STUDIA HUMANITATIS JOURNAL, 2025, 5(2), pp. 79-111
ISSN: 2792-3967
DOI: https://doi.org/10.33732/shj.v5i2.161
Artículo / Article
Miscelánea
Miscellaneous section
WOUNDED MASCULINITY AND THE VOTE FOR VOX AMONG SOCIALLY EXCLUDED YOUTH IN ZARAGOZA
Víctor Hugo Pérez Gallo
Universidad de Zaragoza, España
ORCID: 0000-0003-1452-2531
victorhugo.perez@unizar.es

| Resumen |
Este estudio aborda el caso de jóvenes varones en situación de exclusión social en los barrios de La Paz y Torrero (Zaragoza), con el objetivo de comprender cómo determinadas representaciones de la masculinidad —marcadas por la precariedad vital, el desencanto institucional y la erosión del estatus— configuran subjetividades políticas proclives al voto a VOX. Desde un enfoque cualitativo, se aplicaron entrevistas en profundidad y grupos focales, complementados con el análisis de datos socioeconómicos del entorno. Esta metodología permitió captar tanto los discursos como las experiencias afectivas de los participantes. Se asumió como hipótesis que la adhesión al discurso de VOX no obedece tanto a una afinidad ideológica coherente, sino a una búsqueda de reafirmación identitaria en contextos de homosociabilidad y resentimiento simbólico. Entre los hallazgos destaca la identificación del feminismo como “enemigo cultural”, y la concepción del voto como performance masculina de resistencia simbólica. Se concluye que VOX actúa más como contenedor emocional que como opción racional de programa, al canalizar afectos vinculados al desarraigo y al deseo de reconocimiento. Finalmente, se proponen líneas de intervención pedagógica centradas en una educación crítica de género que posibilite nuevas formas de vinculación democrática entre jóvenes varones vulnerables.
Palabras clave: Voto juvenil; Masculinidades; Precariedad; Ultraderecha; Performatividad; Género; Subjetividad política; Sociología de las emociones.
| Abstract |
This study examines the case of young men in situations of social exclusion in the neighborhoods of La Paz and Torrero (Zaragoza), aiming to understand how certain representations of masculinity—shaped by precarious living conditions, institutional disenchantment, and the erosion of social status—configure political subjectivities inclined toward voting for VOX. Using a qualitative approach, the research employed in-depth interviews and focus groups, complemented by socioeconomic data analysis of the surrounding context. The methodology was designed to capture both discourses and affective experiences of participants. The central hypothesis posits that support for VOX does not stem from coherent ideological alignment, but rather from a search for identity reaffirmation within contexts of homosociability and symbolic resentment. Key findings include the identification of feminism as a perceived “cultural enemy” and the vote as a masculine performance of symbolic resistance. The study concludes that VOX functions more as an emotional container than as a rational programmatic choice, channeling affects linked to social dislocation and the desire for recognition. Finally, the article proposes educational interventions based on critical gender pedagogy to foster new forms of democratic engagement among socially vulnerable young men.
Keywords: Youth vote; Masculinities; Precarity; Far right; Performativity; Gender; Political subjectivity; Sociology of emotions.
En los últimos años, el ascenso de la extrema derecha en Europa ha dejado de ser un fenómeno periférico para convertirse en un elemento estructural del paisaje político. Como diría Pérez Gallo (Marx cit. por Pérez Gallo, 2025, pág. 1) parafraseando a Marx: “un nuevo fantasma recorre Europa”, el fantasma de la extrema derecha. España no escapa a esta tendencia: la irrupción de VOX en las instituciones y su consolidación como tercera fuerza política (CIS, 2025) plantea desafíos no solo electorales, sino también culturales y simbólicos. Una de las dimensiones más llamativas del fenómeno es su creciente atracción entre sectores juveniles en situación de exclusión social, tradicionalmente asociados a votaciones progresistas o a la abstención. El caso del voto masculino joven hacia VOX, especialmente en barrios populares, cuestiona tanto los modelos clásicos de comportamiento electoral como las narrativas epistemológicas predominantes en la izquierda sobre el “voto obrero” (Mudde, 2019).
La literatura académica sobre el voto a la extrema derecha ha tendido a centrarse en factores estructurales como la inseguridad económica, el desempleo, la inmigración o el miedo a la pérdida de estatus (Inglehart & Norris, 2016; Mudde, 2019). Estos análisis, aunque útiles, tienden a dejar de lado el papel que juegan las identidades de género y las emociones políticas en la configuración del voto. Al mismo tiempo, los estudios feministas y de género han documentado con profundidad las reacciones patriarcales frente a los avances del feminismo, pero han prestado menos atención al voto masculino como práctica simbólica de resistencia o afirmación identitaria (Kimmel, 2013; Segato, 2013).
Diversos estudios han abordado las masculinidades desde enfoques dramatúrgicos, etnometodológicos y relacionales, destacando la manera en que los rituales de género, las estructuras patriarcales y las legitimaciones simbólicas se articulan en contextos cotidianos. Trabajos como los de Connell y Messerschmidt (2005) redefinen la masculinidad hegemónica como un proceso dinámico atravesado por relaciones de poder, mientras que autores como Ingram y Waller (2014), Bridges y Pascoe (2014) o Anderson (2016) exploran cómo se reproducen y negocian estas masculinidades en entornos escolares, deportivos y comunitarios, subrayando la importancia de la homosociabilidad, la performance de género y las jerarquías afectivas.
En esta línea, investigaciones desarrolladas por Pérez Gallo (2015; Pérez Gallo y Espronceda Amor, 2017; Pérez Gallo y Vieira, 2022) han contribuido al análisis de los rituales masculinos en contextos escolares y familiares, así como a la comprensión de la dimensión micropolítica de la socialización de género en entornos marcados por la exclusión social. Estudios recientes (Flood, 2018; Hearn, 2020; Hopkins y Giazitzoglu, 2024) han puesto el foco en las dimensiones afectivas, simbólicas y materiales de la masculinidad, mostrando cómo las prácticas masculinas pueden funcionar como dispositivos de legitimación de la violencia o como estrategias de reafirmación en contextos de pérdida de estatus. En ese marco, el análisis de roles dramatúrgicos normalizados y la reproducción de guiones emocionales en jóvenes varones vulnerables (Pérez Gallo y Vieira, 2022) contribuye a una lectura situada de las masculinidades hegemónicas, en diálogo con estas perspectivas internacionales.
Estas contribuciones guardan una relación directa con los postulados de R. W. Connell y Messerschmidt (2005), quien sostiene que toda sociedad produce un modelo dominante de masculinidad —la masculinidad hegemónica— que se presenta como ideal, pero es alcanzable solo para una minoría. Por tanto, la masculinidad no es una esencia, sino una construcción histórica e ideológica que opera mediante mecanismos simbólicos cotidianos.
Asimismo, las ideas de Nancy Fraser (1995, 2000) sobre las injusticias de reconocimiento aportan una clave fundamental para entender por qué los jóvenes varones empobrecidos, al sentirse deslegitimados culturalmente, optan por discursos regresivos que les devuelven visibilidad y autoestima. En línea con Fraser, Pérez Gallo y Vieira (2022) argumenta que el reconocimiento negado no solo genera exclusión emocional, sino que también puede traducirse en adhesión a narrativas que prometen restaurar jerarquías de género y orden simbólico. El cruce entre redistribución material y reconocimiento identitario se convierte así en el núcleo explicativo del fenómeno electoral que aquí se estudia.
En este contexto, el voto a VOX se convierte en una performance política de género, un gesto de reubicación simbólica en un mundo que se experimenta como hostil. Este trabajo sostiene que el apoyo de jóvenes varones en situación de exclusión social a VOX no puede interpretarse únicamente como una elección racional orientada por intereses materiales, sino como una forma de posicionamiento identitario orientada a la obtención de reconocimiento simbólico, orden social percibido y legitimación afectiva. En este sentido, la masculinidad no actúa como un mero trasfondo cultural, sino como un vector estructurante del comportamiento electoral, articulado a través de prácticas de afiliación simbólica, demandas de estatus y dinámicas de reterritorialización subjetiva en contextos de vulnerabilidad.
A diferencia de otros estudios que han abordado el comportamiento electoral desde variables sociodemográficas convencionales o desde el análisis del discurso político institucional, esta investigación introduce un enfoque innovador al situar las masculinidades precarias como categoría analítica central. Se entiende por masculinidades precarias aquellas formas de identidad masculina construidas en contextos de desposesión simbólica, inestabilidad laboral, exclusión educativa y debilitamiento de referentes tradicionales de autoridad y estatus (Connell y Messerschmidt, 2005; Crewe, 2009). Estas masculinidades se caracterizan por una vulnerabilidad estructural que no solo compromete el acceso a recursos materiales, sino que erosiona las posibilidades de reconocimiento social y pertenencia simbólica.
La noción de masculinidades precarias se articula con un cuerpo teórico que problematiza cómo determinadas formas de ser varón se constituyen en condiciones estructurales de inestabilidad y desposesión. Estas masculinidades no solo carecen de los capitales económicos, culturales o simbólicos necesarios para sostener modelos hegemónicos de virilidad, sino que además experimentan una fragilización identitaria derivada del colapso de referentes laborales, comunitarios y familiares.
Autores como Ben Crewe (2009) han descrito estas formas como “masculinidades de encierro” en el contexto penitenciario, marcadas por la pérdida de agencia y la hipervisibilización del cuerpo. Jeff Hearn (2020) ha insistido en que la violencia no puede entenderse sin considerar las trayectorias sociales desestabilizadas de muchos hombres, especialmente aquellos que se ven excluidos de las promesas del patriarcado neoliberal. Por su parte, Beverley Skeggs (1997; 2004) ha mostrado cómo los hombres de clase trabajadora precarizada deben negociar constantemente su valor social a través de performances de género que, lejos de garantizar reconocimiento, los expone a formas persistentes de estigmatización simbólica.
Estos enfoques permiten comprender que las masculinidades precarias no representan una desviación del ideal normativo, sino una modalidad contradictoria que oscila entre la reproducción del orden patriarcal y su crisis, constituyéndose en terreno fértil para la adhesión a discursos autoritarios o de reordenamiento simbólico como los promovidos por la ultraderecha.
El propósito de este artículo es comprender cómo operan las formas de subjetivación masculina precaria en la adhesión juvenil a la ultraderecha española, tomando como estudio de caso los barrios de La Paz y Torrero, en Zaragoza. Esta investigación ofrece una contribución original al campo de los estudios sobre comportamiento electoral, masculinidades y teoría política crítica, al integrar por primera vez en el contexto español una lectura etnográfica del voto juvenil masculino hacia la ultraderecha, centrada en la categoría analítica de masculinidades precarias.
Hasta la fecha, no se ha identificado en el contexto español una investigación que aborde de manera conjunta el voto juvenil masculino hacia la ultraderecha, la exclusión social y las masculinidades precarias como categoría analítica central. Si bien existen estudios cuantitativos centrados en el ascenso electoral de VOX (Turnbull-Dugarte, 2020), así como análisis politológicos y mediáticos sobre el comportamiento electoral juvenil en contextos de desafección, dichos enfoques no consideran la construcción de género como un eje estructurante del voto. Del mismo modo, la investigación existente no ha explorado, desde la etnografía ni desde la sociología del género, cómo los afectos, los guiones dramatúrgicos masculinos y las dinámicas de homosociabilidad configuran subjetividades políticas en territorios atravesados por la precariedad. A diferencia de otras tradiciones académicas que sí han avanzado en esta dirección —como los estudios de Bridges y Pascoe (2014) sobre performances masculinas en contextos juveniles, o los análisis de Hopkins y Giazitzoglu (2024) en torno a la relación entre emociones, género y exclusión simbólica—, en España esta línea de indagación permanece incipiente. El presente trabajo, por tanto, busca contribuir a este vacío, proponiendo una lectura situada que entrelaza género, clase y radicalización política desde una perspectiva cualitativa e interseccional.
Frente a los enfoques tradicionales que explican el voto a través de variables sociodemográficas agregadas, o mediante el análisis de discursos institucionales, este estudio propone una interpretación situada que examina cómo las subjetividades masculinas vulnerables —marcadas por la exclusión social, la erosión del estatus y la demanda de reconocimiento simbólico— configuran orientaciones políticas autoritarias.
Lo novedoso del enfoque reside en tres aspectos principales:
1. Introducción de la categoría “masculinidades precarias” como lente teórica para entender el comportamiento electoral, articulando género, clase y afectos desde una perspectiva interseccional y micropolítica.
2. Trabajo de campo cualitativo en barrios populares de Zaragoza (La Paz y Torrero), que permite observar las prácticas de socialización masculina, los rituales homosociales y las performances emocionales que median en la construcción del voto.
3. Relectura crítica del vínculo entre masculinidad y radicalización política, que desplaza el análisis desde el plano de la ideología hacia el terreno de la afectividad, la pérdida de estatus y las dinámicas de pertenencia simbólica, dialogando con debates contemporáneos en la sociología del género y los estudios culturales.
En conjunto, el artículo ofrece una perspectiva renovadora que contribuye a superar los reduccionismos economicistas o moralizantes sobre el voto a la ultraderecha, proponiendo un marco interpretativo complejo y profundamente conectado con las condiciones materiales y simbólicas de la vida masculina en contextos de precariedad estructural.
La adhesión de determinados jóvenes varones en situación de exclusión social a la ultraderecha española, especialmente a VOX, responde a un entramado complejo de factores en el que intervienen la precariedad estructural, la desafección institucional, la búsqueda de reconocimiento simbólico y la crisis de los modelos tradicionales de masculinidad. Esta orientación política se articula como una performance identitaria que condensa malestares económicos, culturales y afectivos, más que como una elección racional basada en programas ideológicos estructurados.
Esta hipótesis de investigación se fundamenta en los siguientes supuestos analíticos:
1. El voto como acto performativo y no estrictamente racional: en línea con Goffman (1981) y Butler (1997), se parte de que las decisiones políticas pueden operar como expresiones dramáticas de identidad más que como cálculos instrumentales. En este caso, el sufragio es una forma de afirmación masculina en crisis.
2. La masculinidad hegemónica como ideal erosionado: el trabajo parte del marco de Connell y Messerschmidt (2005) y Kimmel (2013), asumiendo que la imposibilidad de acceder a modelos tradicionales de virilidad (proveedor, autosuficiente, dominante) genera subjetividades masculinas heridas, que buscan en discursos autoritarios una forma de restitución simbólica.
3. La precariedad como generadora de resentimiento estructural: más allá de la dimensión material, se estudia cómo la falta de reconocimiento configura una emocionalidad política que canaliza su malestar en figuras fuertes y narrativas excluyentes (Fraser, 1995; Segato, 2013).
4. La narrativa de VOX como significante emocionalmente disponible: se plantea que VOX funciona como “contenedor simbólico” donde se proyectan emociones de frustración, miedo, y deseo de orden, más que como portador de una doctrina racionalmente asumida.
5. La ausencia de un discurso progresista inclusivo dirigido a determinados sectores de varones en situación de desposesión simbólica y material ha generado un vacío identitario que ha sido eficazmente capitalizado por los discursos de la ultraderecha. No se trata de una vulnerabilidad intrínseca o esencial al sujeto masculino 1, sino de la falta de interpelación discursiva por parte de las narrativas progresistas hacia aquellos varones que experimentan precariedad económica, desafección institucional y pérdida de estatus en los marcos normativos actuales.
1. Subhipótesis 1: Masculinidad y estatus.
Los jóvenes que manifiestan apoyo a VOX expresan sentimientos de pérdida o amenaza de estatus masculino, vinculados a la precarización laboral, la marginalidad educativa y la invisibilidad social.
2. Subhipótesis 2: Desafección institucional.
La adhesión política a la ultraderecha se ve favorecida por una percepción generalizada de abandono institucional, corrupción o inutilidad del sistema democrático, especialmente entre quienes han experimentado trayectorias de exclusión.
3. Subhipótesis 3: Homosociabilidad y voto performativo.
En contextos de fuerte homosociabilidad masculina (plazas, redes digitales, espacios deportivos o callejeros), el voto a VOX se produce como acto de reafirmación grupal más que como decisión individual, funcionando como performance identitaria compartida.
4. Subhipótesis 4: Narrativas simbólicas y antagonismo.
La construcción simbólica de enemigos culturales (como el feminismo, la migración o la izquierda institucional) actúa como mecanismo de cohesión identitaria y canalización del malestar en discursos de tipo reactivo o restaurador.
El presente estudio adopta un enfoque cualitativo interpretativo, orientado a explorar en profundidad las formas de subjetivación masculina precarizada en contextos urbanos marcados por la desigualdad. La elección de entrevistas en profundidad y grupos focales responde a la necesidad de captar la densidad simbólica, afectiva y narrativa que estructura las motivaciones políticas de los jóvenes votantes de VOX en barrios obreros. Estas técnicas permiten acceder no solo a lo que los sujetos dicen, sino a cómo lo dicen, en qué marcos emocionales y bajo qué relaciones de poder discursivo se expresan.
Dicho enfoque ha sido triangulado con datos socioeconómicos objetivos de los distritos de La Paz y Torrero (Zaragoza), obtenidos de fuentes como Ebrópolis y el Instituto Aragonés de Estadística, con el fin de contextualizar empíricamente la elección de la muestra y correlacionar los relatos individuales con condiciones estructurales como el desempleo juvenil, la renta media por hogar o la saturación de servicios públicos. Esta triangulación permite no solo validar los hallazgos, sino enriquecer el análisis desde una perspectiva situada que conecta las vivencias subjetivas con las dinámicas sociales más amplias.
El objetivo principal es analizar las representaciones de masculinidad que los jóvenes votantes construyen en relación con su entorno, sus frustraciones y el discurso político de VOX.
El estudio se propone alcanzar los siguientes objetivos específicos:
1. Analizar la dimensión simbólica del voto juvenil empobrecido a VOX desde una perspectiva de género, identificando cómo las representaciones de lo masculino configuran sentidos políticos y afectivos en contextos de precariedad.
2. Comprender las motivaciones emocionales, simbólicas e identitarias que estructuran dicho voto, atendiendo a cómo se articula una subjetividad política atravesada por la frustración, el resentimiento, la desafección institucional y el deseo de reconocimiento.
3. Explorar propuestas educativas y comunitarias que puedan revertir la atracción simbólica de la ultraderecha, especialmente mediante estrategias de pedagogía crítica, reconstrucción narrativa de las masculinidades y revalorización de los vínculos sociales.
La relevancia de este trabajo reside en su capacidad para ofrecer una explicación multidimensional del fenómeno del voto juvenil de extrema derecha, más allá del economicismo o la psicologización. La mirada sobre las masculinidades vulnerables permite iluminar un espacio simbólico-político clave para entender no solo el presente electoral, sino también las posibilidades futuras de intervención social desde el reconocimiento y la justicia.
En definitiva, se propone una mirada crítica, narrativa y simbólicamente sensible a un fenómeno que, si no se comprende en toda su complejidad, seguirá generando perplejidad y respuestas ineficaces desde los ámbitos progresistas y académicos.
R. W. Connell y Messerschmidt (2005) desarrolla el concepto de “masculinidad hegemónica” para referirse al modelo dominante de varón en un momento histórico determinado, caracterizado por la fuerza física, la autosuficiencia emocional, la capacidad de provisión económica y el control racional del entorno. Este modelo establece un ideal que no solo excluye a las mujeres, sino también a otros hombres que no encajan en esa narrativa de éxito masculino. Lo hegemónico, en este sentido, no es lo más común, sino lo más normativo: el referente que legitima el resto del orden de género.
A lo largo de las últimas décadas, diversos procesos estructurales han erosionado las condiciones que sostenían el ideal tradicional de masculinidad basado en el rol del varón proveedor. Entre estos factores se encuentran el desempleo de larga duración, especialmente entre jóvenes, la precarización de los trayectos laborales, la progresiva feminización de espacios públicos y profesionales, así como el debilitamiento del Estado del bienestar como garante de integración social (Fraser, 2013; McDowell, 2003; Standing, 2011). Estas transformaciones han desestabilizado el modelo hegemónico de masculinidad industrial-fordista, dejando a muchos hombres jóvenes de clase trabajadora en una posición ambigua: no logran alcanzar los estándares de éxito asociados a la masculinidad tradicional, pero tampoco disponen de referentes simbólicos sólidos que les permitan reconstruir su identidad en términos alternativos (Connell y Messerschmidt, 2005; Crewe, 2009; Skeggs, 2004). Esta tensión identitaria se convierte en un terreno fértil para malestares afectivos, resentimientos sociales y reacciones defensivas que, en algunos casos, se articulan políticamente a través de discursos autoritarios o excluyentes.
Según Kimmel (pág 16, 2013), esta frustración generada por la imposibilidad de cumplir con el ideal masculino puede derivar en lo que denomina “masculinidad herida”: una forma de subjetividad marcada por el resentimiento, la inseguridad y la restauración el poder perdido. En este contexto, las respuestas pueden ser múltiples: desde la retraída emocional hasta la adhesión a discursos autoritarios y nacionalistas que prometen devolver al varón su lugar en el mundo. Kimmel observa este fenómeno en contextos tan dispares como el supremacismo blanco estadounidense, los foros misóginos de internet o el apoyo a líderes populistas.
La masculinidad herida no debe entenderse como una experiencia individual o patológica, sino como una construcción social situada que emerge en contextos territoriales marcados por la desposesión material y el descrédito cultural. En barrios como La Paz y Torrero, donde confluyen altos niveles de desempleo juvenil, precariedad estructural y falta de proyección vital, los jóvenes varones no solo enfrentan dificultades económicas, sino que experimentan una exclusión simbólica respecto al modelo hegemónico de masculinidad, cada vez más asociado a la autosuficiencia, el éxito meritocrático y la competencia individual (Connell & Messerschmidt, 2005; McDowell, 2003).
Esta sensación de desplazamiento subjetivo y carencia de referentes identitarios legítimos se acentúa cuando los discursos institucionales y progresistas no ofrecen espacios de reconocimiento para estas trayectorias. Es precisamente en ese vacío simbólico donde los discursos restauradores de la ultraderecha encuentran terreno fértil: ofrecen una narrativa simplificada y emocionalmente eficaz que promete restituir estatus, pertenencia y orden perdido (Bridges & Pascoe, 2014; Farris, 2017; Hearn, 2020;).
Nancy Fraser (1995) distingue entre injusticias de redistribución —asociadas a la desigualdad en el acceso a recursos económicos y oportunidades materiales— e injusticias de reconocimiento —relativas a la devaluación, invisibilización o estigmatización cultural de ciertos colectivos. En el caso que aquí se analiza, los jóvenes varones de sectores populares en situación de exclusión enfrentan una doble forma de subordinación: por un lado, se encuentran en posiciones marginales dentro del mercado laboral y carecen de acceso estable a capitales económicos, lo que limita sus posibilidades de movilidad y participación plena en la vida social; por otro lado, experimentan una creciente deslegitimación simbólica de su identidad masculina dentro de ciertos discursos progresistas contemporáneos, especialmente aquellos en los que el feminismo ocupa un lugar central. Esta desautorización no se produce necesariamente de forma directa, pero es vivida por estos jóvenes como una pérdida de estatus cultural, una sospecha constante o una criminalización implícita de lo masculino en general, sin mediaciones ni matices.
Esta doble herida —redistributiva y de reconocimiento— genera un sentimiento de agravio subjetivo entre muchos jóvenes varones de sectores populares, cuyas experiencias de precariedad y deslegitimación simbólica no siempre encuentran canales de expresión dentro de los discursos progresistas contemporáneos. Cabe distinguir, sin embargo, entre el progresismo postmoderno, centrado en marcos identitarios, y la tradición materialista de la izquierda, con la que históricamente muchos hombres de clase obrera se han sentido identificados y representados. En el contexto actual2, la centralidad adquirida por el feminismo y otros movimientos identitarios dentro de las narrativas hegemónicas del progresismo ha desplazado, en parte, al discurso de clase como eje articulador de la acción política. Como resultado, algunos jóvenes perciben que no existe un espacio simbólico desde el cual reconstruir su autoestima o su sentido de pertenencia sin sentirse previamente culpabilizados. En ese marco, el feminismo —leído no en su pluralidad sino en versiones mediáticas o punitivas— es a veces interpretado no como un proyecto emancipador compartido, sino como un discurso que los responsabiliza monolíticamente de las violencias estructurales del patriarcado.
En este punto resulta útil recuperar el concepto de “resentimiento estructural” desarrollado por Rita Segato (2013), quien lo describe como una emoción colectiva que surge cuando ciertos grupos subalternizados internalizan su exclusión sin contar con herramientas narrativas o políticas para transformarla en lucha. En lugar de convertirse en conciencia crítica, el resentimiento se transforma en ira contra quienes perciben como responsables de su pérdida de estatus: feministas, migrantes, políticos “blandos”. Este resentimiento es estructural y tiene un origen históricamente rastreable en la forma en que las masculinidades vulnerables han sido gestionadas por el sistema social.
Si bien todos los partidos políticos contemporáneos operan en mayor o menor medida sobre la base de la polarización afectiva —esto es, la activación de emociones intensas como mecanismo de identificación política y construcción de antagonismos simbólicos (Iyengar et al., 2012; Mason, 2018)—, en este estudio se analiza específicamente cómo lo hace VOX. El discurso de este partido actúa como catalizador del resentimiento y el malestar que experimentan ciertos jóvenes varones en situación de precariedad. Más que ofrecer un programa racional o técnicamente elaborado, su propuesta se articula como una narrativa emocional que restituye al varón un lugar claro, estable y viril en un mundo percibido como incierto o amenazante. A través de símbolos identitarios, consignas simples y antagonismos bien definidos, VOX construye una identidad excluyente pero cohesionadora, que interpela eficazmente la necesidad de reconocimiento y pertenencia de estos jóvenes. Como ha señalado Wodak (2021), los discursos populistas de derecha apelan a emociones negativas —como el miedo, la ira o el resentimiento— para construir sentido común y movilizar afectos políticos. En este contexto, el discurso de VOX funciona como una respuesta afectiva más que ideológica ante un malestar difuso que no ha sido comprendido ni canalizado desde las narrativas progresistas dominantes.
Esta carencia de respuestas simbólicas por parte de los sectores progresistas explica, en parte, la eficacia política de la ultraderecha. Mientras la izquierda ha apostado por un modelo de interpelación abstracto, moralizante o tecnocrático, la ultraderecha ha logrado conectar con las emociones, miedos y aspiraciones de estos jóvenes, en especial su necesidad de ser vistos, escuchados y valorados.
Más allá de los modelos racionalistas del comportamiento electoral (Downs, 1957), el voto puede entenderse como una forma de expresión simbólica de pertenencia. En este sentido, apoyar a VOX puede leerse como un gesto de afirmación de una identidad masculina en crisis que busca reconocimiento frente a una sociedad percibida como hostil o indiferente.
Desde la perspectiva dramatúrgica de Erving Goffman —y como se ha desarrollado en Pérez Gallo (2015)—, las masculinidades hegemónicas no solo son construcciones culturales, sino representaciones sociales que requieren una continua validación a través de la performance. Los varones, especialmente aquellos adscritos a sectores sociales empobrecidos, encuentran en el voto a partidos de ultraderecha una “fachada personal” (Goffman, 1981) con la cual reafirmar públicamente una identidad endurecida, tradicional y viril. Visto desde la construcción de las identidades masculinas:
“Los hombres pertenecientes a las masculinidades hegemónicas (…) construyen en su vida cotidiana, consciente o inconscientemente, un personaje que socialmente impresione a sus semejantes y que legitime su estatus hegemónico” (Pérez Gallo, 2015, p. 36).
Aplicado al comportamiento electoral, esta lógica dramatúrgica implica que el acto de votar no es solo una decisión racional, sino una escena performativa donde se pone en juego un “yo idealizado” que busca aprobación simbólica. Tal como se evidenció en los grupos focales descritos en el artículo, esta performance se acompaña de rituales de homosocialización, sanción simbólica a quienes disienten, y una fuerte presión de grupo que moldea el comportamiento hacia una imagen estereotipada del “hombre fuerte, claro, anti-izquierda y sin dudas”.
El voto por VOX puede así entenderse como un acto dramatúrgico en el cual el sujeto proyecta hacia los demás (y hacia sí mismo) una imagen de fuerza, independencia y rechazo de lo “femenino”, lo “débil” o lo “progresista”. Esta teatralización del self se construye con utensilios simbólicos: “ropa”, “gestualidad”, “discursos” e incluso posicionamientos electorales. Como señala Goffman:
“Cuando ocurre un suceso disruptivo, la interacción en sí puede llegar a detenerse en un punto de confusión y desconcierto… y los participantes se encuentran en el seno de una interacción cuya situación había sido equivocadamente definida” (Goffman, 1981, citado en Pérez Gallo, 2015, p. 35).
En contextos como los barrios obreros o las periferias urbanas donde se ha observado un voto juvenil masculinizado hacia VOX (The Objective, 2023), el sufragio actúa como mecanismo de alineación identitaria. No se trata únicamente de una decisión electoral basada en programas o propuestas, sino de una afirmación simbólica de pertenencia a una comunidad imaginada de “hombres duros”, disciplinados, autosuficientes y leales. En este espacio de identificación, la masculinidad se convierte en el eje desde el cual se estructura la relación con lo político, y la práctica del voto deviene una expresión performativa de dicha identidad.
Este acto simbólico encuentra una clave analítica en el concepto de “control de impresiones” propuesto por Erving Goffman (1981), según el cual los sujetos gestionan activamente la imagen que proyectan en sus interacciones sociales. En el caso de estos jóvenes votantes, existe una teatralización constante de los valores tradicionales de género: orden, jerarquía, autoridad, disciplina. Votar por VOX no es simplemente una preferencia, sino una puesta en escena de una masculinidad que se percibe en riesgo de extinción, y que necesita reafirmarse públicamente ante sus pares.
En suma, el voto no solo es una elección racional ni un acto individual, sino un ritual de reafirmación identitaria masculina en entornos donde ser hombre se ha convertido en un terreno de disputa simbólica. Comprender esta dimensión performativa del sufragio es clave para diseñar estrategias educativas y políticas que disputen desde dentro —y no solo desde fuera— los códigos de reconocimiento que estructuran la acción política de los jóvenes varones empobrecidos.
El presente estudio adopta un enfoque cualitativo de orientación interpretativa, sustentado en los principios de la Teoría Fundamentada (Strauss & Corbin, 1998). Esta elección metodológica responde a la naturaleza del objeto de estudio: comprender cómo determinados jóvenes varones en contextos de exclusión social configuran sus orientaciones políticas no solo como decisiones racionales, sino como prácticas simbólicas atravesadas por afectos, identidades de género y experiencias de desposesión.
La teoría fundamentada permite generar categorías analíticas a partir de los datos empíricos, evitando imponer marcos conceptuales previos y facilitando una lectura inductiva de los significados que los propios actores atribuyen a su acción política. Este enfoque es especialmente pertinente en investigaciones que buscan captar la subjetividad situada, los procesos de interpretación social y la dinámica relacional que subyace a prácticas como el voto.
Para ello, se emplearon dos técnicas complementarias: entrevistas en profundidad y grupos focales, aplicadas en los barrios zaragozanos de La Paz y Torrero. Estas herramientas metodológicas permiten reconstruir las narrativas personales y colectivas de los jóvenes varones, explorar sus emociones políticas, y mapear los discursos a través de los cuales reconfiguran su pertenencia, su masculinidad y su vinculación (o rechazo) hacia las instituciones democráticas.
La investigación se desarrolló en tres fases complementarias: (1) diseño del protocolo de campo y criterios de muestreo, (2) realización de entrevistas en profundidad y grupos focales, y (3) análisis y codificación de los datos mediante el software Atlas.ti.
La muestra del estudio se compone exclusivamente de jóvenes varones españoles, residentes en los barrios de Torrero-La Paz y Las Fuentes (Zaragoza), con el objetivo de evitar sesgos de interpretación vinculados al eje étnico o nacional de pertenencia. La decisión metodológica de no incluir participantes de origen extranjero o migrante se fundamenta en la necesidad de aislar la variable “masculinidad precarizada en población autóctona” como objeto central del análisis. Incluir participantes de origen migrante habría introducido otras lógicas de exclusión —como el racismo estructural o el conflicto interétnico— que, si bien relevantes, no son el foco de este estudio. Dado que parte de la narrativa de VOX se construye precisamente sobre la oposición simbólica entre el “español olvidado” y el “otro beneficiado” (inmigrante, minoría), resultaba fundamental focalizar la muestra en jóvenes que se autoidentifican como españoles y se perciben como desposeídos dentro de su propio marco nacional, para así comprender con mayor precisión los mecanismos afectivos, simbólicos y políticos que vinculan masculinidad herida y adhesión a la ultraderecha.
El trabajo de campo se llevó a cabo entre noviembre del 2024 y abril de 2025 en dos barrios obreros históricamente marcados por procesos de desigualdad estructural, polarización residencial y estigmatización territorial: Torrero-La Paz y Las Fuentes, ambos con elevadas tasas de desempleo juvenil, servicios sociales sobrecargados y una renta media per cápita significativamente inferior a la media de Zaragoza. En concreto, Torrero-La Paz registra una renta neta media por persona de 13.425 euros, y Las Fuentes de 13.325 euros, frente a una media municipal de 15.368 euros, según datos de Ebrópolis (2023) (véase Figura 1).
Figura 1. Renta neta media anual por persona en Zaragoza

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de Ebrópolis (2023).
Si bien el objetivo central de este estudio es comprender las motivaciones simbólicas, identitarias y afectivas del voto juvenil masculino a VOX en contextos de exclusión, se ha optado por dar un peso analítico específico a la variable renta, no como único criterio explicativo, sino como indicador estructural de fondo que condiciona otras dimensiones de la vida social. El interés no reside tanto en explicar la conducta electoral exclusivamente a partir de los resultados agregados por barrio o de un perfil cerrado de votante, sino en explorar cómo las condiciones materiales de precariedad económica influyen en la construcción subjetiva de la masculinidad y el malestar político.
La renta media de los hogares no define por sí sola la exclusión juvenil, pero permite delimitar territorios donde se intersectan vulnerabilidades múltiples. En este sentido, su uso como marco contextual responde a dos razones principales:
1. Funciona como variable proxy para detectar concentraciones de desventaja estructural en los barrios seleccionados (Torrero-La Paz y Las Fuentes), donde también se registran altas tasas de paro juvenil, fracaso escolar y acceso limitado a recursos institucionales.
2. Permite vincular trayectorias biográficas individuales con estructuras sociales, sin reducir el análisis a resultados electorales agregados, que suelen invisibilizar las experiencias micro de los sujetos.
Reconocemos, no obstante, que variables como el nivel educativo, la situación laboral o el acceso a redes institucionales de apoyo son igualmente relevantes. Por ello, estos factores han sido integrados en la descripción cualitativa de la muestra y se analizan de forma cruzada con los discursos emergentes en entrevistas y grupos focales. Así, la renta no se concibe como variable explicativa aislada, sino como parte de un entramado de condiciones socioeconómicas que configuran el horizonte de expectativas, frustraciones y adhesiones simbólicas de estos jóvenes.
En relación con los resultados electorales de VOX en estos barrios, si bien no constituyen el foco principal del estudio, sí se incorporan como marco contextual cuantitativo que legitima la elección de los territorios investigados. La estrategia metodológica, centrada en las narrativas cualitativas, busca justamente complementar ese tipo de datos con una lectura en profundidad de las lógicas afectivas que estructuran la subjetividad política.
Esta estrategia de focalización territorial no responde solo a criterios de representatividad estadística, sino a la comprensión, ampliamente respaldada por estudios urbanos críticos (Wacquant, 2007; Subirats, 2011), de que los territorios concentran no solo carencias materiales, sino también climas afectivos, disposiciones simbólicas y matrices discursivas propias de las clases populares. Es precisamente en estos contextos donde el sufragio puede adquirir un carácter performativo, reactivo y simbólicamente cargado, como una forma de reclamar visibilidad, identidad y voz frente al orden percibido como excluyente.
Entrevistas en profundidad (n=10)
Se realizaron diez entrevistas semiestructuradas a jóvenes varones entre 18 y 24 años, residentes en los barrios señalados, que manifestaron haber votado o simpatizado con VOX. La muestra fue seleccionada a partir de una base de datos elaborada en una investigación anterior (Pérez Gallo, 2025), en la que se había recogido información sobre trayectorias educativas, laborales y posicionamiento ideológico. Las entrevistas se realizaron en espacios comunitarios o entornos informales escogidos por los propios participantes, fueron grabadas con su consentimiento, transcritas íntegramente y codificadas con enfoque inductivo siguiendo los principios de la Teoría Fundamentada.
Tabla 1. Perfil de participantes – Entrevistas en profundidad (n=10)
ID Entrevista |
Edad |
Barrio |
Nivel educativo |
Ocupación actual |
Situación laboral |
Situación habitacional |
Vinculación institucional |
Identificación política (auto-reporte) |
Entrev. 1 |
19 |
Las Fuentes |
ESO |
Repartidor Glovo |
Temporal precario |
Vive con madre y hermanos |
No vinculado |
Voto a VOX (2023) |
Entrev. 2 |
21 |
Torrero-La Paz |
Bachillerato incompleto |
Desempleado |
Parado de larga duración |
Comparte piso con amigos |
En búsqueda activa |
Simpatizante VOX |
Entrev. 3 |
22 |
Las Fuentes |
FP Medio (Electricidad) |
Camarero eventual |
Eventual sin contrato |
Vive con abuela pensionista |
No vinculado |
Voto a VOX (2023) |
Entrev. 4 |
18 |
Torrero-La Paz |
FP Básica (en curso) |
Estudiante |
No trabaja |
Vive con madre y padrastro |
Matriculado en FP |
Simpatizante VOX |
Entrev. 5 |
24 |
Las Fuentes |
FP Básica |
Albañil autónomo |
Autónomo precario |
Alquiler compartido |
No vinculado |
Voto a VOX (2023) |
Entrev. 6 |
20 |
Torrero-La Paz |
ESO |
Peón sin contrato |
Trabajo informal |
Vive con padre jubilado |
No vinculado |
Voto a VOX (2023) |
Entrev. 7 |
23 |
Las Fuentes |
Bachillerato |
Estibador eventual |
Eventual sin contrato |
Vive con pareja e hijo |
No vinculado |
Simpatizante VOX |
Entrev. 8 |
20 |
Torrero-La Paz |
FP Medio |
Estudiante / Camarero |
Parcial y en prácticas |
Vive con tíos |
En formación dual |
Simpatizante VOX |
Entrev. 9 |
24 |
Las Fuentes |
Bachillerato |
Conductor sin licencia |
Trabajo informal |
Habitación alquilada |
No vinculado |
Voto a VOX (2023) |
Entrev. 10 |
22 |
Torrero-La Paz |
FP Medio |
Desempleado |
Sin ingreso fijo |
Vive con madre y hermana |
Recibe ayuda social |
Voto a VOX (2023) |
Fuente: Elaboración propia. Grupos focales (n=2)
Tabla 2. Perfil general de participantes – Grupos focales (n=2 grupos, 15 jóvenes en total)
Grupo Focal |
Nº Participantes |
Rango de edad |
Barrio |
Ocupación principal |
Nivel educativo promedio |
Situación laboral común |
Rasgos compartidos clave |
Identificación política predominante |
GF1 |
8 |
19–26 |
Torrero-La Paz |
Desempleados, repartidores, albañiles |
ESO / FP Básica |
Precariedad laboral generalizada |
Solteros, sin hijos, varios viven con familia extensa |
6 de 8 simpatizan o votan VOX |
GF2 |
7 |
18–25 |
Las Fuentes |
Camareros, mozos, estudiantes de FP |
Bachillerato / FP Medio |
Empleo parcial / informal |
Jóvenes con bajos ingresos, vivienda compartida o familiar |
5 de 7 simpatizan o han votado |
Fuente: Elaboración propia
Tabla 3. Codificación cruzada: perfiles sociodemográficos × discursos políticos emergentes
D / Grupo |
Edad |
Nivel educativo |
Situación laboral |
Código: Desafección institucional |
Código: Masculinidad herida |
Código: Antifeminismo reactivo |
Código: Voto como performance identitaria |
Código: Restitución simbólica por VOX |
Entrev. 1 |
19 |
ESO |
Repartidor precario |
✓✓ |
✓✓✓ |
✓✓✓ |
✓✓✓ |
✓✓✓ |
Entrev. 2 |
21 |
Bachillerato inc. |
Parado larga duración |
✓✓✓ |
✓✓ |
✓✓ |
✓✓ |
✓✓ |
Entrev. 3 |
22 |
FP Medio |
Eventual sin contrato |
✓✓ |
✓✓ |
✓✓✓ |
✓✓ |
✓✓✓ |
Entrev. 4 |
18 |
FP en curso |
Estudiante |
✓ |
✓✓ |
✓ |
✓ |
✓ |
Entrev. 5 |
24 |
FP Básica |
Autónomo precario |
✓✓ |
✓✓✓ |
✓✓✓ |
✓✓✓ |
✓✓✓ |
Entrev. 6 |
20 |
ESO |
Informal (sin contrato) |
✓✓✓ |
✓✓✓ |
✓✓ |
✓✓ |
✓✓ |
Entrev. 7 |
23 |
Bachillerato |
Estibador eventual |
✓✓ |
✓✓ |
✓✓ |
✓✓ |
✓✓ |
Entrev. 8 |
20 |
FP Medio |
Estudiante / parcial |
✓ |
✓✓ |
✓✓ |
✓ |
✓ |
Entrev. 9 |
24 |
Bachillerato |
Trabajo informal |
✓✓✓ |
✓✓✓ |
✓✓ |
✓✓✓ |
✓✓✓ |
Entrev. 10 |
22 |
FP Medio |
Parado |
✓✓ |
✓✓✓ |
✓✓ |
✓✓ |
✓✓ |
GF1 |
— |
ESO / FP Básica |
Desempleo / precarios |
✓✓✓ |
✓✓✓ |
✓✓✓ |
✓✓✓ |
✓✓✓ |
GF2 |
— |
FP Medio |
Parcial / informal |
✓✓ |
✓✓ |
✓✓ |
✓✓ |
✓✓ |
Leyenda de codificación:
• ✓ = mención presente
• ✓✓ = presencia significativa (2+ citas relevantes)
• ✓✓✓ = presencia dominante (tema recurrente en el discurso)
Fuente: Elaboración propia
Además, se organizaron dos grupos focales, uno en cada barrio, con un total de 15 participantes. El muestreo fue de tipo teórico y se seleccionaron varones jóvenes según tres criterios: (1) edad entre 18 y 30 años, (2) residencia en el barrio al menos durante los últimos cinco años, y (3) experiencia compartida de precariedad educativa, laboral o habitacional. Estas sesiones permitieron explorar la dimensión performativa y colectiva de los discursos sobre masculinidad, política y pertenencia, así como observar la circulación de sentidos comunes y códigos afectivos compartidos. Los grupos se desarrollaron en centros sociales locales, con sesiones de 90 minutos moderadas por el investigador principal y una asistente de campo.
Las categorías emergentes del análisis se organizaron en torno a tres ejes analíticos principales:
1. Percepciones de la masculinidad: discursos sobre el deber ser del hombre, homosociabilidad, rechazo a lo femenino y virilidad defensiva.
2. Experiencias de precariedad: relatos de exclusión del mercado laboral, frustración educativa y dependencia económica.
3. Relación con el discurso de VOX: afinidades simbólicas con el discurso de orden, autoridad y nacionalismo excluyente
Lectura analítica preliminar:
• La masculinidad herida y el antifeminismo reactivo aparecen con mayor intensidad en jóvenes con nivel educativo bajo y trayectorias laborales discontinuas.
• El código desafección institucional es dominante en desempleados o trabajadores informales (Entrev. 2, 6, 9 y GF1).
• La performance identitaria del voto es más frecuente entre quienes viven en homosociabilidad intensa (colectivos, cuadrillas, convivencia juvenil), especialmente en los grupos focales.
• La restitución simbólica por VOX aparece como un efecto discursivo transversal, incluso en quienes no han votado pero simpatizan.
El análisis cualitativo de las entrevistas en profundidad y los grupos focales, codificados mediante el software Atlas.ti, permitió identificar cuatro núcleos temáticos emergentes, interrelacionados entre sí y articulados en torno a experiencias de precariedad, género e identificación simbólica con el discurso de la extrema derecha. A continuación, se presentan y discuten dichos hallazgos, integrando tanto los discursos de los participantes como marcos teóricos que ayudan a comprender los patrones recurrentes de significación.
Una de las categorías más recurrentes en la codificación fue la vivencia de la masculinidad como un rol deslegitimado y en crisis. En más del 80 % de las entrevistas, los jóvenes expresaron una percepción de haber “fallado” en cumplir con los mandatos tradicionales de proveedor, independencia y control emocional. La frase de Jorge (22 años, Torrero) lo resume de manera paradigmática:
“Ya no vales si no tienes curro ni coche, ni puedes pagar nada.” (sic)
Esta pérdida de referentes masculinos viables se traduce en sentimientos de frustración, humillación simbólica y baja autoestima, lo que refuerza la búsqueda de narrativas compensatorias. En términos de Goffman (1981), se evidencia una disociación entre el “self idealizado” y el “self experimentado”, provocando tensiones internas que se despliegan en la interacción social a través de performances de endurecimiento, cinismo o agresividad simbólica.
Desde la perspectiva de Connell y Messerschmidt (2005), podríamos decir que estos jóvenes experimentan una crisis de la masculinidad hegemónica sin poder transitar hacia formas de masculinidad alternativa, lo que da lugar a una subjetividad bloqueada. La masculinidad, en este contexto, opera como una promesa rota: un relato social que les ofrecía un lugar de centralidad simbólica a cambio de cumplir ciertos requisitos (empleo, autonomía, capacidad de liderazgo) que ya no están al alcance.
Además, la falta de herramientas para elaborar simbólicamente esta pérdida desemboca en un sentimiento de “orfandad identitaria”. La masculinidad no solo está en crisis, sino que aparece como una estructura sin sustituto3. Esta vivencia no se articula necesariamente como una conciencia crítica, sino como una forma de dolor silencioso que encuentra eco en discursos que ofrecen restauración y orden. VOX, en este sentido, aparece como un proveedor de relatos claros, de mapas afectivos donde el varón vuelve a tener un lugar protagónico y reconocido. Podemos afirmar que Vox instrumentaliza políticamente el “vacío identitario de género” usando de forma más eficaz que sus competidores políticos (muy eficaz) las redes sociales y las nuevas tecnologías.
En varios testimonios recogidos, este desplazamiento simbólico se vivencia también como una exclusión desde los propios entornos institucionales. Uno de los entrevistados afirmaba: “En el instituto te dicen que todos somos iguales, pero luego todo es para las tías, los inmigrantes o los listillos. Nosotros, nada.” (sic) Este tipo de discursos revela una percepción de injusticia desde el resentimiento, en el sentido que Segato (2013) define como una emoción estructuralmente determinada por la falta de mecanismos para politizar el malestar.
Por tanto, esta lucha en torno a la masculinidad no debe entenderse como un proceso meramente individual o psicológico, sino como una disputa simbólica colectiva que atraviesa el cuerpo social, los territorios y las relaciones cotidianas. Concebirla desde esta perspectiva permite superar las lecturas simplificadoras que interpretan el voto juvenil a la ultraderecha exclusivamente como una respuesta emocional, desinformada o reactiva. En cambio, se propone analizarlo como una práctica con dimensión performativa, afectiva y comunitaria, que expresa una búsqueda de sentido, pertenencia y reconocimiento en contextos marcados por la precariedad y el desplazamiento identitario. Esta aproximación permite abrir el campo de lo político hacia formas de subjetivación que no se explican únicamente por variables racional-instrumentales, sino por estructuras de afecto, exclusión simbólica y deseo de visibilidad social.
VOX no es percibido principalmente como una plataforma programática, sino como una atmósfera afectiva que restituye el orgullo masculino(español). La mayoría de los entrevistados valoró el tono confrontacional del partido, su rechazo al lenguaje políticamente correcto y su representación de una virilidad “clara y sin complejos”. Como expresó Rubén (26 años, barrio de La Paz):
“Ellos al menos no se arrastran, dicen las cosas como son.” (sic)
En la codificación, se identificaron etiquetas como “valentía”, “decir la verdad” y “ser hombre de verdad”, frecuentemente asociadas al discurso de VOX. Esta identificación no se fundamenta en una lectura racional del programa, sino en lo que Ahmed (2004) denomina afiliación afectiva, donde el sujeto se siente emocionalmente alineado con un discurso que canaliza su rabia, miedo y resentimiento.
La performance electoral, en este sentido, se convierte en lo que Goffman (1981) denomina un “acto moral”: una práctica que permite al sujeto recuperar dignidad en un entorno donde otros espacios de validación simbólica —como el trabajo, la familia o la escuela— han colapsado. A través del voto, el joven se reposiciona como sujeto activo, agente de orden, defensor de una identidad masculina que considera legítima y amenazada.
Una de las categorías más recurrentes en la codificación fue la vivencia de la masculinidad como un rol deslegitimado y en crisis. En más del 80 % de las entrevistas, los jóvenes expresaron una percepción de haber “fallado” en cumplir con los mandatos tradicionales de proveedor, independencia y control emocional. La frase de Jorge (22 años, Torrero) lo resume de manera paradigmática:
“Ya no vales si no tienes curro ni coche, ni puedes pagar nada.” (sic)
Esta pérdida de referentes masculinos viables se traduce en sentimientos de frustración, humillación simbólica y baja autoestima, lo que refuerza la búsqueda de narrativas compensatorias. En términos de Goffman (1981), se evidencia una disociación entre el “self idealizado” y el “self experimentado”, provocando tensiones internas que se despliegan en la interacción social a través de performances de endurecimiento, cinismo o agresividad simbólica.
Desde la perspectiva de Connell y Messerschmidt (2005), podríamos decir que estos jóvenes experimentan una crisis de la masculinidad hegemónica sin poder transitar hacia formas de masculinidad alternativa, lo que da lugar a una subjetividad bloqueada. La masculinidad, en este contexto, opera como una promesa rota: un relato social que les ofrecía un lugar de centralidad simbólica a cambio de cumplir ciertos requisitos (empleo, autonomía, capacidad de liderazgo) que ya no están al alcance.
Además, la falta de herramientas para elaborar simbólicamente esta pérdida desemboca en un sentimiento de orfandad identitaria. La masculinidad no solo está en crisis, sino que aparece como una estructura sin sustituto. Esta vivencia no se articula necesariamente como una conciencia crítica, sino como una forma de dolor silencioso que encuentra eco en discursos que ofrecen restauración y orden. VOX, en este sentido, aparece como un proveedor de relatos claros, de mapas afectivos donde el varón vuelve a tener un lugar protagónico y reconocido.
En varios testimonios recogidos, este desplazamiento simbólico se vivencia también como una exclusión desde los propios entornos institucionales4. Uno de los entrevistados afirmaba: “En el instituto te dicen que todos somos iguales, pero luego todo es para las tías, los inmigrantes o los listillos. Nosotros, nada.” (sic) Este tipo de discursos revela una percepción de injusticia desde el resentimiento, en el sentido que Segato (2013) define como una emoción estructuralmente determinada por la falta de mecanismos para politizar el malestar.
Por tanto, esta lucha por la masculinidad no es solo individual ni psicológica: se trata de una disputa simbólica que atraviesa el cuerpo social, los territorios y las relaciones cotidianas. Entenderla desde esta perspectiva permite desmontar los marcos que reducen el voto de estos jóvenes a un simple acto de ignorancia o reacción, mostrando en cambio su carácter performativo, afectivo y comunitario.
Este tipo de alineación grupal refuerza lo que podríamos llamar una “hegemonía microterritorial del género”: una normatividad masculina que se impone no desde el aparato del Estado, sino desde las relaciones interpersonales, los códigos barriales y las dinámicas simbólicas cotidianas. La ultraderecha, con su apelación a la autoridad, la fuerza y el orgullo nacional, ofrece un lenguaje político fácilmente traducible a estas claves culturales, mucho más que las propuestas progresistas, que suelen quedar atrapadas en registros abstractos o moralizantes.
Una de las categorías más destacadas en el análisis fue la percepción del feminismo no como un movimiento emancipador, sino como una fuerza normativa que “cancela” o reprime la identidad masculina. Esta narrativa se expresó reiteradamente en los grupos focales y entrevistas, y fue codificada bajo etiquetas como “prohibiciones nuevas”, “miedo a hablar”, “censura feminista” o “guerra de géneros”. Un participante del grupo focal de Torrero sintetizó este malestar del siguiente modo:
“Ahora todo es machismo (…). Nos quieren callados. (sic)”
Este tipo de discurso no debe ser leído de manera superficial como mera ignorancia o machismo explícito, sino como una respuesta simbólicamente defensiva a un entorno social que se percibe como hostil hacia los varones, especialmente aquellos que no encajan en los nuevos códigos del capital cultural progresista. Desde la perspectiva de muchos de estos jóvenes, el feminismo contemporáneo y lo que ellos agrupan bajo la etiqueta peyorativa de ideología woke representan un nuevo orden moral excluyente, que no solo deslegitima prácticas antiguas, sino que redefine la virilidad misma como un problema o una patología.
En este sentido, la reacción no se dirige solo contra políticas concretas de igualdad, sino contra una transformación más profunda de los imaginarios sociales, en la que las emociones, los deseos y las expresiones de género pasan a estar sujetos a una vigilancia simbólica intensa. Esta percepción alimenta un sentimiento de desplazamiento que conecta directamente con lo que Michael Kimmel (2013) denomina “masculinidades reactivo-defensivas”: formas de identidad masculina que emergen como respuesta al cuestionamiento del orden patriarcal, y que encuentran refugio en discursos autoritarios, nacionalistas o antifeministas.
VOX capitaliza esta narrativa al presentarse como baluarte de una masculinidad tradicional asediada. Su discurso no necesita ser sofisticado: basta con ofrecer una posición clara frente a lo que perciben como un “exceso” de derechos ajenos (de mujeres, migrantes, colectivos LGTBI+), que irónicamente sienten que ocurre a costa de su propia invisibilidad. En este marco afectivo, el feminismo no aparece como un movimiento de justicia, sino como una instancia de censura, burla o desprecio hacia los varones de clase trabajadora.
Esta percepción del feminismo como “censura” es sumamente peligrosa para la sociedad zaragozana en particular, y para la española en general. ¿Por qué? Pues debido a que genera una paradoja ideológica: muchos jóvenes varones de clase trabajadora votan por partidos como VOX creyendo defender sus derechos como hombres, cuando en realidad están renunciando a los instrumentos históricos de protección y organización de su clase. En lugar de reivindicar derechos laborales, salariales o sindicales, articulan su acción política en torno a una identidad masculina agraviada, lo que reproduce una lógica de reconocimiento sin redistribución. Se configura así una contradicción estructural: la defensa de una virilidad herida desplaza la conciencia de clase, transformando la lucha colectiva en una demanda simbólica de restauración patriarcal. Esto evidencia la necesidad de que los proyectos progresistas reintegren las subjetividades masculinas precarizadas sin caer en discursos moralizantes o excluyentes. Así, la política progresista, al no ofrecer formas de inclusión simbólica para estas subjetividades heridas, queda asociada a una narrativa moralizante que exacerba aún más el resentimiento.
Como se observa en los testimonios recogidos, la crítica al feminismo funciona como una válvula de escape emocional, pero también como una forma de reafirmación comunitaria: criticar lo woke o ironizar sobre el feminismo se convierte en una práctica de homosociabilidad masculina, en un ritual de pertenencia grupal en el que se reconstituye simbólicamente el orgullo viril. Esta respuesta, aunque reaccionaria, no debe interpretarse como irracional: expresa una necesidad real de reconocimiento y pertenencia que la izquierda contemporánea, muchas veces atrapada en un lenguaje de superioridad moral, ha sido incapaz de disputar.
La precariedad estructural (tanto material como simbólica) de los jóvenes entrevistados se traduce en una profunda desafección hacia la política institucional. Las expresiones más frecuentes fueron de tono cínico o fatalista: “Nadie te ayuda, todos son iguales” (sic), “la izquierda habla mucho, pero no hace nada” (sic), “mejor uno que te diga las cosas en la cara” (sic). Estas frases condensan una percepción compartida de abandono por parte de las élites políticas, en la que el desencanto con la democracia representativa se entrelaza con una sensación de irrelevancia social.
En este clima de vacío simbólico, VOX no aparece como una solución programática ni como una opción ideológica coherente, sino como un mecanismo de interpelación emocional. En palabras de uno de los entrevistados:
“Por lo menos cabrean a los que nos cabrean a nosotros.” (sic)5
Esta lógica de voto (aparentemente contradictoria) responde a una racionalidad afectiva donde el sufragio no busca mejorar las condiciones materiales, sino castigar simbólicamente a aquellos que se perciben como enemigos culturales. Aquí, el voto se configura como una performance de antagonismo, un gesto dramático de afirmación del self ante un público imaginado, según el enfoque dramatúrgico de Goffman (1981). Esta acción simbólica, aunque no racional en el sentido clásico6, restablece momentáneamente el control de la escena, invistiendo al sujeto de una agencia ilusoria pero emocionalmente reparadora.
Este tipo de conducta se vincula con lo que Pierre Bourdieu (1999) denominó “estrategias de deserción simbólica”: cuando los sujetos, sin capital político efectivo, optan por expresar su posición desde el rechazo a todo el campo político, recurriendo incluso a opciones que no defienden sus intereses objetivos. Se trata de un voto que no representa una identificación política clara, sino una escenificación emocional del desencanto, del cinismo como escudo y del desprecio como forma de mantener la dignidad.
Además, esta forma de votar se inscribe en una lógica postpolítica donde los códigos emocionales sustituyen a los ideológicos. VOX, con su lenguaje directo, agresivo y binario, ofrece un tipo de comunicación que se alinea perfectamente con las emociones crudas que atraviesan a estos jóvenes: rabia, vergüenza, frustración, y deseo de reconocimiento. En este sentido, el partido actúa como un “catalizador simbólico” más que como una opción racional, permitiendo a los votantes dramatizar su insatisfacción sin necesidad de articular propuestas.
Este fenómeno también ilustra una profunda mutación en las formas de acción política juvenil: ya no se trata de “militar” o “organizarse”, sino de “expresarse” y “sentir”. La política se estetiza, se vuelve emocional, y el voto se transforma en una herramienta expresiva más que en una estrategia racional7. En este marco, la izquierda, con su exceso de tecnocracia o su retórica abstracta, se muestra incapaz de competir en el terreno emocional donde se está librando la verdadera disputa: el de las heridas de clase no reconocidas y la identidad masculina herida que busca venganza, más que justicia.
En el siguiente Figura de frecuencias codificadas generado con Atlas.ti, se observan las categorías más recurrentes en los discursos analizados:
La Figura 2 muestra la frecuencia con la que emergieron cinco categorías clave durante el análisis cualitativo de las entrevistas y grupos focales codificados con Atlas.ti. La categoría con mayor número de apariciones es “Precariedad” (31 menciones), lo que refleja el peso central que tienen las condiciones materiales de vida —desempleo, falta de expectativas y dependencia económica— en la configuración subjetiva de los entrevistados.
Figura 2. Frecuencia de aparición de categorías (codificación Atlas.ti)

Fuente: Elaboración Propia.
Le sigue “Masculinidad herida” (28 menciones), una categoría que agrupa sentimientos de frustración, pérdida de estatus y percepción de inutilidad asociada a la imposibilidad de cumplir con el mandato tradicional del varón proveedor. Esta masculinidad en crisis opera como un eje transversal que resignifica tanto las experiencias personales como las opciones políticas.
La categoría “Desafección política” (26 menciones) evidencia un clima generalizado de cinismo y desencanto hacia los partidos tradicionales, percibidos como distantes o moralizantes. En ese contexto de vacío simbólico, “Anti-feminismo” (25 menciones) aparece como un discurso de resistencia simbólica que redefine el malestar estructural como una batalla cultural. Esta categoría refleja cómo el feminismo es vivido, no como una demanda de justicia, sino como una amenaza a la identidad masculina.
Por último, “Orden” (21 menciones) remite a la valorización de discursos autoritarios, claros y binarios. VOX es identificado por muchos jóvenes como el único actor político que, desde su tono viril y su apelación al orden, expresa sin ambages su frustración.
Este patrón de frecuencias revela que el voto juvenil empobrecido hacia la extrema derecha no se explica solo por variables racionales o ideológicas, sino por un entrelazamiento de precariedad, crisis identitaria y narrativas afectivas de orden y pertenencia. El análisis confirma que estas categorías no operan de forma aislada, sino que se retroalimentan en un marco de performatividad masculina defensiva.
Uno de los hallazgos más significativos del análisis de los datos recopilados es que la masculinidad emerge como un eje transversal que estructura simbólicamente el sentido del voto. Esta masculinidad no es hegemónica en el sentido clásico, sino precarizada, desplazada, constantemente interpelada por relatos sociales que la deslegitiman o la caricaturizan. Muchos de los jóvenes entrevistados perciben que ya no se les reconoce un lugar en el orden social: ni como proveedores, ni como protectores, ni como sujetos dignos de cuidado. Desde esta herida, el discurso de VOX aparece como una narrativa restauradora, donde se les devuelve agencia, orgullo y una promesa simbólica de orden.
En este contexto, las narrativas progresistas, lejos de ofrecer un espacio inclusivo para estas masculinidades vulnerables, han contribuido (quizás involuntariamente) a su marginación simbólica. Bajo la influencia de marcos discursivos como el llamado “marxismo cultural” (frecuentemente utilizado por la derecha como concepto caricaturesco para describir las luchas feministas, antirracistas y de diversidad sexual), la izquierda ha adoptado a menudo una postura punitiva o moralizante frente a lo masculino. Se ha tendido a vincular lo masculino exclusivamente con el privilegio, sin distinguir entre masculinidades dominantes y subordinadas.
Este enfoque ha tenido consecuencias concretas: muchos jóvenes varones de clase trabajadora no solo no se sienten representados por las izquierdas, sino que las perciben como espacios hostiles, que les culpan de los males sociales sin ofrecerles alternativas identitarias viables. Esta exclusión simbólica ha sido estratégicamente capitalizada por la extrema derecha, que ofrece una identidad masculina de reemplazo: desafiante, ordenadora, supuestamente valiente.
El análisis de codificación con Atlas.ti muestra cómo las categorías de “masculinidad herida”, “anti-feminismo”, “orden” y “desafección política” aparecen de forma conjunta en un alto porcentaje de testimonios. Lejos de tratarse de un fenómeno puntual, esto indica un patrón estructurado de interpretación política desde el género, donde el voto no se emite como una simple elección electoral, sino como una afirmación performativa de identidad en un escenario simbólicamente hostil.
Así, el voto a VOX puede leerse como un grito desde la periferia emocional de lo masculino: no como una adhesión doctrinal, sino como una búsqueda de reconocimiento en un mundo que parece haberles retirado todo. Este hallazgo interpela directamente a las estrategias discursivas de la izquierda, que deberán repensar sus formas de interpelación si desean reconectar con estos sujetos sin caer en el esencialismo ni en la condescendencia.
Este estudio sugiere que el voto a VOX entre jóvenes empobrecidos no es irracional ni simplemente reaccionario, sino una forma de respuesta simbólica a una crisis múltiple: económica, afectiva, identitaria y territorial. Lejos de la patologización mediática o del desprecio elitista, el comportamiento electoral de estos sectores puede comprenderse mejor desde una sociología del malestar, enraizada en la experiencia encarnada de la precariedad y la exclusión. El sufragio se configura entonces como un acto performativo, una afirmación de existencia ante un orden percibido como ajeno o indiferente.
Tal como ha señalado Pérez Gallo (2025) en su artículo “El voto que duele: entre la esperanza frustrada y la rabia convertida en trampa”, el voto a la ultraderecha no es una decisión puramente ideológica, sino una forma de canalizar la rabia, el cansancio y el hartazgo de quienes sienten que ya no les queda nada que perder. En sus palabras: “VOX ha sabido construir una atmósfera emocional que da nombre al malestar, lo codifica en clave de orgullo, orden y virilidad, y lo devuelve en forma de identidad política” (Pérez Gallo, 2025).
Esta interpretación se alinea con el enfoque dramatúrgico de Goffman (1981), según el cual las personas gestionan su identidad mediante actuaciones simbólicas dirigidas a un público. En contextos de marginación, el voto puede entenderse como una performance de reafirmación masculina: un gesto escénico que busca restaurar la autoestima y el sentido de pertenencia. El discurso de VOX, con su apelación al “hombre fuerte”, al orden perdido y a una supuesta autenticidad popular, actúa como un “significante vacío” (Laclau, 2005) que condensa malestares difusos y fragmentados.
El análisis de las entrevistas y grupos focales revela que muchos jóvenes votantes de VOX no se identifican plenamente con su programa, sino con su tono, su estilo y su disposición a desafiar los códigos del discurso progresista. Frases como “al menos dicen lo que piensan” o “no se arrastran” reflejan una valoración estética y emocional, más que racional o programática. Es lo que Ahmed (2004) denomina una “economía afectiva de la política”, donde los cuerpos se alinean con narrativas que prometen reconocimiento y dignidad.
En este marco, el feminismo aparece a menudo como un “enemigo simbólico”, una figura que encarna la pérdida del privilegio masculino y la amenaza a la identidad viril. Las críticas al lenguaje inclusivo, la ley de violencia de género o la supuesta “censura” de las emociones masculinas se activan como marcadores de resistencia simbólica. VOX no solo recoge estas quejas, sino que las refuerza y las estetiza, transformándolas en un relato de recuperación del orden perdido.
Las masculinidades, en este contexto, operan como un campo de batalla simbólico. La masculinidad tradicional —heteronormativa, autoritaria, productivista— es percibida por estos jóvenes como asediada, cuestionada o desvalorizada. Frente a ello, VOX ofrece una narrativa restauradora que, lejos de problematizar el género, lo esencializa. Presenta al “hombre de verdad” como víctima de un sistema feminizado que lo invisibiliza y como héroe potencial de un relato nacionalista, viril y redentor. Se trata de una masculinidad defensiva, herida, pero movilizada políticamente a través de símbolos de autoridad, respeto y control.
Este tipo de subjetivación masculina se articula con lo que Connell (1997) definió como “masculinidad hegemónica”, es decir, aquella forma dominante de ser varón que legitima la subordinación de otras masculinidades y de las mujeres. En situaciones de pérdida de estatus social y material, dicha hegemonía se transforma en nostalgia de poder, y esa nostalgia es instrumentalizada políticamente. La promesa implícita del discurso ultraderechista no es solo recuperar empleo o seguridad, sino restaurar una posición simbólica de centralidad masculina.
Frente a esto, la izquierda ha fallado en disputar este campo simbólico. Al centrarse exclusivamente en los discursos de justicia social desde marcos moralizantes o pedagógicos, ha abandonado el terreno de la identificación popular masculina. Esta retirada simbólica ha dejado un vacío que la ultraderecha ha ocupado con eficacia, articulando una narrativa de orgullo herido, virilidad despojada y redención colectiva. Como señala nuevamente Pérez Gallo (2025), “el problema no es solo de qué se habla, sino desde dónde y con qué tonalidad afectiva se enuncia”.
Repensar las estrategias progresistas implica rearticular formas de reconocimiento y dignidad masculina que no se fundamenten en la exclusión del otro. Es necesario imaginar horizontes identitarios donde ser hombre no implique dominar, callar, competir o poseer. Proyectos políticos que integren la fragilidad, el cuidado, la cooperación y la vulnerabilidad como valores deseables también para los varones. El desafío es profundo: implica desmontar el binarismo entre masculinidad hegemónica y pérdida, y ofrecer narrativas capaces de alojar a los varones en procesos de transformación, sin excluirlos ni victimizarse por su dolor.
La masculinidad, en tanto construcción social, es un campo en disputa. Y si la izquierda no se atreve a nombrarla, a interpelarla y a transformarla desde claves afectivas y materiales, la ultraderecha seguirá haciéndolo en clave restauradora, con todas las consecuencias sociales que ello implica. Este estudio no pretende ofrecer una receta electoral, sino una invitación a mirar más allá de las superficies ideológicas y adentrarse en los territorios emocionales y simbólicos donde se gesta el voto.
Este estudio partía de la hipótesis de que el apoyo de determinados jóvenes varones en situación de exclusión social a VOX no se explica únicamente por motivaciones ideológicas, sino como una forma de respuesta simbólica y afectiva a la precariedad estructural, la deslegitimación de referentes masculinos y la falta de reconocimiento por parte de los discursos progresistas.
Los hallazgos empíricos confirman en buena medida esta hipótesis. Las entrevistas y grupos focales realizados evidencian que la opción por VOX no es percibida como una decisión meramente racional ni programática, sino como una performance identitaria que reconfigura el malestar en términos de orgullo, orden y restauración simbólica del estatus perdido. El voto se presenta como una forma de narrarse a sí mismos ante un entorno que sienten adverso y que no les ofrece relatos alternativos de pertenencia ni dignidad.
A su vez, la investigación constata que la masculinidad precarizada actúa como un eje estructurante del comportamiento político, pero no de manera aislada: se intersecta con la desafección institucional, la desconfianza en las élites políticas y el resentimiento cultural. En este sentido, VOX se inserta con eficacia en un vacío narrativo no ocupado por la izquierda contemporánea, particularmente en su versión postidentitaria, que ha desplazado el eje de clase y ha tendido a estigmatizar ciertas formas de masculinidad sin ofrecer alternativas simbólicas viables.
Durante el trabajo de campo se presentaron diversas dificultades. En la investigación original la accesibilidad al perfil específico de jóvenes varones simpatizantes de VOX requirió recurrir a redes informales y a la intermediación de agentes comunitarios, dado el carácter estigmatizante del objeto de estudio. Muchos participantes manifestaron desconfianza inicial, especialmente ante preguntas sobre género o política.
Asimismo, se tuvo que acotar la muestra exclusivamente a población española para evitar que la variable origen introdujera un sesgo étnico que desdibujara el foco analítico centrado en la masculinidad autóctona precarizada. Esta decisión implicó dejar fuera experiencias migrantes que, si bien relevantes, requerirían un diseño de investigación distinto.
El uso de técnicas cualitativas (entrevistas y grupos focales) permitió captar la densidad subjetiva de los discursos, pero exigió procesos cuidadosos de interpretación para no caer en sobredeterminaciones ni en idealizaciones del discurso juvenil.
1. La identidad de género opera como una estructura simbólica del voto.
El género no debe ser entendido como una variable demográfica pasiva, sino como un marco de sentido desde el cual se interpreta el mundo político. La masculinidad, especialmente en su forma herida o periférica, se convierte en una clave para comprender la atracción por discursos autoritarios que prometen orden, centralidad y reconocimiento.
2. La masculinidad precaria se alinea con narrativas restauradoras.
En un contexto de incertidumbre estructural y afectiva, muchos jóvenes encuentran en la ultraderecha un lenguaje emocional que les devuelve agencia, dignidad y visibilidad. Esta identificación simbólica no puede explicarse solo en términos de ignorancia o desinformación, sino como una búsqueda de sentido en un campo político que no los interpela.
3. Los discursos progresistas han fallado en incluir a los varones vulnerables.
La pedagogía política actual no ha sabido integrar las emociones de pérdida, rabia o resentimiento de estos jóvenes en marcos emancipadores. Más que reforzar la denuncia o el reproche, es necesario ofrecer alternativas simbólicas y materiales que permitan imaginarse como sujetos dignos en proyectos democráticos inclusivos.
A partir de estos hallazgos, se proponen las siguientes líneas de acción:
1. Educación emocional con perspectiva de género:
Integrar en los programas formativos el trabajo con emociones masculinas (culpa, rabia, miedo, frustración), no desde la patologización, sino desde su reconocimiento como terreno legítimo para el cambio.
2. Narrativas alternativas de masculinidad:
Visibilizar relatos de varones que ejercen cuidado, vulnerabilidad, cooperación y crítica a los mandatos de dureza. Esto implica mostrar que existen otras formas de ser hombre posibles y socialmente valiosas.
3. Pedagogías de la escucha:
Crear espacios seguros donde los jóvenes puedan verbalizar su malestar sin ser automáticamente culpabilizados. La escucha activa y no punitiva es condición de posibilidad para cualquier transformación educativa o política.
4. Alfabetización mediática y simbólica:
Enseñar a leer críticamente las narrativas que circulan en redes, medios y discursos políticos. Desmontar las simplificaciones binarias (hombre-víctima / feminismo-enemigo) es clave para recuperar el sentido complejo del conflicto social.
5. Trabajo comunitario intergeneracional:
Fomentar encuentros entre hombres de distintas edades donde compartir trayectorias, miedos y aprendizajes. Esto rompe el aislamiento político-afectivo que facilita la captación por discursos autoritarios.
6. Formación docente continua en masculinidades:
Capacitar a educadores y trabajadores sociales para que entiendan la dimensión emocional del género y puedan intervenir sin reforzar estigmas ni reproducir esquemas punitivos.
• Estudios comparativos rural–urbano: para analizar cómo varían las performances de masculinidad y los marcos simbólicos del voto según el territorio.
• Enfoques interseccionales: incorporar clase, edad, género, orientación sexual y pertenencia cultural para matizar la comprensión de subjetividades políticas juveniles.
• Evaluación de impacto de intervenciones educativas: investigar cómo programas de educación emocional y de género inciden en la reducción del apoyo a discursos excluyentes.
• Investigaciones longitudinales: seguir las trayectorias de identificación política de jóvenes varones empobrecidos a lo largo del tiempo, observando cambios, rupturas y desplazamientos narrativos.
El desafío que aquí se plantea no es únicamente electoral o ideológico. Es simbólico, educativo y afectivo. Requiere disputar el sentido de lo masculino en los espacios donde hoy se juega con frustración, se calla con vergüenza o se vota con rabia. Como sugiere Pérez Gallo (2025), no basta con decirles a los jóvenes que están equivocados; hay que aprender a escuchar lo que duele en su voto y acompañarlos en la construcción de relatos nuevos, donde ser hombre no implique excluir, temer o dominar, sino simplemente poder ser de otra manera.
Agradecimientos a la Catedrática y Profesora Emérita Dra. Rita María Radl Philipp, por las estancias en su Centro de Estudios CIFEX, Santiago de Compostela. Agradecimientos a la Profesora Titular de la Universidad de Oriente, Dra. María Eugenia Espronceda Amor, Catedrática de Sociología de Conocimiento y directora de mi tesis doctoral, por mostrarme el camino hacia una sociología crítica.
Ahmed, S. (2004). The Cultural Politics of Emotion. Edinburgh University Press.
Anderson, E. (2016). Sport, theory and social problems: A critical introduction (2nd ed.). Routledge.
Bourdieu, P. (1991). Language and symbolic power. Harvard University Press.
Bourdieu, P. (1999). La miseria del mundo. Fondo de Cultura Económica.
Bridges, T., & Pascoe, C. J. (2014). Hybrid masculinities: New directions in the sociology of men and masculinities. Sociology compass, 8(3), 246-258. https://doi.org/10.1111/soc4.12134
Butler, J. (1997). Excitable speech: A politics of the performative. Routledge.
Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). (2025). Barómetro de abril de 2025. https://www.cis.es
Chantal, M. (2018). For a left populism. Londres, Verso.
Connell, R. W. (1997). Masculinidades: poder y crisis. McGraw-Hill.
Connell, R. W., & Messerschmidt, J. W. (2005). Hegemonic masculinity: Rethinking the concept. Gender & Society, 19(6), 829–859. https://doi.org/10.1177/0891243205278639
Crewe, B. (2009). The prisoner society: Power, adaptation and social life in an English prison. Oxford University Press.
Downs, A. (1957). An economic theory of democracy. Harper & Row.
Ebrópolis. (2023). Indicadores de calidad de vida en Zaragoza: Informe anual. Observatorio Urbano de Zaragoza. https://www.ebropolis.es
Farris, S. R. (2017). In the name of women’s rights: The rise of femonationalism. Duke University Press.
Flood, M. (2018). Engaging men and boys in violence prevention. Palgrave Macmillan.
Fraser, N. (1995). From redistribution to recognition? Dilemmas of justice in a ‘post-socialist’ age. New Left Review, (212), 68–93.
Fraser, N. (2000). Rethinking recognition. New Left Review, (3), 107–120.
Fraser, N. (2013). Fortunes of feminism: From state-managed capitalism to neoliberal crisis. Verso Books.
Goffman, E. (1981). La presentación de la persona en la vida cotidiana (3rd ed.). Amorrortu.
Hearn, J. (2020). The violence of men: Masculinities, abuse and control (2nd ed.). Routledge.
Hochschild, A. R. (2016). Strangers in their own land: Anger and mourning on the American right. The New Press.
Hopkins, P., & Giazitzoglu, A. (2024). Hegemonic masculinity: new spaces, practices, and relations. Progress in Human Geography, 49(1), 84-98. https://doi.org/10.1177/03091325241307387
Inglehart, R. F., & Norris, P. (2016). Trump, Brexit, and the rise of populism: Economic have-nots and cultural backlash. HKS Working Paper, No. RWP16-026. https://doi.org/10.2139/ssrn.2818659
Ingram, N., & Waller, R. (2014). Higher education and the reproduction of social class: Understanding participation in a global context. Routledge.
Iyengar, S., Sood, G., & Lelkes, Y. (2012). Affect, not ideology: A social identity perspective on polarization. Public Opinion Quarterly, 76(3), 405–431. https://doi.org/10.1093/poq/nfs038
Kelly, C. R. (2020). Donald J. Trump and the rhetoric of ressentiment. Quarterly Journal of Speech, 106(1), 2–24.
Kimmel, M. (2013). Angry white men: American masculinity at the end of an era. Nation Books.
Kováts, E., & Põim, M. (Eds.). (2015). Gender as symbolic glue: The position and role of conservative and far right parties in the anti-gender mobilizations in Europe. Foundation for European Progressive Studies.
Laclau, E. (2005). La razón populista. Fondo de Cultura Económica.
Mason, L. (2018). Uncivil agreement: How politics became our identity. University of Chicago Press.
McDowell, L. (2003). Masculine identities and low-paid work: Young men in urban labour markets. International Journal of Urban and Regional Research, 27(4), 828–848. https://doi.org/10.1111/j.0309-1317.2003.00486.x
Mudde, C. (2019). The far right today. Polity Press.
Pérez Gallo, V. H. (2015). Las masculinidades: una visión desde el enfoque dramatúrgico de Goffman. Espacio Abierto, 24(1), 29–44. https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=12236226002
Pérez Gallo, V. H. (2025, mayo 17). El voto que duele: entre la esperanza frustrada y la rabia convertida en trampa. Rebelión. https://rebelion.org/el-voto-que-duele-entre-la-esperanza-frustrada-y-la-rabia-convertida-en-trampa/
Pérez Gallo, V. H., & Espronceda Amor, M. E. (2017). La construcción ritual de la identidad de género en la infancia: estudio de caso en Moa, Cuba. La Tercera Orilla, (18), 11–14. https://revistas.unab.edu.co/index.php/laterceraorilla/article/view/2919
Pérez Gallo, V. H., & Vieira, Z. S. (2022). Masculinidad hegemónica, prácticas sociales de violencia de género y educación: estudio de casos múltiples en Zaragoza. Revista de Estudos em Educação e Diversidade, 3(9), 1–27. http://periodicos2.uesb.br/index.php/reed/article/view/11409
Pinheiro-Machado, R., et al. (2019). Brasil em transe: bolsonarismo, nova direita e desdemocratização. Oficina Raquel.
Segato, R. (2013). La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. En R. Segato, La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez (pp. 11–44). Tinta Limón.
Skeggs, B. (1997). Formations of class and gender: Becoming respectable. SAGE.
Skeggs, B. (2004). Class, self, culture. Routledge.
Speake, J. (Ed.). (2015). The Oxford dictionary of proverbs (6th ed.). Oxford University Press.
Standing, G. (2011). The precariat: The new dangerous class. Bloomsbury Academic.
Strauss, A., & Corbin, J. (1998). Basics of qualitative research: Techniques and procedures for developing grounded Theory (2nd ed.). Sage Publications.
Subirats, J. (2011). Otra sociedad, ¿otra política?: De “no nos representan” a la democracia de lo común. Icaria Editorial.
The Objective (2023, julio 27). El votante de Vox: de renta baja, joven y vecino de zonas con inmigración. https://theobjective.com/espana/politica/2023-07-27/votante-vox-renta-baja-inmigracion/
Turnbull-Dugarte, S. J. (2020). Explaining the end of Spanish exceptionalism and electoral support for Vox. Research & Politics, 7(2). https://doi.org/10.1177/2053168019851680
Wacquant, L. (2007). Los condenados de la ciudad: Gueto, periferias y Estado. Siglo XXI Editores.
Wodak, R. (2021). The politics of fear: The shameless normalization of far-right discourse (2nd ed.). SAGE Publications.
Victor Hugo Pérez Gallo es doctor en Ciencias Sociológicas, mención Summa Cum Laude, por la Universidad de Santiago de Compostela. Máster Oficial en Problemas Sociales por la UNED. Ha sido Decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Moa (Cuba) y profesor Visitante en universidades y centros de investigación españoles y extranjeros como las de Santiago de Compostela, Zaragoza y Lisboa. Certificado por el Colegio de Sociólogos y Políticos de Madrid para la evaluación de Políticas Públicas y Estudios de Género. Colaborador Docente de la Universidad de Bahía en Brasil. Ha disfrutado estancias postdoctorales en la Universidad de Santiago de Compostela. Sus áreas de estudios se centran en la sociología del conocimiento, sociología de la cultura y estructura social. Galardonado con el Premio Extraordinario de Doctorado por la Universidad de Oriente (Cuba), 2015; Premio de la Academia de Ciencias de Cuba, 2015; y el 2.º Accésit del Premio de Ensayo Breve en Ciencias Sociales Fermín Caballero, que otorga la Asociación Castellano-Manchega de Sociología, 2024. Es miembro del Claustro Doctoral del programa Doctoral de Sociología de la Universidad de Oriente (Cuba). En la actualidad es profesor e investigador de la Universidad de Zaragoza y Experto de la Agencia Estatal de Investigación (AEI) en el ámbito de Ciencias Sociales y Jurídicas, 2025.
_______________________________
Recibido/Received: 31/05/2025
Aceptado/Accepted: 07/07/2025
1 La categoría varones vulnerables no debe entenderse como una etiqueta fija o patológica, sino como un término operativo para referirse a sujetos masculinos cuyas trayectorias vitales —atravesadas por la exclusión, el estancamiento educativo, la inestabilidad laboral o la soledad relacional— los colocan en posiciones marginales dentro de los sistemas tradicionales de reconocimiento. En este contexto, la falta de una narrativa política capaz de integrar sus experiencias y emociones ha facilitado su captación simbólica por proyectos reaccionarios que ofrecen pertenencia, orden y una aparente restauración de la dignidad masculina.
2 El marco interpretativo que ha predominado en el progresismo postmoderno ha tendido a descentrar el eje redistributivo clásico, asociado a la lucha de clases, en favor de un enfoque basado en el reconocimiento de identidades culturales, sexuales, étnicas o de género. Esta transformación ha generado una reconfiguración profunda del campo de lo político, donde las demandas de redistribución han quedado subordinadas —o al menos desplazadas— frente a las demandas de reconocimiento (Fraser, 1995, 2000).
Nancy Fraser ha denunciado este giro como una “despolitización de lo social”, al advertir que la justicia no puede alcanzarse exclusivamente a través del reconocimiento simbólico, si no se atienden también las condiciones materiales que estructuran la desigualdad. En su crítica a los “movimientos de la nueva izquierda culturalista”, Fraser plantea la necesidad de una política que supere la dicotomía entre redistribución y reconocimiento mediante una articulación que no jerarquice estas dimensiones, sino que las integre de manera estructural.
Chantal Mouffe (2018), por su parte, ha observado que los discursos progresistas actuales, al priorizar un pluralismo moral que celebra la diferencia, han abandonado en gran medida el antagonismo social que daba sentido político a la noción de “pueblo” y a la construcción de bloques contrahegemónicos. Esta pérdida de centralidad del conflicto de clase ha abierto espacio a una extrema derecha que logra resignificar el malestar social desde claves identitarias excluyentes, presentándose como “portavoz” de los olvidados por el sistema.
3 De ahora en adelante todas las negritas son nuestras.
4 Esta vivencia de exclusión institucional y desplazamiento simbólico no es exclusiva del contexto español. Fenómenos similares se observan en otros países occidentales donde la transformación de los imaginarios de género y las políticas de reconocimiento han generado reacciones defensivas en sectores masculinos empobrecidos.
En Estados Unidos, como señala Michael Kimmel (2013), la frustración de los jóvenes varones blancos pobres se canaliza a través de un relato de “agravio de identidad”, donde políticas inclusivas hacia mujeres, migrantes y minorías son vividas como una forma de desposesión cultural. Arlie Hochschild (2016) describe cómo estos hombres sienten que, aunque respetaron las reglas del juego, han sido adelantados “por la izquierda”, mientras ellos esperan sin reconocimiento.
En Francia la clase obrera masculina blanca ha sido abandonada simbólicamente por la izquierda tradicional. En ese vacío, el Frente Nacional (hoy Agrupación Nacional) ofrece una narrativa restauradora que apela al orgullo masculino nacionalista, especialmente entre los jóvenes de la “France périphérique”.
En Hungría y Polonia, Viktor Orbán y el PiS han cultivado un modelo de masculinidad conservadora que se presenta como antídoto frente al “liberalismo urbano” y la “ideología de género”. Los jóvenes varones rurales o de clase trabajadora son interpelados por discursos que revalorizan el rol tradicional del hombre como protector y líder (Kováts & Põim, 2015).
En Brasil, el ascenso de Jair Bolsonaro encontró un sólido apoyo entre jóvenes varones empobrecidos de zonas urbanas, en parte debido a su retórica de fuerza, orden y crítica a lo “políticamente correcto”. Como sugiere Rosana Pinheiro-Machado et al. (2019), estos jóvenes se sienten atraídos por un “populismo masculino” que les devuelve una identidad combativa en un mundo que perciben hostil.
5 “El enemigo de mi enemigo es mi amigo” (Speake, 2015).
6 El voto no es racional en el sentido clásico porque no responde al modelo utilitarista de maximización de beneficios que proponen las teorías del “votante racional” (Downs, 1957). En lugar de estar guiado por cálculos instrumentales, se configura como un acto simbólico de expresión identitaria, cargado de emoción y dirigido a la reafirmación del sujeto ante su grupo de referencia. Este tipo de acción responde más a lo que Bourdieu (1991) denominaría una “lógica de la honra” o del habitus simbólico que a una elección optimizadora. El sujeto no elige el partido que más le conviene, sino el que mejor representa su malestar.
7 Un caso paradigmático de esta lógica expresiva del voto puede observarse en la elección de Donald Trump en 2016 y su persistente apoyo en sectores masculinos de clase trabajadora blanca. Diversos estudios (Hochschild, 2016; Kelly, C. R., 2020) muestran que muchos votantes no elegían a Trump por su programa económico (que en realidad no beneficiaba a su clase) sino por su estilo agresivo, su lenguaje “no políticamente correcto” y su capacidad de encarnar una masculinidad autoritaria y vengativa frente a elites liberales, feministas o multiculturales. Así, el voto se convirtió en un gesto performativo de rabia, una forma de “votar con el estómago” más que con la razón, canalizando emociones colectivas de humillación y pérdida de estatus simbólico.