creó el Inquiry concebido como un colectivo de más de 150 expertos y asesores dirigido por el periodista Walter Lippman y el geógrafo Isaiah Bowman, cuya finalidad era “recuillir des élements en vue de préparer les futures négotiations de paix et de favoriser la reconfiguration des relations internationales”. En el Inquiry participaron expertos de múltiples disciplinas –entre ellas geografía, historia, economía, ciencia política o sociología-. Ya en París veintiuno de los miembros del Inquiry, como parte constitutiva de la delegación estadounidense, se erigieron en la práctica en una suerte de “petit Département d’État” (Tournés, 2016: 38). En la travesía hacia Europa a bordo del George Washington Wilson se reuniría con una decena de miembros del Inquiry a quienes les habló de la “pesada carga que les aguardaba y les dijo que contaba con que le proporcionasen la mejor información” (MacMillan, 2005: 35-36). Entre ese selecto grupo uno de sus miembros más activo e influyente con posterioridad en la cooperación intelectual y los estudios internacionales fue el historiador James T. Shotwell, cuya presencia en el Inquiry y luego en la delegación de paz personificaría de algún modo la vocación y la importancia que se confería a la investigación y las ciencias sociales en general en el proceso de reorganización del mundo concebido por Wilson. Pese a la fuerte oposición que encontró Wilson en el Senado en los debates sobre el Covenant conviene recordar la reflexión de Mary Nolan al argumentar que la mayor parte de las elites estadounidenses eran cómplices con la propia visión del presidente en virtud de la cual la integración global, la prosperidad, y la cooperación dependían del liderazgo estadounidense, sobre todo en la propia Europa (Nolan, 2012: 76).

Los debates en Estados Unidos fueron mucho más vivaces e intensos que en otros Estados como Francia y Gran Bretaña, donde también había una sólida tradición internacionalista y pacifista y cuya participación en las propuestas y discusiones para la creación de la Sociedad de Naciones fue fundamental. Estos debates al otro lado del Atlántico eran la consecuencia, sin lugar a dudas, de la arraigada tradición y de la secularización del pensamiento pacifista y el internacionalismo liberal en Estados Unidos desde finales del siglo XIX. A ambos lados del Atlántico desde la segunda mitad del siglo XIX el internacionalismo burgués se fue emancipando de sus orígenes religiosos y fue codificándose una respuesta humanista y secular a los desafíos de la creciente interdependencia económica, política y cultural entre los Estados. Publicistas cómo el estadounidense Paul S. Reinsch o el escritor británico Norman Angell interpretaron este proceso global como “a result of technological innovations and drew from it the imperative to campaign for international cooperation and the promotion of peace” (Rietzler, 2009: 44). Los nexos transatlánticos se fueron intensificando desde comienzos de siglo. Tal sería el sentido de la creación de The Rotary Club en 1905 en cuyo seno se potenciaría la amistad internacional en el Atlántico en ambas direcciones.

El internacionalismo en Estados Unidos –tal como afirma Srihari Hulikal Muralidhar- cristalizó al calor de una minoría, conformada en buena medida por académicos y fundaciones filantrópicas, cuya finalidad era asegurar la influencia de Estados Unidos a escala mundial (Hulikal, 2016: 80). El internacionalismo liberal en Estados Unidos en modo alguno puede recluirse en el wilsonismo. La idea en sí misma de crear una suerte de Sociedad de Naciones estaba presente en los movimientos pacifistas europeos y americanos desde la década de 1890 y en décadas precedentes habían surgido organizaciones que hacían proselitismo del arbitraje internacional como la Société Française por l’Arbitrage entre les Nations creada en 1867 y la International Arbitration and Peace Association que vería la luz en 1887. La conciencia en torno al desarrollo del derecho internacional y la paz y, en especial, el arbitraje tendría su expresión más ambiciosa y grandilocuente antes de la Gran Guerra en las Conferencias de La Haya de 1899 y de 1907. Con la aceptación del principio de arbitraje, propuesto como obligatorio en 1907, se llevaría a efecto la creación de un Tribunal Permanente de Arbitraje en La Haya que finalmente se establecería en el Palacio de la Paz en 1913 al amparo del millonario y filántropo Andrew Carnegie.

En Estados Unidos el debate sobre la organización de un orden internacional estaba ya presente a comienzos del siglo XX. Las numerosas asociaciones internacionalistas norteamericanas se alinearían en torno a dos tendencias dominantes: la legalista y la reformista (Tournés, 2016: 26 y ss.; y véase asimismo Rietzler, 2009: 62). La primera de ellas, la legalista o legal-sancionista fue la facción, pese a su heterogeneidad, más activista del pacifismo estadounidense hasta 1918 y se pronunciaría en pro de la universalización de los principios del sistema jurídico estadounidense. Entre las asociaciones y fundaciones comprometidas con estas tesis figuran la American Society of International Law (1906), la World Peace Foundation (1909) y sobre todo la Carnegie Endowment for International Peace (1910) cuyo presidente fue hasta 1935 Elihu Root –secretario de Guerra durante las presidencias de Mckinley y Theodore Roosevelt y luego secretario de Estado con este último-. Theodore Roosevelt y en especial Wiliam Taft serían, a su vez, los promotores en la creación de la League to Enforce Peace (1915).

El objetivo de la Dotación Carnegie sería “faire progresser le réglement des conflits internationaux par des voies pacifiques, en vue d’arriver à une abolition, au sens juridique du terme, de la guerre (abolition of international war)”. Sería la primera fundación filantrópica con una misión explícitamente internacional y la primera en establecer oficinas fuera de Estados Unidos. La institución, a mitad de camino entre “corroie de transmisssion de la politique gouvernamentale, organisations productrice de savoir et groupe de pression” se organizó originariamente en tres áreas: la Division of Intercourse and Education, dirigida por Nicholas Murray Butler –luego premio nobel de la paz en 1931-, era responsable de la promoción de los intercambios internacionales y la propaganda en pro de la paz; la Division of International Law, inicialmente dirigida por el jurista y fundador de la Facultad de Derecho de la Universidad de California, James Brown Scott, tenía por misión la publicación de los textos jurídicos relativos al arbitraje y la organización de seminarios orientados al desarrollo del derecho internacional; y la Division of Economics and History, dirigida por el economista John Bates Clark, era responsable de la promoción de estudios científicos sobre las causas de las guerras y los medios para evitarlas (Tournés, 2016: 26-30).

Su proyección internacional en el mundo atlántico tuvo como destinatario predilecto Gran Bretaña, especialmente entre los círculos políticos liberales, hacia la que se canalizarían los esfuerzos por promover una federación anglo-americana e incluso la proposición de una Liga de Paz en 1905. No obstante, los lazos transatlánticos serían permeables más allá del mundo anglosajón como revelan los nexos y la amistad entre el rector de la Universidad de Columbia, Nicholas Murray Butler, con el aristócrata y diplomático francés Paul Henri d’Estournelles, quienes tuvieron su primer encuentro en la Conferencia de La Haya de 1899. Ambos compartían la convicción de que una buena gobernanza, más que el reformismo social, es la mejor garantía para la paz. Este era, en definitiva, uno de los grandes anhelos de Nicholas Murray Butler, el establecimiento de las bases para el desarrollo de una “international mind”, la cual definía como “that habit of thinking of foreign relations and business, and that habit of dealing with them, which regard the several nations of the civilized world as friendly and co-operating equals in aiding the progress of civilization, in developing commerce and industry and in spreading enlightenment and culture throughout the world”. Por su lado, Paul Henri d’Estournelles, figura muy comprometida con la Association pour la paix par le droit, crearía su propia sociedad internacionalista, la Conciliation Internationale en 1905. El jurista y diplomático francés, y en ello coincidía con las aspiraciones de Nicholas Murray Butler, contemplaba a Estados Unidos como un modelo político y social para Europa. En el seno de la Conciliation Internationale se crearía una rama americana en la que participarían Elihu Root y Andrew Carnegie (Rietzler, 2009: 46-62). En 1912 tenía lugar la apertura de la oficina europea de la Dotación Carnegie en París bajo la dirección de Paul Henri d’Estournelles, cuya actividad se vería en breve interferida por la Gran Guerra.

La segunda vía dominante en el internacionalismo liberal estadounidense sería el reformismo o el wilsonismo. Como en el caso anterior se trataba de una constelación heterogénea de agrupaciones de movimientos progresistas, iglesias evangélicas y medios feministas, pero compartían como común denominador su énfasis en la dimensión moral al definir la guerra como un crimen. Su objetivo, a diferencia de los legalistas que pretendían situar la abolición de la guerra en el plano del derecho, era la prohibición moral de la guerra y denunciar la amoralidad de la realpolitik europea. El reformismo canalizaría su expresión política a través del wilsonismo y el compromiso por establecer la Sociedad de Naciones.

La construcción de un orden internacional y un orden intelectual habría de fundamentarse, por tanto, sobre bases modernas, en un contexto cultural, artístico y científico de búsqueda de nuevos imaginarios de modernidad ante la crisis de la razón burguesa liberal decimonónica. Desde Estados Unidos y ungidos por los componentes providencialistas del Destino Manifiesto, la razón científica se erigiría en un poderoso elemento discursivo legitimador y universalista de la americanización, ya en marcha desde finales del siglo XIX. Las fundaciones filantrópicas estadounidenses y, en especial, la Dotación Carnegie y la Fundación Rockefeller capitalizarían la diplomacia filantrópica cuyos efectos se dejarían sentir profundamente en la cooperación intelectual y la nueva cartografía del conocimiento y de la ciencia.

Las fundaciones filantrópicas, las grandes fuerzas motrices del internacionalismo americano –en palabras de Ludovic Tournés-, estarían en primera línea del debate en torno al lugar de Estados Unidos en relación con la Sociedad de Naciones y en el desarrollo de la cooperación intelectual. La estrategia estadounidense en el ámbito de la cooperación técnica fue el resultado de una estrategia conjunta de los medios internacionalistas americanos, la Administración Federal y el Secretariado de la Sociedad de Naciones para sortear al Congreso, donde los sentimientos de oposición a la organización internacional seguían muy presentes, y a la opinión pública, en principio mayoritariamente aislacionista (Tournés, 2016: 109). En el curso de la década de 1920 estas sinergias encontrarían un favorable ecosistema desde la Administración federal, particularmente impulsado por Herbert Hoover –primero como secretario de Comercio y luego como presidente desde 1928-. El “político republicano –argumenta José Antonio Sánchez Román- creía que la solución a los problemas políticos internacionales pasaba por confiar su administración a los expertos. La suya era una mirada tecnocrática, en la que el enorme poder económico de Estados Unidos serviría para estabilizar las relaciones internacionales. El capitalismo estadounidense, al tiempo que se expandía, civilizaría el mundo” (Sánchez Román, 2023: 5-6 y 19-20).

En el caso de la Dotación Carnegie su presidente Elihu Root orientó la hoja de ruta hacia el establecimiento del derecho internacional y proseguir el camino iniciado en La Haya en 1899 y 1907, la incardinación a Estados Unidos en el sistema de seguridad colectiva y la promoción de la reforma del Pacto de la Sociedad de Naciones. El derecho internacional se situaba en la estrategia de la Dotación Carnegie en el epicentro de los estudios internacionales, pero en intenso diálogo e intercambio con otras disciplinas como la historia. Desde sus inicios la Dotación Carnegie se comprometió con:

(…) la construction d’un droit sur bases scientifiques, et notamment sur des enquêtes de terrain permettant de donner des bases sûres à l’arbitrage en case de litige entre deux ou plusieurs pays. Le recours à l’expertise scientifique constitue donc d’emblée l’un des piliers de la démarche légaliste de la Carnegie. Alors que la sensibilité wilsonienne cherche à appuyer la paix sur un compromis de nature politique, le courant légaliste veut l’appuyer sur un règle qui será d’autant plus intangible qu’elle aura été édictée sur la base d’une recherche de la vérité permise, selon les promoteurs, par le travail scientifique (Tournés, 2016: 70).

A estas premisas obedecería la iniciativa asumida por John Bates Clark con la creación en 1911 de comités de universitarios, políticos y publicistas de once países para llevar a cabo una investigación colectiva sobre las causas de las guerras desde 1815 y, asimismo, la puesta en escena de una propuesta realizada a James T. Shotwell para dirigir una Historia económica y social de la guerra mundial, uno de los grandes proyectos filantrópicos de los veinte. Un trabajo en sí mismo no muy distinto del que ya había coordinado James T. Shotwell en el Inquiry.

Hasta el estallido de la crisis económica de 1929 el enorme poder económico de Estados Unidos y el aparente éxito de su sociedad convencerían a muchos europeos de las virtudes sociales de su modelo. Dos elementos principales alimentarían las interacciones culturales interatlánticas: de un lado, el poder gravitatorio de la economía norteamericana, que acabaría por seducir la imaginación y los mercados europeos; y, de otro, el proceso de americanización, contemplado no sólo como proceso de modernización de la estructura productiva de los europeos sino también como penetración cultural. La cultura de masas americana parecía a ojos de los europeos como democrática y progresista. En este horizonte de fondo Estados Unidos atesoraría una reputación de autoridad moral que el Departamento de Estado trataría de aprovechar para promover la política exterior y los intereses de Estados Unidos.

La Fundación Rockefeller sería el otro gran protagonista de la diplomacia filantrópica en la cooperación técnica en la Sociedad de Naciones y en la cooperación intelectual. Era una estrategia que pretendía evadir las suspicacias enraizadas en las tradiciones y la cultura internacional norteamericana en torno el debate sobre la implicación formal de Estados Unidos en la seguridad colectiva. Sus representantes, de igual modo que los de la Dotación Carnegie, anhelaban:

(…) incardiner une nouvelle élite cosmopolite destinée à prendre la sucession de la vieille aristocratie européenne pour gére les affaires mondiales; mais contrairement à sa devancière, la nouvelle élite n’aura pas pour objectif le retour vers la passé d’Ancien régime mais la modernisation ainsi que l’universalisation des príncipes de la démocratie libéral, dont la diffusion será favorisé par les nouveaux moyen de communication, lesquels permettront égalmente l’apparition d’un état d’esprit mundial (Tournés, 2016: 113).

A partir de 1922 la Fundación se lanzaría bajo el impulso de Raymond Fosdick al estrechamiento de lazos entre el internacionalismo americano y la Sociedad de Naciones, los cuales se intensificarían en el curso de la década de los treinta en el ámbito de la economía y los estudios internacionales. Raymond Fosdick, un wilsoniano ortodoxo, había sido miembro de la delegación estadounidense en la Conferencia de Paz de París y nombrado por Wilson subsecretario general de la Sociedad de Naciones junto a Jean Monnet, cargo que abandonaría en enero de 1920. Fue uno de los arquitectos de la Fundación Rockefeller, cuya presidencia asumió en 1936. Raymon Fosdick era un convencido reformista social que mostró desde bien temprano su vocación internacionalista. Esperaba que Estados Unidos participara en la Sociedad de Naciones con el fin de garantizar su viabilidad y evitar que deviniese en un instrumento del imperialismo francés o británico.

En el marco de este discurso y de ese imaginario de modernidad elitista, científico y universalista cobrarían una importancia capital las ciencias sociales. En Estados Unidos la creciente influencia de las fundaciones filantrópicas en el ámbito del conocimiento estuvo directamente vinculada a las transformaciones de las universidades estadounidenses, en las que las ciencias sociales se habían desarrollado con rapidez y se habían creado departamentos especializados diferenciados de los de humanidades. La interdependencia y las redes establecidas entre las entidades filantrópicas y las universidades se trasladaban al ámbito de sus estructuras organizacionales, pues las universidades se habían ido erigiendo en interlocutores privilegiados y destinatarios predilectos de sus inversiones. Estas reformas en el mundo universitario ilustraban la ambición del mundo filantrópico de participar con las universidades en “la production du savoir et à l’organisation de la recherche scientifique” (Tournés, 2013: 213)4.

La proyección y la incidencia de las plataformas filantrópicas sobre el conocimiento y, en particular, en el desarrollo de las ciencias sociales al otro lado del Atlántico serían crecientes desde la década de 1920 y a este respecto el contraste en el modo de producción científica a un lado y otro del Atlántico, en especial en la Europa continental era sumamente ilustrativo. El director ejecutivo del Laura Spelman Rockefeller Memorial, Beardsley Ruml desempeñó un papel capital en el giro hacia el interés por las ciencias sociales a través de la mencionada entidad dentro de la galaxia filantrópica Rockefeller desde 1922. En el informe que elaboró en 1923 explicitaba su confianza en que la mejor ruta para avanzar hacia el bienestar humano era a través de la investigación científica. Desde análogas preocupaciones a las de Raymond Fosdyk, su diagnóstico sobre la producción de conocimiento en las universidades estadounidenses confirmaba su convencimiento acerca de la necesidad de superar las aproximaciones convencionales al conocimiento en las ciencias sociales para promover una investigación más empírica y objetiva (Fisher, 1983: 210-212).

Con la reorganización de la Fundación Rockefeller en 1929 y la nueva estrategia para la promoción de la investigación científica la absorción del Laura Spelman Rockefeller Memorial daría lugar a la creación de dos divisiones: la Social Science Division y la Humanities Division. La política de la Fundación, en este sentido, concebía desde un prisma holístico las ciencias sociales y las ciencias biológicas y médicas. Una estrategia en el mundo académico y de la producción de conocimiento que modificaría la cartografía de las ciencias sociales en el curso de los años treinta, promoviendo en la mayor parte de la investigación realizada en ciencias sociales la puesta en escena de un método de trabajo inspirado en las ciencias exactas, es decir, en un método de análisis basado en la cuantificación y el uso sistematizado de estadísticas (Tournés, 2013: 214 y 224-225).

En el curso de la década de 1930 y bajo la larga sombra de la Gran Depresión Estados Unidos se interesaría por la actividad de investigación realizada desde la organización económica y financiera creada en la Sociedad de Naciones en 1927. La Fundación Rockefeller se implicaría activamente en el apoyo de la organización económica y financiera, especialmente en su servicio de investigación económica. Sería una arista más de un proyecto más amplio desarrollado desde la Fundación consistente en la financiación de institutos de estudios sobre la coyuntura económica por todo el mundo. En los años veinte el Laura Spelman Rockefeller Memorial ya había lanzado un ambicioso proyecto para el desarrollo de expertos en economía a escala internacional financiando diferentes instituciones en países clave con el fin de crear una red mundial de especialistas y estudiosos de los problemas contemporáneos, en especial el legado de la Gran Guerra. En los años treinta la implicación de la Fundación Rockefeller en la promoción del estudio científico de los problemas económicos se intensificaría al amparo de los objetivos políticos y económicos del New Deal.

Las políticas y estrategias enfocadas a generar una suerte de gobernanza mundial de expertos también alcanzarían a un ámbito de estudio aún lejano al estado de formalización disciplinar de la economía como es el de los estudios internacionales. En este tiempo gestacional, fundamental en la genealogía del estudio científico de las relaciones internacionales del periodo de entreguerras, las fundaciones filantrópicas en su compromiso por la paz tras la Gran Guerra promocionarían transnacionalmente, en opinión de Srihari Hulikal Muralidhar, la investigación en torno a las relaciones internacionales, el intercambio de académicos y la educación de la opinión pública internacional. Las fundaciones operarían en estos años sobre una serie de convicciones: la viabilidad del estudio científico de las relaciones internacionales, el convencimiento de que la objetividad del trabajo de los expertos fomentaría el bienestar global, el axioma en virtud del cual el conocimiento científico favorecería la política racional y, por último, y en consecuencia, la evitación de las políticas basadas exclusivamente en el interés nacional (Hulikal, 2016: 78-79). Un horizonte epistémico en gestación y cuyos orígenes ilustran el protagonismo del mundo anglosajón, especialmente de Estados Unidos, y en torno al que ha ido surgiendo en las dos últimas décadas un apasionante debate en torno a los mitos en el relato fundacional de la teoría de las relaciones internacionales y el poco conocido y transcendental papel de la Conferencia Internacional de Estudios Internacionales5. El epicentro de la Conferencia de Paz de París y la genealogía de los estudios internacionales desde las sinergias del mundo anglosajón atesorará la atención del presente estudio.

La pax anglosaxonica y las bases del nuevo orden intelectual en la genealogía de los estudios internacionales en la posguerra mundial

El ascendiente anglosajón en la concepción y el desarrollo de la sociedad internacional en aquel contexto histórico se dejaría sentir en el origen y la consolidación de las relaciones internacionales como nueva disciplina científica. En 1919 D.P. Heatley advertía en su obra Diplomacy and the Study of International Relations de la inquietud suscitada entre ciertos círculos académicos y políticos por comprender y actuar sobre una realidad internacional en transformación. La emergencia de nuevos fenómenos sociales había de llevar consigo necesariamente la creación de inéditos instrumentos y métodos de análisis (confróntese Palomares, 1990: 19). Aquel panorama académico fue, en palabras de T.L. Knutsen, un “fenómeno atlántico” incubado en el seno de los ideales ilustrados de la tradición atlántica e impulsado por el espíritu wilsoniano a la luz del cual se emprendió la construcción de la paz tras la Guerra del Catorce (1997: 211 y 214-215). La nueva disciplina canalizaba desde el ámbito académico el compromiso por evitar el drama de una nueva contienda y la construcción de un marco de convivencia internacional que garantizase la paz a partir de los cimientos ideológicos del internacionalismo liberal. Para un testigo directo de aquellos acontecimientos como Edward Hallet Carr, desde sus planteamientos utópicos la naciente disciplina pretendía dar respuestas a ciertas necesidades sociales. El mismo “deseo de curar la enfermedad del cuerpo político” inspiró e impulsó a la ciencia política (1964: 3).

Las raíces anglosajonas, y más explícitamente americanas, de la nueva disciplina se explican, a su vez, por el menor arraigo de la historia y el derecho en el estudio de la realidad internacional y la emergencia de la ciencia política que ya había alcanzado cierta autonomía universitaria y que estaría estrechamente vinculada al mundo de la política. El papel hegemónico que la ciencia política asumió en las universidades norteamericanas determinaría, en opinión de Celestino del Arenal, no sólo la forma en cómo los especialistas norteamericanos orientarían las relaciones internacionales, sino también la propia evolución de la disciplina, participando fielmente en los avatares teórico-metodológicos de la ciencia política (Arenal, 1987: 52-53). Un liderazgo cultural estimulado e impulsado, obviamente, por el lugar central que habría de ocupar Estados Unidos en las relaciones internacionales en el curso del siglo.

Las relaciones internacionales alumbraban una disciplina en formación y no es casual, por tanto, que uno de los aspectos centrales del debate académico girase en torno a su configuración como ámbito de conocimiento nuevo y propio o la pervivencia de un espacio interdisciplinar y de concurrencia donde el derecho internacional, junto a otras disciplinas como la historia, la geografía y la geopolítica o la economía, ejercía un destacado protagonismo.

El efecto de la Gran Guerra y el horizonte de la Conferencia de Paz a la hora de alumbrar el nuevo sistema internacional tendría obvios efectos sobre la actitud y las iniciativas epistémicas de los beligerantes, organizando -como oportunamente argumenta Antonio Niño- “grupos de expertos encargados de preparar los dossieres de las negociaciones”. En estos “grupos se encontraron diplomáticos, responsables políticos e historiadores”.

En el mundo anglosajón, en Estados Unidos ya hemos mencionado la profunda incidencia del Inquiry creado en septiembre de 1917, entre cuyos expertos figuraban Walter P. Lippman, James Brown Scott, James T. Shotwell o Isaia Bowman. Una iniciativa que se vería acompañada en 1919 del establecimiento de la Hoover Library que se erigiría en un importante centro de documentación sobre la historia reciente. En Gran Bretaña, entre tanto, en febrero de 1918 vería la luz el Political Intelligence Department en el Foreign Office, cuyas atribuciones no serían muy distantes a las del Inquiry y entre cuyos expertos sobresalían el economista John Mayard Keynes, el diplomático e historiador Edward Hallet Carr, el historiador Arnold J. Toynbee o los internacionalistas liberales Alfred Zimmern, Philipe Noel-Baker o Charles Webster. En no pocos casos acabarían siendo parte de la Delegación británica en París. Las autoridades francesas, en su caso, se dotaron en febrero de 1917 del Comité d’Études à la Conference de la Paix, del cual formaba parte el historiador Pierre Renouvin. Para la ocasión se había creado aquel mismo año la Bibliothèque et Musée de la Guerre, consagrada a la misión de reunir la documentación y preparar los informes para los servicios del Estado”. Estas entidades actuaron como los primeros Think tanks “encargados de preparar las decisiones sobre cuestiones internacionales, y de ellos salieron los especialistas que organizaron, poco después, el estudio académico de esos temas”. La creación de una disciplina dedicada a las relaciones internacionales se debe entender:

(…) por lo tanto, en el marco de una práctica de apoyo a la toma de decisiones que asoció de forma institucional a los expertos universitarios con quienes tenían responsabilidades diplomáticas. La conexión que se produjo entonces entre el saber académico y las necesidades de la administración cambio el rol social de aquellos historiadores y politólogos, impulsándoles a participar en el debate público sobre la forma de organizar la convivencia internacional (Niño, 2022: 9-10).

Una consecuencia directa de esta movilización intelectual provocada por la Gran Guerra y las necesidades de la construcción de la paz, así como de la justificación y legitimación de las tesis defendidas por los diferentes Estados fue la publicación de acervos documentales que, en no pocos casos, tuvieron como incentivo los libros elaborados por los beligerantes aportando pruebas documentales que ampararan la legitimidad y la justicia de sus posiciones. Así trascendería, por ejemplo, al calor de la polémica sobre las responsabilidades de la guerra y las posiciones políticas respecto a los tratados de paz y sus cláusulas. En Alemania sería el Ministerio de Asuntos Exteriores el núcleo desde el que se investigarían las responsabilidades de guerra publicando los 40 volúmenes de Die grosse Politik der Europaïschen kabinette 1871-1914. La respuesta británica y francesa cristalizaría en las publicaciones de documentos diplomáticos, encomendada en el caso británico a eminentes historiadores, como G.P. Goosch y H. Temperly, y en el francés a Pierre Renouvin bajo cuya dirección se publicaron los Documents Diplomatiques sur l’origine de la Gran Guerre. En Estados Unidos, sin embargo, la publicación de documentos diplomáticos era ya una práctica consolidada desde 1861 con la Administración de Abraham Lincoln y cuyas series se publicarían en la colección Foreign Relations of the United States (FRUS) (Niño, 2022: 10-13).

Entre las fechas míticas en el nacimiento de la disciplina de las relaciones internacionales mencionadas por la historiografía clásica, Michael Riemens, recupera la del 30 de mayo de 1919. Aquel día tenía lugar la reunión de veintiocho expertos y técnicos miembros de la delegación británica y sus colegas estadounidenses en el hotel Majestic en París. El encuentro en sí mismo fue un inequívoco síntoma de la sintonía y de las conexiones a ambas orillas del Atlántico entre académicos y políticos anglosajones. Curtis, uno de los miembros más activos del movimiento de los imperialistas británicos desde The Round Table6 creada en 1909, sugirió que tras la Conferencia de Paz aquella cooperación informal se formalizase. Una nueva reunión se celebraría entre ambas delegaciones entre los días 7 y 9 de junio de 1919, entre cuyos temas se discutió la creación de un “Institute of International Affairs” y se lanzó un primer proyecto de investigación sobre la Conferencia de Paz de París. Aquellas primeras iniciativas y discusiones cristalizaban la idea de Curtis de que los “experts would establish an institute for research in international affairs, one branch in the UK and one in the US, where prominent scientists, politicians, bankers, industrialists, opinion leaders and officials would meet in person to discuss contemporary affairs in an objective and scientific way” (Riemens, 2011: 913-914).

Estas pasarelas se recorrían con el horizonte de fondo de los debates y el asociacionismo en torno al proyecto de la futura organización internacional en el Atlántico anglosajón, de la League of Nations Society en Gran Bretaña -creada a comienzos de 1915 y en cuya membresía militaban internacionalistas liberales como Leonard Woolf, Henry Noel Brailsford, John A. Hobson o H.G. Wells- y de la League to Enforce Peace en Estados Unidos creada en el verano de aquel mismo año bajo la presidencia de expresidente William Howard Taft y entre cuyos promotores figuraba Elihu Root. Ambos grupos de presión influirían en las agendas gubernamentales y en los contactos al más alto nivel entablados en 1918, a partir de las iniciativas del subsecretario del Foreign Office, Robert Cecil, y del asesor de Woodrow Wilson, el coronel Edward M. House, con el fin de aproximar posturas respecto a la futura Sociedad de Naciones. No fue posible el acuerdo sobre el nuevo organismo internacional, pero aquellos contactos políticos e intelectuales roturaban un espacio de entendimiento común de cara a la paz y el mundo de posguerra por construir (Manson, 2007: 4-6).

En Estados Unidos ya hemos hecho mención al fuerte arraigo del internacionalismo liberal y la extraordinaria relevancia de las entidades filantrópicas en el desarrollo de los estudios internacionales y su proyección exterior en el ámbito de la cooperación intelectual. En 1920 tendría lugar un primer intento fallido por cristalizar la creación de un instituto especializado, el American Institute of International Affairs. Mejor fortuna correría El Council on Foreign Relations, fundado en Nueva York en 1921 y del que emanaría la prestigiosa revista Foreign Affairs, cuyo primer número se editaría el 15 de septiembre de 1922. Centrado eminentemente en la política exterior estadounidense entre sus empresas editoriales de mayor calado tendrían especial incidencia los anuarios: Annual Survey of American Foreign Relations y A Political Handbook of the World. El objetivo de la nueva institución sería “to develop, by scientific and impartial study, a better understanding of international problems and an intelligent American foreign policy” (Riemens, 2011: 914-915). Nueva York era también la sede desde su creación en 1918 de la Foreign Policy Association, no tan elitista como sería el Council on Foreign Relations y con mayor vocación por llegar a un público de masas.

Tras la Gran Guerra los avances y la institucionalización de los estudios internacionales fueron muy fecundos. En 1919 la Georgetown University implantó el Edmund A. Walsh School of Foreign Service. En 1928 Wright y Hans J. Morgenthau fundaron el Committee on International Relations en la University of Chicago. En la década de 1930 cristalizarían otras iniciativas como la fundación de la School of Public and International Affairs en la Princeton University, la Fletcher School of Law and Diplomacy en Tufts University y el Yeal Institute of International Studies (Rodríguez Manzano, 2020).

En el ámbito universitario la influencia de la Dotación Carnegie y de la Fundación Rockefeller fue de gran relevancia en el desarrollo de los estudios internacionales. Las fundaciones estadounidenses, afirma Ludovic Tournés, jugaron un papel central en la financiación desde comienzos de la década de 1920 de numerosas instituciones dedicadas al análisis de las relaciones internacionales. Estas fundaciones consideraban que:

(…) la connaissance des mécanismes des relations internationales est un moyen d’arriver à une organisation rationnelle de la société mondiales en confiant le pilotage ‘a un petit groupe d’experts qui, grâce à la science, doivent pouvoir surmonter “l’imprévisibiité de la diplomatie traditionnelle” (…) Fondé sur l’exactitude des faits et non la volatilité des opinions, la science leur apparait comme intrinsèquement apolitique; elle est donc génératrice de paix, l’analyse objective des problèmes permettant de réconcilier les intérêts divergentes autor de conclusions incontestables. L’étude des relations internationales doit donc permettre de fonder une nouvelle diplomatie (Tournés, 2016: 292-293)7.

Sobre esta base ambas entidades filantrópicas trataron de promover el estudio científico de las relaciones internacionales. Uno de sus más activos promotores, tal como mencionábamos con anterioridad, el canadiense James T. Shotwell, director de la Division of Economic and History en la Dotación Carnegie desde 1923 reemplazando a Jonh Bates Clark, devino de medievalista a experto en relaciones internacionales y contribuyó a introducir el estudio de las relaciones internacionales en la Universidad de Columbia donde ejercía su magisterio como historiador. Fue, asimismo, el responsable del desarrollo de las redes filantrópicas en Europa, además de la magna empresa que abordó dirigiendo y pilotando sobre el terreno los 152 volúmenes de la Historia económica y social de la guerra mundial. Una obra que ilustraría con nitidez su perfil entre los progressive historians –la New History en Estados Unidos- y su compromiso con una concepción de la historiografía como herramienta de cambio social. Un proyecto coral que se concibió y ejecutó como un vasto “interdisciplinary Project that encompassed economics, politics, ethics, statistics, geography and the physical sciences” (Rietzler, 2009: 142-143).

La Dotación Carnegie facilitó el establecimiento en 1919 de una red de clubs de relaciones internacionales en cooperación con el Institut of International Education, la cual había sido creada por la propia fundación en 1919 a iniciativa de Elihu Root y de Nicholas Murray Butler con el fin de fomentar el intercambio intelectual entre los países y contrarrestar las tendencias aislacionistas en Estados Unidos. El Institut of International Education apoyó los programas de intercambio entre los universitarios estadounidenses y favoreció el desarrollo de la enseñanza sobre las cuestiones internacionales, ya que hasta ese momento los currícula de historia y de derecho estaban exclusivamente centrados en Estados Unidos. El crecimiento del número de clubs de relaciones internacionales es sintomático del afianzamiento del interés por los estudios internacionales en el mundo académico, pasando de 79 en 1923 a 1.316 en 1940 (Rietzler, 2009: 83-85).

La Dotación Carnegie y John D. Rockefeller Jr. financiarían también una iniciativa que tendría una notoria influencia en Estados Unidos y en el extranjero. En 1921 comenzaría la academia de verano del Institute of Politics en Williamstown –Massachusetts- reclutando entre sus docentes a expertos que habían participado en la preparación de la Conferencia de Paz como Archibald Cary Coolidge –del Council on Foreign Relations-, el experto en historia, ciencia política y derecho James Brown Scott, el diplomático, empresario y abogado Owen Young –vinculado a la Fundación Rockefeller- o el periodista y analista político Walter Lippmann. Los ciclos de conferencias estaban dirigidos no sólo a académicos y hombres de negocios, sino también a periodistas, diplomáticos y miembros de las fuerzas armadas. Aquel Instituto devendría en el curso de la década en un simbólico transatlántico en el que se citarían importantes internacionalistas europeos –Paul Mantoux, William Rappard, el conde Carlo Sforza, Nicolas Politis o Arnold J. Toynbee, entre otros- (Rietzler, 2009: 142-143).

El liderazgo internacional de Gran Bretaña, en visible declive en el ciclo de guerras mundiales, no sólo fructificó en la construcción de la paz, especialmente tras la Guerra del Catorce, sino en sus iniciativas culturales para comprender y actuar sobre la realidad internacional. Si bien la conformación de las relaciones internacionales como ciencia política emergía con cierto retraso respecto a Estados Unidos, a raíz de su propia tradición científica y académica y ante el protagonismo de la historia y la sociología -y en menor medida del derecho- en los estudios internacionales, los medios intelectuales británicos participaron muy activamente en la consolidación de la nueva ciencia y en el primer gran debate -idealismo versus realismo- de acuerdo con el relato canónico de la disciplina, que transitó al socaire de la propia evolución del sistema internacional de Versalles y que determinaría los itinerarios de la nueva disciplina tras la Segunda Guerra Mundial por la senda del realismo. Las resistencias suscitadas desde el ámbito de la historia a aceptar la nueva disciplina (Arenal, 1987: 56), coexistían con críticas vertidas por algunos de los defensores del nuevo orden intelectual como D.P. Heatley, en cuya opinión la historia no hizo demasiado por promover la causa de la paz perpetua (Palomares, 1990: 22).

Fue, por tanto, en esta atmósfera en la que surgieron las primeras iniciativas académicas para promover una educación, unas corrientes de opinión y rigurosos estudios para promover la paz y analizar en su globalidad las relaciones internacionales. Londres, como también lo sería Nueva York, sería uno los escenarios de los primeros centros de investigación en relaciones internacionales The Royal Institute of International Affairs o Chatham House inaugurado el 5 de julio de 1920, desde donde se publicaría una de las revistas más prestigiosas de estudios internacionales International Affairs, cuya primera tirada asomaría en enero de 1922 bajo su inicial denominación Journal of British Institute of International Affairs. El director de Estudios de Chatham House, Arnold J. Toynbee, emprendería a su vez la publicación de un anuario, Survey of International Affairs. El nuevo centro nacía con la vocación de “advance the sciences of international politics, economics and jurisprudence, and the study, classification and development of the literature in these subjects, to encourage and facilitate the scientific study of international affairs, and the understanding of the circumstances, conditions and points of view of nations and peoples”. Uno de sus primeros hitos editoriales a la estela de la mencionada reunión en el hotel Majestic fue la publicación de los seis volúmenes de A History of the Peace Conference entre los años 1920 y 1924 (Riemens, 2011: 914). El Instituto se erigiría en un interlocutor privilegiado entre el ámbito académico británico y los foros de la cooperación intelectual en el campo de los estudios internacionales.

En los campus universitarios aflorarían, asimismo, las primeras cátedras como la Woodrow Wilson de política internacional en el año 1918 en el University College of Wales -Aberystwyth- gracias a las donaciones del filántropolo galés David Davies, y cuyo primer destinatario sería el internacionalista Alfred Zimmern. Su finalidad era el recurso a las “ciencias políticas aplicadas a las relaciones internacionales para promover la paz entre las Naciones” (Haslam, 2008: 99; y John-Garnett-Wright, 1972). A esta iniciativa pionera se le uniría en 1924 la Ernest Cassel Chair of International Relations en la London School of Economic, donde se establecería en 1927 el Department of International Relations –transformado en la Montague Burton Chair en 1936.

En la Europa continental, donde también había arraigado la literatura y el pensamiento pacifista tanto de cuño liberal como marxista, el creciente interés por los asuntos internacionales transitó dentro de los confines tradicionales del derecho, la sociología y la historia, además de otras disciplinas consolidadas como la geografía. En consecuencia, el predominio académico del derecho internacional y de la historia diplomática determinó la mayor parte de los análisis e interpretaciones de la realidad internacional, obstaculizando y aplazando la consolidación de las relaciones internacionales como disciplina autónoma, cimentada en la ciencia política. Aún con diferencias notables en cada comunidad nacional, el resultado ha sido, en opinión de Celestino del Arenal, de “escaso desarrollo de las relaciones internacionales como disciplina científica” (Arenal, 1987: 58 y 131-134), en un panorama académico en el que concurrían y competían no sólo los saberes tradicionales -el derecho y la historia- sino también la sociología.

La Dotación Carnegie se significaría desde la década de 1920 en su impulso al desarrollo y al estudio del derecho internacional desde una base científica a través de iniciativas en mayor o menor medida vinculadas a la Sociedad de Naciones. Las subvenciones de la Dotación Carnegie harían posible la creación de la Academia de Derecho Internacional de La Haya en 1923, cuya lección inaugural fue pronunciada por John Brown Scott. Una institución concebida con la finalidad de asegurar el desarrollo y la divulgación del derecho internacional y estimular la “mentalidad internacional” como cimiento de la paz. En París desde su filial restituida en 1919, la Dotación Carnegie financiaría la creación en 1921 del Institute des Hautes Études Internationales. El nuevo instituto adquiriría un importante impulso desde 1926 con la participación del jurista André Tibal y el concurso de algunos de los juristas franceses de mayor reconocimiento académico como Georges Scelle, Gaston Jèze, Jacques Ancel o Boris Mirkine-Guetzévitch. Algunos de ellos serían habituales colaboradores en algunas de las revistas de la Dotación Carnegie –Conciliation Internationale y L’esprit international, ésta última creada en 1927-. A este claustro de profesores habría que sumar la participación del historiador Pierre Renouvin. La Dotación crearía, asimismo, dos cátedras Carnegie, una en la Universidad de París y otra en la Deutsche Hochschule für Politik de Berlín en 1925 y 1928, respectivamente. La simbología, como bien advierte Ludovic Tournés, es evidente: “créer un enseignement de droit international dans les deux pays donc la rivalité a rythmé l’histoire de l’Europe au cours des dernières décennies” (Tournés, 2016: 81-83).

Por su lado, la Fundación Rockefeller financió en Gran Bretaña a la London School of Economics and Political Sciences desde 1923, institución en la que se crearía una cátedra de relaciones internacionales en 1924 y un año más tarde dos más –una de derecho internacional y otra de historia internacional-. En 1927 vería la luz el Departamento de Relaciones Internacionales en cuyo seno ejercía la plana mayor de los internacionalistas británicos, algunos de los cuales habían formado parte de la delegación británica en la Conferencia de Paz de París o habían intervenido en la Sociedad de Naciones –Philipe Noël Baker, Charles Manning o Charles Webster (consúltese Scot, 2011). Los recursos de la Fundación Rockefeller también alcanzarían a otras instituciones de estudios internacionales fuera de Estados Unidos: el Institut Universitaire des Hautes Études Internationales de Ginebra creado en 1927; el Deutsche Internationale für Politik de Berlín –financiado entre 1929 y 1933-; The Royal Institute of International Affairs; el Canadian Institute of International Affairs y el Centre d’Étude de Politique Étrangère de París creado en 1935 (Tournés, 2016: 293-294 y del mismo autor 2013: 223-226).

En el inmediato contexto de la primera posguerra mundial desde las fundaciones filantrópicas y las instituciones que crecieron bajo su amparo se trató de promover un mundo académico de carácter inclusivo y transnacional. Todo ello en un clima político y emocional tamizado por los deseos de reconciliación, pero también de recriminaciones y tensiones fomentadas por las respectivas visiones nacionales respecto a la implementación de los tratados de paz. La cuarentena académica a la que fue sometida Alemania en aquellos primeros años de la década de 1920 agitaría los debates en el seno de la Comisión Internacional de Cooperación Intelectual. El aislamiento intelectual del mundo académico alemán desde 1914 y la aguda crisis política y económica de la República de Weimar deterioró profundamente los medios humanos y materiales para el desarrollo de la actividad universitaria. De hecho, la Alemania de Weimar se erigiría en la década de 1920 en el tercer destino predilecto de la actividad y de los recursos de la Dotación Carnegie y de la Fundación Rockefeller canalizados hacia los estudios internacionales. Alemania sería el principal receptor de ayudas tras Gran Bretaña del Laura Spelman Rockefeller Memorial. Conjuntamente con los intereses geopolíticos y geoeconómicos estadounidenses respecto a la República de Weimar –el peligro revolucionario y la necesidad de recuperar el pulso de la economía alemana, vitales para la paz en Europa-, serpentearían claves geoculturales que ilustrarían las motivaciones de las fundaciones filantrópicas estadounidenses. En opinión de Katharina E. Rietzler, Alemania era un país clave para estas fundaciones tanto por el prestigio de la cultura y la ciencia alemana como por la oportunidad estratégica de reintegrar a Alemania en la comunidad científica internacional.

En 1920 tenía lugar la creación del Departamento de Relaciones Culturales en el Ministerio de Asuntos Exteriores con el fin de influir en los debates internacionales sobre las responsabilidades de guerra y de superar el aislamiento científico internacional de Alemania. No es de extrañar, por tanto, la receptiva acogida que la República de Weimar dispensó al proyecto de James T. Shotwell de la historia económica y social de la guerra mundial. La Dotación Carnegie y el Laura Spelman Rockefeller Memorial participarían en ambiciosas empresas institucionales para el desarrollo de los estudios internacionales, impulsando la creación y la actividad del Institut für Auswärtige Politik –Instituto de Política Exterior- en Hamburgo y del Deutsche Hoshschule für Politik –Escuela Alemana de Política- en Berlín. Éste último, intensificaría en el curso de aquella década sus contactos y la cooperación con otros centros internacionales, como Chatham House o el Institut des Hautes Études Internationales de París (Rietzler 2009: 148-149 y 163-175).

El nuevo orden intelectual desde el que se afrontó el estudio científico de las relaciones internacionales, tras el ciclo de guerras mundiales, fue cristalizando pese a las reservas que los saberes tradicionales en el viejo continente, fundamentalmente el derecho y la historia, manifestaron frente a las inéditas vías de aproximación hacia aquel campo de estudio de la realidad social, en particular el dinamismo de la ciencia política y su centralidad en los debates en el curso de los años veinte y treinta en torno a la conveniencia de la creación de una nueva disciplina para el estudio de las relaciones internacionales. Los debates en torno a la genealogía de los estudios internacionales y la conformación de una nueva disciplina revelaron las sinergias culturales y académicas en el mundo anglosajón, más proclives a la articulación de una teoría de las relaciones internacionales. Tesis expuestas y debatidas en el seno de la Conferencia de Estudios Internacionales, cuya acta de nacimiento tendría lugar en 1928, en el seno de la Comisión Internacional de Cooperación Intelectual y del Instituto de Cooperación Intelectual. Era un síntoma más de las sinergias que desde el mundo anglosajón fueron cristalizando en el horizonte de la cooperación intelectual. En el curso de la década de 1920 se configurarían dos sensibilidades bien diferenciadas en la gobernanza de la cooperación intelectual. La primera, entre cuyos portavoces cualificados figuraba Léon Bourgeois –uno de los intelectuales franceses más comprometidos con la causa de la Sociedad de Naciones- y el escritor Paul Valéry, se asentaba en una concepción de la cooperación intelectual muy comprometida con la acción política al servicio de la Sociedad de Naciones y su ideal de paz, enarbolando la causa del “desarme moral” y la conformación de una conciencia internacional inspirada en la defensa de los principios universales de las democracias. Y la segunda, promovida desde el ámbito académico anglosajón y entre cuyos divulgadores se encontraban Reynold y Gilbert Murray o Marie Curie-, postulaba una concepción universal y en la medida de lo posible independiente de la política. La línea universalista y apolítica se erigiría en la concepción dominante en la cooperación intelectual en el curso de la década hasta el final de la Organización de la Cooperación Intelectual en 1939.

Financiación

Este artículo ha sido escrito al amparo del “proyecto de cooperación intelectual de la Sociedad de Naciones. Presencia española e iniciativas afines” CISDNE, PID2022-141696NB-I00, financiado por MCIU/AEI/10.13039/501100011033/ y por FEDER, UE.

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1 El autor dedica una especial atención a la historiografía revisionista sobre la política exterior estadounidense del periodo de entreguerras y la propia naturaleza del aislamiento internacional. Entre estos autores sobresaldrían: P.O. Cohrs (2008), M.H. Hunt (2007), M.P. Leffler (1979), F. Costigliola (1972) o E.S. Rosenberg (1982).

2 Para una aproximación más pormenorizada a las fundaciones filantrópicas estadounidenses remitimos, asimismo, a la consulta de: V. Berghahn (1999), E. H. Berman (1983) y F.A. Ninkovich (1981 y 1999).

3 El análisis del internacionalismo, la diplomacia filantrópica y la emergencia del poder americano cuenta con aportaciones historiográficas de gran relieve para ilustrar su incidencia en el siglo americano. Entre estas aportaciones destacan: B.D. Karl- S.N. Katz (1981), E.A. Harmon (2017), I. Parmar (1999 y 2012b) y L. Tournés (2007).

4 En torno a las conexiones entre las entidades filantrópicas y su incidencia en el desarrollo de las ciencias sociales remitimos a la consulta de las obras de: S. Ahmad (1991), G. Alchon (1984), M. Bulmer; D. Fisher (1983) y J. Picó (2001), entre otros.

5 La textura del debate sobre el mito de 1919 y la actividad de la mencionada Conferencia cuenta con excelentes aportaciones como las de Michel Riemens (2011) y Katherina E. Rietzler (2009), así como las modestas aportaciones realizadas desde la óptica de la participación española por el autor de estas páginas (Neila, 2023a, 2023b y 2024), a cuya lectura remitimos para la consulta de las referencias historiográficas esenciales.

6 En su seno, donde también militaba Alfred Zimmern, se comenzaría a editar en 1910 The Round Table Journal, por aquel entonces denominada A Quaterly Review of the Politics of the British Empire (consúltese Bosco, 2018).

7 Consúltense asimismo los estudios de: Hulikal Muralidhar (2016), Riemens (2011) y Rietzler (2009 y 2011).