
Carrasco Manchado, Ana Isabel, María Jesús Fuente Pérez y Alicia Montero Málaga (eds.). El presente de un pasado imaginario. Edad Media y neomedievalismo en la era digital, Barcelona, Icaria editorial, 2024, 296 pp.
El presente de un pasado imaginario. Edad Media y neomedievalismo en la era digital es un volumen compuesto por catorce capítulos de diferentes autores. Las editoras son Ana Isabel Carrasco Manchado, profesora titular de Historia medieval en la Universidad Complutense de Madrid; María Jesús Fuente Pérez, catedrática emérita de Historia Medieval de la Universidad Carlos III de Madrid; y Alicia Montero Málaga, profesora Ayudante Doctor en la Universidad Autónoma de Madrid. Las diferentes contribuciones que conforman este volumen giran alrededor del significado de lo que conocemos como “Edad Media” y cómo esta ha sido resignificada en los diferentes polos de la realidad actual, con énfasis en el caso español. Los catorce capítulos se ordenan en cuatro apartados y se finaliza con siete páginas en las que se realizan una serie de notas curriculares de todos los autores que conforman el volumen.
La primera sección del libro lleva el título de “Neomedievalismos: teorías e historiografías” e incluye dos capítulos: “Usos del pasado y neomedievalismo: el pasado contra el conocimiento histórico”, de Ana Isabel Carrasco Manchado, y “La Edad Media o la épica perenne”, de Alberto Montaner. Ambos ponen de manifiesto las dificultades existentes a la hora de definir lo que es la “Edad Media”, el “neomedievalismo”, aquello que es “medieval” o “neomedieval”. El segundo apartado, “Usos y abusos del Medievo, entre el poder y la política”, está conformado por tres capítulos: “La Edad Media hispana: temas políticos y tergiversaciones políticas”, de Martín Ríos Saloma y Alejandro García Sanjuán, “Monumentos medievales, memoria mitificada y discursos movilizadores”, de Francisco Moreno, y “La resignificación de la Edad Media en algunas manifestaciones del ‘espacio público’ en la España actual”, de Israel Sanmartín. Estos capítulos se centran en el estudio del uso de la Edad Media en el discurso político del contexto español actual. El tercer apartado recibe el título de “Recrear una vida medieval: entre la fantasía y la historia” y cuenta con cuatro capítulos. Comienza con Jacobo Hernando Morejón y su “Reinos de historieta en el cómic español de temática histórica: el caso del reino visigodo”, seguido por “Medievalismo, didáctica y clásicos literarios”, de Antonio Huertas, “El espacio medieval en la novela histórica española contemporánea: imágenes y cometidos”, de Patricia Rochwert-Zuili, y “La resignificación de la Edad Media en las novelas históricas de Martínez de Lezea y García Jambrina”, de Pablo Fernández-Pérez y Iago Brais Ferrás García. Los capítulos conformantes de este tercer apartado estudian diferentes casos en los que diversos artefactos culturales pertenecientes a la literatura recrean el período medieval. El último apartado se titula “Héroes medievales y narrativas medievalizantes” e incorpora cuatro capítulos: “Neomedievalismos televisivos: Game of thrones (2009-2011) y El Cid (2020-)”, de David Porrinas, “Entre la ficción y el relato. La representación de la Edad Media en los videojuegos”, de Diego Torrico, “Una mirada a la Francia de la Guerra de los Cien Años a través de los videojuegos. El caso de A Plague Tale: Innocence”, de Adrián Ocaña Vázquez y Blanca María Ramos Pérez. El capítulo que cierra el libro es de Luis Santamaría del Río, “Los nuevos cátaros en España: de los mercados medievales a la propuesta espiritual”. Estos cuatro analizan el Medievo recreado en las realidades épicas conformadas en medios como series televisivas y videojuegos.
Los diferentes autores de este volumen analizan la forma en que la Edad Media se recrea en diferentes artefactos pertenecientes a nuestro presente tales como la historiografía, la literatura, el cine, la novela, la música, la prensa, el cómic, las series de televisión o los videojuegos. Para la realización de los trabajos que componen este volumen, los autores utilizan una bibliografía amplia sobre el fenómeno del neomedievalismo. Allí se observan los nombres de una serie de grandes autoridades que trabajan la idea de extender el entendimiento de lo que es la “Edad Media” más allá de los siglos V al XV. Este es el caso de Umberto Eco, Le Goff, Fugelso o, más reciente, Antonio Huertas. Por lo tanto, tenemos un libro en el que se nos permite abordar el “neomedievalismo”, las “nuevas Edades Media” o las “Edades Media contemporáneas” a partir de muchas referencias bibliográficas más allá de los capítulos que se nos presentan.
Todos los capítulos del libro estudian la “recreación de la Edad Media” en nuestro presente. En esencia, esto se refiere a la recuperación del pasado medieval que se materializa en diversos artefactos culturales actuales y que responde a una serie de objetivos actuales. Esta justificación se puede encontrar en tres ámbitos: el poder y el discurso político, la economía (la Edad Media es utilizada para justificar ciertas ideas en relación con el sistema capitalista que nos rige en la actualidad) y lo comercial, donde se fusiona la venta de productos que recrean la Edad Media porque es algo que atrae al público.
Es importante traer aquí la idea que pone sobre la mesa Israel Sanmartín de que hay que comprender todo esto dentro del “espacio público” (139) en el que se conforman esas recreaciones de la Edad Media. Indica el profesor Sanmartín que esas recreaciones se gestan a través de la confusión entre “los hechos” y “sus interpretaciones” (143). De tal modo, Sanmartín nos deja ver que el entendimiento que tiene nuestro presente de la Edad Media (“los hechos”) se fermenta a partir de sus interpretaciones. A partir de esta idea debemos explorar cuándo comienzan esas interpretaciones del Medievo que cuajan en nuestro presente y a partir de las cuales se crea ese “pasado imaginario” medieval, título que bautiza al volumen que reseñamos. Por tanto, nos transportamos al siglo XIX cuando el Romanticismo, de la mano del nacionalismo y del historicismo, recupera el Medievo y lo pone al servicio del presente decimonónico. Esto significa que es cuando se crea lo que aquí llamamos una “Edad Media decimonónica”; una interpretación del periodo medieval hecha en el siglo XIX y que será la que trascienda a los siglos posteriores. El capítulo de García Sanjuán y Ríos Saloma resulta esclarecedor en este aspecto ya que le dedica un par de páginas a investigar esta génesis de la recreación medieval en el caso español. Estos dos autores indican que esta realidad coge fuerza en el siglo XIX con el fin de construir la “unidad nacional” de España y diferenciarla del “conjunto de las antiguas naciones europeas y las jóvenes repúblicas latinoamericanas que tantos elementos comparten” (83). Esta idea es también refrendada en el capítulo de Moreno Martín, donde se dice que “En el siglo XIX fueron numerosos los mitos instrumentalizados con el objetivo de construir una identidad española” (97).
García Sanjuán y Ríos Saloma explican cómo en el siglo XIX el régimen liberal español se construye en base a la Edad Media estableciendo con ella una relación ambigua. Esto sería así porque, por un lado, construía su discurso en contra de la Edad Media entendida como un período de ignorancia, de violencia y de fanatismo, y que estaba caracterizado por ser una época oscura lastrada por el feudalismo. Por otro lado, el régimen liberal tenía que buscar sus ideales en la Edad Media, exaltándola a ella y a sus héroes. Se trataba de buscar en la Edad Media los elementos identificadores de la nación (lengua, costumbres, literatura y características raciales) y los elementos a partir de los cuales la burguesía decimonónica debía formar sus valores. Esto es lo que establecen García Sanjuán y Ríos Saloma, indicando que los diferentes autores decimonónicos contemplaban la existencia de “España” y de “la permanencia de los caracteres particulares de los españoles” desde el “origen de los tiempos” (84). De tal manera, la “Reconquista”, “la exaltación de sus héroes y el relato de sus grandes batallas y conquistas, comenzando por Pelayo y la batalla de Covadonga” se conforma según estos autores como el “auténtico discurso nacional” (85). Seguidamente, los autores nos demuestran cómo esto se desarrolla en nuestra realidad presente a través del uso de este “discurso nacional” como recreación de la Edad Media por parte de diversos grupos políticos. Esto queda refrendado en Moreno Martín, que comenta la existencia de “viejas” y “nuevas” reconquistas, ofreciendo como ejemplo el uso del concepto por parte de Vox para indicar que es una “segunda reconquista” contra “la hegemonía cultural progresista que, sustentada en un gobierno ilegal, impone una dictadura que condena irremisiblemente a la desaparición de España” (109). Asimismo, el profesor Israel Sanmartín nos habla de las “utilizaciones deformadoras de la historia medieval” para justificar los discursos políticos de la derecha española del siglo XXI (142). Para este autor, la izquierda hablaría de un “neofeudalismo” y de una “Nueva Edad Media global” con la idea de mostrar un mundo en crisis que va hacia la fragmentación y la destrucción que se vincula con el mundo medieval. Por otro lado, para hablar de la utilización realizada del Medievo por parte de la derecha, Sanmartín establece que esta emplea diferentes elementos medievales para construir su idea de nación y desarrollar un proyecto basado en los mitos nacionalistas para defender su proyecto político (145). Es una especie de “apropiación de la Edad Media”, como bien establece María Jesús Fuente en la presentación del libro (9). Una “apropiación” que se ha dado también en el franquismo, tema que es ampliamente cubierto por diferentes capítulos de este volumen.
A partir de estas interpretaciones de la utilización del Medievo por parte de los grupos políticos de la “esfera pública” de nuestro presente, vemos como los diferentes autores de este libro muestran que la Edad Media que pervive en la memoria colectiva española es aquella creada en el siglo XIX, la “Edad Media decimonónica”. Esto no solo ocurre en el discurso político, sino que esta memoria queda establecida en diferentes “monumentos”, como señala Moreno Martín, y en los espacios que son objeto de la arqueología, como bien nos enseña el capítulo de Marisa Bueno Sánchez con el ejemplo de las mezquitas (117-137). También es tratado este tema en el capítulo de Patricia Rochwert-Zuili y Hélène Thieulin-Pardo quienes, además, establecen que desde el siglo XIX, “uno de los objetivos esenciales de la novela histórica es buscar en el pasado las raíces identitarias propias de una nación y tratar de encontrar en la Historia elementos susceptibles de aclarar el presente” (187). Así, ambas autoras se centran en demostrar particularidades de la ficción narrativa contemporánea que contribuyen a que esta tenga éxito; particularidades que encuentran en la representación del espacio en una serie de novelas históricas y que están en conexión con las necesidades del presente, sobre todo desde el punto de vista patrimonial y turístico. Como indican Fernández-Pérez y Ferrás García en su capítulo, la novela histórica de tema medieval se ha convertido en un “producto cultural de masas” (209). Allí analizan la Edad Media que se representa en dos novelas históricas y su funcionalidad. Las dos novelas que estudian son El jardín de la oca de Toti Martínez de Lezea (2007) y El manuscrito de Barro de Luis García Jambrina (2021). Resulta un estudio interesante ya que se centra en estudiar dos casos concretos en los que podríamos aplicar una suerte de ideas extraídas del resto de capítulos leídos en este libro.
Observamos, pues, cómo la recreación medieval se da en los diferentes artefactos de nuestro presente. Se trata de la “proyección pública de la Edad Media”, algo que en los últimos tiempos se ha intensificado por el desarrollo de “productos de divulgación y de entretenimiento”, como explica Moreno Martín (97). En esta línea, Jacobo Hernando Morejón observa la proyección de la Edad Media hispánica en la historieta española desde 1940 hasta la actualidad. Es, por tanto, la difusión de una Edad Media concreta a través de un producto comercializado, o “la Edad Media como producto cultural” (154-155). Asimismo, Antonio Huertas habla de “recreaciones medievalistas” (174) y de una “Edad Media multi y transmedia” (173). En su capítulo aborda la importancia del acercamiento desde el medievalismo y desde la didáctica a los clásicos literarios que recrean el Medievo español. Esto lo hace a partir del ejemplo de las resignificaciones contemporáneas del Cantar de Mio Cid (171-185). Este autor expone la problemática surgida de la instrumentalización de las recreaciones del Medievo, tanto para la didáctica de la literatura como para la Historia medieval. Sin embargo, indica que “el rasgo que merece mayor atención es precisamente el que atañe a la característica esencial del género, es decir, a la hibridación entre realidad y ficción o, si se prefiere, al tratamiento literario de la historia” (176).
De tal manera, la idea general que podemos extraer de este libro es aquello que establece Carrasco Manchado al inicio del volumen, y es que la Edad Media “no existe” y “está en todas partes” (21). Asimismo, entendemos a través de estos diferentes análisis de la recreación de la Edad Media que la labor del historiador no es simplemente la de buscar qué es lo real y qué es lo ficticio dentro de un discurso actual del pasado. La labor del historiador reside, también, en explicar cómo el relato histórico se conforma, precisamente, a través de la fusión de lo real con lo imaginario. Lo ficticio, por ende, no debe ser desdeñado, aún menos para un período tantas veces resignificado como lo es la Edad Media.
Azucena Donkervoort
Universidad de Santiago de Compostela
azucenafm.d@gmail.com