STUDIA HUMANITATIS JOURNAL, 2025, 5(1), pp. 60-82
ISSN: 2792-3967
DOI: https://doi.org/10.33732/shj.v5i1.151

Artículo / Article

Miscelánea
Miscellaneous section

LA POLITIZACIÓN DE LOS MOVIMIENTOS EVANGÉLICOS EN AMÉRICA LATINA, ESPECIALMENTE EN MÉXICO: INFLUENCIA EN EL DISCURSO POLÍTICO Y EN LA CONSTRUCCIÓN DE SENTIDOS SOCIALES

THE POLITICIZATION OF EVANGELICAL MOVEMENTS IN LATIN AMERICA, ESPECIALLY IN MEXICO: INFLUENCE ON POLITICAL DISCOURSE AND THE CONSTRUCTION OF SOCIAL MEANINGS

María José Vicente Vicente

Universidad Complutense de Madrid y Universidad de Castilla-La Mancha, España

mariajose.vicente@uclm.es

| Resumen |

Desde los años ochenta del siglo pasado asistimos en toda América Latina a un proceso de politización de los movimientos evangélicos. Nuestra metodología es un análisis de contenido de diversa documentación académica sobre la consolidación de una identidad política evangélica y la capacidad de estos movimientos para proponer alternativas políticas que están remodelando el escenario político en varios países que citamos, que se complementa con un análisis del discurso electoral y presidencial en México. El movimiento evangelista posee grandes fortalezas que auguran su desarrollo en el futuro como una mayor presencia en el Estado, la capacidad de articularse con diversos sectores políticos o el protagonismo en la construcción de sentidos sociales. Este fenómeno no solo refleja cambios en el panorama político sino que también plantea nuevos desafíos y dinámicas para la democracia y representación política en América Latina, por la búsqueda de una identidad política dentro de la comunidad evangélica y el debilitamiento de los partidos políticos tradicionales.

Palabras clave: Religión; Estado; México; América Latina; Representación política.

| Abstract |

Since the 1980s, we have witnessed a process of politicization of evangelical movements throughout Latin America. Our methodology is a content analysis of diverse academic documentation on the consolidation of an evangelical political identity and the capacity of these movements to propose political alternatives that are reshaping the political scene in several countries that we cite, which is complemented by an analysis of the electoral and presidential discourse in Mexico. The evangelical movement has great strengths that predict its development in the future, such as its presence in the State, its capacity to articulate with diverse political sectors, or its leading role in the construction of social meanings. This phenomenon not only reflects changes in the political panorama of the region but also poses new challenges and dynamics for democracy and political representation in Latin America, due to the search for a political identity within the evangelical community and the weakening of traditional political parties.

Keywords: Religion; State; Mexico; Latin America; Political representation.

| Introducción |

El proceso de politización de los movimientos evangélicos en América Latina desde los años ochenta del siglo pasado ha sido notable y tiene diversas causas y consecuencias importantes. En primer lugar, se ha observado la generación de una identidad política dentro de una parte del electorado evangélico. Es importante entender que la identidad religiosa no siempre conduce automáticamente a una identidad política; sin embargo, en muchos casos, ha habido un esfuerzo deliberado por parte de líderes y comunidades evangélicas para articular demandas políticas específicas basadas en sus valores y creencias.

En segundo lugar, el surgimiento de alternativas políticas evangélicas también está vinculado al peso demográfico creciente de estas iglesias en algunos países de América Latina, particularmente notable en el caso de países centroamericanos. Este crecimiento demográfico les ha proporcionado una base sólida desde la cual pueden influir significativamente en el ámbito político.

Un factor adicional que ha contribuido al ascenso de las alternativas políticas evangélicas es el debilitamiento progresivo de los partidos políticos tradicionales en la región. Muchos de estos partidos han sido afectados por casos de corrupción, clientelismo y un manejo ineficaz del Estado, lo cual ha erosionado la confianza pública en ellos y ha dejado un espacio político vacío que las organizaciones evangélicas han sabido ocupar. En este contexto de crisis institucional, las iglesias evangélicas han emergido como actores que ofrecen nuevos principios de agregación y representación política para sectores de la población desencantados con las estructuras políticas tradicionales (Campo García y Resina, 2020). La posibilidad de que se reproduzca una alianza similar con líderes políticos de izquierda es un tema complejo y sujeto a múltiples variables. Si bien los movimientos evangélicos han mostrado una tendencia a aliarse con líderes políticos que comparten sus valores tradicionalistas, no se puede descartar la posibilidad de que surjan alianzas inesperadas en el ámbito político. La política es un terreno dinámico y en constante evolución, por lo que es importante considerar todos los factores antes de hacer predicciones.

El movimiento evangélico surgió durante los procesos de desarrollo industrial y urbano. Se expandió rápidamente con una doctrina conservadora y antiecuménica, adquiriendo gran difusión en el contexto de transformaciones sociales y económicas. El aumento numérico de las confesiones evangélicas en América Latina ha tenido un impacto significativo en su esfera política. Según Pérez Guadalupe y Grundberger (2018), este aumento se ha traducido en la aparición y desarrollo de nuevos grupos y líderes políticos que han reintroducido dinámicas, conceptos y valores religiosos en la práctica y discurso político.

La expansión de las iglesias evangélicas ha sido notable. En México, la población que profesa alguna religión evangélica o protestante representa el 11,2% de la población total del país. En países como Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Argentina y Panamá, la cifra supera el 15%. En Costa Rica y Puerto Rico alcanza el 20%. En Brasil, las cifras oscilan alrededor del 30% y en Guatemala, Honduras y Nicaragua, los fieles superan ampliamente el 40%, con números aún más altos en los sectores populares (INEGI, 2020).

Los datos muestran que las iglesias evangélicas representan casi a uno de cada cinco latinoamericanos ejerciendo una creciente presión en el debate político, especialmente en cuestiones relacionadas con la familia, el género y la sexualidad. A pesar de no ejercer el poder político de manera directa, las iglesias evangélicas se han construido como un “poder invisible” que influye en la agenda gubernamental y busca la moralización de las sociedades latinoamericanas. México, aunque históricamente asociado con el catolicismo, no ha sido ajeno a esta transformación. La expansión de las iglesias evangélicas ha encontrado un terreno fértil en el contexto político actual, particularmente durante el mandato de Andrés Manuel López Obrador (2018-2024), cuya administración ha establecido alianzas con sectores evangélicos, otorgándoles un papel visible en iniciativas gubernamentales.

La participación de las iglesias evangélicas en la política mexicana plantea interrogantes sobre la relación entre religión y política en un país tradicionalmente laico. Este fenómeno se entrelaza con el creciente descontento social, la búsqueda de alternativas espirituales y éticas a las estructuras religiosas tradicionales, y el interés estratégico de los partidos políticos por captar un electorado cada vez más diverso. En particular, el gobierno fue abriendo espacios a líderes evangélicos en programas sociales y promovió la participación de estas iglesias en iniciativas como la distribución de valores éticos y morales en comunidades marginadas.

Sin embargo, este acercamiento entre política y religión genera debates sobre la neutralidad del Estado laico, el impacto en los derechos de grupos vulnerables y la posible influencia de los valores conservadores en la agenda política. Al mismo tiempo, plantea preguntas sobre cómo estas alianzas reflejan o refuerzan las dinámicas de poder, polarización social y transformación cultural en el México contemporáneo.

La hipótesis que trazamos es la siguiente: El crecimiento de los movimientos evangélicos en México durante el gobierno de López Obrador ha facilitado su influencia en la política nacional, especialmente en el diseño de políticas sociales y culturales. Esta alianza se debe, en gran medida, a la búsqueda del gobierno de legitimidad y apoyo popular entre sectores religiosos en un contexto de descontento social, lo que ha llevado a una reconfiguración de las relaciones entre el Estado y las iglesias. Con esta hipótesis tratamos de responder a esta pregunta de investigación: ¿Cómo y en qué medida han influido los movimientos evangélicos en la política mexicana durante el gobierno de López Obrador, y cuáles son las implicaciones de esta relación para el Estado laico y la sociedad en general?

El objetivo principal de este análisis es mostrar el papel significativo que en México adquieren los movimientos evangélicos en la presidencia de Andrés Manuel López Obrador (en adelante, AMLO) identificado ideológicamente en el espectro de la izquierda política.

Para ello, nos valemos de los siguientes subobjetivos:

•Analizar la expansión de los movimientos evangélicos en México y su creciente participación en la vida política durante la administración de López Obrador.

•Examinar el papel de las iglesias evangélicas en programas sociales y culturales promovidos por el gobierno mexicano, especialmente aquellos relacionados con la educación y los valores éticos.

•Explorar las implicaciones de la relación entre el gobierno y los movimientos evangélicos para el principio de laicidad del Estado mexicano.

•Evaluar cómo esta dinámica afecta a la sociedad mexicana, en términos de polarización, transformación cultural y derechos de grupos vulnerables.

| Metodología |

Se trata de un análisis de contenido sobre literatura académica especializada en la historia de los movimientos religiosos en América Latina, centrándonos en el caso mexicano por la singularidad que observamos en el liderazgo de López Obrador. Este enfoque metodológico nos permite recopilar información precisa sobre cuestiones históricas situando el año 2018 como fecha clave para ahondar en el análisis del discurso electoral ya que fue el año del triunfo de AMLO en la elección presidencial mexicana. El análisis de la coalición de AMLO con el Partido Encuentro Social (en adelante, PES) proporciona una perspectiva sobre la estrategia pragmática que utilizó para ganar en 2018. Antes de alcanzar la presidencia, AMLO fundó el partido Movimiento Regeneración Nacional (MORENA) y construyó una plataforma política que combinaba principios progresistas y estrategias pragmáticas para alcanzar una amplia base de apoyo.

El PES es un partido político mexicano de corte conservador, fundado en 2014, con una agenda centrada en valores religiosos y familiares, basados en principios evangélicos. Aunque sus raíces son fundamentalmente cristianas, se presentó como un partido dispuesto a colaborar con diferentes actores políticos para avanzar su visión social.

En las elecciones de 2018, MORENA encabezó la coalición “Juntos Haremos Historia”, que fue clave para la victoria presidencial de López Obrador; dicha coalición estaba conformada por MORENA (partido de izquierda progresista), PES (partido de valores conservadores y cristianos, que aportó votos y apoyo de sectores evangélicos, especialmente en Estados del norte del país) y PT (Partido del Trabajo; una formación de izquierda radical y aliado histórico de AMLO).

A partir de esa fecha, analizamos la evolución del discurso y de actuación, estableciendo paralelismos con realidades políticas de países vecinos.

| Estado de la cuestión |

Haciendo un recorrido por la Historia, las primeras constituciones mexicanas aprobadas después de la independencia (1824, 1836, 1843 y 1847) establecieron la religión católica como la única permitida en el territorio nacional. Esto permitió a la Iglesia Católica mantener el control de la educación y otros privilegios económicos y sociales, consolidando una concentración de poder político en el país (Galeana, 2012: 3-4).

La situación comenzó a cambiar con la Guerra de Reforma (1858-1861) entre liberales y conservadores, también conocida como la Guerra de los Tres Años. Durante este conflicto, la separación entre la Iglesia Católica y el Estado empezó a consolidarse a través de las leyes Juárez, Lerdo e Iglesias, que posteriormente adquirieron rango constitucional con la Constitución de 1857. Esta constitución estableció un Estado laico, eliminando la religión única y la intolerancia religiosa, convirtiendo a México en el primer Estado laico estable en América Latina.

Este cambio permitió la institucionalización de las primeras iglesias protestantes en el país, proceso que se materializó durante el gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada entre 1872 y 1876 (Patiño, 2011: 71-74; Garma, 2019: 38; Delgado-Molina, 2019: 92). La consolidación del laicismo en México marcó un hito en la historia de la relación entre el Estado y la religión, sentando las bases para una mayor pluralidad religiosa y una redefinición del papel de la religión en la esfera pública.

El desarrollo del laicismo en México, según Blancarte (2004), se debe en gran medida a una sociedad secularizada que lo sustenta, además de las políticas legales laicas y secularizadoras a lo largo de la historia mexicana (2004:46). La Revolución Mexicana de 1910 fortaleció la laicidad, que se plasmó jurídicamente en la Constitución de 1917. Esta constitución no reconocía legalmente a las asociaciones religiosas ni permitía su actividad política o la de sus representantes.

Un cambio significativo en la relación entre el Estado y la religión se produjo en 1992 bajo el gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari, del Partido Revolucionario Institucional (en adelante, PRI). Salinas restableció las relaciones con el Vaticano y promovió la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público (1992), la cual establecía limitaciones para los ministros de culto en la participación en el ejercicio público, permitiéndoles postularse solo si renunciaban a su labor religiosa cinco años antes. La ley también permitía a las asociaciones religiosas poseer bienes y propiedades necesarios para sus actividades, pero mantenía restricciones como la imposibilidad de ser propietarias de medios de comunicación (Garma, 2019: 38; Delgado-Molina, 2019: 93). Dicha ley cambia así de forma significativa la relación entre el Estado mexicano y las organizaciones religiosas, poniendo fin a décadas de restricciones impuestas por las políticas laicistas que habían dominado desde la Revolución Mexicana y el periodo de la Guerra Cristera (1926-1929). Este periodo fue un conflicto armado en México entre el gobierno de Plutarco Elías Calles y grupos de católicos que se opusieron a las estrictas políticas anticlericales de la Ley Calles (1926), que limitaba severamente el poder de la Iglesia y la práctica religiosa. Este enfrentamiento, impulsado por tensiones entre la laicidad del Estado y la influencia religiosa, dejó miles de muertos y terminó con acuerdos que relajaron la aplicación de las leyes, aunque no las derogaron. Fue un episodio clave en la historia de la relación entre el Estado y la Iglesia en México. Así, este nuevo marco legal en 1992 abrió una nueva etapa en la relación entre el Estado y la religión en México, en la que se buscó equilibrar los principios de laicidad con la libertad religiosa.

Los grupos protestantes ingresaron a México en el siglo XIX y se aliaron con la clase política liberal que triunfó tras la Reforma Liberal. Su participación en la vida pública se orientó hacia labores educativas que promovían valores afines a la laicidad y la democracia. La Reforma Liberal en México se produjo entre 1855 y 1876. Fue un periodo en el que las fuerzas liberales, encabezadas por figuras como Benito Juárez, lucharon contra el poder de la Iglesia y los conservadores, implementando reformas que limitaron el poder e influencia de la Iglesia Católica y promovieron un Estado laico. Durante esta época, los grupos protestantes comenzaron a ingresar y consolidarse en México, aliándose con los sectores liberales que buscaban una separación entre la Iglesia y el Estado.

Durante el Porfiriato, estas iglesias, especialmente las metodistas y presbiterianas, ampliaron su influencia, siendo vistas como promotoras de valores afines al capitalismo (Ávila-Arteaga, 2008, pp. 76-78). El Porfiriato se desarrolló entre 1876 y 1911, durante el gobierno de Porfirio Díaz, un período caracterizado por la estabilidad política, modernización económica y fuerte centralización del poder en México. En este contexto, las iglesias protestantes, especialmente metodistas y presbiterianas, expandieron su influencia como parte de un esfuerzo educativo y social, promoviendo valores como la disciplina, el trabajo y la austeridad, asociados al capitalismo. Estas iglesias fueron vistas como agentes de cambio cultural en un país predominantemente católico, alineándose con las políticas modernizadoras de Díaz.

Después de la Revolución, las iglesias no católicas, evangélicas o no, se alinearon con la visión liberal mantenida por el PRI, que fue hegemónico durante 70 años (Garma, 2019: 40). Aunque el PRI defendía la separación entre la Iglesia Católica y el Estado, mantuvo una cercanía política con el catolicismo durante gran parte de su hegemonía política. Esta relación compleja reflejaba la continua interacción y negociación entre los intereses religiosos y políticos en México.

La buena relación entre el protestantismo y la familia revolucionaria (representada principalmente por el gobierno encabezado por el presidente Lázaro Cárdenas) se mantuvo hasta 1934. Aunque las disposiciones de la Constitución de 1917, que restringían la influencia de la Iglesia en el espacio público, ya habían limitado el poder y el papel de las instituciones religiosas, los protestantes no enfrentaron las mismas restricciones o persecuciones que la Iglesia Católica. Mientras que esta última sufrió una fuerte marginación y represión, los protestantes lograron mantener un margen de tolerancia y libertad relativamente mayor, permitiéndoles continuar su crecimiento y presencia en el país (Freston, 2001: 202-203).

En general, los protestantes que se involucraron en el movimiento tendieron a apoyar a sus facciones más moderadas, como la maderista y la carrancista. La división entre las facciones en el contexto político y social de México durante el periodo de las reformas y las revoluciones se reflejó en distintas corrientes tanto dentro del movimiento liberal como entre los sectores que se vieron influenciados por los grupos protestantes. La facción maderista (1911) se alinea principalmente con el movimiento encabezado por Francisco I. Madero. Madero propugnaba un liberalismo moderado que buscaba reformas democráticas, el respeto a las libertades individuales, y un mayor control del Estado sobre la Iglesia para limitar su influencia. Los protestantes en esta facción adoptaron una posición más moderada, favoreciendo la separación de la Iglesia y el Estado, pero sin promover una hostilidad abierta hacia la religión. Apoyaban las reformas maderistas, especialmente en temas de educación laica y la reducción de privilegios de la Iglesia. Por otro lado, la facción carrancista (1913-1917) está liderada por Venustiano Carranza, presentándose como la facción más radical y centralista que buscaba implementar una reforma agraria profunda, así como un control más firme del Estado sobre las estructuras sociales y económicas, incluyendo la Iglesia. Los protestantes se alinearon con esta facción debido a su enfoque en el fortalecimiento del Estado laico y su enfrentamiento con las instituciones eclesiásticas. Carranza y sus seguidores defendían políticas que limitaban la influencia de la Iglesia en la educación, la política y otros aspectos de la vida pública. En resumidas cuentas, los protestantes tienden a apoyar a las facciones más moderadas y radicales del movimiento liberal, como las maderista y carrancista, porque ambas buscaban una mayor separación entre el Estado y la Iglesia. Sin embargo, las diferencias entre estas facciones radicaban en el nivel de radicalización y la profundidad con la que promovían el laicismo.

Por otro lado, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940), el Ministro de Educación, Vicente Lombardo Toledano, acusó a las iglesias protestantes de actuar como agentes del imperialismo estadounidense a través de sus labores pedagógicas. Ante estas denuncias, la obra de las congregaciones protestantes se redujo significativamente, reorientándose en algunos casos a áreas rurales e indígenas, pero perdiendo en gran medida su protagonismo político (Ávila-Arteaga, 2008: 82-83). El avance de los pentecostales, que promovían la huelga social y el no involucramiento político, también contribuyó a la auto-marginación de los evangélicos de la vida pública. Si bien hubo esfuerzos para consolidar un Estado laico, el auge del protestantismo, especialmente en alianzas con sectores políticos, se consolidó más adelante, principalmente en el siglo XX con gobiernos como los de Salinas.

Durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), se realizaron importantes modificaciones al marco normativo sobre las relaciones entre el Estado y las iglesias. Este hecho propició, primero, una discusión al interior de las iglesias evangélicas sobre su papel en la vida pública y, segundo, la paulatina participación de algunos de estos creyentes en procesos electorales y en debates de la esfera pública (Martínez-García, 2000: 51; Hernández, citado en Delgado-Molina, 2019: 94). Algunas iglesias se registraron directamente, otras se agruparon en frentes nacionales y otras en organizaciones no gubernamentales como la Confraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas (CONFRATERNICE), que en 1996 intentó conformar un partido político sin éxito (Farela, 2014: 106).

En la década de 1980 hubo un interés creciente en la religión debido al movimiento de Teología de la Liberación y las complejas relaciones entre la Iglesia y el Estado. En esta década, este movimiento ganó relevancia, especialmente en América Latina, incluyendo México. Este enfoque, impulsado por teólogos como Gustavo Gutiérrez, buscaba una interpretación cristiana que conectara la fe con la lucha por la justicia social, la liberación de los pobres y la lucha contra las estructuras de opresión. Su impacto llevó a un mayor interés en el compromiso social de la religión, tanto en la Iglesia Católica como en otros grupos religiosos, influyendo en la dinámica política y social del continente (Gutiérrez, 1971: 22; Bruneau, 1994). Esto impulsó estudios que exploraron la dimensión política de la religión. Más adelante, los investigadores comenzaron a estudiar cómo la conversión religiosa contribuía a una cultura de identidades plurales. Se exploraron temas como la heterogeneidad de creencias en la sociedad, religión y género, derechos humanos, identidades emergentes y movimientos sociales.

A partir de 1988 se comienza a hablar en México de la transición a la democracia. Adicionalmente, hay una corriente muy importante de politólogos “transitólogos”, para quienes la democracia se consolida en el año 2000, con el triunfo electoral de Fox Quesada en las elecciones presidenciales.

A partir de las elecciones del año 2000, que marcaron un cambio en la alternancia presidencial, la presencia de las iglesias evangélicas se hizo más clara (Delgado-Molina, 2019 y 2020). Los primeros operadores proselitistas de los tres partidos políticos principales (PRI1, PAN2 y PRD3) se dedicaron a conseguir el “voto evangélico”, indicando una nueva etapa de involucramiento de estas iglesias en la política mexicana.

Con el retorno a la democracia, fueron emergiendo conflictos que delinearon el movimiento evangélico contemporáneo. La crisis de los partidos políticos tradicionales y el sentido del orden capitalista, exacerbados por reformas neoliberales, contribuyeron además a la consolidación del movimiento evangélico. Estas reformas Las reformas deterioraron los marcos estables de reproducción de la vida, creando un vacío que las iglesias evangélicas comenzaron a llenar. Aparte, la desilusión con los partidos tradicionales llevó a una mayor movilización de los intereses evangélicos y su participación activa en la política. Consiguientemente, la movilización y constitución subjetiva de los grupos evangélicos resultó en la formación de partidos políticos propios, que han elaborado agendas de renovación moral, agrupando a su base social en diversos países y promoviendo valores conservadores en la política.

Entre 2000 y 2020, la proporción de católicos en México disminuyó del 92,9% al 77,7%, mientras que los protestantes y evangélicos aumentaron del 7,3% al 11,2%. Además, se observó un aumento en el porcentaje de personas sin religión, que pasó del 4,7% al 8,1%, con un 2,5% adicional de personas sin adscripción religiosa, tal y como dispone Pew Research Center (2021).

En cuanto a la presencia de evangélicos en las distintas entidades federativas, en 1990 cuatro entidades tenían un 11% o más de feligresía evangélica (Campeche, Chiapas, Quintana Roo y Tabasco). Para el año 2000, se agregaron Tamaulipas y Yucatán, sumando seis entidades. En 2010, el número aumentó a 12 entidades (incluyendo Baja California, Chihuahua, Coahuila, Morelos, Oaxaca y Veracruz), y en 2020, ya eran 15 entidades (sumándose Baja California Sur, Nuevo León y Sonora). En cuanto a la presencia geográfica, ocho Estados superan la media nacional de población evangélica, destacando Chiapas (32,5%), Campeche (27,1%) y Quintana Roo (20,9%), tal y como señalan diversos informes sobre diversidad religiosa en México, incluyendo estadísticas sobre la presencia de grupos evangélicos en diferentes Estados (CONAPRED, 2021).

Una posible explicación para este fenómeno es la conversión de pueblos originarios y migrantes a iglesias evangélicas con presencia territorial en dichos Estados (Díaz Domínguez, 2021). Estas comunidades han encontrado en las iglesias evangélicas un apoyo significativo, lo que ha contribuido a su crecimiento y consolidación en diversas regiones del país.

Algunos autores anticiparon que una parte de la sociedad laica y sectores evangélicos representaban un electorado disponible que no estaba siendo atendido por los partidos tradicionales. Campos López (2014) señala que las reformas constitucionales en materia religiosa aprobadas en 2013 generaron un intenso debate entre jerarcas y fieles de distintos credos. Estas reformas a los artículos 24 y 40 de la Constitución se refieren a la libertad religiosa y al carácter laico del Estado mexicano. Se incorporaron derechos como la libertad de convicciones éticas y de conciencia al artículo 24, mientras que el artículo 40 calificó explícitamente a la República mexicana como laica.

Masferrer Kan (2008) advirtió de que esta asunción del Estado laico podría hacer que los sectores laicos (incluyendo evangélicos, no creyentes, maestros y católicos progresistas) se inclinaran hacia la izquierda en los procesos electorales, afectando potencialmente al PRI y al PAN.

A pesar de la prohibición constitucional de partidos confesionales, en 2005 se constituyó en Baja California la Agrupación Política Estatal Encuentro Social, liderada por Hugo Eric Flores, un cristiano evangélico. Esta agrupación logró su registro como Partido Encuentro Social (PES) en 2014. Aunque no representa a todas las organizaciones evangélicas, se ha consolidado como el partido evangélico, aliándose con grupos católicos conservadores para restringir avances en temas como el aborto, matrimonio igualitario y adopciones para la comunidad LGBTIQ+ y la legalización de drogas (Garma, 2019: 41-42; Delgado-Molina, 2019: 96).

Podemos observar el ascenso de estos movimientos en México y también en Brasil, Guatemala, Costa Rica y El Salvador, que ilustran este fenómeno creciente con movimientos que comparten características clave: rechazo a las élites políticas tradicionales y defensa de valores conservadores.

Así, en Guatemala, Jimmy Morales ganó la presidencia en Guatemala en 2015 con un discurso anticorrupción y antipolítico, aprovechando el descontento generado por escándalos de corrupción previos. Aunque su partido, el Frente de Convergencia Nacional (FCN), se autodefinió como de “centro-derecha”, ha adoptado políticas claramente conservadoras, en especial en temas como el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo.

En Costa Rica, Fabricio Alvarado emergió como un líder político en Costa Rica en 2018, centrando su campaña en la defensa de valores religiosos y tradicionales, especialmente en oposición al matrimonio entre personas del mismo sexo. Aunque no ganó la presidencia en la segunda vuelta, su partido, el Partido de Restauración Nacional (RN), sigue captando apoyo electoral. Su breve ascenso refleja el impacto de los temas morales y sociales en la política costarricense.

En El Salvador, Nayib Bukele ganó la presidencia de El Salvador en 2019 con su partido Nuevas Ideas, utilizando un enfoque populista y anti-establishment. Aunque comenzó con promesas de cambio social, su gobierno ha sido criticado por su enfoque autoritario, incluyendo el control de medios y la persecución política. Bukele, defensor de valores conservadores y religiosos, ha mantenido una popularidad alta, apoyada en su uso efectivo de las redes sociales y la comunicación directa con la juventud salvadoreña y la diáspora en Estados Unidos.

Estos fenómenos podrían encajar en la categoría general del populismo trabajada por autores como Monestier o Laclau o ser analizados desde otras perspectivas como las estrategias electorales y capturas de espacios democráticos de ciertas élites políticas o las que abordan el papel político de los evangélicos, especialmente asociado a algunos de estos grupos (Del Del Campo y Resina, 2020; Vicente, 2023). Hay que señalar que en Costa Rica y en Guatemala, el proyecto político de reacción a estos valores está muy vinculado a planteamientos religiosos conectados a las iglesias evangélicas, de la que forman parte tanto Alvarado como Morales. El rol de las iglesias evangélicas en la promoción de posiciones de derecha radical populista ha sido contrastado a partir de diferentes casos (Del Campo y Resina, 2020) y pone de manifiesto una estrategia política de los grupos cercanos a las iglesias evangélicas que reclama mucho más análisis. Incluso con Bukele se pueden establecer estos vínculos puesto que el presidente salvadoreño ha mantenido contactos con líderes evangélicos (Díaz y Ulloa, 2021) sin despreciar que el lenguaje religioso que emplea muchas veces en sus redes sociales le sirven para construirse una imagen de “Mesías”.

Estos valores se concretan en discursos que tienen una gran capacidad para movilizar sentimientos nacionalistas, por oposición a la migración, y sentimientos tradicionales opuestos a los promovidos por marcos internacionales a favor de la diversidad cultural. El papel en este tema de los valores religiosos vinculados a las iglesias evangélicas reclama un análisis específico que es clave también en el resto de los países del istmo (Ramos, 2023: 400).

El creciente influjo de los movimientos evangélicos en la sociedad latinoamericana contemporánea desafía así las expectativas tradicionales sobre la predominancia del catolicismo en América Latina. Esta realidad está reconfigurando el panorama religioso y social. Por un lado, se cuestiona el papel histórico del catolicismo en la estructuración del espacio público democrático y por otro, la irrupción de actores evangélicos en la política y la cultura popular plantea nuevos desafíos y dinámicas en la relación entre religión y modernidad en América Latina. La permeabilidad entre religión y política es evidente en diversos contextos políticos latinoamericanos. En períodos autoritarios como en procesos democratizadores, las iglesias, sobre todo las evangélicas, han desempeñado roles significativos, influyendo en la formulación de políticas públicas y en los debates legislativos. Por otro lado, los evangélicos reclaman legítimamente un espacio en la gestión de recursos estatales y en la formulación de políticas, a menudo argumentando representar valores morales y sociales específicos. Estas iglesias tienen una capacidad significativa para reproducir discursos simbólicos que influyen en la opinión pública y en la configuración de agendas políticas y sociales. Esto se ve especialmente en temas controversiales como el aborto y la moralidad pública. Eventos como las intervenciones del Papa Francisco y las respuestas de las iglesias durante la pandemia de COVID-19 subrayan cómo estos acontecimientos han polarizado aún más el debate público sobre la religión y su papel en la sociedad contemporánea. Así, el aumento del protagonismo de los evangélicos en América Latina está generando debates intensos sobre la pluralización religiosa, la relación entre religión y modernidad, la influencia en la política y la legitimidad en el manejo de recursos estatales, así como en la capacidad de influir simbólicamente en la sociedad. Este fenómeno redefine constantemente el paisaje religioso y político de la región.

Actualmente, el interés en los estudios religiosos se amplía para incluir el papel de la religión en procesos de etnización y/o desetnización. La religión se percibe como un recurso que ayuda a los creyentes a resistir los efectos desestabilizadores de la globalización.

En su obra, Linz (2006) aborda el uso de la religión en la política, destacando cómo esta se emplea para legitimar la autoridad y obtener apoyo para un régimen. Linz describe cómo los líderes religiosos, la jerarquía eclesiástica y los clérigos utilizan el apoyo de las autoridades políticas para perseguir sus propios ideales e intereses morales y materiales. La distinción entre cuándo la política utiliza la religión y cuándo la religión utiliza la política no es sencilla. Este fenómeno se puede observar en la vinculación política entre el Presidente mexicano AMLO y las agrupaciones evangélicas.

La Encuesta Nacional sobre Creencias y Prácticas Religiosas realizada por la Red de Investigadores del Fenómeno Religioso en México (RIFREM) en 2016 indicó que los evangélicos representaban el 7,5% de la población en México, mientras que los católicos sumaban el 82,7%. Según el Censo de Población y Vivienda 2020, el porcentaje de la población que se reconoce como protestante y evangélica aumentó al 11,2%. Aunque este porcentaje sigue siendo relativamente menor en comparación con el resto de la región debido a la fuerte presencia del catolicismo, el crecimiento de estas confesiones se ha mantenido constante, en detrimento del catolicismo.

| Resultados |

En las elecciones presidenciales de 2018 en México, MORENA y su candidato López Obrador lograron una victoria significativa, marcando un cambio notable en el sistema de partidos del país. Hasta ese momento, el sistema político mexicano era considerado altamente institucionalizado, con los partidos principales, el PRI, PAN y PRD, dominando las elecciones desde la transición democrática en el año 2000. El apoyo a AMLO se debía principalmente al odio y desconfianza entre partidos. Los votantes percibían a los partidos tradicionales (PRI y PAN) como una élite corrupta y homogénea, impulsando un voto de rechazo hacia ellos. La percepción de que PRI y PAN representaban la misma alternativa política fue significativa. AMLO aprovechó la animosidad existente, calificándolos colectivamente como “PRIAN”. La fusión de las siglas “PRIAN” fue una estrategia retórica utilizada por AMLO para capitalizar el descontento popular hacia el PRI y el PAN, empleando el término para señalar la supuesta complicidad y continuidad entre ambos partidos en la defensa de intereses oligárquicos y en la implementación de políticas neoliberales que, según él, habían perpetuado la desigualdad, la corrupción y la falta de bienestar social en México. Así, el uso del término “PRIAN” simplificó y reforzó la narrativa de que PRI y PAN no ofrecían alternativas reales al electorado, sino que representaban un mismo proyecto político disfrazado de oposición. Esto permitió a AMLO posicionarse como el candidato antisistema y como la única opción verdaderamente distinta en el panorama político mexicano. La estrategia resultó efectiva, contribuyendo significativamente al éxito de su campaña presidencial en 2018, donde obtuvo una amplia victoria frente a los candidatos de estos partidos, consolidando su discurso de cambio frente al “viejo régimen”.

También, afectó la oleada de escándalos de corrupción, el aumento de la violencia y la gobernanza fallida bajo el PRI, en particular durante la presidencia de Enrique Peña Nieto. Los votantes mostraron evaluaciones retrospectivas muy negativas hacia la economía, corrupción y seguridad bajo el gobierno de Peña Nieto. Los modelos económicos y de seguridad fueron fuertemente criticados, lo que debilitó el apoyo al PRI y PAN, impulsando el voto hacia una alternativa como MORENA, con una cada vez mayor percepción de que los principales partidos eran indistinguibles en términos de políticas y prácticas. Aparte, la tendencia en la región hacia la izquierda durante los años 2000 se debió a la reacción contra políticas neoliberales y a crisis económicas que afectaron la percepción de los partidos tradicionales.

El éxito electoral de López Obrador en 2018 se explica mejor por la polarización afectiva y el rechazo al establishment político que por las evaluaciones retrospectivas o las orientaciones ideológicas de los votantes. Así, AMLO capitalizó el descontento con los partidos tradicionales, presentándose como una alternativa anti-establishment en un contexto de desilusión y crítica hacia los principales partidos políticos de México.

En este caso, parece evidente que hubo un alto nivel de entendimiento entre ambas esferas para superar los límites iniciales que separaban sus propuestas. La colaboración entre AMLO y las agrupaciones evangélicas ilustra cómo se puede forjar una alianza estratégica, donde tanto el ámbito político como el religioso encuentran beneficios mutuos y logran avanzar en sus respectivas agendas.

Como vemos, la elección de AMLO en 2018 marca un punto de inflexión en la política mexicana. Su victoria se presenta tanto como una ruptura histórica como una continuación de ciertas tradiciones políticas mexicanas. Contrario a la percepción de que AMLO es un outsider del sistema político, su carrera política comenzó dentro del PRI, el partido hegemónico de México durante gran parte del siglo XX. AMLO se unió al PRI después del movimiento estudiantil de 1968 y la masacre de Tlatelolco, ascendiendo en sus filas y destacándose en roles políticos y organizativos en su Estado natal de Tabasco y en la Ciudad de México. Su carrera en el PRI se vio truncada cuando le fue negada la candidatura a gobernador de Tabasco en 1988. Después de otros proyectos políticos en los que se embarcó posteriormente y buscando una plataforma más personalista, AMLO fundó MORENA en 2014. Este movimiento, que comenzó como una asociación cívica en 2011, se convirtió en partido político y sirvió como vehículo para su candidatura presidencial de 2018. MORENA se construyó alrededor de la figura de AMLO, quien adoptó un liderazgo carismático y centralizado, atrayendo a diversos grupos y figuras políticas a su causa.

AMLO es frecuentemente caracterizado como un populista, un término que describe su estilo de liderazgo y su retórica. Su campaña de 2018 se centró en la promesa de una “cuarta transformación” de México, comparándola con la independencia, defendiendo el binomio de reforma y revolución. Su narrativa enfrentó “el pueblo” contra “la mafia del poder”, uniendo a una coalición diversa bajo su liderazgo.

AMLO ha reconfigurado la izquierda en México, absorbiendo elementos del PRD y atrayendo a nuevos aliados, desde figuras de izquierda tradicional hasta elementos más conservadores y oportunistas. El PRD (Partido de la Revolución Democrática) es un partido político mexicano fundado en 1989 como una coalición de movimientos y líderes de izquierda, surgida principalmente de la escisión de figuras progresistas del PRI y otros grupos de izquierda. Durante años, el PRD fue uno de los principales referentes de la izquierda en México y fungió como plataforma de lanzamiento para las primeras candidaturas presidenciales de AMLO. Sin embargo, AMLO ha reconfigurado la izquierda en México al distanciarse del PRD y fundar MORENA en 2014. Este proceso implicó absorber a sectores clave del PRD que compartían su visión, así como atraer a nuevos aliados de diversas ideologías. Esto resultó en un debilitamiento significativo del PRD, que perdió gran parte de su relevancia política tras el ascenso de MORENA como la nueva fuerza hegemónica de la izquierda mexicana. Su capacidad para unir a estos grupos bajo la bandera de MORENA ha redefinido el panorama político mexicano, desplazando a los partidos tradicionales como el PRI y el PAN.

Como vemos, la creación de MORENA ha reconfigurado la izquierda en México abriendo un nuevo capítulo en la historia política del país, pero también deja la irrupción y el creciente peso que han ido cobrando los movimientos evangélicos en su relación con el Estado. El nombre tiene un doble significado simbólico: El Movimiento Regeneración Nacional representa el objetivo del partido de transformar la vida pública de México mediante un proyecto político que priorice la justicia social, la lucha contra la corrupción y la inclusión de las mayorías marginadas. Su lema es “La Esperanza de México”, aludiendo a una renovación profunda de la política tradicional. Por otro lado, MORENA también alude a la Virgen de Guadalupe, conocida como la Virgen Morena, un símbolo profundamente arraigado en la identidad cultural y religiosa de México. Esta asociación conecta emocionalmente con gran parte de la población, evocando valores de esperanza, fe y pertenencia nacional. Este doble simbolismo ha sido clave para MORENA, ya que combina un discurso político de regeneración con elementos culturales que resuenan ampliamente en la sociedad mexicana. Este tipo de alianzas refleja la complejidad e interdependencia entre la política y religión en la configuración del poder y legitimidad en América Latina. La creciente influencia de las iglesias evangélicas y su capacidad para movilizar a grandes sectores de la población les ha permitido convertirse en actores clave en el panorama político, utilizando su capital social y moral para influir en decisiones y políticas públicas.

En diciembre de 2017, AMLO se registró como precandidato a la Presidencia de la República por MORENA. Presentándose como un candidato de izquierdas, AMLO recibió el apoyo de amplios sectores sociales. La candidatura de AMLO fue respaldada por MORENA, el Partido del Trabajo (PT) y el PES, con el cual AMLO reconocía una importante fundamentación moral y doctrinaria para el cambio propuesto (Costa Farias et al., 2021).

A grandes rasgos, cabe destacar que López Obrador utilizó el discurso religioso como un componente político importante desde antes de su campaña presidencial en 2018. Este uso fue evidente con su alianza con el Partido Encuentro Social (PES), un partido evangélico-pentecostal, lo cual generó controversia dentro de su base de apoyo tradicional de izquierda secular.

De igual manera, fue aumentando el interés en el país por los estudios religiosos tras la encuesta del CNEP (Comparative National Elections Project) de 2018, que refleja que la asistencia a la iglesia entre católicos y las preferencias por líderes con principios religiosos parecen aumentar ligeramente la probabilidad de votar por AMLO. Así, podían observarse vasos comunicantes en los que dichos principios estaban cada vez más presentes en el discurso político de AMLO, dando énfasis a valores morales en un sentido genérico y evitando detalles sobre temas controvertidos. En este sentido, MORENA no solo se convirtió en un partido atractivo para su tradicional electorado progresista sino también para católicos observantes, lo que le permitió a AMLO ganar las elecciones mediante la construcción de una coalición más amplia entre los votantes seculares y católicos religiosos. Esto adquiere un especial interés académico por analizar los cambios en la división religiosa de México al crearse una novedosa alianza entre la izquierda socialmente conservadora y una parte de católicos que entra dentro de un grupo diverso de votantes, incluidos los religiosos, mediante una combinación de discursos morales genéricos y una estrategia política inclusiva.

AMLO justificó la coalición con el PES aludiendo a sus fundamentos morales y doctrinarios, mientras que MORENA se presentaba como un partido respetuoso de todas las creencias y libertades. La alianza con el PES permitió a AMLO consolidar una coalición más amplia, abarcando tanto votantes seculares como religiosos. AMLO fue el candidato que más utilizó metáforas religiosas durante la campaña, adoptando un discurso lo suficientemente ambiguo para no alienar a ningún grupo de votantes. Declaraciones como “soy cristiano, en el sentido más amplio de la palabra” ilustran su intento de conectar con una audiencia religiosa sin especificar detalles doctrinarios.

Así, la coalición “Juntos Haremos Historia” fue un éxito, con AMLO ganando la presidencia con el 53,2% de los votos. MORENA, junto con sus aliados, logró la mayoría parlamentaria tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados.

A pesar del éxito de la coalición, el PES no obtuvo el 3% de los votos necesarios para mantener su registro como partido político nacional, lo que demostró que los votantes evangélicos apoyaron más a AMLO que al PES en sí. Posteriormente, el PES se reconstruyó como el Partido Encuentro Solidario, continuando su apoyo a la “Cuarta Transformación” de AMLO y adoptando una agenda conservadora en temas sociales (PES, 2021).

La estrategia de AMLO refleja así una transformación en la política de la izquierda en México, donde la coalición con grupos conservadores religiosos representa un intento de atraer a un espectro más amplio de votantes. Este enfoque ha llevado a una dinámica política en la que se negocian valores tradicionales y conservadores dentro de una plataforma de izquierda, lo que podría tener implicaciones duraderas para el sistema de partidos en México. Estos nuevos partidos han utilizado su base social para influir en las políticas públicas y consolidar su presencia en el escenario político. Esta influencia ha llevado a la promoción de legislaciones que reflejan sus valores conservadores y a la ocupación de cargos públicos por líderes evangélicos. La demanda de los evangélicos por tener acceso a medios de comunicación ha sido apoyada por AMLO, quien ha indicado que no ve mal que las iglesias tengan espacios en radio y televisión.

Aunque la coalición “Juntos Haremos Historia” mostró también un desdibujamiento ideológico, AMLO utilizó numerosas metáforas religiosas durante su campaña, buscando atraer al electorado evangélico. En un video de Semana Santa de 2018, AMLO se identificó como cristiano en un sentido amplio, subrayando la importancia del diálogo entre diferentes creencias (La Política Online, 29 de marzo de 2018).

En las elecciones federales de 2021, el Partido Encuentro Solidario nuevamente no alcanzó el 3% de la votación necesaria para mantener su registro como partido político (Barragán, 2021). El Instituto Nacional Electoral retiró su registro, aunque el partido continuó operando a nivel local en varios Estados. A pesar de la pérdida de su registro nacional, el PES, gracias a su coalición con MORENA, obtuvo 55 diputados y 7 senadores, y su dirigente nacional fue nombrado coordinador estatal del Programa de Desarrollo en Morelos (Delgado-Molina, 2019: 99; Corona, 2018).

Así es como la participación política evangélica en México ha pasado de una auto-marginación a una integración significativa en la política nacional, con alianzas estratégicas y un papel creciente en la definición de agendas políticas conservadoras.

Después de la victoria presidencial de AMLO, las relaciones con los grupos evangélicos se consolidaron, y las referencias a la transformación moral del país aumentaron por parte del Ejecutivo; sin embargo, este discurso ha mantenido ambigüedad entre apelaciones a la laicidad juarista y referencias bíblicas, morales y religiosas, llegando incluso a justificar la violencia feminicida del país (Lovera, 2019).

A pesar de que muchos evangélicos no se sienten representados por el PES, los diputados y senadores del partido, así como su dirigente nacional, siguen promoviendo una “agenda moral ultraconservadora”. Dicha agenda es crítica con las reivindicaciones de la comunidad LGBTIQ+ y sobre los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Como ejemplo vemos la propuesta de reforma del artículo 4 de la Constitución, que busca reconocer el derecho preferente de los padres a educar a sus hijos oponiéndose a la educación sexual integral y limitando el derecho a la interrupción legal del embarazo (Delgado-Molina, 2019: 97; Costa Farias, Galichini, Mora Sierra y Vanderstichel, 2021:88).

AMLO ha evadido el tema del aborto en eventos públicos y no se ha comprometido públicamente con su legalización. Tanto la plataforma electoral como el programa de gobierno de MORENA para 2018-2024 no mencionaban el aborto ni los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres (Ortiz Millán, 2021). Como presidente, ha dicho que el tema debe estar sujeto a consulta y ha evitado abrir el debate (Arellano y López, 2019).

En temas como el matrimonio igualitario, AMLO ha mostrado conservadurismo. Cuando la Asamblea Legislativa de Ciudad de México despenalizó el matrimonio igualitario en 2009, no era jefe de gobierno. Hugo Valdemar, vocero de la Arquidiócesis de México, señaló que AMLO siempre ha defendido los valores tradicionales de la familia, a diferencia de otros políticos que fueron más agresivos con la Iglesia (La Razón, 18 de junio de 2015).

Las reformas a la Ley del Impuesto sobre la Renta para hacer deducibles las donaciones a las asociaciones religiosas y la reforma al artículo 41 de la Constitución para permitir el financiamiento privado de partidos políticos forman parte de una estrategia para aumentar la autonomía y participación política de las iglesias (Delgado-Molina, 2019:97). AMLO ha concedido espacios y apoyo a integrantes del PES y mantiene una relación estrecha con Arturo Farela, dirigente nacional de CONFRATERNICE, quien considera al presidente “un hombre incorruptible, un cristiano bíblico, no católico” (Vera, 2021: 34).

En 2019, AMLO se apoyó en CONFRATERNICE para la difusión de su Cartilla Moral, un documento originalmente redactado por Alfonso Reyes en 1944. Aunque la nueva edición intentaba ser más laica, las asociaciones religiosas afiliadas a CONFRATERNICE la distribuyeron entre la ciudadanía. Farela aseguró que las iglesias de CONFRATERNICE podían distribuir 100 mil cartillas en una semana (Animal Político, 27 de junio de 2019).

CONFRATERNICE ha exigido la derogación de la restricción que prohibía a las agrupaciones religiosas disponer de estaciones de radio y canales de televisión. AMLO ha manifestado su apoyo a esta demanda, argumentando que el laicismo significa respetar todas las religiones y facilitar la libre manifestación de ideas (López Obrador, citado en Esteinou, 2020: 293). Esto resultó en la concesión de estaciones de radio y televisión a grupos evangélicos en Yucatán y Chihuahua. La Alianza de Comunicadores Cristianos ha señalado un aumento en el número de emisoras cristianas evangélicas que transmiten las 24 horas, aunque algunas aún operan en la clandestinidad (Rodríguez, 25 de julio de 2019).

CONFRATERNICE se apoyó en MORENA para postular “laicos cristianos evangélicos” en el proceso electoral de 2021, aunque no se les permitió disputar gobernaciones (Vera, 2021: 34). Aunque el PES volvió a perder su registro, alcanzó victorias en algunos Estados como Chiapas.

Las elecciones de 2021 resultaron en la pérdida de la mayoría absoluta de MORENA en la Cámara de Diputados, obligando al presidente a fortalecer alianzas con el PVEM4 y PT5. Ambos partidos han jugado un papel relevante como aliados estratégicos de MORENA para consolidar su agenda política en el Congreso (Uribe Mendoza, 2021). A pesar de la pérdida de su registro, algunos diputados federales elegidos pertenecen a la iglesia evangélica de la Luz del Mundo, lo que demuestra la capacidad de los evangélicos para guiar a sus electores y negociar con el Ejecutivo sus propuestas de agenda moral (Costa Farias, Galichini, Mora Sierra y Vanderstichel, 2021:90).

Como presidente, AMLO continuó incorporando lo religioso en su agenda pública, destacando gestos hacia las comunidades evangélicas y participando en ceremonias de diversas tradiciones religiosas, lo que incluyó referencias a la Biblia y el Papa Francisco en sus discursos públicos. Esto fue interpretado como un intento de fortalecer su apoyo político al incluir a grupos religiosos en su coalición de gobierno.

Sin embargo, a medida que avanzaba su administración, se fueron encontrando altibajos en esa relación inicialmente armoniosa, que evidencia un aumento significativo del movimiento evangélico en México. Hubo momentos de conflicto con la Iglesia católica, tradicionalmente poderosa en México, que criticó algunas políticas propuestas por el gobierno, como la reforma a la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público. La resistencia de la Iglesia católica y otros eventos, como la pérdida de registro electoral del PES, un socio clave en su estrategia inicial, parecen haber contribuido al debilitamiento de la influencia religiosa en la política de AMLO hacia finales de su mandato. Esto marca un contraste con sus iniciativas iniciales, aunque podemos concluir que incorporó activamente lo religioso en la esfera pública mexicana haciendo capitalizar lo religioso como un recurso político, enfrentando así desafíos y resistencias que eventualmente impactaron en la prominencia de este aspecto en su gobierno.

| Conclusiones |

El objetivo principal de este estudio ha sido mostrar el rol significativo que adquieren los movimientos evangélicos en la presidencia de AMLO. La relación entre los grupos evangélicos y el gobierno de izquierda ha sido objeto de un debate intenso, especialmente en lo que respecta al principio de laicidad y a la influencia conservadora en el espacio público. La hipótesis inicial se confirma: los movimientos evangélicos han incrementado su presencia y relevancia en la política mexicana, lo que revela una transformación en el panorama político y social del país.

El fenómeno de expansión de los movimientos evangélicos en México no es nuevo, pero con AMLO se ha acentuado de manera significativa. Durante su administración, se ha observado una mayor visibilidad de estos grupos, lo cual se ha traducido en su involucramiento en programas sociales y políticos. Los movimientos evangélicos han logrado capturar la atención de AMLO, ya sea por cálculo político o por una verdadera convicción de llevar una “purificación” moral del país. Según estudios recientes, las tasas de adhesión religiosa en México han aumentado considerablemente en los últimos años, lo que refleja un contexto sociopolítico propicio para que los movimientos evangélicos logren influencia. Así, el aumento de la participación religiosa ha ido de la mano de un fortalecimiento de las redes evangélicas. Esto ha permitido a estos grupos influir en la agenda política, especialmente en lo que respecta a la educación, valores éticos y la promoción de una concepción conservadora del Estado.

Por su parte, las iglesias evangélicas han jugado un papel central en la implementación de programas sociales y culturales promovidos por el gobierno mexicano. Esto incluye el involucramiento en políticas educativas, donde han buscado influir en el contenido de los programas de formación, priorizando valores conservadores que buscan preservar una estructura familiar tradicional y una moral religiosa. De esta manera, la participación de estas iglesias en programas sociales ha servido como una herramienta para fortalecer su base de apoyo, lo que ha generado tensiones en torno al principio de la laicidad del Estado mexicano. La creciente participación de los movimientos evangélicos en la política social ha sido interpretada por algunos sectores como un esfuerzo para consolidar su poder en el ámbito estatal.

Como hemos visto, uno de los puntos más críticos de este análisis es el impacto de la relación entre el gobierno de AMLO y los grupos evangélicos en el principio de la laicidad. La relación cada vez más estrecha ha generado una erosión de los límites entre la política y la religión. La laicidad, que históricamente ha sido uno de los pilares del Estado mexicano, ha sido cuestionada por la creciente intervención de los grupos evangélicos en políticas públicas. Cabe subrayar que la afirmación de que AMLO y los movimientos evangélicos han creado una alianza política no solo ha favorecido a estos grupos, sino que también ha provocado un debilitamiento del principio de separación entre la iglesia y el Estado. La transformación cultural y política que estos movimientos promueven podría tener implicaciones a largo plazo para el sistema democrático mexicano, especialmente si los principios de la separación entre la iglesia y el Estado se ven cada vez más comprometidos.

En América Latina, esta relación entre iglesias evangélicas y gobiernos progresistas se manifiesta principalmente de dos maneras: I) La intermediación en territorios pobres: la creciente presencia evangélica en los territorios más pobres refuerza la intermediación con las esferas estatales para obtener recursos de asistencia o programas de mejora en barrios populares y II) Los grupos de presión: la búsqueda de erigirse en grupos de presión ante las autoridades gubernamentales para influir en las políticas públicas y la aprobación de proyectos de ley que defiendan sus intereses. Esto es especialmente relevante si los gobiernos de izquierdas necesitan apoyo institucional.

En México, la relación entre AMLO y los grupos evangélicos ha sido estratégica, tal y como hemos apoyado también en diversas encuestas. El movimiento evangélico en México posee varias fortalezas que auguran su desarrollo futuro, como son la presencia del Estado (los evangélicos han logrado una presencia significativa en el Estado, lo que les permite influir en las políticas públicas), la capacidad de articulación política (tienen la capacidad de articularse con diversos sectores políticos, ampliando su influencia y poder), el protagonismo en la construcción de sentidos sociales (los evangélicos juegan un papel central en la construcción de sentidos sociales, promoviendo su agenda de vida y valores conservadores), una vocación evangelizadora (poseen una fuerte vocación para evangelizar y difundir su agenda por todos los medios disponibles) y un contexto histórico favorable (la pandemia profundizó la pérdida de coordenadas de vida social, creando un contexto favorable para el crecimiento de su presencia política).

La relación entre AMLO y los grupos evangélicos refleja una compleja interacción entre política y religión en México. Así, mientras AMLO ha utilizado estrategias políticas para consolidar su poder, los grupos evangélicos aprovechan estas oportunidades para promover su agenda ultraconservadora, renovando así la participación política de sectores tradicionalmente marginados como las comunidades evangélicas. Esta participación ha redefinido el panorama político, obligando a los partidos tradicionales a considerar las demandas y valores de estos nuevos actores. La formación de partidos políticos evangélicos y la promoción de agendas de renovación moral han consolidado su influencia, planteando nuevos desafíos y oportunidades para la democracia y la sociedad en la región.

La influencia creciente de los movimientos evangélicos, bajo el amparo de una administración que se autodefine de izquierda, ha generado tensiones con otros grupos de la sociedad mexicana puesto que los movimientos evangélicos han favorecido un enfoque conservador que, en ocasiones, se contrapone a las demandas de los sectores más vulnerables. Esto incluye grupos como las mujeres, las comunidades LGBTIQ+, y otros sectores históricamente marginados, que han visto restringidos sus derechos ante políticas que priorizan una visión tradicionalista de la familia y la sociedad.

Los datos también destacan que, a pesar de los esfuerzos por parte del gobierno para incluir a los grupos evangélicos, la discriminación y la polarización han persistido, generando tensiones que a menudo se expresan en el rechazo a políticas de inclusión. Esto puede dificultar el avance en temas como la educación, el acceso a servicios de salud, y los derechos reproductivos.

Esta alianza que también hemos visto en otros países de América Latina sugiere que la influencia de los grupos evangélicos en la política continuará creciendo en los próximos años, moldeando el panorama político y social de dichos países y planteando desafíos para la autonomía del Estado laico y la separación de la iglesia y el Estado. La promoción de una agenda moral conservadora puede entrar en conflicto con derechos humanos y libertades individuales generando así tensiones en la sociedad.

En este sentido, cabe seguir analizando la influencia de los movimientos evangélicos en la política ya que han colaborado en la transformación del panorama político en México suponiendo todo un desafío a los principios del Estado laico. Para concluir, es fundamental que los estudios futuros se enfoquen en la relación entre religión y política, y en cómo los movimientos evangélicos pueden influir en el desarrollo de las democracias latinoamericanas.

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| Nota biográfica |

María José Vicente es profesora e investigadora del Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad Complutense de Madrid y del área de Sociología de la Universidad de Castilla-La Mancha. Es Doctora por la Universidad Complutense de Madrid (2016) y por la UNED (2023), además de licenciada en Ciencias Políticas, Derecho y Diplomada en la Unión Europea, Marketing y Publicidad. Su experiencia académica incluye estancias en la Universidad de Évora, colaboraciones con universidades como Buenos Aires y Estocolmo, y docencia en instituciones como la UNED y la UAM. Sus líneas de investigación abarcan el modelo nórdico, sistemas de bienestar, ética y Buen Gobierno, conciliación laboral y política social, con publicaciones destacadas en revistas especializadas. Ha participado en 56 congresos internacionales y es miembro de diversas asociaciones académicas. Cuenta con 46 publicaciones científicas y forma parte de 4 grupos de investigación activos. Su trayectoria también incluye asesoría técnica parlamentaria y legal, así como colaboraciones con instituciones como la Universidad de Nueva York en políticas de vivienda.

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Recibido/Received: 05/11/2024

Aceptado/Accepted: 18/12/2024

1 PRI: Partido Revolucionario Institucional. Fundado en 1929, el PRI es uno de los partidos políticos más antiguos de México, históricamente identificado con el presidencialismo y el autoritarismo. Dominó la vida política del país durante gran parte del siglo XX.

2 PAN: Partido Acción Nacional. Fundado en 1939, es el principal partido de oposición en México, tradicionalmente vinculado con ideologías de centro-derecha y conservadoras, promoviendo principios como el liberalismo económico y el catolicismo.

3 PRD: Partido de la Revolución Democrática. Surgido en 1989, fue históricamente una opción política de izquierda, defendiendo los derechos de los grupos sociales más marginados, aunque su presencia ha disminuido en las últimas décadas.

4 PVEM (Partido Verde Ecologista de México): Es un partido político que se identifica como defensor de causas ambientalistas y de sostenibilidad. Sin embargo, ha sido criticado por su pragmatismo político y alianzas estratégicas, frecuentemente con el partido en el poder. Durante el gobierno de López Obrador, ha formado parte de la coalición oficialista.

5 PT (Partido del Trabajo): Es un partido político de ideología socialista que busca promover los derechos laborales y la justicia social. Fundado en 1990, el PT ha participado en diversas coaliciones, incluyendo su alianza con MORENA y otros partidos en el gobierno de López Obrador, lo que le ha permitido mantener una presencia significativa en la política mexicana.